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Estás aquí:  Inicio >>  Ensayos - Crónicas >>  Witold Gombrowicz y Simone de Beauvoir - Juan Carlos Gómez
 
Witold Gombrowicz y Simone de Beauvoir - Juan Carlos Gómez
 

el texto pertenece a la obra Gombrowiczidas publicada en el sitio www.elortiba.org
(Buenos Aires) Juan Carlos Gómez



Gombrowicz fue construyendo poco a poco a su alrededor una especie de santidad. Engrandeció su ego hasta donde pudo y le dedicó la vida entera al arte de escribir, mientras se burlaba de la patria, de la política y de la familia.
Era un conquistador, aunque no supiera donde iba ni si valía la pena ir a alguna parte, quería conquistar.
Como si Simone de Beauvoir hubiera conocido los designios de Gombrowicz nos recuerda en el comienzo de “¿Para qué la acción?” una conversación entre Pirro y Cineas; –Primero vamos a someter a Grecia; –¿Y después?; –Ganaremos África; –¿Y después de África?; –Pasaremos al Asia, conquistaremos Asia menor, Arabia; –¿Y después?; –Iremos a las Indias; –¿Y después de las Indias?; –¡Ah, descansaré!; –¿Por qué no descansas entonces antes de partir?

Tanto Pirro como Gombrowicz querían lo mismo, querían conquistar, pero sus proyectos no eran iguales. El rey de Epiro conocía lo que deseaba conquistar, y sabía también que después de someter a vastas regiones de la tierra su mayor deseo sería descansar, lo que a los ojos de Cineas convertía a su proyecto en una empresa ilógica.
Gombrowicz no deseaba descansar, pero no sabía lo que quería conquistar, este desconocimiento, a los ojos de algunos Cineas de la literatura, convirtieron a sus proyectos en una empresa arbitraria.
En “Ferdydurke” y en “Cosmos” descubrimos a Gombrowicz en medio de las confusiones que se apoderaban de sus intenciones cuando planeaba sus conquistas que él realizaba escribiendo.

Jano, con sus dos caras, veía el pasado y el porvenir, Gombrowicz en “Ferdydurke” ve, en el pasado, la extinción de su familia y de su clase social, y en el porvenir, el desarrollo de una forma que nos conducirá al paraíso o al infierno según cuánto sea lo que se humanice.
Cuando Gombrowicz empieza a escribir “Ferdydurke” quería probar sus alcances como artista y sabía que no tenía que medir sus fuerzas por sus intenciones sino sus intenciones por sus fuerzas. Se propuso escribir una sátira que le permitiera sobresalir por el humor, pero la obra se le inclinó hacia lo grotesco y le empezó a nacer un estilo que iba a absorber sus sufrimientos y sus rebeliones más esenciales.
Pero la confusión en “Cosmos” era aún mayor, se le había convertido en un objeto inobservable.

En agosto de 1963 Gombrowicz retoma “Cosmos”, una obra que había interrumpido el 19 de febrero de ese año al enterarse que la Fundación Ford lo invitaba a pasar un año en Berlín. En mayo, recién llegado a Berlín, nos empieza a decir que tenía dificultades para terminarlo. En septiembre nos escribe que le faltaban aproximadamente cuarenta páginas muy difíciles y que no le aparecía claro el título, dudaba entre Cosmos, Figura y Constelación.
En octubre nos confiesa que la obra lo había aburrido en tal forma que no tenía ganas de terminarla, que el final era bravísimo y que ensayaba nuevos métodos y concepciones. En diciembre nos cuenta que le faltaban tres páginas para terminar pero que no sabía como hacerlo y que a lo mejor lo dejaba sin terminar. En junio de 1964 nos dice que le faltaban diez páginas y en agosto, que lo había terminado.

A Gombrowicz no le gustaba dar datos sobre su obra cuando la estaba escribiendo ni detalles sobre su vida privada, basta recordar la infinidad de versiones que nos dio acerca del origen de la palabra “Ferdydurke” y de las variantes incalculables que utilizó para explicarnos por qué se había bajado del barco y no había regresado a Polonia. Por esta razón es que no nos informaba qué parte de la historia no tenía resuelta cuando le faltaban cuarenta páginas, pero por esa cantidad de páginas yo calculo que todavía no había decidido hacerlo masturbar a Leon, ahorcar a Ludwik ni desencadenar el diluvio final que se parece bastante a dejar sin terminar la historia.
“Oh, qué propiedad tan genial y generosa de la literatura: esa libertad de tejer tramas como si se tratara de escoger sendas en el bosque, sin saber adónde nos llevarán ni qué nos espera”

Si bien su manera de ver el mundo estaba contenida en su obra, su obra no había sido escrita para que la contuviera.
“Escribir es para mí sobre todo un juego, no pongo en ello intención, ni plan, ni objeto. He ahí por qué no resulta nada fácil extraer de mis obras un esquema ideológico. Es una esquema, lo subrayo una vez más, a posteriori”
La ambigüedad de posición con la que se manejaba Gombrowicz respecto a su obra no la tenía sin embargo respecto de sí mismo. Cuando habla en sus diarios de personalidades o ideas sobresalientes utiliza dos procedimientos contrapuestos: en uno, primero las golpea y después las levanta del suelo completamente maltrechas; en el otro, a la inversa, primero las elogia y después las desprecia.

