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Estás aquí:  Inicio >>  Ensayos - Crónicas >>  Literatura en la cárcel por Reinaldo E. Marchant
 
Literatura en la cárcel por Reinaldo E. Marchant
 

Reinaldo E. Marchant escribe desde Santiago de Chile acerca del libro Mirando hacia la libertad

 Literatura en la cárcel

(Santiago de Chile) Reinaldo Edmundo Marchant 
 

Se equivocan quienes creen que la creación humana precisa de un sitio idóneo para  que salgan las musas a fantasear. 

A veces basta un desolado banco de un parque, la precariedad de una pieza o el simple tropiezo de un lápiz deslizándose en una hoja blanca, para descubrir un espacio soñado que antes no existía en la tierra. 

Los aprietos que precedieron a grandes libros universales, no fueron frutos de un camino fértil en dones. Escribir es una infinita lucha solitaria, donde las entrañas y la piel quedan dibujadas en las páginas en blanco. 

Se sabe que  Miguel de Cervantes Saavedra cinceló parte de su portentosa obra, El Quijote de la Mancha, privado de libertad, el neurólogo y psiquiatra austriaco, Víctor Frankl, tramó en varios campos de concentración nazi, su excelente libro “El hombre en busca de sentido”, y el famoso texto, “El diario de Ana Frank”, surgió en guaridas de un lúgubre universo. 

La precariedad elemental con que se escribe también tiene forma de cárcel. Y lo es el enrejado de una ciudad hostil, salvaje e indolente. Un creador perseverante, muchas veces percibió la vigilancia policial y se imaginó en el ahogo de un holocausto. 

Por ello la buena literatura y las grandes piezas de pensamientos emanan desde la profundidad de la inquietud humana. La banalidad de unos textos, que atan con mechones de cebolla, podrán infestar Ferias del Libro, Congresos de Escritores y páginas culturales, pero irremediablemente el peso de la figuración esfumará con la caída de los crepúsculos. 

¿Qué será de aquellos efímeros escribas que llenaron semanarios y noticieros de amor con ejemplares sin esencia?  
 

La educación, en su máxima acepción, no es un abstracto puro, sino se manifiesta en un proyecto único del ser humano y el entorno comunitario. Curiosamente, cuando más activamente se participa de ella, es cuando por alguna circunstancia de la vida aparece la quietud, la silente noche envuelta de grillos que no modulan,  como en este caso en que, mujeres y hombres, alumnos de establecimientos educacionales en recintos penitenciarios, detenidos comunes, comunican  por intermedio de la palabra las vivencias y los recuerdos personales, que plasman en poemas y relatos que denotan un alto grado de sensibilidad y agudeza creativa. 
 

La selección de los textos que forman parte del  libro “Mirando hacia la libertad”*, responden a programas desarrollados en las cárceles del país.  Son el resultado de un Concurso Literario que tuvo una amplia participación y una asombrosa calidad de los trabajos presentados. 
 

Claro, no faltó el ladino que “engañó” al jurado pasando por suyo el poema “Princesa”, del canta autor español Joan Manuel Serrat… Hasta se lo publicaron. Bien por el condenado, mal por quienes no avistaron la triquiñuela.  
 

Es una lástima que esta clase de publicaciones no tengan la debida llegada a un público más amplio, incluso a críticos literarios y académicos: se pierde una valiosa oportunidad  de tomar contacto con piezas literarias  incubadas en sitios sombríos, donde se encuentran poemarios, testimonios y narraciones que aflorar desde el alma humana, que remecen. 

Es bien sabido por quienes se dedican responsablemente y de forma constante al ejercicio de la creación literaria, y al estudio disciplinado de las letras, que los mejores textos no están en el mercado, ni impresos, sino subyacen  en el abominable anonimato. 

Verdaderas tonteras convertidas en libros, que obligan a la gente a adquirir como alimentación chatarra, han empalidecido la existencia de escritores en ciernes que peregrinan con sus volúmenes bajo el brazo, absolutamente degradados por figurillas de paso.  

En este sencillo libro uno puede husmear a literatos anónimos que ventilan más ideas y recursos estilísticos que esos personajes grandilocuentes, que arman novelas y relatos a modo de  teleseries y de pueriles detectives, que tienen un formato que podrían soportan mil historias de títulos distintos, con una misma trama, acción y peripecia.   
 

“Mirando hacia la libertad”, no sólo es esfuerzo lleno de dignidad, también revela que el talento se encuentra en otra parte, y que desgraciadamente nos cae a migajas y apenas de vez en cuando. 
 

*Mirando hacia la libertad, Ministerio de Educación y Chilecalifica, 104 páginas, 2008..

(c) Reinaldo E. Marchant

publicado el 20-10-2008

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Uno de los cuentos del libro
 
 

De brujo

                                                                                       

L.González M. 

Hace años, cuando yo tenía como  11 años, mi abuelita me contó una historia que, según ella, sucedió cuando era muy jovencita, en un pueblo del sur llamado Río Bueno. 

En aquellos tiempos, cuando todo era campo y aún la modernidad no llegaba a estos lugares, contaba ella que en el pueblo vivía  un hombre joven, el cual  era muy trabajador, desempeñándose en faenas propias del campo. Cierto día, este hombre conoció a una tranquila mujer, joven y bonita de la que se enamoró, tanto como ella de él.  Pasó el tiempo y decidieron casarse y formar una familia.  Ella era muy empeñosa en el hogar y él hacía lo propio en su trabajo.  Pronto fueron padres y la felicidad fue mayor. 

