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Estás aquí:  Inicio >>  Cuentos, poemas, relatos >>  Asamblea de quienes lloran entre nosotros - Manuel Lozano
 
Asamblea de quienes lloran entre nosotros - Manuel Lozano
 

¿Adónde arrojar los restos del festín-tragedia?

De unánime fervor por el velado tesoro,

habrán subido hasta las cumbres

con los pies manchados por la turba...


imagen: Antonio Berni, Cristo en el garage, ver galería de imágenes

Asamblea de quienes lloran entre nosotros


Para José María Muscari




¿Adónde arrojar los restos del festín-tragedia?

De unánime fervor por el velado tesoro,

habrán subido hasta las cumbres

con los pies manchados por la turba.

Un agua ausente para beber

con tanta fuerza corre hacia el retrato.

Abajo estaba ella, más abajo que el sueño,

María Magdalena de Bizancio,

-entre columnas y cariátides-

repitiendo las formas

que olvida tu memoria del derrumbe.

Totalmente abandonada en la inmundicia

(sobreviviente erguida del hágase la luz),

hiere sus pliegues con el llanto.

¿Cómo pudiste arrojarte a este mundo,

Madre Tenebrosa de la Triste Locura?

Muchas veces el jinete te buscó por los lindes del cielo

comiéndose la carne tibia a dentelladas.

Ni de lejos entrevimos el muro.

Acaso la tempestad urdía su derrota

y se desmoronaba la esfinge.

Alabada sea el agua

que escudriña el dolor como los ángeles.

Alabada sea esta sopa de legumbres, hecha del agua que ha perdido transparencia,

saciando el hambre tentadora.

Alabado el niño que antaño fue mi verdugo

y el sol que lo engendró y las estrellas que vieron sus juegos.

Alabada la mayor oscuridad develando mi cuerpo.

Alabadas las páginas que leí o descubrí cuando fueron propicias

las constelaciones nunca miradas.

Alabados el sueño amniótico del feto y la larga vigilia del anciano.

Alabado el iris que revela el amor y su caída.

Alabado el sueño prematuro de Lao Tsé

cuya duración corresponde a los ochenta y un años de una vida humana.

Alabados los faroles, los cántaros y un cetro.

Alabadas las plegarias de quienes creen en ellas.

Alabadas las palabras que curan.

Alabadas las palabras de sangre que hoy borran las nostalgias.

Alabadas las palabras que no curan.

Alabadas las máscaras que parten el rostro y luego lo derriten.

Alabado el veneno de áspides.

Alabadas las últimas palabras (o sílabas acaso)

pronunciadas por la vieja princesa Elsa von Freitag-Loringhofen,

palabras no escuchadas por nadie, salvo por el demonio.

Alabado el cuerpo de Cristo, que ni los ángeles verán

hasta el día prefijado.

Alabados el sonámbulo y la sonámbula que fueron Sarah Bernhardt.

Alabados sean Gog y Magog porque adelantan el Juicio

con el polen enfermo de las guerras.

Alabado el exorcista León Bloy arrastrando su cadáver de fuego

como sólo puede hacerlo un mendigo

hasta las puertas del viejo cementerio de lápidas quebradas.

Alabadas las larvas que aúllan en la oscuridad de los ataúdes

y abrigan un lenguaje cifrado.

Alabada Patricia que nunca conoció el tiempo y sus empresas,

muerta de felicidad a los seis años.

Alabado el último invierno que registró los juegos de la niña,

la íntima retama menos ávida que el barro.

Alabado el vacío dulcísimo en que dormitan los muertos.

Alabadas las manos que supieron de sed y escalofrío

formando en el aire el idioma elemental del arrojado.

Alabado el color de la azucena en la espada del ángel.

Alabado el decacordio que acompañó una tarde

la turbada voz del hombre joven.

Alabadas las posesiones en que cruje el dolor como un milagro.

Alabadas la demencia de Swift y de Sylvia Plath.

Alabada la gloria de pisar la nieve con los pies desnudos.

Alabado el que muere de sed.

Alabada la sospecha de una memoria yacente.

Alabado el borrador que fuimos una tarde de este mundo,

un reflejo de mamparas.

Alabada la canción china que murmura:

¡Días de verano!...

¡noches de invierno!...

¡Pasados cien años,

iré a su morada!

Alabada Bárbara Hutton, llena de presciencia,

sellando las estrechas ventanas de aluminio y dispuesta a morir

como quien ya ha ardido demasiado.

Alabadas las tormentas de Patmos.

Alabada la humedad que fragmenta como un alga la pared.

Alabada la fiebre desintegrando libros, papeles, estatuas,

vías de ferrocarril, abarrotadas casas de un solo lado,

ascensores de hierro, álamos encorvándose,

y después el rumor amargo de la noche igualada con el día.

Alabada la luz que entra y sale de los ojos como una telaraña.

Alabada la Gran Lluvia que borrará la historia y su peso

y su lenta ficción de vidrios rotos.

Alabado el perro denunciando en un sueño

las obstinadas miserias de un final de siglo.

Alabadas la sal y las especias, oros del renacimiento.

Alabada la más desnuda piedad.

Alabados quienes se quedaban en casa repartiendo despojos.

Alabado un niño sosteniendo una madeja

de hilo rubio en Tánger.

Alabada una luna en fase decreciente.

Alabado el escrutante viejo de ojos blancos, arúspice.

Alabada la plañidera Nathalie Crane, descubriendo Nueva York,

feroz y suntuosa, descubriendo y olvidándola.

Alabadas la vicisitud, la duda y la zozobra.

Alabado el castillo inagotable del que mana el agua inagotable.

Alabada la piedra lunar.

Alabada la ilusión que crea dioses y demonios.

Alabado el epitafio de Keats: Su nombre fue escrito en el agua.

Alabada la conjunción “y”.

Alabada Rufina Cambaceres, que conoció el vasto horror

de sus dos muertes.

Alabado un canceroso Villiers de L´Isle Adam,

conde y poeta perdido entre autómatas de hierro.

Alabada la sonrisa del muerto bajo la hierba.

Alabado el sardónice, piedra de la muralla,

Gloria de Aquél que no se nombra.

Alabada la ciudad futura.

Alabada una antorcha, una copa vacía, un cuervo embalsamado

en la casa del sueño.

Alabado el humo desprendido en la hoguera.

Alabados el brebaje de Helena y las venganzas de Dánao.

Alabadas las caravanas del aire, del mar y del barro.

Alabado el padre deforme, el último.

Alabada la torre de todos los enigmas.

Se vierten las plagas sobre los cadáveres

y lo que ha sido escrito se borra en un instante.

¿Cuándo acaba esta trama de maldiciones y de abandonados?

Es visible el misterio.

Tan sólo quería la mayor desnudez, nunca su hora.

(c) Manuel Lozano


Fez, Marruecos, 2001

(Este texto, que pertenece al libro "Bizancio bajo las aguas", de M.L, principió "El Oro de los Tigres -Comunicación de Autor", del 14-VIII-2008)

 
 

 
 
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