Si la ocupación con la personalidad o la idea se le prolonga mucho tiempo reitera el procedimiento, es el caso típico de Sartre y el existencialismo. Esta manía de Gombrowicz se origina en su convencimiento absoluto de que él era el mejor y de que el deseo de ser el mejor es común a todas las personalidades sobresalientes.
A Gombrowicz le costaba trabajo mantener buenas relaciones con el catolicismo porque esa doctrina estaba en contradicción con su visión del mundo, pero el intelectualismo contemporáneo se estaba volviendo peligroso y le despertaba más desconfianza aún que el propio catolicismo. El cristianismo le ofrece al hombre una visión coherente y no lo tienta a resolver con su propia cabeza los problemas del mundo, una tentación que, por lo general, produce resultados catastróficos..

En un principio contrapone el catolicismo superficial al trágico y profundo con el que se podía encontrar un leguaje común entre la religión y la literatura contemporánea pero, posteriormente, se aleja de esa forma dramática y se acerca otra vez a la forma superficial porque, según dice, se había vuelto partidario de la mediocridad, de la tibieza, de las temperaturas medias, y enemigo de los extremismos. En general pensaba que cuando los católicos se ponían a escribir se sonaban los mocos con el alma en vez de sonárselos con la nariz.
“Siempre me ha asombrado que pudieran existir vidas basadas en principios tan distintos de los míos (...) No conozco ninguna grandeza, absolutamente ninguna. Soy un paseante pequeño burgués que por azar llega a los Alpes o hasta el Himalaya (...)”

“A cada instante mi pluma toca causas supremas y poderosas, pero si he llegado hasta ellas, ha sido jugueteando...; al vagabundear como un muchacho me he topado frívolamente con ellas. Una existencia heroica me parece de otro planeta. Es el polo opuesto al mío: si yo soy una permanente huida de la vida, las formas heroicas la asumen plenamente, son la antítesis de mi deserción. Las formas heroicas y yo, uno no podría imaginarse un contraste más fuerte, dos interpretaciones que se excluyen mutuamente, dos sistemas contrapuestos”
Gombrowicz se estaba enfrentando con las formas dramáticas del catolicismo que liberaban de su interior corrientes y torbellinos espirituales de una potencia sobrehumana.

¿Grandeza?, sí, pero resulta que es así como la humanidad común y corriente  se aburre con lo profundo y lo sublime y, por cortesía, aguanta a los sabios, los santos, los héroes, la religión y la filosofía.
“Yo exigiría una grandeza capaz de soportar a todos los hombres, en cualquier escala, en cualquier nivel, que abarcara todos los tipos de existencia, una grandeza tan irresistible arriba como abajo (...) Es una necesidad que me fue inculcada por el universalismo de mi tiempo, que quiere atraer al juego a todas las conciencias, superiores e inferiores, y ya no se contenta con la aristocracia”
Existen gombrowiczidas a los que les encanta ver a Gombrowicz como a un hombre que jugaba y espiaba las cosas a distancia.

A esos gombrowiczidas que ponen el acento en su talante de jugador hay que decirles que era un enemigo implacable de las quimeras y un defensor acérrimo de la realidad, aunque siempre tuvo las manos libres para ponerle distancia al realismo, pues el realismo es una manera pesada e ingenua de ver la realidad.
También es cierto que Gombrowicz sabía que algunos de sus lectores veían en él a un jugador y le gustaba hacer determinados negocios con ellos.
“Pero tengo que puntualizar algo sobre lo que estoy diciendo: nada de esto es categórico. Todo es hipotético... Todo depende –¿por qué iba a ocultarlo?– del efecto que vaya a producir. Es el rasgo que caracteriza a toda mi producción literaria. Intento diferentes papeles (...)”

“Adopto diferentes posturas. Doy a mis experiencias diferentes sentidos, y si uno de estos sentidos es aceptado por la gente, me establezco en él. Es lo que hay de juvenil en mí. Placet experiri, como solía decir Castorp. Pero supongo que es la única manera de imponer la idea de que el sentido de una vida, de una actividad, se determina entre un hombre y los demás. No sólo yo me doy un sentido. También lo hacen los demás. Del encuentro de estas dos interpretaciones surge un tercer sentido, aquel que me define” .

(c) Juan Carlos Gómez

publicado el 4-4-2009

fotografía: Simone de Beauvoir y Jean Paul Sartre - gentileza Juan Carlos Gómez



















 
 
 

 
 
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