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Estás aquí:  Inicio >>  Cuentos, poemas, relatos >>  Otoño - Manuel Coronado Ruiz - desde México
 
Otoño - Manuel Coronado Ruiz - desde México
 

...Entre mujeres que estuvimos a su lado por curiosidad o para ejercitar nuestro corazón. Entre partituras que le permitían decodificar notas que llenarían el vacío que nadie quería llenar; y sobre todo, en mi indiferencia a su hora de necesidad, como él le llamaba a su lado espiritual o sensible...

OTOÑO

Nunca vamos a ser los de antes. Mejores

O peores, cada uno lo sabrá. Por dentro, y

A veces por fuera, nos pasó una tormenta,

Un vendaval, y esta calma de ahora tiene

árboles caídos, techos desmoronados, [...]

escombros, muchos escombros. [...]

Tenemos que reconstruirnos, claro, quitar

los escombros, dentro de lo posible;

porque también habrá escombros que

nadie podrá quitar del corazón y de la

memoria.

Primavera con una esquina rota

Mario Benedetti

Pa` Amy lee

Evanescence

De quién sólo conozco su sonrisa.

La mujer perfecta.

I

Otoño es una estación extraña en Real de Venado. Caminar por el río que conduce a la vieja hacienda del Sagrario da cierta tranquilidad que remonta a un lugar perdido, sacado de un cuento de hadas: edificado a la orilla de un río, cubierto por ambos extremos de nogales -escondiéndolo del bullicio de los visitantes que invaden el lugar en verano. Hoy está solo y permite ver como los árboles se desprenden de las hojas, de los viejos recuerdos, o como dice mi abuelo, anidan por unos meses las raíces que retoñaran en Marzo... La voz de Allison se pierde en las fotografías con las que hizo su composición para el acto final de la clase de Redacción. Entre ruidos de niños inquietos y padres aburridos van desfilando cada uno de los alumnos. El paisaje que va narrando con voz pausada se despliega en la pantalla del cañón, proyectando sus fotografías. Nadie hace caso a las palabras que van llenando el hueco del aula. La mamá de Marquitos distrae a los asistentes, preguntando la hora a la mamá de Mariana. La maestra voltea y con una sonrisa aparenta comprensión. Continúa la voz, pausada y segura de Allison: Pero este desprendimiento es paulatino, las hojas poco a poco se van cayendo: Formando un tapiz crujen como eco, se adhieren al andar. Dentro de ese crujir, de ese caminar, las pisadas de mamá juguetean con el ruido de la hojarasca. El río se convierte en un espacio, en un lugar encantado... Su frágil figura contrasta con la de la profesora: robusta, poco expresiva, quien me pide que me levante de la butaca y pase al extremo del escenario para recoger a mi hija. Le pido a mi mamá que después de la presentación pase a recoger a Allison. Le tomo fotografías tratando de retener ese momento. Su sonrisa contrasta con la imagen de la hacienda que se está proyectando en la pantalla: imagen muerta para los asistentes, pero para uno, tal vez lo es todo. El flash remueve lugares comunes que se han mantenido escondidos. Es cuando camino entre niebla y escombros, empapándonos de recuerdos. La vieja casa se convierte para mí en una estructura ausente. Pienso que la soledad es algo que invita a recordar ciertos matices que se quedaron escondidos en algún lugar del tiempo: entre el pasado y el presente tejidos por un camino de añoranzas del futuro: auque éste no exista. Claro, dentro de los adioses, de los encuentros y desencuentros hubo algo que se derrumbó por la estupidez de no sé qué o tal vez de uno mismo. Ahora sólo hay recuerdos que se sienten y duele ver lo que no se pudo realizar. Pero lo que nos lleva a sentir el dolor de las evocaciones son las cicatrices que dejan en el alma, en el corazón de uno mismo. ¡Sí! cicatrices que de vez en cuando sangran y nos hacen acordarnos de la otra persona: la que se estrelló contra el ego de nuestra sombra.

Recuerdo que ese día caminamos rumbo al Hotel ya tarde. Estábamos visitando la vieja hacienda del abuelo. El corredor que comunicaba la vieja habitación de mi madre está irreconocible: el techo se ha caído, pero, sin embargo, se sostenía del tiempo amarrándose de la raíz de la tierra como pesuñas que sangran los cimientos. Tomo de la mano a Allison, quien a sus cuatro años ve las ruinas que heredé: lugar habitado por fantasmas que se pegan en cada rincón del lugar:

- ¡Mami, ya vámonos... me da mucho miedo!

