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El Club de Gombrowicidas - Juan Carlos Gómez
 

El origen del vocablo gombrowiczidas tiene sus bemoles, tantos que me vi obligado a recurrir a los griegos. Dos hermanos griegos de los tiempos mitológicos que se llevaban bastante mal tuvieron muchos hijos; Dánao cincuenta hijas y Egipto cincuenta hijos. Como ambos se tenían temor, Egipto, para hacer las paces, mandó al reino de Argos a sus cincuenta hijos para que se casaran con sus cincuenta primas, pero Dánao era un hombre vengativo, a


EL CLUB DE GOMBROWICIDAS

El origen del vocablo gombrowiczidas tiene sus bemoles, tantos que me vi obligado a recurrir a los griegos. Dos hermanos griegos de los tiempos mitológicos que se llevaban bastante mal tuvieron muchos hijos; Dánao cincuenta hijas y Egipto cincuenta hijos. Como ambos se tenían temor, Egipto, para hacer las paces, mandó al reino de Argos a sus cincuenta hijos para que se casaran con sus cincuenta primas, pero Dánao era un hombre vengativo, así que le dio instrucciones a sus hijas para que mataran a sus esposos con una daga la noche de bodas.

Las danaides, después de muertas, fueron culpadas en el Averno por el asesinato de sus esposos y condenadas a llenar con agua un tonel que no tenía fondo, una condena que ha sido utilizada como símbolo del conflicto que se manifiesta entre la obligación de obedecer los deseos del padre y la prohibición de cometer conyugicidio.

Tanto es así que Zeus había absuelto en vida a las danaides, y sólo condenado por desobediencia a la única hermana que no había matado a su esposo, pero en el Averno las cosas cambiaron, absolvieron a la desobediente y condenaron a las asesinas.

Gombrowiczidas es un vocablo que tiene una forma parecida a la de conyugicidas, pero en cambio de señalar el asesinato de los cónyuges, designa el asesinato de Gombrowicz. Como saben, fui obligado a elegir este vocablo cuando la Vaca Sagrada me dijo que las personas a las que yo les hacía conocer las cartas que nos había escrito Gombrowicz eran hijos ilegítimos.

Los gombrowiczidas vendrían a ser entonces los que asesinan a Gombrowicz, y son condenados por este magnicidio a leer las historias verdaderas que yo escribo arrojadas a un barril sin fondo, así como hacía Plutón en los infiernos obligando a las danaides a arrojar agua en un recipiente infinito.

Es claro que Gombrowicz no es el padre de los gombrowiczidas, ¿pero quién es pues el padre? Siguiendo la lógica estricta de la historia de las danaides pareciera que el padre de los gombrowiczidas debiera ser yo. Pero si yo soy el padre de los gombrowiczidas entonces quiero matar a Gombrowicz, soy el padre de los asesinos, como Dánao lo era de las danaides, una actitud que merece la condena de llenar una biblioteca con historias escritas que no pueden ser leídas por su abundancia excesiva.

Gombrowicz escribe en los diarios cosas extrañas, tanto sobre el productor, es decir, sobre el hombre de letras, como sobre el producto, es decir, los libros.

Al bibliotecario de Royaumont le pregunta si el gobierno estaba tomando medidas para afrontar la llegada inminente del desbordamiento total, cuando las bibliotecas hagan estallar las ciudades, cuando haya que entregarle no sólo los edificios, sino barrios enteros, cuando los libros y las obras de arte acumulados inunden los campos y los bosques desbordándose de las ciudades llenas hasta reventar; no había que olvidar que, al mismo tiempo que la cantidad se convierte en calidad, la calidad también se transforma en cantidad.

Esta preocupación que le manifiesta al bibliotecario de Royaumont, le venía de tiempo atrás, antes de empezar a escribir los diarios, era una verdadera preocupación de Gombrowicz.

En un pasaje de Transatlántico se refiere a la amenaza de este desbordamiento total.

Pinturas, esculturas, tapices, alfombras, cristales… se depreciaban rápidamente por su abundancia excesiva, y la biblioteca llena de libros y de manuscritos amontonados en el suelo, una montaña que llegaba hasta el techo sobre la que estaban sentados ocho lectores flaquísimos dedicados a leer todo. Obras preciosas escritas por los máximos genios, se mordían y devaluaban porque había demasiadas y nadie podía leerlas debido a su excesiva cantidad. Lo peor es que los libros se mordían como si fuesen perros hasta darse muerte.

No es tan fácil saber a qué atenerse sobre los hombres de letras y los libros leyendo a Gombrowicz pues, al parecer, tal como presenta las cosas, daría la impresión de que tienen valor y de que no tienen valor al mismo tiempo; con el tiempo trataremos de poner esta paradoja en términos más compresibles, aunque el asesinato de los autores y de las obras estará siempre rodándonos las cabezas en este club de gombrowiczidas desparramados por todo el mundo.

(c) Juan Carlos Gómez

imagen: Juan Carlos Gómez (izq) junto a Vitold Gombrowicz en Buenos Aires, el día de la despedida, cuando Gombrowicz partía hacia Europa- fotografía: gentileza del autor
 
 
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