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A mis nietas - Nora Tamagno
 

El relato A mis nietas de Nora Tamagno integra el Suplemento dedicado al Día de la madre, tercer domingo de octubre de 2008

imagen: Eugenio Daneri, Mi madre, ver galería de imágenes

A mis nietas

…y como el Lobo Feroz no tuvo el placer de devorarme, sobreviví y hoy soy la abuela de tres Caperucitas…

Este es el final, o mejor dicho, el principio, de un cuento feliz. La primera, llegó en uno de los más difíciles momentos de mi vida. Me sorprendió tan atrapada en una maraña de espanto, que ni siquiera sus imparables berridos, lograron sacarme del pozo. Sé que me perdí experiencias muy valiosas, pero lamentablemente, la vida suele ponernos frente a encrucijadas en las que no tenemos alternativa y perdemos irremediablemente oportunidades de ser felices.

Con la segunda, estaba algo distraída, y aunque ya había logrado emerger del submundo, aún no había recuperado la identidad completa.

Con ésta, ya no tengo dudas, y estoy en condiciones de asumir, en pleno uso –es una forma de decir – de mis facultades mentales, mi condición de abuela. Esto no significa que haya llegado a la tercera edad y que me resigne a hacer calceta (no sé qué es la calceta, pero lo he escuchado tantas veces que me parece que aquí queda bien). Todavía estoy en carrera (a media marcha, pero carrera al fin).

Aunque no soy una abuela de cuento, soy una abuela con historias, y me gusta contarlas. Pese a que no he tejido ni un solo escarpín (gracias a Dios, mis nietas tienen bisabuela, tías abuelas y otras damas idóneas en el arte de las agujas) que las han dotado de un guardarropa tan vasto que las niñitas podrían hacer varias expediciones al Polo sin pasar frío, he hecho algunos aportes.

La verdad, es lindo sentirse abuela. Tal vez no por elección, sino porque tengo la mente ocupada en algunas cosas importantes y otras no tanto, hasta ahora, no he experimentado el temor a envejecer. Por supuesto, me espanta la decrepitud y no quisiera dar lástima. Gracias a Dios, aún no he tenido tiempo de aborrecer ese plisado prolijo y aún discreto que bordea mis labios, o esos dos surcos como tajos que flanquean mi boca, custodiándola como a la reina de Inglaterra sin que se lo haya pedido, o esas tres rayas paralelas, verticales y cada vez más profundas que se instalaron sin permiso en el entrecejo como intrusas indeseables. ¡Si! ¡Son arrugas! Arrugas que se adueñaron de los espacios que dejó libres el colágeno cuando se declaró prófugo. Con el colágeno se fueron en patota las hormonas, progesterona y las neuronas trabajan a reglamento. De todos modos, las arrugas significan experiencia, y aunque vendría bien un planchado para borrarlas, prefiero tenerlas, a que se me borre la memoria.

Ya desistí de contener la respiración hasta ponerme azul para que la panza se mantenga en su sitio, porque de una manera u otra, en algún momento, se pondrá en evidencia. Me como todo lo que me gusta sin culpa, sobre todo el chocolate porque dicen que genera endorfinas. ¡Basta de los jeans ceñidos como guantes! ¡Libertad a las masas! ¡Me declaro libre de toda opresión, autónoma e independiente! Adhiero a la “caída libre” de todo lo que por el peso de gravedad está cayendo, excepto la dignidad que está en alza. Asumo con orgullo mi condición de abuela.

Esta tercera nieta, que está a punto de hacer su entrada triunfal en este mundo convulsionado que estamos viviendo, es también mujer, en una familia en la que este sexo es legión. Me proclamo abuela por megáfono, a los cuatro vientos y hasta me gustaría que un avión tirara papelitos llevando la noticia a todos los que se alegren con este advenimiento. Me siento abuela aunque mis nietas me llamen por mi nombre, como yo a la mía la llamaba Dolores.

Ahora sí que me siento una abuela de verdad, aunque no cante el arrorró para que sus sueños no se transformen en pesadillas, ahora sí siento una alegría enorme y contagiosa y como ya les expliqué muchas veces a mis hijos, y al que me quiera escuchar, tal como dice la canción, “el corazón es un músculo sano” y puede hacerse enorme para cobijar muchos amores, los de los padres, los de los hijos, los de los nietos, y con viento a favor, tal vez, algún otro (cosecha tardía).

(c) Nora Tamagno

Rosario - Provincia de Santa Fe

publicado el 18-10-2008

 

 

 
 
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