Intento convencerla que necesita tomar algunas fotografías de la casa. Enfoco la cámara intentando penetrar en el pasado: ver la imagen como una explicación de los recuerdo y de los escombros. Allison me saca del letargo. Disparo el flash, cubro el lugar donde quedará un significado que Alejo y Andrés sólo entenderán. Caminamos hacia la huerta. Allison corre hacia el viejo columpio que es sostenido por dos lazos que están amarrados de un viejo roble. Del lado izquierdo la hojarasca ha ocultado el camino a la casa de Juguete que mi padre construyera cuando cumplí seis años. La caída del vendaval hace que se cubra la mayor parte de la huerta. Caminamos pisando la hierba y las hojas secas que han caído del viejo roble. Tomo un viejo machete que se encuentra tirado, y torpemente voy quitando la hierba hasta llegar a la pequeña casa. Abro la pequeña puerta y doy un vistazo hacia el interior. Veo algunas hojas tiradas. Le pido a Allison que se introduzca: su cuerpo frágil y pequeño se adentra. Recoge las hojas y sale del lugar. Apago el encendedor y los rayos del sol reflejan la partitura de algo que me remueve los recuerdos de Alejo:

- ¡Maldito, aún en los escombros me cala su presencia! – me dije en voz baja-.

Aquel día cuando se los presenté a mis padres. Alejo estaba de visita en la casa de su amigo Paul. Le gustaba la tranquilidad de mi pueblo: le permitía preparar el material para el concurso de guitarra. Ese día lo llevé a casa, había decidido terminar con Andrés, y era una buena ocasión para que la familia lo conociera y lo aceptara. Alejo se había aficionado a la bebida. Sin embargo, esta vez iba sobrio. Estaba un poco temerosa de que ese remolino en que se había convertido Alejo chocara con una de las familias más tradicionales de Villa de Venado. Entramos. Nos recibió doña Refugio, la sirvienta de mamá. Pregunté por mis padres. La sirvienta nos conduce a la cocina. Mamá nos recibe con cierta desconfianza.

- Mamá, te presento Alejo...

Alejo extiende la mano. Ella lo saluda e inmediatamente se levanta de su asiento. Camina pausadamente hacia el cuarto de servicio. Nos quedamos desconcertados. Jalo del brazo a Alejo y lo hago sentarse en el sillón de la sala. Mi madre regresa con café. Se sienta y empieza a servir. Alejo intenta romper la fricción:

- ¡Se esperan grandes cosas de Anna esta noche...!

Me toma de la mano Alejo. Mamá permanece callada por un momento, me mira y le responde a Alejo, queriendo ser amable conmigo:

- ¡Tal vez, pero hubiera preferido que estuviera en alguna compañía importante que fuese menos experimental!

- ¡No te enojes mamá! La danza clásica no permite expresar la dimensionalidad de las formas que el cuerpo puede expresar en otros estilos. En cambio, la danza contemporánea rompe el espacio para transgredir el tiempo en matices y envolver al espectador en algo más dinámico.

Mi madre me interrumpe. Abochornada por el comentario poco sutil, intenta disculpar la impertinencia que a los 20 años uno puede cometer:

- ¡Ya sé que soy una anticuada, pero, recuerda que lo clásico permanece por algo…!

Alejo interrumpió la discusión, intentando intermediar el enfado que le causaba a mi madre su presencia:

- Tu mamá tiene razón. A pesar de que una obra convencional, si así se le quiere llamar a las obras cerradas, deben ejecutarse estrictamente como lo marca el autor -ya sea la puesta escena del Lago de los Cisnes o el capricho # 24 de Paganini-, no impide que el ejecutante exprese desde su perspectiva lo que está decodificando del autor. Recuerda que el intérprete es, al fin de cuentas, quien se arriesga a darle ese matiz, ese sentimiento que le causa cada una de las partes de la obra. Lo que dice una partitura o un guión no está del todo dicho. Al fin de cuentas, cuando uno la está ejecutando, uno tiene la libertad de modificar, claro, sin romper con la estructura de las obra, ciertos matices que el alma mueve al corazón. Y es así como la obra vuelve a tomar vida en las manos o en los movimientos del cuerpo.

Me incomodé con el comentario de Alejo. Cambié la conversación para no entablar una discusión que sabía iba encaminada a ganar a mi madre:

- Mamá, invité a Alejo a comer…

-Lo siento hoy no vamos a comer en casa. Invítalo a comer con doña Chole –me dijo más tranquila-.

