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Estás aquí:  Inicio >>  Cuentos, poemas, relatos >>  ¿Usted señor? Carlos Medina Viglielm
 
¿Usted señor? Carlos Medina Viglielm
 

...Llueve ahora… y con ganas… Andrea piensa que los zapatos se le van a desarmar… Tendrá que secarlos en el horno… Su madre estará intranquila… ¿Habrá podido cobrar la pensión?... Se baja la pareja… Qué suerte la de ellos… ¡Bah!, quién sabe… Sí, parece que hay una fiesta allá… algún casamiento… Lindo día para casarse… Claro que está lindo para estar en la cama… Ji Ji...
¿Usted Señor? 

 

1979

 

Andrea no sabe en realidad por qué motivo se le ocurrió mirar esta tarde por la ventana. Sabe que se quedó ensimismada, con las manos sobre el escritorio. Recuerda que solamente veía la ventana, o quizá ni eso. Quizá solamente tenía la mirada puesta en esa dirección. No recuerda haber visto en ese lapso a la de Méndez, que siempre está allí, metida entre sus papeles, mirándose de a ratos al espejo, para retocarse el peinado redondo y rígido de fijador. Y cree, ahora que piensa, que tampoco oyó nada. Ni el tecleo de las máquinas, ni las quejas de los pobres tipos en el mostrador, que después de haber hecho una cola de dos horas, tienen que bajar al segundo piso, y hacer controlar y sellar la solicitud en la oficina de entradas que queda allí, bajando a la izquierda, después de la puerta la tercer ventanilla…

 

No. Lo que vio y oyó fue a García, que la trajo a la realidad. No recuerda lo que García le dijo al principio. Bueno, al principio fue como siempre. Se plantó frente a ella con esa sonrisa zalamera con la que ha tratado de ganarla, como se ha ganado a otras, o más bien, cree que se las ha ganado y no, que le sonríen por necesidad. Y luego también fue como siempre, que fue cuando comprendió realmente que García estaba frente a ella, mirándola.

 

Le dieron ganas de vomitar. Se debe haber puesto pálida. Él le dijo que, bueno, que si se sentía mal que no viniera, pero que no estuviera mirando la luna y quien sabe cuántas cosas más…

 

Ella sólo hizo girar el rodillo de la máquina hacia atrás y hacia adelante y miró hacia el costado para seguir pasando en limpio el expediente que tenía para hacer. García en algún momento se fue. Luego ella sintió una mano sobre el hombro y era Jorge, que lo que menos hace es trabajar, aunque García lo tenga por eficiente. Es cierto que sabe. Andrea no se explica cómo él hace, pero se conoce todos y cada uno de los trámites que se hacen en la oficina y hasta la razón de los mismos. Jorge traía el trapo ese que saca a relucir cuando García le echa una meada a alguno. Pero seguro que la vio mal y no le dijo nada.

 

Jorge le preguntó acerca de lo que estaba haciendo y si tenía algún problema. Porque en ese sentido es fenómeno: siempre le da una mano. Subrayando que, en ese sentido, porque por otro lado bien sabe Andrea, que él le arrastra el ala a todas. No sólo a las que trabajan en la oficina, sino que a las de las otras oficinas. Entonces lo que hace siempre es buscar un pretexto, algún “trámite”, para bajar o subir a los otros pisos a cortejar a alguna, o simplemente, “a recorrer el espinel”, como él dice.

 

Seguramente Jorge tiene además, conocidos en las otras oficinas, que le pasan “el dato”. Llegado el momento Jorge va y le habla “en difícil” a García, que es un viejo ignorante, y sale de cacería.

 

Con Andrea no se llevó muy bien al principio. Las fue de conquistador y ella lo paró en seco delante de todo el mundo. A Jorge no le cayó nada bien, por supuesto. Pero después le pidió disculpas y se amigaron y luego la ha seguido tratando con mucho respeto. Aunque Andrea sospecha que de todas maneras, él siempre anda a la espera de una oportunidad. Le dijo que no, que solamente se había distraído un momento y que además, en ese momento lo llamaba Ferreira desde la Caja, que fuera.

Y Jorge se fue y ella, se quedó tratando de entender porqué estaba ahí como una idiota, haciendo algo que no comprendía. Le costó muchísimo recomenzar el trabajo, si es que así puede llamarse a ese invento hecho para mantener inútiles ocupados, cobrando un sueldo. Ese trámite absurdo, o ese formulario inexplicable, lleno de cláusulas estúpidas, sellos y firmas ininteligibles, hechas por esos lastres humanos de un país, que tienen en concesión el poder, de poder decirle a un “cliente” que se acerca a la ventanilla, casi suplicante, luego de haber recorrido todos los pisos y oficinas de la Intendencia Municipal: “Venga mañana”.

