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Somos promoción - José Respaldiza Rojas
 

desde Lima, Perú

Somos promoción

(Lima) José Respaldiza Rojas


                                               

 

De pronto cundió por todo el salón una sola idea: SOMOS PROMOCIÓN. Aún no había terminado noviembre y ya sabíamos quienes dejábamos atrás la educación secundaria y a quienes le faltaba un poquito para terminar, vale decir, debían dar examen de aplazados en enero.  Adiós logaritmos y números primos hermanos, adiós el cuadrado de los catetos es igual a la hipotenusa con un poco de limón azucarado, adiós la corriente literaria rococó. Ya nadie me volvería a robar mis lapiceros. Mirar de manera irreverente y a hurtadillas, por última vez, por debajo de la sotana de Monseñor Luis Lituma Portocarrero, nuestro profe de religión y toparse con un blue jeans, jajajaja.  Hasta nunca más viajar en el autovagón mañana y tarde. Tomar a la volada tu taza de avena cuaquer con manzana y meter en el bolsillo del pantalón el pan, de esos del Danilo, con mortadela para comerlo en el recreo Ya no tendríamos la urgencia de llevar la libreta de calificativos firmada por el padre o apoderado. Si nunca te habías hecho la vaca esos días son tu última oportunidad, sí, esa tarde daban en el cine Omnia, en Chosica Baja, Al este del Paraíso; entrar a balcón con dos paquetitos de habas tostadas era disfrutar de un placer irrepetible en años venideros.

 

Primero nos habló Javier Sologuren, cara de bebe, nuestro profesor de Literatura, acerca de la unidad, luego vendría el chato Godofredo Bendezú para proponernos que le pusiéramos el nombre de Carlos A. Velásquez, a nuestra promoción.. Todos nos miramos las caras, ¿quién era ese señor? Nadie lo conocía. Fuimos a casa, pero allí tampoco lo conocían. Ese año salía la primera promoción de estudiantes secundarios técnicos y allí estaba la madre del cordero. Interminables sesiones de Padres de Familia para resolver el famoso nombre de la promoción, pido la palabra, usted ya habló, una cuestión de orden y patatín y patatán, esos debates candentes y encontrados se comieron otras propuestas, chau recuerdo de la promoción, chau el cómo ir vestido. Al final nosotros decidimos ponerle Víctor Andrés Belaúnde, en el extremos derecho de la pizarra principal el perro Butrón escribió ese nombre con tizas de colores y pobre de aquél que osara intentar borrarlo. César Pacheco Vélez  fue el encargado de hacerle llegar, vía valija diplomática, tan importante acuerdo. A las dos semanas nos fue entregado, en papel membretado de la ONU, con la firma de puño y letra de don Víctor Andrés, dirigido a Luis Respaldiza Rojas, balín y Carlos Bravo Salvatecci,  pato,  un agradecimiento por tal designación.

 

-         !Bravo¡ Tres hurras por nuestra promoción.

-         ¡Hip! !Hip¡ Hurra.

 

Chuma recién caigo que no sé bailar. Mosi, por favor puedes enseñarme, trome, voy a tu casa a las cinco y media, ya está allí Otto de Rojas sentado al piano. Al subir, en el  segundo piso, en el ambiente que da a la calle.

 

-         ¿Qué prefieres? ¿Guaracha? ¿Mambo?- me pregunta  Aurora.

-         No, no. Esos ritmos los puedes bailar suelto. Mi problema es con los boleros.

 

Con una tiza dibuja en el suelo donde debo poner los pies, acto seguido ordena tocar un bolero de cantina, de esos para llorar. Su mano derecha toma mi mano izquierda y pone mi mano derecha un poco encima de su cadera y un, dos, atrás; un dos, a un costado.              1

-         No mires al suelo.!Convérsame¡ Ayayau carajo no pises. ¡Concéntrat!¡

-         Pero si te converso me desconcentro.

 

Fueron seis días de intenso entrenamiento. Al final de cada sesión pagaba las cremoladas de piña, bueno sólo me alcanzaba para una, así como en los Mosqueteros, todos para una y una para todos, previa removida con la cañita, antes de cada chupada.

 

Irnos con el recuerdo de las caras de los chaymantas realizando su Práctica  Docente Intensiva.

 

-         Señorita Luisa, siéntese bien que se le están viendo las piernas.

-         No profesor, no se me ven las piernas. Usted me las está viendo.

 

Allí nomás comenzaba Cristo a padecer, ya que Lucha, voz de pito, chistosa, siempre alegre, era una de las integrantes del Trío Tempestad junto con Aurora, alegoza, lisurienta, acomedida y Ana, siempre risueña, mátalas callando.

 

Salir con el recuerdo de aquella cálida tarde en que nuestro profe de historia, César Pacheco, al tratar de mostrar sus dotes docentes, nos hizo poner de pie. La mitad al lado derecho y la otra mitad al lado opuesto. Por turnos debíamos formular preguntas de historia para ser respondidas por los del otro lado, y así, avanzábamos o retrocedíamos según supiésemos la respuesta correcta. Cuando me tocó hacer mi pregunta no se me ocurrió otra cosa que espetar:

 

-         ¿Cuánto calzaba San Martín?