Salimos de la sala. En el portón nos encontramos a mi padre, quien me pide que llegue puntual a cenar. Alejo le extiende la mano, mi papá le da la espalda y desaparece por el pasillo que conduce a la huerta de la casa. Siempre escuchó comentarios que Alejo era un tren sin control que pronto se iba a estrellar. Trataba de que yo no abordara ese destino. Ese día no le tomamos importancia a la descortesía que nos hizo, me reí. Salimos rumbo a la plaza. Toda esa tarde nos la pasamos discutiendo sobre su posible retiro de la música. Intentaba convencerlo para que siguiera tocando e hiciéramos uno negocio juntos. El insistía en irse lejos, no quería saber nada de la estupidez de su rutina. Quería algo más simple, tal vez un laberinto tranquilo donde muy pocas personas pudiesen entrar y adentrarse a esa oscuridad que muchos seres buscan. Yo no quería que se fuese, creo que había algo que me conducía a detenerlo, pero sin dejar lo que ya tenía, dentro de mi pequeño mundo, como Alejo le llamaba. Era demasiada egoísta. Y eso para Alejo ya era cotidiano. En todas sus mujeres siempre hubo esa relación egoísta en la que cada una de ellas, y me incluyo yo, teníamos algo a nuestro lado, pero siempre lo buscábamos para llenar ese vacío. ¿Por qué nadie decidió estar con él completamente? No sé, creo que el miedo que produce vivir con una persona que vive al día por circunstancias que estaban fuera del alcance de él: la fragilidad con la que se enfrentó al mundo desde niño lo hizo demasiado desconfiado ante la vida: la desunión familiar, sus constantes cambio de residencia o tal vez, desde un punto de vista absurdo, le tocó vivir en un tiempo y un espacio que no el era adecuado para él. Todo esto lo convirtió en un nómada inconquistable: prefería seguir su utopía antes que doblar las manos ante la pequeña burbuja en la que estaba viviendo.

Aquella tarde me acompañó a mi ensayo. Estuve estupenda, o al menos eso fue lo que dijo, cuando me acompañó de regreso a casa. En un mes tendría que salir a audicionar a la capital. Estábamos seguros que me aceptarían en la compañía. Él se notaba nervioso, pero no hablamos de su presentación que tendría al día siguiente. Al llegar a la puerta me pidió que me quedara con él, que dejara a Andrés. Le dije que no podía, mi relación estaba ligada por la amistad de mi padre con la familia de Andrés. Le dije que con el tiempo entendería que ambos éramos diferentes para estar juntos: prefería en este momento el papel de amante: visitarnos cada vez que pudiésemos salir de nuestro aburrimiento.

II

Los concursos siempre me producen una especie de antipatía, ya que todo mundo pone una máscara con la cual intentan no herir su orgullo y herir el de los demás. Alejo le llama falsa modestia. Así se conducía cada uno de los participantes y familiares. Por primera vez, me vi envuelta en lo superficial del arte: la plasticidad de los egos. Comprendí que el arte dentro de esos espacios es un pretexto para que el artista se sienta único y tocado por las manos de Dios. Andrés me toma del brazo y me conduce a la butaca. Intento caminar y no pisar la falsa modestia de rostros que ya son parte de mí. Entre saludos y sonrisas de cortesía, llegamos a nuestro lugar. Intento calmar mi nerviosismo. Tomo el programa. Reviso los nombres de los participantes y el repertorio con el cual van a participar. Es extraño ese mundo, es un lugar común para mi. Las piezas y los compositores se convirtieron en parte de mi realidad: Alejo me mostró otro lugar donde mi sensibilidad podría esconderse. Estaba nerviosa, no sabía si podría contenerme al verlo tocar. Se va llenando el auditorio. Alejo es el tercero en salir al escenario, Tocaría el capricho diabólico de Mario Castelnuovo Tudesco. Anoche le llamó a la pieza una dulce despedida: un homenaje al lado romántico de Paganini. Era su espejo, tal vez lo que quería decirme. No supe qué contestarle, pero cuando salió al escenario y se sentó en la silla y acomodó su guitarra, lo vi diferente: comprendí porque ya no quería estar ante el público. Los miro ausente, ya no estaba allí. Había una cierta decepción ante lo que lo rodeaba y que lo conducía a su mundo: los dedos se deslizaron en el diapasón para descodifica notas que tomaban un cierto valor para él y para mí. Sus manos dejaron de ser sólo un instrumento para tomar objetos: pasaron a ser parte de su lado espiritual.