 

Por suerte era tarde ya. Entre que terminó el expediente y ordenó un poco los papeles de los cajones de su escritorio, se hizo la hora de salir. Se puso el saquito de lana, tomó el impermeable y pronto se vio por 18, entre la gente que sale de las oficinas. Casi todos con paso rápido, como de a ratos lloviznaba… Y además irían a encerrarse en sus casas, claro… a descansar un poco de esa discusión diaria por la vida. Discusión que ha visto tantas veces llegar hasta la hora de irse, para comenzar al día siguiente, por alguna causa, seguro distinta a la de hoy. Se fue haciendo de noche… Andrea caminaba pensando que más de una vez hubiera querido no irse a casa sino seguir escuchando…Sí, claro, que se quedaran todos discutiendo y llegar hasta el final…

 

Iba sin rumbo. Caminó a lo largo de la avenida lentamente. Se detuvo delante de las vidrieras de las tiendas, de los cines y de los quioscos. Vio las luces de los luminosos y de los coches reflejarse en el pavimento mojado… Gente hablando y gesticulando en los bares… le hubiera gustado entrar en uno, sentarse, tomar un café, quizá, charlando con alguien…

 

Se fue alejando del centro. La avenida se fue poniendo más oscura y silenciosa y de pronto, tiene la desagradable sensación de que hay algo, no sabe qué, que se terminó y que tiene frío, y que es tarde y que debe volver a casa y lo peor es que mañana, tiene que volver a esa oficina que empieza a odiar.

 

Dando un suspiro, como si volviera a respirar el aire frío y húmedo de junio, cruza la calle, o mejor dicho empieza a hacerlo, porque oye una mordiente frenada seguida de la versión corregida y aumentada del chorro de insultos usados por los taximetristas montevideanos: “¡Mirá por dónde vas estúpida, la puta que te parió!” etc. etc., para luego partir velozmente.

 

Cruza hasta la parada de ómnibus. Hay una pareja de jóvenes que al parecer, por la manera de vestir, va a una fiesta o algo así. Los mira con envidia, ahí, apretados bajo el paraguas. Hay también una señora que suspira visiblemente molesta. No sabe si porque el ómnibus demora, o por el desparpajo de los jóvenes que hacen arrumacos ¡en plena vía pública!

 

Por fin llega el ómnibus. Andrea sube y se sienta bastante atrás, así que puede ver a casi todos los pasajeros. Los únicos que hablan son los de la pareja. Los demás van con la mirada fija en algún punto dentro o fuera del ómnibus. Parece que la cuestión es no mirarse. Rostros cansados, caras serias… ¿Serias, o tristes? No sabe… pero en todo caso, da la impresión de que casi todos fueran pensado en un problema similar…Sí, claro, debe ser eso…

 

 

Llueve ahora… y con ganas… Andrea piensa que los zapatos se le van a desarmar… Tendrá que secarlos en el horno… Su madre estará intranquila… ¿Habrá podido cobrar la pensión?... Se baja la pareja… Qué suerte la de ellos… ¡Bah!, quién sabe… Sí, parece que hay una fiesta allá… algún casamiento… Lindo día para casarse… Claro que está lindo para estar en la cama… Ji Ji..

 

Andrea se ve reflejada en el vidrio de la ventanilla, y piensa que debe tener la misma apariencia que todos los demás y que ha estado mirando a un punto fijo, sin ver, como todos los demás, cuando se da cuenta que se pasa de su parada.

 

-         ¡Me paso! ¿O no? ¡Sí, me pasé! ¡Puta madre! ¡Qué estúpida con lo que llueve!

 

Se para violentamente y grita, - “¡La que viene por favor!”

 

Se baja y va maldiciendo su estupidez, a la lluvia y a los zapatos que se le desarman y hacen flop flop y le dan ganas de llorar de rabia, pero no debe porque, qué diría su madre y la lluvia le pega el pelo a la cara y el agua fría lo corre por la espalda y se niega a correr. Camina como queriendo hundir el piso bajo sus pies, como queriendo partir en mil pedazos el viento que le golpea la cara. Siente unas ganas espantosas de gritar un grito, que al apretarlo le hace doler la garganta. Por fin llega a su casa. Su madre le está esperando con la puerta entreabierta.

 

-         ¡Ay nena que tarde! ¿Qué pasó?

-         Nada, me demoré por ahí, nada más…

-         ¡Ay pero estás empapada, ¿estás loca? Cambiate que te caliento una sopa ¡andá! Por suerte cobré y ahora voy a llamar para que vengan a arreglar ese caño de desagüe de una vez porque hoy cuando volví, estaba otra vez el cuarto de baño lleno de agua. Sabés que la que se casaba hoy es Olguita. ¿Te acordás? ¿Eh? Olguita, te tenés que acordar, que fue al liceo contigo. Sabés que parece que fue de apuro la cosa. Me dijo la del almacén. Y sabés que me dijo que… pero ¿me escuchás o no?

-         ¿Eh? Si… Olguita, sí me acuerdo…

-         ¿Te sentís mal?

-         No. Estoy cansada. Es eso no más…

-         Bueno, pero ahora con la sopa…

-         No. No quiero sopa. No quiero nada. Me voy a acostar. Hasta mañana…

-         Bueno andá… ¿Seguro que no te sentís mal?

-         No. Sí, seguro…

-         ¿Estás enojada?

