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Estás aquí:  Inicio >>  Cuentos, poemas, relatos >>  Pájaro de mal agüero - Bárbara Benítez
 
Pájaro de mal agüero - Bárbara Benítez
 

Finalista en el concurso Leyendas de mi lugar, mi pueblo, mi gente

Pájaro de mal agüero

Juan no había sido siempre loco. En tiempos mejores llegó a ser el gerente general de la mina que daba la razón de ser a ese pueblito precordillerano

A pesar de saber por qué, nadie en el lugar comprendía bien cómo aquel hombre responsable había terminado en ese pobre insano. Sin embargo, seguro que él encontraba un sentido en su mundo, quizás el de protegerlo de certidumbres que le dolían.

Hay quienes ante la infidelidad del amado se dejan morir, otros matan. Juan optó por la locura como forma de enfrentar la traición, sin siquiera intentar venganzas y dejando -simplemente- que el dolor anidara en su cabeza. La gente del pueblo lavó el agravio aislando a los amantes hasta provocar la huída. Juan ya había sido capturado por sus fantasías. Y el resto veía en los infieles su propia posibilidad.

Lo cierto es que nada de Juan asombraba a los vecinos; hacía tantos años que convivían con su insanía que ella era una habitante más de la próspera población. Soportaban -hasta con cierto estoicismo- sus ataques de "loco perdido" y aunque no entendían tanta visceralidad, se dedicaban a reparar los inconvenientes que ella causaba.

A decir verdad, la idea de muchos era que Juan estaba incluído en el presupuesto municipal pero nadie hacía reclamos porque consideraban que conocía demasiados "secretos de alcoba" gracias a sus dotes de vidente que en ciertos días le daban una intuición especial y le hacían "olfatear los cuernos", lo cual no callaba sino que vociferaba en medio de la calle; provocando risas de prepo, falsamente contagiosas.

Por eso toleraban la rotura desvariada de los faroles callejeros cuya luz indicaba a sus demonios perseguidores el lugar de sus paradas, motivo por el cual se había convertido en un  nómade incansable que buscaba sitios oscuros donde estar. Otras veces comía varias plantas del dólar que defecaba erráticamente para asegurarse que la prosperidad no escapara del lugar. Más de una vez, de madrugada, tocaba con desenfreno los timbres para evitar que la gente durmiese ya que odiaba al sueño que de chico lo obligaba a las siestas (hecho que generaba insultos por lo bajo que nadie se atrevía a blanquear porque la lengua del loco podía ser más devastadora que el insomnio mismo).

Juan no dormía y pasaba sus días o caminando sin rumbo o, cuando el brote místico lo atacaba, haciendo ciertas e inciertas predicciones sobre los moradores del poblado. Sus visiones podían demoler a cualquiera, sobretodo cuando tenía frente a sí a alguien que por " desliz" había caído en el vértigo del adulterio. En esos casos nunca fallaba y si se hubiese tomado detallado apunte de sus palabras, se hubiera llegado a la conclusión de que ese pueblo era "un gran puterío".

Como los locos, los borrachos y los niños dicen siempre la verdad, todo el mundo disparaba cuando Juan estaba en sus días de videncia desatada. No obstante a ello, se coincidía en que era el personaje local; entre sonrisas y recelos decían que "si el pueblo se vendiese, se haría con el loco adentro".

El temor de los adultos era la alegría infantil. Los niños lo buscaban de tardecita para jugar a la payana y su risa estruendosa los contagiaba. En esos momentos los vecinos podían respirar tranquilos porque él, además de disfrutar con ellos, los cuidaba con instinto animal.

Cierto día desapareció cerca de una semana. Lo buscaron hasta por las afueras del lugar y al encontrarlo su mirada ausente podía profetizarles la mutación. Juan nunca volvería a ser el mismo. Nunca se supo lo que realmente le ocurrió porque él contaba los hechos según el rumbo de sus delirios. Podía tanto relatar sobre seres rodeados de auras brillantes, presencias diabólicas o seres de otros mundos.   Pero al fin de cuentas, a partir de ese momento sus predicciones dejaron de ser sobre las "camas locales" y tomaron un matiz diferente que molestó, por maliciosas, a cada uno de los habitantes.

Comenzó a pararse en un banco de la plaza, gritando hasta la disfonía el siniestro futuro pueblerino. En total estado de trance hacía largas declamaciones  sobre el cierre de la mina, el fin del paso del tren, el éxodo a lugares remotos. El hambre amenazando a las panzas. La plaza, la iglesia, las calles antes plenas de un simple transcurrir devenidas en un pueblo más que dormido, fantasma, y que no podría evitar su extinción.

Las mujeres se persignaban al oírlo. Los hombres reían nerviosamente ante sus ocurrencias. Los niños lo imitaban acertando en los gestos y los tonos. Pero nadie podía ignorarlo.

De ahí a la preocupación, el camino se hizo corto: la angustia comenzó a rodar y el miedo los paralizó. El loco se había metido con la esencia pueblerina y sus presagios nefastos rompían la pacífica cotidianeidad. Juan pasó de ser "el loquito del pueblo" a ser un representante del mal que con sus poderes lo conjuraba y cuyas palabras malditas convocaban al infortunio. La inquisición cayó sobre él cuando comenzaron los problemas y su destino quedó sellado. El destierro era poco para "el pájaro de mal agüero" a quien ya se le había dictado condena: la escasa humanidad que le restaba sería enjaulada en un manicomio. ¡Cuánto más lejos, mejor!

Y ahí terminó sus días. Nadie supo si la internación fue mejor o peor para Juan porque nunca se osó preguntar. La sola mención de su nombre desataba un sinfín de "cruz diablo y vade retro" en quien lo oyera.

No había dudas, sin  él todo el pueblo seguiría bien, la mina escupiría sus preciados bienes, el tren deleitaría con su paso achanchado, al hambre se le haría pito catalán y todos los rincones del pueblito atestiguarían el inocente suceder.

Por un  tiempo la negación funcionó. Las carcajadas temerosas ya no eran por las predicciones del loco sobre la moral del sitio sino porque sus pronósticos se habían cumplido no ahí sino en zonas cercanas. "Además de loco era desorientado", decían entre toscas y forzadas risotadas generales. 

Más llegaron los noventa y junto con ellos la destrucción de los sueños de ese pueblito minero. Con la riqueza estafada, la realidad les restregó en la cara una verdad que opacaba a cualquier visión. Ni las erráticas mierdas de Juan los salvaron de la desaparición y la miseria.

Finalmente el pueblo se vendió. Pero el loco no estaba adentro. 

(c) Bárbara Benítez

Bárbara Benítez es argentina, vive en la ciudad de Buenos Aires.

imagen: Antonio Berni, El carnaval de Juanito Laguna, ver galería de imágenes
 
publicado el 16-12-2008


 


 

 
 
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