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Estás aquí:  Inicio >>  Ensayos - Crónicas >>  Ensayo: La dificultad de ser latinoamericano por Luis Gregorich
 
Ensayo: La dificultad de ser latinoamericano por Luis Gregorich
 

(A propósito de las narraciones de Rodrigo Rey Rosa)

...El debate acerca de la literatura hispanoamericana ha girado cansinamente, en las últimas décadas, en torno a la crisis y las transformaciones del realismo, de los desplazamientos del canon, de las reivindicaciones generacionales del postboom, y de los conflictos entre academia y mercado más que de la pugna, más tácita que nunca, del compromiso político con la independencia estética. Al mismo tiempo, se editaron muchos pastiches de ficción, historia y periodismo, muchos libros de precursores o émulos de Eco o Dan Brown y, del lado de la pseudovanguardia, muchos textos autorreferentes y lindantes con la insignificancia o la grafomanía compulsiva. Las mafias universitarias transnacionales, escudadas en comprensivos periodistas y críticos, usaron tácticas de autodefensa e inventaron prestigios impensados...

 

(Buenos Aires) Araceli Otamendi

 

 

El  escritor y periodista  Luis Gregorich ha autorizado la publicación para la revista Archivos del Sur del  ensayo "La dificultad de ser latinoamericano (A propósito las narraciones de Rodrigo Rey Rosa)  incluido  en el libro  “La excentricidad de Borges y Perón – Notas sobre política, literatura y música” y publicado por Editorial Catálogos en 2007.

 

En 2009 la editorial Anagrama publicó un libro del escritor guatemalteco Rodrigo Rey Rosa que se ha reseñado en el Blog de lecturas de Archivos del Sur. http://archivosdelsur-lecturas.blogspot.com/2009/06/el-material-humano-rodrigo-rey-rosa.html

 

Creo necesario ahora publicar este ensayo de Luis Gregorich que se refiere a la literatura latinoamericana, a la circulación de libros de autores latinoamericanos y específicamente a Rodrigo Rey Rosa.

 

Luis Gregorich tiene una larga trayectoria como escritor y periodista, que por un lado se ha expresado en libros de ensayo político  y crítica literaria, como El Cordobazo, Tierra de nadie, Cómo leer un libro, Literatura y homosexualidad, La utopía democrática y Escritores del futuro, y por el otro lo ha mostrado, en distintas etapas, como director del suplemento cultural del diario La Opinión, columnista de las revistas Vigencia, Medios & Comunicación y Humor, editorialista del diario Clarín y, en la actualidad, colaborador del diario La Nación. Dirigió colecciones de libros y fascículos en el Centro Editor y, como director-gerente de Eudeba publicó el Nunca Más. Escribió, también el guión del largometraje documental La República perdida. Sus versiones de Hamlet y Rey Lear de Shakespeare, y Danza macabra de Strindberg fueron representadadas en el Teatro San Martín de Buenos Aires. Ha ocupado diversos cargos públicos e institucionales, entre ellos fue Vicepresidente de la Sociedad Argentina de Escritores y Subsecretario de Cultura de la Nación. Integró el Consejo de Presidencia de la Asamblea Permanentte por los Derechos Humanos.

 

*Luis Gregorich, La excentricidad de Borges y Perón – Notas sobre política, literatura y música, Editorial Catálogos, 2007

ISBN 978-950-895-243-1

 

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ENSAYO

 

La dificultad de ser latinoamericano

(A propósito de las narraciones de Rodrigo Rey Rosa)

 

(Buenos Aires) Luis Gregorich

 

    "En medio de la profusa selva que hoy simulan las mesas de las librerías, parece oportuno formularse algunas preguntas. ¿Hay un método seguro para que un lector latinoamericano de hoy pueda enterarse de la existencia de un (considerable) escritor latinoamericano de hoy? ¿Hay garantías si, por lo menos, el escritor es del propio país? Las respuestas no pueden ser menos que dubitativas. No se trata sólo de fronteras geográficas. Los obstáculos estarán en la furiosa persecución del best-seller (y su reproducción una vez que se ha logrado), en la lógica de los grandes premios literarios, en las lealtades del cenáculo, en los saldos de caja y, sobre todo, en el reinado de la novedad en la producción global, debido al cual un libro publicado hace cuatro años es ya una invendible pieza de museo. Queda la posibilidad de inscribirse en alguna de las excelentes cátedras especializadas de nuestras Facultades de Leras, si usted tiene ganas, edad adecuada y tiempo disponible.