-         No mamá. ¿Por qué habría de estar enojada? Ya te dije. Estoy cansada. Es eso no más. Me voy a acostar…

-         Bueno andá. ¿Querés que te ponga los zapatos en el horno?

-         ¡Ah! Sí, gracias… Si no, mañana…

-         Bueno andá. Hasta mañana mija…

-         Hasta mañana mamá. Beso…

 

 

Las sábanas están frías de la humedad. Andrea se acuesta toda arrollada. Pero no se puede dormir… No sabe qué es… Escucha los ruidos de la calle, espaciados… La lluvia en la ventana, a su madre limpiando la cocina, y cuando se mueve un poco, el ruido del elástico de la cama, que retumba en ese cuarto de techo alto… el techo alto, el piso de madera…

 

Poco a poco va estirando las piernas. Oye que su madre se acuesta. Recorre con la vista las formas de las cosas recortadas en negro por la luz de la lámpara de la calle que entra por la ventana. La mesa, las sillas, el florero… Otra vez se siente como una extraña en ese cuarto. Era el comedor cuando su padre vivía. Luego se alquilaron las dos piezas del fondo para poder sobrellevar la economía y ella eligió ese cuarto para dormitorio.

 

Un día… qué horrible cuando llamaron porque su padre estaba mal… fue tan de pronto. Pasaron mucos días antes de que incorporara la idea de que su padre no estaría más con ellas… Y pensar que ya hace más de un año… Después tener que dejar la Universidad para acompañar a su madre que estaba tan mal… Y luego para trabajar… Entonces vino aquel viejo compañero de su padre que a su madre nunca le gustó. López, porque era divorciado o separado de la mujer y tenía otra, o algo así… Y les dijo que ella tenía preferencia para entrar a trabajar en la Intendencia y que no se preocuparan.

 

A Andrea no le pareció un mal tipo… Aunque fue él que le presentó a García. Así que después le empezó a tomar fastidio… No tiene ganas de ir mañana… Pero si no va, se lo van a descontar y este mes sí que tiene que comprarse zapatos…

 

-         Porqué no será viernes, -piensa-, o verano…

 

-         Buenos días Mario.

 

-         ¡Hola hola Andrea! Hoy me vas a tener que dar una mano. Jorge avisó que no viene por “razones de fuerza mayor”. Así que, cuidado con el jefecito que ya temprano está de mal humor. ¡Ya! Atendeme a esos tipos un momento que voy a sacar el café.

 

-¿Señor?

- Buenos días eeeemmmm… Yo vengo a presentar una solicitud de revaluación, mire, aquí están los timbrados y ya lo hice firmar abajo pero… Yo había hablado con un muchacho aquí, Jorge, sí, Jorge creo que se llama…

- Mire señor. Jorge no viene hoy. Va a tener que venir mañana. –Andrea luego levanta la vista y dice, por sobre el hombro del desconcertado “cliente”: “¿Usted Señor?

- Buenos días, yo vengo a dejar este… que me dijeron que aquí…

- ¿Lo hizo sellar abajo en Entradas?

- Noo…

- Tiene que bajar un piso, por allí a la izquierda, después de la puerta, la tercer ventanilla… ¿Usted Señor?...


(c) Carlos Medina Viglielm


Sobre el autor:


Carlos Medina Viglielm nace en Montevideo en 1948.

Tiene formación profesional en la música, en la madera y el metal.

Maestro de música y compositor desde 1965. Comienza con trabajos de escultura en madera en 1970. Se inicia en la literatura, publicando sus primeros trabajos en Suecia, donde permanece radicado durante 18 años. Ha publicado diversos trabajos periodísticos y literarios en Suecia, España, Venezuela, Cuba, México, Argentina, Chile y Uruguay. .

 

Miembro de la Asociación General de Autores del Uruguay desde 1976, donde ha registrado textos, temas musicales y tres obras de teatro: "Clase de Fotografía" en homenaje al periodista argentino José Luis Cabezas, "El mensajero de Beirut" y "Orión y las tres Marías".

 

Ha obtenido algunos premios: de música en 1969 en Montevideo (por canción inédita), de fotografía en 1989 (Génova, Italia), un premio literario en 1996 en Montevideo (Narrativa) y un premio en escultura en el 2005 en el XIV Salón de Artes Plásticas del Proyecto Cultural Sur (Brasil).

 

Hay  tres esculturas suyas en tres plazas de la ciudad de Montevideo.

 

Ha musicalizado poemas de José Martí (Cuba), Roque Dalton (El Salvador) , Artur Lundkvist (Suecia), Salvador Moreno Valencia (España) y Ademir Antonio Bacca (Brasil), la pieza "La Calesita rebelde" del uruguayo Mauricio Rosencoff (Suecia 1979), la pieza "Mustafá" del argentino Discépolo (Suecia 1979), un documental sobre el escritor sueco Artur Lundkvist (Suecia 1991), y un documental sobre  Ingmar Bergman, dirigido por la cineasta sueca Karin Rydholm (Uruguay 2005).

 imagen: fotografía de Flavia da Rin (muestra de Rosas, capullos y otras fábulas, Fundación Proa)

 
 
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