 

Felizmente nadie se rió . El profesor comprendió al instante que era una de mis palomilladas, que lo estaba josefiniando, pero atrás, muy atentos, se encontraban en la Práctica de Observación, un conjunto de alumnos de educación superior y yo sabía perfectamente que nada me pasaría por esa mataperrada. La Escuela Laboratorio, en la que estudiábamos, fue diseñada precisamente para que los futuros profesores aprendieran a salir de situaciones difíciles o embarazosas sin recurrir al castigo o a la violencia.

 

Si la clase resultaba aburrida usábamos una sutil manera de protesta: el moscardón. Con la cara seria, la boca cerrada, la mirada al frente y sin el menor asomo de risa alguien efectuaba un ruido semejante al vuelo de un moscardón. Sin ninguna necesidad de dar una orden de pronto todo el salón emitía ese pegajoso ruido. Ruido que avanzaba o retrocedía conforme se acercase o retrocediese  el profesor. No había temor al castigo pues era imposible individualizar al infractor.

 

Más o menos, entre el doce o el quince de diciembre, nos dieron la libreta. Fue como cuando las culebras cambian de piel, ahora dejábamos atrás ese comando único que el cachacote Odría impuso a modo de democratizar el uniforme, entonces llenos de un ímpetu juvenil, durante casi cinco días nos dábamos cita en un local que quedaba al frente del Hotel de la Hostería cuando la tarde empezaba a declinar; mano al bolsillo para sacar monedas que iban directa a una Rocola.

2

Ahora la Sonora Matancera, con la voz inconfundible de Celia Cruz

 

                   Tongo le dio a Borondongo,

                   Borondongo le dio a Bernabé,

                   Bernabé le pegó a Muchilanga,

                   le dio a Burundanga,

                   le hinchan los pies.

 

Calla ese disco y la cremallera busca otro, es una guaracha sandunguera.

 

                   Jugando mamá, jugando,

                   al gallo y a la gallina.

 

                   Jugando mamá, jugando,

                   con la hija de la vecina.

 

Movíamos el esqueleto a más no poder, una sacudida de hombros, media vuelta sin perder el compás, vamos hombre que la tarde es joven, sécate la frente que te chorrea el sudor.

 

                   Lo que come este caimán

                   es causa de admiración,

                   come queso y come pan

                   y toma tragos de ron.

 

                   Se va el caimán, se va el caimán,

                   se va pa´ la barranquilla.

 

                   Una vieja se sentó

                   en la tapa de una olla,

                   y los frijoles salieron

                   pidiendo misericordia.

 

                   Se va el caimán, se va el caimán,

                   se va pa´ la barranquilla.

 

                   Una vieja se cagó

                   detrás de un confesionario

                   y el cura lo recogió

                   creyendo que era un rosario.

 

¿De dónde salió ese disco? ¡Qué chévere! Vuélvelo a poner, y bailábamos como para despercudirnos de cinco años de obligado estudio, pucha que éramos zanahoria, entre baile y baile unos sorbos de una coca cola bien helada. Cuando el cuerpo nos pedía chepa recalábamos, así, de a montón y sin  previo aviso, en casa de Lucha Gubler, en pleno malecón. Entrábamos, salíamos, nos carcajeábamos de lo lindo, pisábamos el jardín, íbamos a la cocina, pedíamos el baño y jodíamos con todo respeto. El papá de Lucha, un señor blanco, alto,  subido de peso, barrigón y de un carácter bonachón, a veces salía con una botella de vino y nos convidaba una copa. Las bromas de cococho Revoredo eran las más festejadas:                                                                                                                     3

-         ¿Qué le dice el burro al gato?

-         Tú tendrás siete vidas, pero con ésta te mato.

 

Nos habíamos olvidado del local, ya pues Gloria, no te chupes, háblale a tu papá. Don Enrique Benavides, comandante de la Bomba de Chosica era el hombre indicado y nos prestó, un sábado, el Casino de Chosica. Entramos, serios, era nuestra primera fiesta ceremonial. Llegó el encargado del tocadiscos, tenía que cambiar de aguja de cuando en cuando, procurar que no se rayara ningún disco. De pronto escucho una voz que me pregunta al oído y en voz baja:

 

-         ¿Te pusiste suspensor?

-         ¿Para qué?

-         Para evitar levantamientos indeseables.

-         Eso debió ponerse José Luis Bustamante – dijo don Enrique con voz de sorna.

 

¿Señor, me permite? Era yo que le hablaba a don Enrique, siga nomás me respondió. Era un valsecito de la guardia vieja, cantado por Montes y Manrique, en un disco del sello Odeón, pucha que si era fácil llevar a la pareja con un vals, doña Raquelita alta, buena moza, con la sonrisa en los labios, algo subida de peso pero como dice el refrán: barco grande, aunque no ande. Yo mismo me sorprendí, por primera vez vencí mi timidez y saqué a bailar a la mamá de mi compañera, claro, ya eran las cuatro de la mañana y las chicas estaban cansadas, pocos padres de familia se habían tirado al ruedo. Me aflojé un poco la corbata, incómoda, inútil ¿quién habrá inventado esa tripa? En un cambio de disco se escuchó clarito el canto de un gallo, qué puntuales son esos animales, ya estaba entrando el lucero del alba. Mi cuerpo pide alto al fuego.