     Quien otorgue confianza a las líneas que siguen y desee averiguar si los cuentos y novelas breves del escritor guatemalteco Rodrigo Rey Rosa figuran entre lo mejor de la reciente literatura en lengua española, tropezará con un paradójico e ingrato escenario. Comprobará que este escritor, nacido en 1958, hace ya una veintena de años que publica, que ha sido traducido a muchos idiomas y que es objeto de estudios en diversas Universidades del mundo (entre ellas, la de Buenos Aires). Al mismo tiempo, cuando se ponga a buscar sus libros, probablemente chocará con el desconcierto o la negativa de los libreros, que a lo sumo lo identificarán en una remota base de datos. Mi propia experiencia no es de repetición aconsejable: empieza con un cuento fotocopiado, sigue con otros textos en Internet, se prolonga con títulos conseguidos en una librería de La Plata o en una librería de viejo en Madrid (gracias a un devoto rastreo familiar), y se cierra con alguna obra prestada o consultada en bibliotecas.

       Pese a todo, la aventura casi detectivesca vale la pena y tendrá sus recompensas. Por mi parte, se inició, como queda dicho, con el descubrimiento de “La Prueba”, uno de los cuentos breves que Rey Rosa publicó en Guatemala en la década del 80, y que fueron reeditados en España en 1992, en el volumen conjunto El cuchillo del mendigo/El agua quieta. Es un texto natural, tenso, ominoso, con un chico que comete una ejecución doméstica como reclamo para una verdad superior. Inevitablemente la escasa inocencia de la infancia y el sacrificio ritual remiten a “Sredni Vashtar”, el viejo cuento de Saki incluido en la Antología de la literatura fantástica de Borges, Bioy Casares y Silvina Ocampo. Rey Rosa, que ha admitido la gravitación de Borges en sus primeros aprendizajes, probablemente lo haya leído, pero eso no atenúa la originalidad de su propio tono y de la aguda recombinación del tema.

      Ya en otros cuentos de esas colecciones primerizas, como “La entrega”, “La señal”, “El camino se dobla”, “La salida del sol” o “Polvo en la boca”, se anticipa el filo de su producción posterior. Una escritura limpia y escueta, sin énfasis sobreañadido, que respeta al lector dejándole silencios e intersticios para descubrir. Una resuelta negativa frente a la opulencia enumerativa del realismo mágico, aunque la aparente objetividad de las frases sirva para encubrir una cierta irrealidad, un sesgo onírico logrado con mínimos detalles. Y, por supuesto, a sabiendas de que Guatemala es y ha sido uno de los países más violentos de una América Latina violenta, la presencia de la amenaza y la muerte como un ingrediente casi ancestral y cotidiano, asumido sin culpa y con resignación. ¿Es la literatura capaz de exorcizarlo? No hay respuesta definitiva, pero escribir, en todo caso – y querer leer lo escrito-, es mejor que quedarse cruzado de brazos.

         Se ha caracterizado a Rey Rosa como un escritor viajero y trashumante, en especial por su larga estadía juvenil en Tánger, donde tomó un taller de escritura y trabó amistad con Paul Bowles, quien tradujo sus libros iniciales al inglés (estas traducciones fueron anteriores a la reedición española, y brindaron reconocimiento internacional al guatemalteco). A su vez, Rey Rosa tradujo varios de los libros de Bowles al español. La opinión de que la concisión y economía de la escritura de Rey Rosa se debe a la influencia de Bowles no parece tomar en cuenta la entonación, ya consolidada, de los cuentos anteriores a Tánger, y que son los que atrajeron al escritor norteamericano. Hubo así, podría decirse, una empatía literaria mutua, pese al casi medio siglo de edad de diferencia. Y  una convicción de Rey Rosa: “Por Bowles me di cuenta de que era posible organizar la existencia, la vida, alrededor de la práctica de la escritura”.

     Esa escritura optó, sin prejuicios, por la multiplicidad de estilos y tonos; incluso, en algunos libros la pluralidad de significaciones se instala dentro del mismo título, cargándolo con una riqueza poco común. Rey Rosa podría afirmar lo mismo que su compatriota Luis Cardoza y Aragón en ese libro extraordinario que es Guatemala. Las líneas de su mano: “Nada más fantástico que la realidad. Y por encima de lo que pueda urdir mi imaginación y para dar realidad a esa conciencia y conciencia a tal realidad, he ido a las fuentes seculares. A mi infancia y a mis cicatrices”.

     Un breve recorrido por la producción que siguió a los cuentos iniciales lo confirma. Guatemala está omnipresente pero también aparecen y reaparecen Tánger (frontera de civilizaciones, ciudad literaria por excelencia) y Nueva York (donde Rey Rosa también residió por años). En Cárcel de árboles (1992) el escritor ingresa por primera vez en un texto “largo” (dentro de sus dimensiones; en realidad, se trata de una nouvelle), en el que ciertas premisas de ficción científica recuerdan al Bioy Casares de La invención de Morel. En Lo que soñó Sebastián (1994), otra vez una nouvelle de un centenar de páginas da título al volumen, y permite varias lecturas. Es, a la vez, un documento ecologista, un relato picaresco y, una vez más, un silencioso alegato acerca de la corrupción y la violencia. El protagonista compra unas tierras en El Petén, en el pasado uno de los centros de cultura maya, en el norte selvático y despoblado del país, y decide prohibir la caza de animales en sus campos. La colisión entre viejas y nuevas formas de vida parece, al final, derrotar a los cazadores.

