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Estás aquí:  Inicio >>  Cuentos, poemas, relatos >>  Ojos verdes - Paula Ruggeri - desde Buenos Aires
 
Ojos verdes - Paula Ruggeri - desde Buenos Aires
 

—Ocupada. Discúlpeme. Venía a preguntar por Lucilla.

Lucilla. ¿La primera vez que venía a su casa y a preguntar por ella?

—Me enteré de que es una escritora. No lo sabía. La están buscando, le van a dar un premio. Con ese premio ya no tendrá que depender de usted. —Miró hacia dentro. ———Permiso.

Apenas atinó a dejarlo entrar.
Ojos verdes



La señora Dora regaba las plantas en su balcón. Era difícil precisar en qué estaba pensando, sus pensamientos no eran nunca exactos, claros ni organizados, usualmente pensaba en veinte cosas a la vez. Había sido muy bonito lo que le dijo el padre Mario cuando ella compró el remedio para aquella señora. El padre Mario sabía que ella no tenía rentas ni nada que se le pareciese, ese era un sacrificio por un prójimo. Sería bueno que eso fuera valorado. El padre Mario tenía unos ojos muy bonitos. Ojos verdes, como Lucilla. Tenía que llevarle un té a Lucilla, eso la haría sentir mejor. A veces pensaba que era demasiado lo que hacía por ella, pero no podía dejarla. Todos tenemos que ser queridos por alguien. No sabía quien había dicho eso. Lucilla no tenía a nadie. Estaba casi ciega, de que sirve tener ojos verdes si no ven. Ella tenía ojos pardos, comunes, pero veían. Y podía caminar y servirse por sí misma, podía ocuparse de otros. En la casa tenía que hacer todo, Lucilla no sabe ni como se agarra la escoba.. La única vez que cocinó hubo que darle la comida a los perros. Pero ella la quería. Era buena, aunque no se valía por sí misma. Miraba con esos ojos que no veían y le partía el alma. Pobre Lucilla.

Todavía pensó en el clima y pensó en los gatitos de la señora de enfrente que había que llevar a vacunar. Tenía que estar en todo. La gente tiene gatos y no se ocupa. Cuando la gata tuvo los gatitos, fue con un canasto a buscarlos para ahogarlos. Pero la señora se enojó y no se los quiso dar.

Pero estaba claro que esa señora no tiene para alimentar gatos, si el marido no trabaja y ella está embarazada. Embarazada a esa edad. Veinte años, como mucho. Usa esas minifaldas, con la panza. Meneó la cabeza, perpleja. ¿Qué iban a hacer con ese hijo? Y ella, cómo se maquilla. Todavía no se dio cuenta de que es un señora. A los gatitos hay que vacunarlos, o van a enfermar a los demás. Ella tenía que estar en todo.

En ese momento sonó el timbre. Un timbrazo agudo, insistente y firme. Timbrazo de cartero. Tenía clasificados todos los timbrazos, timbrazo de cartero, timbrazo de vendedor, timbrazo de afilador.

Asomó la cabeza para ver quién era.

Era un hombre joven, pero no era el cartero. ¿Quién podía ser? Vendedor no parecía. Llevaba libros abajo del brazo.

Bajó. No iba a abrir la puerta sin preguntar quién es. Eso hizo, con una voz un poco demasiado interesada.

—Buenas tardes. ¿Lucilla Girado?

La puerta se abrió.

—¿A quién busca? —preguntó un poco asombrada. Sería un pariente. En buena hora se acordaban de ella. Asumió una expresión ligeramente crispada, como la que correspondía a un nieto que en diez años no pensó en su abuela, de la que ella se había ocupado perdiendo tiempo y dinero.

—¿Es pariente de ella?

—No, no soy pariente. ¿Vive con usted?

Algo la impulsó a decir no, sólo la conozco. Algo, no sabía qué.

—No, sólo la conozco.

—¿No sabe dónde vive?

—Mire, va tener que decirme quién es y para qué la busca. En estos tiempos, compréndame, hay que ser precavida.

—No hay problema. Me llamo Diego Castro y soy docente de Letras, en la Universidad de Buenos Aires. Mis alumnos están realizando un trabajo monográfico sobre la obra de Lucilla Girado y surgió la curiosidad sobre algunos aspectos de su vida que son desconocidos. En 1985 dejó de publicar y no se supo más de ella. Hace tres meses la Secretaría de Cultura le dio una mención honorífica. Nadie sabía como ubicarla. Dieron el premio y no se presentó. El premio es dinero, así que quisiera que entere. ¿Sabe dónde vive?

La señora Dora se quedó petrificada. Tardó varios minutos en contestar.

El joven sonrió un poco.

—¿No sabía que su amiga es una gran poeta?

Al fin Dora fue capaz de decir algo.

—No sé dónde vive.

—Me dijeron que vivía en esta casa. Me habrán dado mal la información.

—¿Quién le dijo que vivía conmigo?

—Vivió quince días en un hogar de Caritas. La gente de Caritas me dijo que ahora vivía en esta dirección. Encontrarla es muy importante. Ella merece el reconocimiento y debe necesitar el dinero. Me dijeron que está con cataratas. Con este dinero se puede operar. Y a mí me gustaría entrevistarla.

“Ojos verdes”. Ojos verdes, sin niebla. Verdes como un árbol.

—Si sabe dónde encontrarla, por favor llámeme —le alcanzó una tarjeta con un número escrito a mano—. Si no estoy puede dejar un mensaje. Yo le voy a agradecer, pero su amiga le va agradecer más.

    Cerró la puerta. El pasillo estaba oscuro. Había muebles con fundas blancas. La casa impecable. Lucilla Girado, poetisa. Mención honorífica. Sin cataratas.

