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Estás aquí:  Inicio >>  Cuentos, poemas, relatos >>  La ojera de las vanidades - Norma Etcheverry
 
La ojera de las vanidades - Norma Etcheverry
 

desde La Plata

imagen: Eugenio Daneri, Paisaje suburbano, ver galería de imágenes

La ojera de las vanidades

 

Junto mis huesitos

en la hoguera de las vanidades

porque según la abuela Jana 

nadie teje con agua del propio río.

Nadie cruza él mismo

a nado el fuego.

Nadie nada sabe

de las cosas que realmente

pasan en el mundo.

Tengo un esqueleto

que brilla en la noche

y me alumbra.

Voy tras él

veré de reunirme con mi espalda.

Huesito quemado y ceniza

seré carbón tizne tinta

hilo sin hilar

haré crochet con las memorias

de mi origen.

 

Fotos de Familia

 

Me caso para divorciarme

y qué,

les dijo

mientras María

se confundía

con las cenizas del Ave

y la guitarra

de Pablo Milanés

No ama quien quiere sino quien puede

elegir/se

con libertad

Más tarde diría Spinetta

que buscar se parece a nada

pero buscar siempre es mejor

que morir de sed.

Me gusta lavar, planchar y

cocinar

y también ir a abordar

lo marginal,

correr

el peligro de saber quién soy.

Me caso

y qué,

les dijo y los hizo

testigos de que todo

Futuro es imperfecto.

 

 

 

 Mandatos

 

Aprendió a ser hombre.

Alguien tenía que emular al

Padre

ser el emergente

decir puedo.

Alguno debía arremangarse

los pantalones

para llevarlos bien puestos.

Rescatar la sangre

del recato

y tirarla por la borda.

Alguien debía ponerse el nombre

al hombro

y dejar para más tarde

la compostura

el maquillaje

la cara boba del rebaño.

Habrá tiempo luego

para parir  

pensó

para ponerse labios de rouge

y ojos

de ternura degollada.

 

La caída en el tiempo

 

Unos días de campo harían ceder la fiebre.

Las mañanas serían más claras.

Se escucharía el ruido redondo del molino

una vez y otra

luego también el mugido de las vacas.

Iaia vendría con tazones humeantes, chacinados, galleta.

Sus pasos serían más leves que las alas de los ángeles.

Habría olor a eucaliptos en toda la casa,

vapores emanando del agua que hierve sobre la cocina

a leña.

Luego estaría mejor y le pediría a los peones la yegua blanca.

Andaría entre los pequeños gritos de los teros

cabalgando sobre mi propia sombra.

Amenazada

por la fascinación del mediodía.

 

Tal vez me vieras frenar de golpe

y caer de mi soberbia altura.

 

Te asustaría imaginar de lejos que algo grave

pudiera suceder.

 

Luego sabrás que no.

Nada más pasó la vida.

 

Cedería la fiebre.

Volvería  -como se vuelve atrás una película muda-

la imagen de nosotros antes de la caída

en el tiempo.

 

 

 

El camino a Puno

 

Viajabas por caminos

de Yunguyo a  Puno.

El polvo y el frío se parecían

demasiado a los bordes filosos

de un papiro

(todo lo que habla se le parece).

 

Silke llevó pan hasta la orilla

del Río Tunai,

y conversamos acerca del curso del agua

y de las coordenadas que rigen el vuelo

de las mariposas.

También de las ciudades del mundo

y las costumbres diferentes

de los países.

Confesaste

cierto pudor cuando hablamos de los olores

y  los colores

que brotan de las pieles y las tierras del Altiplano,

y de toda la historia de este lado del mundo

recorrida y vejada

por las manos

de hombres ajenos.

Viste a las cholas con sus formas de mujer

deformadas

por el viento de escarpadas

laderas

y las caderas

envueltas en colores

y las cabezas

cubiertas

por sombreros negros.

Nunca

volviste a viajar

así

entre montañas y  nada

junto a seres de puños silenciosos

y ojos oscuros.

El camino se abría largamente

entre las nubes y la pequeña camioneta

avanzaba

en el camino de Yunguyo a Puno.

 

Era un breve reparo

contra el viento

cada hombro de esos hombres

desconocidos

y hermanados

por el cielo vulnerable.

No olvidarás

esos rostros curtidos

por el azote del aire

y el tuerto implacable de la Puna.

Nunca más

perder el rastro en el desierto

que rodea toda conquista

y aprender

que india es la lágrima del esqueleto

de la historia.

 

Tener

los ojos abiertos de tanto mirar

lo que antes solo pudiste entrever en el sueño

y oír

la nota que apenas murmuraba el agua

en la partitura

de lo que sería el viaje.

 

Después, cada vez que te fuiste de la ciudad

volviste otro.

 

Silke llevó pan a la orilla

del Río Tunai

y hablamos de los países del mundo,

y las distintas lenguas que hablan los hombres,

y de la brevedad del vuelo

de las mariposas.

 

(c) Norma Etcheverry

 

sobre la autora:

 

 

Norma Etcheverry 

(*)Nació en la provincia de Buenos Aires, Argentina, y reside en la ciudad de La Plata desde 1981, donde se recibió de Periodista y cursó estudios de literatura en la Facultad de Humanidades. Ha publicado, en poesía,  "Máscaras del Tiempo" (1998) y "Aspaldiko" (2002). Colabora en "El espiniyo", revista de poesía de La Plata y publicaciones del interior. Produce "Diagonal Converso", www.diagonalconverso.blogspot.com, revistual breve de poesía.

 

 
 
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