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Estás aquí:  Inicio >>  Cuentos, poemas, relatos >>  Pájaralinda - Paulo González Ramírez -
 
Pájaralinda - Paulo González Ramírez -
 

desde Zurich

Se elevó la pájara Linda entre las ramas opulentas del enorme y divisó el cuadro trágico: un grupo de hombres y mujeres caminaba hacia ellos y traían máquinas de talar. El bullicio se palpaba. Pensó ella, pos vienen pa’cá, le van a dar al enorme, yo lo defenderé, yo le salvaré. Los humanos reían y caminaban muy rápido, sin importarles la hierba, los insectos, las mariposas, los grillos y las ranas. Destrozaban sus casas ...

Pájara Linda

–Viste al tío árbol, lo cortaron.

–¡Carambas!!!, y estaba tan viejo el pooobre, qué bonito era no, con esas ramotas que se tenía el cabrón, y ahora desguajado como está, ay no, lo mataron a traición y por la espalda.

–No sé, a lo mejor un día de estos nos toca a nosotros, porque a como está la situación, estamos bien jodidos, no crés.

–Pero cómo, no es que aquí en la tal reserva del parque nos protegen y nos cuidan, ah mamamía, no no, hay que luchar. Imaginá, los tales rubios vienen a tomarnos fotos y no sé qué vainas más. Vieras que hasta un puente colgante les pusieron a los del otro lado, que dizque pa ver a los animales, ¡curioso no!, ahí lo llaman el tal Canopy, ¿vos crés?

–Pues sí, pero lo que me han’icho es que los del otro lado sí están en la tal reserva y a nosotros nos dejaron por juera.

–Entonces el dijunto no se encontraba en la reserva.

–Pos no.

–Ay Dios, yo no sé, pero pa mí que le jugaron sucio, uno nunca sabe lo que pueda pasar y como yo siempre’igo, de eso a andar amparándose en las tales leyes y en la constitucional, que sólo de adorno está, prefiero aguzar con mis mismitos ojos y prevenirme, andá a ver, ahora de él no quedan ni sus raíces ni sus hojas, sólo un güeco como de tres metros donde estaba el porecillo.

Así conversaban el par de arbolitos cuando de un pronto a otro sonó la voz cascada y mequetrefe del enorme, del grandísimo, que con sus ramas grandotas y verdes amparaba de la lluvia que caía a varios turistas que pasaron por su sombra, zaaafados, quién sabe por qué. Los otros chismosos lo tantearon con una ojeada relámpago.

–¿Yyy tooodas laaas familiiitas que vivían en su caaasa? –¡pum pum pum pum!!!, se estremeció el suelo con su voz ronca.

–Ah, hola –despabilóse uno de los arbolillos un poco asustado pero ya acosatumbrado a tales movimientos– sí, mamá pájara Linda, la lora Rojas y la boa Sebas se aventaron apenitas vieron las máquinas de talar. ¡Pumrr pumrr pumrr!!! sonaba por todo el bosque, como serrucho endiablado en un puro ronroneo, en fin, yo espero que no se vengan pa’cá, estoy surtido d’inquilinos y no doy a basto.

–Mirá, ahí viene mamá pájara Linda –afirmó muy entusiasmado el otro de ellos, mirando disimulado hacia el cielo por donde llegara doña Linda.

–¡Hola, Hola! –dijo la pícara cerrándole un ojo al disimulado ya que desde la tragedia era una de sus huéspedes inesperadas y secretas.

–¿Qué pasó pájara Linda, qué sabés?, ¿novedades? –preguntó algo curioso él.

–Naida, naida compañeros, desde que se alzaron al tío no han güelto, pero es probable que se llegen en una de estas noches.

–Ay Santísima Vírgen, ¿y por qué lo decís así tan segura y tan campante?

–Pos en la noche las autoridades no los ven babosos, y claaaro, como se tienen sus bisness entre’llos, resbalozos que son, andan a oscuras como gatos de monte.

–Uy no juemialma, y qué vamos hacer, como verás, yo no me puedo mover.

–Ni yo.

Sólo el inmenso y el grande callaba.

–Pué, armarnos de valor y de esperanza.

La pájara Linda les traía malas noticias pero no soluciones. Ella era muy positiva a pesar de los trances que ya hubiera tenido. No era la primera vez que tenía que mudarse de emergencia, pero siempre salía con lo mismo: armarnos de valor y de esperanza.

–Vos con lo mismo, ya desiara –atendiole el otro arbolillo.

–Pero es cierto, hay que tener esperanza, a lo mejor se cansan de destruir la naturaleza, di por sí, ¡sin nosotros no son nada!

–Qué va, no fregués, ésos no se van a cansar, sólo comer y comer y comer y no les da a basto. No no, como vos te vas volando es más sencillo ah, pero uno que está pegado a la tierra y no puede ni saltar. Ya pudiera yo con mis ramas quitarles las máquinas tan feas pa que no nos corten el tallito, sí sí, y es que debe doler, ¡pobre tío!!!, cómo le dieron, a mansalva, como a matar culebra, y lo pior era que lloraba en plena caída, no lo’yeron ustedes.

–Yo sé que es cruel pero no todos los hombres son malos.

–Habrán de ser todos no, ¡maliantes!!!, volá ojo pájara Linda, volá pluma.

Llegaban a la conversación la boa Sebas y la lora Rojas. La culebrona estaba colgada sobre uno de los bejucos del enorme y despertose un poco agitada por los gritos de los demás.

