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Estás aquí:  Inicio >>  Ensayos - Crónicas >>  María Esther de Miguel: la gentil dama de los arándanos
 
María Esther de Miguel: la gentil dama de los arándanos
 

A seis años de la muerte de la escritora argentina - nacida en la Provincia de Entre Ríos - María Esther de Miguel, la escritora María Angélica Scotti nos envia este texto homenaje

                  María Esther de Miguel: la gentil dama de los arándanos                                                  

 

     Hace 6 años murió, en Buenos Aires, María Esther de Miguel (nativa de Entre Ríos, una pertenencia que siempre reafirmó): la autora de “La hora undécima” (Premio Emecé, 1961) y “El general, el pintor y la dama” (Premio Planeta, 1996), entre muchas otras novelas y distinciones, y con una amplia trayectoria como crítica literaria de “La Nación”. A manera de homenaje y evocación, quisiera, desde mi condición de ex alumna y luego amiga de María Esther, trazar un testimonio (inevitablemente subjetivo y afectivo) de mi relación personal-literaria con ella.

 

     En mi novela “Las orillas del fuego” (2006), incluí, en una breve lista de “Agradecimientos”, la siguiente frase: “Un reconocimiento especial (in memoriam) para mi muy querida María Esther de Miguel, que siempre ha propiciado, de una u otra manera, mis libros”. La frase pareció un tanto extraña o enigmática a algunos de mis conocidos porque, en 2006, ya habían transcurrido 3 años de la ausencia de María Esther.

     Ese reconocimiento encierra una pequeña y larga historia, que comienza en el año 1962 en Buenos Aires, o sea, más de 4 décadas atrás. Por entonces yo era estudiante secundaria, apenas adolescente, y asistía a un curso literario que se llamaba, un poco pomposamente, “Arte de escribir”. Se dictaba en un Instituto de Escritores, o Grafotécnico (Moreno 1921, aún lo recuerdo), y constituía, sin duda, un temprano antecedente de los talleres literarios. Allí, junto a otros profesores, enseñaba María Esther, quien tenía a su cargo la asignatura “Crítica literaria”. María Esther era, además de joven y muy bella, una promisoria escritora que estaba dando que hablar con su primera novela, “La hora undécima”. Recuerdo en especial (una de esas arbitrariedades de la memoria) no sus clases grupales en el Instituto sino los encuentros individuales que tuve con María Esther como extensión de esas clases. Ella, siempre muy dadivosa con su tiempo y su esfuerzo, me invitaba (nos invitaba, supongo) a visitarla en la redacción de la revista “Señales”, donde prodigaba verdaderas clases literarias particulares. Recuerdo que yo le acercaba mis enclenques cuentos y ella, con su carácter acogedor, los leía, me aconsejaba y hasta me estimulaba a concursar. Luego de estas primeras imágenes, hay un salto en mi memoria al año 1985. Entonces yo no vivía más en Buenos Aires (nos habíamos “exiliado”, con mi marido y mis hijos, en 1976, para cobijarnos en el interior, en las provincias de Corrientes y de Santa Fe). En ese año 1985 me reencontré con María Esther a propósito de la publicación de mi primera novela, premiada por el Fondo Nacional de las Artes. María Esther, como integrante del directorio del Fondo, no sólo me ayudó con algunas minucias relativas a la edición sino que sobre todo se encargó de abrir el acto con un efusivo discurso. En la presentación participó también otro escritor hoy ausente, Juan José Hernández (miembro del jurado), quien, lo mismo que María Esther, llegó a ser para mí una suerte de maestro y de perseverante amigo. A partir de esta fecha, cada vez que yo iba a Buenos Aires, me comunicaba de inmediato por teléfono con María Esther y con Juan José y, también, nos veíamos a menudo en sus casas, en cafés, en charlas o conferencias y, por supuesto, en la Feria del Libro. Yo compartía además con María Esther el fervor por novelar nuestra historia, y, por eso, una vez que concluí mi segunda novela (una trabajosa novela histórica), en 1992, le mostré a María Esther algunos capítulos y ella me abrió el camino para su publicación vinculándome con Jorge Naveiro (editor de Atlántida) e incluso se ocupó del comentario literario de la novela en “La Nación” en términos muy generosos. Es decir, hasta aquí ella venía realmente “propiciando mis libros”. En mi tercera novela (que recibió el Premio Emecé 1995, como lo había obtenido 30 y tantos años antes María Esther) quise plasmar un pequeño homenaje a mi maestra-amiga insertándola como personaje: la convertí en “una señora viuda –“plácida”, “afable” y “gentil”- que en su juventud había sido concertista de arpa (…). Se llamaba Esther de Miguel y tenía unos ojos asombrosamente bellos”. Por último, en 2006 (una etapa en que las grandes editoriales empezaron a mezquinar su apoyo a numerosos escritores), logré publicar la última novela gracias a la intercesión de María Esther (no tengo ninguna duda), pues Horacio García, el editor, me confió que me conocía de tiempo atrás por comentarios de nuestra amiga común.

     Una vez que María Esther partió, el 27 de julio de 2003, no pude resignarme a no verla ni a hablar más con ella. Entonces recurrí a ampliar una fotografía suya en que está maravillosamente sonriente y afectuosa. Este retrato (uno de esos retratos medio mágicos que miran en todas direcciones) lo colgué en mi dormitorio que es a la vez mi rincón de trabajo, y junto a él puse (debí poner) el año pasado, el retrato de Juan José. Los dos, desde allí, son mis compañeros constantes, y María Esther, en especial, sigue siendo mi interlocutora. Con su sonrisa ineludiblemente contagiosa, siento que me alienta cuando me flaquean las fuerzas literarias y las de la vida. Y sé que me invita a continuar, ella justamente que desplegó una admirable actitud frente a la enfermedad y los embates de la muerte, encarándola no como un ensañamiento personal sino como un destino común. En ese libro tan vital que es su autobiografía “Ayer, hoy y todavía”, habla sin desmedido dramatismo de su enfermedad “tan aledaña a la muerte”, como la califica con singular acierto poético. Allí, en ese libro, cuenta la siguiente anécdota: “Dicen que Sócrates aprendió a tocar la cítara. Le preguntó un amigo: ¿para qué aprendes a tocar la cítara si te vas a morir? Le contestó: para tocar la cítara antes de morir.” Entonces añade María Esther: “Más tarde o más temprano llegará la muerte; entretanto, toquemos la cítara”. Y, a continuación, cierra su autobiografía con un impulso increíblemente esperanzador: “Vamos todavía. Acabo de comenzar mi próxima novela. Se llamará ‘La dama de los arándanos’.” Yo, por mi parte, creo -tengo la clara certeza- que en algún lugar, en alguna inasible comarca, María Esther estará, con el inquebrantable entusiasmo de siempre, escribiendo, aprontando una nueva y cautivante novela.

 

(c) María Angélica Scotti 

 

publicado el 3-7-2009

 
 
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