 

Y en bolondrón ingresamos a la iglesia de Chaclacayo; no te preocupes Trini, nosotros te escoltamos a tu casa, le dijeron el quelilo Mario Wong y Lucho Velásquez, afincados en Santa Inés, casi antes de llegar al puente. Mi hermano galante se ofreció para acompañar a Lula Velásquez que vive casi al comienzo del distrito, como quien va para Huampaní, por haber ido a la fiesta se había quitado su hábito carmelita. Trinidad, Lourdes y Juanita era las otras compañeras nuestras. Los varones, en mayoría, apabullábamos los juegos en el recreo. Tilín. Tilín toca el monaguillo, abro un ojo y veo a todos sentados en la última banca, el sueño nos vence pero hay que cumplir con la misa dominical, codazos van, codazos vienen, el sueño se alió con don Sata, no nos deja oír nada, tilín, tilín vuelve a tocar el monaguillo. Señores, fin de misa es, pueden ir en paz; es el cura párroco quien nos despierta, chuma que vergüenza.

 

         Una hora duerme el gallo,

         dos el caballo,

         tres el santo,

         cuatro el que no lo es tanto,

         cinco el peregrino,

         seis el teatino,

         siete el caminante,

 

4

         ocho el estudiante,

         nueve el caballero,

         diez el majadero,

         once el muchacho

         y doce el borracho.

 

Al salir de la iglesia Trinidad y Aurora se quitan los tacos, nosotros caminamos con la corbata en la mano pero vamos orgullosos pensando que por fin se terminó ese levántate temprano, ¿terminaste la tarea? Llego a casa y me acuerdo de mi obligación, pego un suspiro hondo, me quito el saco, tomo una lata de manteca vacía y enrumbo hacia el camal de Chaclacayo, con las justa alcanzo al último toro, lo tienen amarado, le meten un punzón en la nuca y en animal cae al suelo, un cuchillo afilado le hace un corte en la yugular, la sangre sale a borbotones, yo aprovecho para llenar mi lata, esa sangre mi tía Luisa la convierte en la rellena que acompaña al pan en el desayuno, lleno mi taza con leche hervida y le pongo harto café pasado. Lo bebo con despaciedad y a dormir se a dicho. A eso de las dos me despierto y me espera un delicioso plato de tallarines rojos con un pichón de paloma, lo miro con ojos de gula. Saco el queso parmesano y rayo un poco. A esa edad el cansancio de la amanecida se te va rápido.

 

         Cuando el reloj

         marca la una,

         la calavera sale de su tumba;

         Chumba la cachumba la cachumbalá.

 

Antes de terminar estos recuerdos, a un año de cumplir nuestras Bodas de Oro (1959- 2009) debo rendir homenaje a nuestros compañeros que se despidieron de forma antelada. Helmud Camp, bajito, diminuto, de piel blanca, cabellos rubios y ojos claros, su asma no le permite expandirse, era callado, filatelista, residía en San Fernando, a la espalda del Hotel de la Estación ¿ya no existe? Que pena, ¿y la tortuga que allí vivía? Tampoco existe. Bueno Helmud recuerda que siempre te recordamos.

 

         Cuando el reloj

         marca las dos,

         la calavera tiene un poco de tos;

         Chumba la cachumba la cachumbalá.

 

El cholo Hinostroza, alto, atlético, jugador de basket, dinámico; ingresaste a la Guardia de Palacio, como escolta presidencial, luego de egresar no nos volvimos a ver, perdón, me estaba olvidando que durante el gobierno del general Juan Velasco Alvarado fui a Palacio, a dejar no sé qué documento y en eso escucho: Respaldiza, volteo y vi un enorme uniforme colorido, botas negras, un casco dorado con un penacho, perdóname, no te reconocí, quién iba a imaginar que dentro de ese uniforme se encontraba un compañero, joven, lleno de vida, hasta que una artera bomba emerretista puesta por algún desquiciado terrorista explotó debajo del ómnibus en que ibas junto con muchos más escoltas, que viajaron, por ese acto demencial, rumbo a la eternidad. Cholo nunca te olvidaremos y estás en nuestro corazón.

                                                                                                                                              5

         Cuando el reloj

         marca las tres,

         la calavera mueve los pies;

         Chumba la cachumba la cachumbalá.

 

Harold Nugent ¿Por qué se te antojó irte tan pronto? Cero y van tres. Este es el juego de la viroca, al que le toca, le toca; pásasela a otro. Tuturu  tú, para que salgas tú. Contra por siaca.

 

         Cuando el reloj

         marca la cuatro,

         la calavera mira su retrato;

         Chumba la cachumba la cachumbalá.


(c) José Respaldiza Rojas

Lima, Perú

publicado el 8-4-2009
 
 
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