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Elementos para una discordia - Luis Alberto Ambroggio
 

La lista de nuestros grandes cómplices incluiría, entre otros, a Unamuno que crucificó el sensualismo, a Emerson que ensayó la esencia del poeta y del poema, a Wittgenstein que escribió en su Tractus que sólo debería poetizarse la filosofía, a un Vallejo que teje sus poemas como un pensamiento abierto sufrido en cada hueso y busca en su poesía la compañía de pensadores como Marx, Fuerbach, Freud; a Borges que califica su poética de intelectual (y nombra como tales a Shakespeare y Dante); a Aragón y Breton que fueron llamados "poetas de la razón" y a Aristóteles, más...

(New York) Luis Alberto Ambroggio

ELEMENTOS PARA UNA DISCORDIA

Desde que tildaron a este conjunto travieso de palabras, desde que lo llamaron con un tono acusador, desde que lo condenaron sutilmente al destierro de su género por ser conceptual, busco cómplices para justificar el crimen. Bien, Hierro y Mallarme, el poema está hecho de palabras, no de ideas, con palabras que muerden, que tocan, que cantan, que defecan, pero las palabras mismas son ideas, arquetipos, átomos de ideas, símbolos, un punto en el tejido del párrafo, en el párrafo visceral del concepto, evocan el concepto y si sólo tocan, huelen, señalan asépticamente, nunca despertarán el corazón de las cosas, su profunda belleza. Porque el ser, el entendimiento de lo que es, de lo que nos duele en el fondo, cuando estamos y no somos, cuando somos en un alrededor que nos define, cuando definimos nuestro alrededor, cuando el otro, el lector, el escritor que es lector, ese yo complicado que existe en, con, para, y que es un río, un dios, una ameba, que se siente nada y lucha por sentirse todo, o, en todo caso, por llegar a ser algo con las flores y la magia, ese ser contiene la belleza original y hace bella a la búsqueda y sus expresiones de madera, papel, piedras, Iglesias y cantos. El encuentro, la ilusión del encuentro, la comunión con este fuego que está abajo, adentro, nos provoca gusto, alegría, náusea, locura y éxtasis.

No sostengo que sólo cuando la náusea llega a su apogeo nace la poesía. Porque la hemos recortado en el agua de la piel, en el ritmo de los óvulos y los espermas, en la mirada que se ensancha hasta el absurdo, el imposible, lo infinito, en la solemnidad de la muerte y sus gusanos. El fondo del poema, el que queda en el paladar luego de la metáfora, el epíteto oportuno, la métrica acabada, el acento bien colocado, lo que queda, su alma, lo que inadecuadamente llamamos mensaje, lo que no es mensaje sino vida plena, eso que no puede captar del todo la lógica, la metafísica, el concepto vital y expansivo, ese fondo es el poema que contiene todo lo enumerado y más porque su expresión es el grito que emerge de la penetración o recibimiento, de haber hecho el amor con el misterio, la unicidad, el inner sanctorum que se transforma, se transfigura, se multiplica. De allí que ese gene, ese embrio, ese amor con cuerpo y mente propia, nos involucre y enloquezca a cada uno de nosotros de diferente forma, con vibraciones, colores, temperatura, ojos, movimientos en las células del cerebro y otras partes del cuerpo, peculiares y distintas.

Claro, mi apreciado Machado (Antonio), puedo así comprender que Ud. se haya referido a los poetas como "metafísicos fracasados." La lista de nuestros grandes cómplices incluiría, entre otros, a Unamuno que crucificó el sensualismo, a Emerson que ensayó la esencia del poeta y del poema, a Wittgenstein que escribió en su Tractus que sólo debería poetizarse la filosofía, a un Vallejo que teje sus poemas como un pensamiento abierto sufrido en cada hueso y busca en su poesía la compañía de pensadores como Marx, Fuerbach, Freud; a Borges que califica su poética de intelectual (y nombra como tales a Shakespeare y Dante); a Aragón y Breton que fueron llamados "poetas de la razón" y a Aristóteles, más recientemente Heidegger y Arendt, quienes acudirían a la poesía para completar o consumar la filosofía, como expresión supra-conceptual, a través de palabras, de su juego y su capricho, de analogías, comparaciones sorprendentes, figuras del lenguaje, títeres crueles, en fin, todos esos recursos espirituales sanguiñeos y pecaminosos que animan a los poetas. Si todos los poemas son, en definitiva, poemas de amor o poemas de muerte, la vida misma, el ser, encarnan variaciones de estos temas y la poesía (palabras, ideas, música, tierra, artificio, significante, significado, inspiración y trabajo), es exclusivamente su expresión feliz y caliente, concreta y abstracta, vana y profunda.

En fin, mi frustración es más limitada pero no menos inquietante. Y no me alivia ni la liberación semiótica ni otras propuestas porque no comulgo con la distinción entre la palabra que define y la palabra que penetra y expresa: las dos crean placenteramente el ser. Voilá, la poesía, ciencia del ser: una conclusión que le pertenece a Saint-John Perse "Poésie, science de l'Etre". Por eso, mi querido Holderin, sigo mendigando mientras cultivo mi sueño de que a partir de una flor (un jazmín, por ejemplo), de sus blancos pétalos, de su perfume que me inunda, pueda vivir con la totalidad de su ser, brotar como ella con la complicidad de la abeja, extraer el polen y sentir en mi lengua y en mi semen, cómo creció hasta entrar en mi vida, la complejidad de sus genes, cómo se comunican y me aceptan hasta poder ser yo quien humildemente la recree, la ame y acaso, la inmortalice.

" Les poetes ne sont pas seulement les hommes du beau. Ils sont encore et surtout les hommes du vrai." ¡Magnífico Apollinaire! O, en inglés, con palabras de John Keats, "the beauty of truth, truth beauty"

(c) Luis Alberto Ambroggio

Luis Alberto Ambroggio nació en la Argentina. Actualmente vive en Estados Unidos.

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