Pasaron dos días. Esos dos días Dora estuvo más callada y más irritable de lo corriente. Tanto, que Lucilla le preguntó que le pasaba

—Callate —gritó Dora—. ¡Que te crees que porque escribiste unos versitos...!.No me hablés. Te tengo que limpiar, mirá tu pelo. Te tengo que bañar. Te tengo que dar de comer en la boca. Te tuve que dar mi ropa porque no tenías nada. ¿Qué te crees, que me podés hablar? ¿Qué tenés en esa valija!

Cuando Lucilla salió del hogar, tenía una bolsa con una muda de ropa, un peine y una toalla. La ropa estaba sucia, Dora la tiró a la basura. Ni con bencina se podía limpiar. La valija tenía papeles. La dejó que la pusiera debajo de la cama. Esa cama era de algarrobo, la podía haber vendido. No la vendió para durmiera ella. Ella no se levantaba nunca de la cama.

    Pero ahora Lucilla levantó. Se agachó, torpe, junto la cama.

    Aferró la valija. Se abrazó a la valija.

    —¿Qué tenés ahí?

    La ciega no contestaba.

Entonces Dora tomó el velador y la golpeó en la espalda. Con un quejido la anciana Lucilla se derrumbó en el piso. Llorando.

    La señora Dora se llevó la valija.

Se preparó un té en la cocina. Abrió la valija en el piso. Telarañas tenía. Ácaros. Todo eso tenía que ir a la basura. Gérmenes de la calle. Había diez libros. Leyó “El jardín de Armida”, “La pasión según María Magdalena”, Premio Municipal. Recortes de diarios. “La poeta que vino del frío. Lucilla Girado, poetisa patagónica...” Papeles escritos en tinta de todos colores.

    Hojas sucias.

      “Sed de amante lluvia que derrita la máscara

        Que me despoje de escudo y me desarme de lanza

        Y quede desnuda la rosa encarnada

      Que se esconde en noche junto a alta ventana”

      Ser envuelta en ámbar”

Volvió a guardar todo en la valija después de tomar el té. Pero la dejó en el patio. Lucilla no podía tener eso debajo de la cama, lleno de ácaros. Con razón tose todas las noches.

A la mañana sonó el timbre. Este era un timbre discreto, casi tímido. La señora Dora estaba en el balcón, esta vez, haciendo un injerto. Cuando asomó la cabeza vio que era el padre Mario. Bajó la escaleras casi excitada, atravesó el pasillo mirando los costados, que estuviera todo en orden. Se acordó de las fundas en los muebles, corrió a quitarlas. El timbre sonó de nuevo. Escondió las fundas bajo los sillones. Pasó por el baño a verse en el espejo. Con su mejor cara abrió la puerta.

    Los ojos verdes del padre Mario también sonrieron.

    —Dora. Pensé que no estaba.

    —Estaba...

    —Ocupada. Discúlpeme. Venía a preguntar por Lucilla.

    Lucilla. ¿La primera vez que venía a su casa y a preguntar por ella?

    —Me enteré de que es una escritora. No lo sabía. La están buscando, le van a dar un premio. Con ese premio ya no tendrá que depender de usted. —Miró hacia dentro. ———Permiso.

    Apenas atinó a dejarlo entrar.

—Vino gente de la Universidad. Yo les di su dirección. Pero dicen que vinieron y una señora les dijo que Lucilla no vivía aquí. Les di de nuevo la dirección. Supongo que se equivocaron. También llamaron de la Secretaría de Cultura y pidieron su teléfono. Pero no tiene ¿no?

    —No tengo teléfono —balbuceó.

    —Claro. Creo que van a venir acá. Quiero verla, para contarle la novedad.

    —Pero... pero está enferma. No la puede ver.

    —¿Por qué? ¿Qué tiene?

—Es que está sucia porque ella es sucia y no tengo tiempo de lavarla. Si viera lo sucia que es.

    —Mi lugar está con los enfermos y los sucios. ¿Es por acá?

La mirada del padre Mario ya no era agradable. Siempre era agradable con ella. Pero por culpa de Lucilla, ahora el padre Mario pensaba mal de ella. A disgusto lo guió a la habitación de Lucilla, pero no quiso oír la entrevista. Bajó al comedor y fue hasta el patio. Se sentó ahí y lloró.

Cuando se fue el padre Mario, le repitió que iba llegar gente de la secretaria de Cultura. Probablemente mañana.

Esa noche prendió fuego en el patio. Hizo una pira con todos los libros, los recortes de diarios, los poemas. Los vio a arder hasta que sólo quedaron cenizas.

(c) Paula Ruggeri

Paula Ruggeri (Buenos Aires, 1970) es autora de relatos y ensayos que se han publicado en medios de Argentina, España, México y Venezuela. Participó de varias antologías de literatura fantástica y humorística, y escribió una novela, El jardín de las delicias. Su libro El gran compendio de las criaturas fantásticas (Barcelona: Círculo Latino, 2005) es un recorrido por la historia de las criaturas mitológicas y sus leyendas, y va por su tercera edición. Siguiendo la temática de mitos y leyendas, acaba de publicar Lugares misteriosos: un recorrido por los parajes donde se reúne lo sagrado y lo enigmático.

(Buenos Aires: Andrómeda, 2007). Actualmente realiza una investigación sobre la figura de Pedro de Angelis para la Biblioteca Nacional y es colaboradora de la revista La Biblioteca, de la misma institución. Tiene un blog personal en creesquesoysexy.blogspot.com


imagen: fotografía de Flavia Da Rin, muestra Reembrandt reexaminado (ver galería de imágenes)

 
 
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