       Sigue una novela (corta), El cojo bueno (1996), en la que la historia de un secuestro, modalidad delictivida archirrepetida en Guatemala y otros países como México y Colombia, se entrelaza con peripecias familiares, viajes y simulados datos autobiográficos (un primer encuentro con Paul Bowles diferente a cómo fue en realidad), y termina eligiendo, frente a lo que queda de los autores del secuestro ya lejano, el perdón en lugar de  la venganza. En Que me maten si… (1997), también una novela corta, el texto se articula brillantemente en torno de la quiebra de la comunicación: un viejo escritor inglés, autor de libros de viaje y denuncia social, siembra de audífonos/micrófonos, interconectados por satélite, los lugares remotos que visita, para después recoger testimonios directos. También hay un intento de comunicación entre un ex militar y una joven militante y, como telón de fondo, una visión irónica de los acuerdos de paz entre gobierno y guerrilla. Nada ocurre como debería; el escritor, el ex militar (casi redimido) y la muchacha encuentran unas muertes trágicas y a la vez grotescas. En la colección de cuentos Ningún lugar sagrado (1998) cambia el escenario: ahora es la Nueva York de los personajes alucinados, de la inteculturalidad y de las noticias de policía. Falta mencionar todavía La orilla africana (1999), ambientada en Tánger y que narra el encuentro entre un joven marroquí y un ejecutivo  colombiano perdido en la ciudad; Piedras encantadas (2001), mezcla de crónica policial y denuncia social; y El tren a Travancore (2002), escrita en forma epistolar.

    Rey Rosa, que realizó estudios de cine, dirigió la versión cinematográfica de Lo que soñó Sebastián, filmada en 45 días a fines de 2001 – en realidad, el primer largometraje de ficción del cine guatemalteco – y, presentada en 2004 en el Festival de Sundance, con buena recepción crítica.

 

      El debate acerca de la literatura hispanoamericana ha girado cansinamente, en las últimas décadas, en torno a la crisis y las transformaciones del realismo, de los desplazamientos del canon, de las reivindicaciones generacionales del postboom, y de los conflictos entre academia y mercado más que de la pugna, más tácita que nunca, del compromiso político con la independencia estética. Al mismo tiempo, se editaron muchos pastiches de ficción, historia y periodismo, muchos libros de precursores o émulos de Eco o Dan Brown y, del lado de la pseudovanguardia, muchos textos autorreferentes y lindantes con la insignificancia o la grafomanía compulsiva. Las mafias universitarias transnacionales, escudadas en comprensivos periodistas y críticos, usaron tácticas de autodefensa e inventaron prestigios impensados.

 

         Como siempre, hay escritores que trabajan a la vez con el lenguaje y la realidad, con la escritura y su referente, sin que les importe que los califiquen de realistas, fantásticos o folklóricos. Si transmiten un mensaje político y moral, es en forma implícita, no por que lo coloquen como bandera. Nos conmueven porque nos descubren algo de nosotros mismos, enterrado en las palabras. De estos escritores nombraremos a dos   hispanoamericanos, aunque hay muchos otros: Roberto Bolaño y Rodrigo Rey Rosa.

       Bolaño, ya lamentablemente desaparecido, eligió como microcosmos el mundo de los intelectuales y artistas . el suyo propio – y a través de sus  lealtades sectarias y sus voluntarios aislamientos, trazó un fresco de los años de revolución y represión en América Latina. Lo testimonian, no tanto sus novelas largas como las magistralmente breves Estrella distante, Nocturno de Chile y Amuleto.

 

         Rey Rosa, de quien hay aún mucho para esperar, nos convoca por su parte a seguir buscando sus textos, equívocamente realistas en el retrato de su violenta Guatemala, a veces inclinados hacia la policial “negra” y otras a un ficticio indigenismo, por momentos disfrazados de cierta coquetería orientalista, pero siempre con un matiz de olímpica libertad. Nos obliga, como ocurre con los escritores de raza, a recomendarlo, no sólo a los especialistas, sino a cualquier lector dispuesto a afrontar una aventura con riesgo y provecho. Ojalá las mesas de las librerías de nuestros países le perdonen su difícil destino de escritor latinoamericano, incómodo compatriota, y nos permitan encontrarlo en el primer recorrido."

 

© Luis Gregorich

 

 

 

Nota relacionada: entrevista a Luis Gregorich

 

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La excentricidad de Borges y Perón – Notas sobre política, literatura y música, reseña

 

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(c) Archivos del Sur

Publicado el 31-8-2009

 
 
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