–¿Pero qué es este alboroto Dius mío, qué es el sancocho que se tienen? –gritó ella al instante.

La lora Rojas venía de hacer sus circuitos mañaneros, estaba tan tristona desde lo sucedido, perdió a su canarito de amor y desde entonces volaba sola como buscando a su ser querido. Todos atacaban a la pájara linda por ser tan benevolente con los hombres.

Se encaramó nuevamente la boa Sebas al tronco viejo del enorme y empezó a sacar su lengua la muy chata. La lora Rojas puso sus canillas a la par de la boa Sebas y gimió a todo galillo:

–Jujujujú, como podés defenderlos pájara Linda, ellos tan malos, jujujujú, no ves lo que me hicieron.

–Yo sé que son malos pero no hay que perder la esperanza, a lo mejor cambien un día –repingó ella en un puro pío, jú, pío, jú.

–¡Taz Loca!!!, ya no, jujujujú, pa qué, ya no tiene sentido –lloraba y lloraba la lora Rojas.

–El mundo es joven, aún podemos recuperar lo perdido, imaginen, aún hay tantos niños, ellos pueden cambiar el mundo, ellos pueden salvarnos, salvar el bosque, salvar a los animales, salvarse ellos mismos.

–Jujujujú, a ellos no les interesa, sólo comer y decir que esto es mío, sólo mío y sólo mío. No les interesa nada ni nadie, como si vivieran solos en la tierra, si estamos nosotros y no nos ven. Ni nos hablan los zorompos, no les gusta nada de nosotros, ¡yerba mala nunca muere!!!, sólo ellos, comer, comer y comer, jujujujú.

Los arbolillos asentían a las frases de la lora Rojas. La boa Sebas trataba de acariciar a su amiguita pero le daba miedo que en una de esas la golpeara muy fuerte con su cola. Solamente el enorme callaba y no decía palabra alguna.

–Miren, ahí viene el monito Gonzalo, qué le pasa.

Y era cierto, venía Gonzalo en un puro apuro, guindándose de las ramas como si fuera saltamontes, apurado apurado que apenas pudo decir en su aventón:

–¡Corran!, ahí vienen.

Se elevó la pájara Linda entre las ramas opulentas del enorme y divisó el cuadro trágico: un grupo de hombres y mujeres caminaba hacia ellos y traían máquinas de talar. El bullicio se palpaba. Pensó ella, pos vienen pa’cá, le van a dar al enorme, yo lo defenderé, yo le salvaré. Los humanos reían y caminaban muy rápido, sin importarles la hierba, los insectos, las mariposas, los grillos y las ranas. Destrozaban sus casas y sus nidos, apresaban a sus hijos y dejaban huérfanos y muertos, madres solitarias al paso de sus pasos. La boa Sebas se trepó a otra de las ramas del enorme y guindose como buena culebra que era y de un salto cayó a otro de los palos cercanos hasta desaparecer entre la maleza oscura que de los otros árboles abríase a su trecho. La lora Rojas alzó vuelo y no se dignó a mirar, seguramente por el mal recuerdo que escenas tan tristes le traían a su corazoncito destrozado. Los otros dos arbolillos se agacharon un poco tímidos pensado que el desgraciado de ese día iba a ser el enorme y que con suerte a ellos ni los mirarían, ¡porecito, no quiero estar en su pellejo! El enorme callaba, sus brazos descansaban al toque de la brisa fría de esa tarde, sus hojas hablaban de amor y libertad, decían esperanza. Al unísono de sus palabras las hojas verdes y tiernas empezaron a moverse como bailarinas pocapenas, sabían ellas que era la última vez que lo harían, no había escapatoria, ya los hombres y mujeres se acercaban y no se irían sin su presa. Entonces llegaron y ya no había tiempo para la rebelión. Reflexionaba pájara Linda: ¡nooo!!!, no pueden hacernos tanto mal, no, verdá que no. Y como si el enorme lo decidiera abrazó a la pájara Linda y le expresó: volá, y nooo te olvidés deee mí. La tierra movióse un poco y las personas que ya tenían preparado todo pensaron que aquello había sido un temblor. Pero continuaron en su empresa y ya se podía escuchar el abominable sonido de la destrucción. Ella no sabía cómo reaccionar, era la única ahí, ¿qué podía hacer?

Claaro, si estuviera con ustedes, y más con ustedes niños, verdá que me harín caso, verdá que defenderían al bosque, al árbol y a la flor, verdá que le dirían a esta partida de inútiles que no entienden, que por fa, que puuucha, déjennos vivir, que dejen cantar al gallo y a la rana, croá croá croá, quiquiriquí, que nos dejen volar en libertá y que sepan que esta es nuestra casa también, este es nuestro hogar, que no lo destruyan, que qué barbaridá lo que han hecho hasta ahora.

La pájara Linda se encaramó al enorme y allí sintió como el gran árbol lloraba en su agonía, ahí vio como ellos no sentían, sólo reían y reían. La vida se le iba y la tragedia de verse en la triste insuficiencia de no poder hacer nada la martirizaba. Siguió ella su camino y no miró hacia atrás. Con sus alas de colibrí despegó y no quizo ver más. Arriba y muy lejos de la realidad decidió que de ahora en adelante todo iba a cambiar. La vida no era vida si ella y todos sus amiguitos no vivían en ella. ¡Puuuuuuuuum!!!, sonó en la tierra, ¡patatús!, ella no miró.

(c) Paulo González Ramírez


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imagen: Árbol (Puerto Iguazú) - crédito de la fotografía: Araceli Otamendi

 
 
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