Donde el dueño de casa trabajaba, no estaba solo, sino que había con él muchos más: algunos eran conocidos, otros provenían de otros lugares, pero todos trabajan en armonía. 

En estos momentos puedo recordar el nombre que tenía el  personaje de quien les hablo, pero le llamaremos José.  Como sabemos, José fue padre de un niño, y la felicidad se hacía sentir. 

Pero resultaba que desde el día en que José y su esposa se casaron, la mayoría de las noches durmieron en piezas separadas.  Y un día, conversando José con un compañero de trabajo en horas de descanso, salió este tema.  José le contó a su amigo que con su esposa no dormían juntos, sino que cada uno en su pieza respectiva, a lo que el compañero respondió: “Tenga cuidado, compadre, porque cuando al marido o a la mujer le gusta dormir en pieza separada, es porque uno de los dos es brujo, y cuando llega la noche, su cabeza se separa del cuero y sale a volar”.  Este comentario causó una gran risotada en José y al llegar a su casa le contó a su mujer lo que su compañero de trabajo le había dicho, y rieron juntos.  Rato después, ya muy de noche, ambos dormían, cada uno en su pieza. 

Días después, José y su compañero de trabajo nuevamente volvieron a charlar y, tras algunos minutos, tocaron otra vez el tema de dormir separados.  Al instante, el compañero le preguntó a José de quién era la idea de dormir en piezas separadas. José le respondió que de su esposa, la que desde un principio se lo había pedido. Solamente un día a la semana dormían juntos, para satisfacer las necesidades propias de un matrimonio. 

De pronto, el amigo le dice a José que debería darse una vuelta en la noche a la pieza de su mujer, para asegurarse de que ésta no fuese brujita.  Y, en medio de broma y medio en serio, le aconseja que si la encontraba sin cabeza, diera vuelta el cuerpo y lo dejara boca abajo.  Así la cabeza no podría volver a pegarse normalmente y la bruja se daría cuenta de que había sido pillada. 

Ambos dieron por terminada aquella conversación entonces, pero José quedó muy pensativo y el comentario de su compañero quedó dando vueltas en su cabeza.  Hasta ese día, nunca se había preguntado, ni tampoco le había preguntado a su esposa, por qué le gustaba dormir en  pieza aparte y, además, cerrarla por dentro.  Nunca le había preguntado nada y consideraba que su mujer no tenía para que decir cosas que ella no quisiera decir.  Al menos hasta ese día, había sido así.  Pero ya la duda había entrado en el corazón y la mente de José. 

Y esa noche, como a las 4 de la mañana, José se levantó y se fue a la pieza donde dormía su mujer.  Empujó la puerta, pero ésta no abrió.  La golpeó, pero no recibió respuesta.  Golpeó nuevamente, y nada.  Acto seguido, tomó impulso, y la puerta, sin mayor oposición, cedió.  Y lo que José vio, después de encender la vela que llevaba, lo dejó pálido, porque sobre la cama estaba su mujer, pero en el lugar donde debía estar la cabeza no había nada: simplemente el cuerpo estaba ahí, sin cabeza.  Entonces, perturbado, asustado, sin saber lo que realmente hacía y guiado más por instinto que por otra cosa, recordó lo que su compañero de trabajo le había dicho, tomó el cuerpo y lo dio vuelta. Y venciendo el miedo, se  quedó contemplando aquel bulto. 

No se dio cuenta del tiempo que había transcurrido, hasta que, de  pronto, sintió algo que entró a la pieza y chocaba contra las murallas: algo que volaba pero no se veía.  Nuevamente sin saber lo que hacía, volvió a dar vuelta el cuerpo de su esposa, dejándolo en su posición original.  Ahí cesó todo el alboroto que causaba aquello que José no lograba ver y la cabeza apareció y se unió al cuerpo de su mujer, quedando con los ojos cerrados, como durmiendo. 

Luego José se fue a su pieza y se quedó pensando en lo que  había visto. No se dio cuenta de las horas que pasaban, sumido en sus pensamientos y preguntándose por qué había ido a la pieza de su mujer, por qué había dudado, por qué había escuchado comentarios de otras personas, si ella nunca le había dado motivos. 

Ya había amanecido y José escucho un llanto.  No era el llanto del hijito que ambos tenían, sino el llanto de su mujer. Fue a la habitación donde se encontraba su mujer y ella lloraba amargamente: había quedado ciega, porque había sido descubierta. Le reclamaba a José, preguntándole por qué le había hecho eso, por qué se había empeñado en descubrir  algo que ella nunca usó contra él. Le repetía que lo único que ella quería era estar con él, vivir feliz junto a él, porque siempre lo había amado, y que lo  más importante en su vida eran su hijo y él.  José lloraba también, porque encontraba razón en Todo lo que su mujer le decía.  Ella siempre se había  preocupado de él, le atendía bien y siempre repetía cuánto lo quería. 

Después de unas semanas, ocurrió lo peor: ella murió, porque dicen que cuando un brujo es pillado, muere. 

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