Allí comprendí que me había adentrado a él más de lo que me imaginaba. Entendía cada una de las piezas que interpretaba como si yo fuese él. Estuvimos escuchándolo cerca de 40 minutos. Terminó con Agustín Barrios Móngore. Vi desplazar sus dulces dedos en el diapasón. Me olvide de Andrés y decidí empaparme de la armonía que mis oídos estaban recibiendo. ¿Por qué su gesto al terminar La Catedral? Lo interpreté tan personal, como si me hubiese dicho: ya sentí el lado romántico de nuestro mundo, ya me aburrí de nuestro mundo y ya me causó enojó y decepción todo lo que me rodea de ese mundo. Así interpreté los tres movimientos de La Catedral, así se doblaron sus manos ante algo que venía arrastrando desde hace mucho tiempo: entre los pocos amigos que sabían qué era lo que él quería y que sin embargo, no podíamos ayudarlo a obtener. Entre mujeres que estuvimos a su lado por curiosidad o para ejercitar nuestro corazón. Entre partituras que le permitían decodificar notas que llenarían el vacío que nadie quería llenar; y sobre todo, en mi indiferencia a su hora de necesidad, como él le llamaba a su lado espiritual o sensible, a su tristeza.

Esa noche terminó algo extraña. Nada fue igual después de su participación. Sentí que me doblaba ante él por un momento. Pero luego tomé el brazo de Andrés y comprendí que yo no era la persona para Alejo. Al término del concierto en la casa del ganador del concurso, entre lo grotescas que se convierten las celebraciones intelectuales, lo encontré sonriendo ante todos y ante todo, y de vez en cuando su mirada se perdía por un momento pensado en no sé qué. No cruzamos palabra, tal vez alguna mirada fugaz, y al final, un adiós de cortesía. Así terminó algo que nunca supe comprender. Me adentré a su mundo y tuve miedo a entender su utopía. No quise perder mi estabilidad en este mundo que a Alejo lo enfermaba. Terminé casada con Andrés. En una rutina que me gustaba y no quise dejar.

Al día siguiente, recibí una caja de chocolates y las partituras de un vals: En algún lugar del tiempo, pieza que me había escrito un día antes del concurso. Salí al patio para dirigirme a la Huerta. Me adentré a mi Casita de Juego y me senté: leí la dedicatoria de la partitura. Y me quedé pensando que me había convertido en algo importante para Alejo. Sin embargo, él no lo era del todo para mí. Salí del lugar, dejando adentro las partituras. Nunca las interpretó en mi presencia, ni tampoco busqué quien las interpretara. No contesté su tarjeta. Preferí ya no seguir el juego. ¿Por qué? Creo que hay días en que tenemos miedo de adentrarnos con el otro ser que cree que encontró su lugar a nuestro lado. Lo dejamos en alguna parte, no tan sutilmente, y nos adentramos en nuestra rutina. Alejo fue algo así. Cuando me necesitaba lo dejé en alguna parte: entre ruidos de niños en el parque donde intentaba convencerme en dejar la sombra de Andrés y yo tratando de convencerlo en que continuara en la música. Tal vez el miedo nos conduce acercarnos a personas tan vacías y no nos dejamos llevar por lo impredecible que me hubiera salvado del aburrimiento, de la cotidianidad de estos años. Ese día creo que fue algo así. ¿Y la partitura? Se quedó olvidada en la casita de juguete.

III

Allison ha terminado su participación. La veo despedirse del auditorio. Y siento que tiene algo de Alejo. Tal vez esa mirada suave y triste. No me extraña que la vea así. Allison dejó de ver a su papá a los cuatro años. Los últimos tres años sólo tuvo mi compañía. Eso le permitió ver las cosas desde diferente perspectiva, mi madre dice que es independiente y solitaria. Andrés siempre vio en ella la sombra de Alejo. Eso le reprimió el afecto a su hija. Al principio no me di cuenta, pero ahora creo que fue algo estúpido de su parte. No importa. Mientras siempre esté yo ahí, creo que estará segura. Creo que es cuando deseo que esté Alejo aquí compartiendo estos pequeños detalles. Aunque Alejo ya no va poder estar con nosotros. Nunca más se volvió a comunicar. Lo último que supe de él fue por su hermana, quién me comentó que estaba enseñando música en un pequeño pueblo del condado de San Diego, California. Me imagino que sigue ejercitando su corazón en su hora de necesidad: buscando lo qué ni él a podido saber qué es. No se dio cuenta que el amor es imperfecto.

Baja a Allison del escenario. Camina hacia hacia mi. Me pide que le detenga su diploma. Se sienta conmigo y me pregunta que tan bien había sido su participación. Le digo que estuvo excelente. Seguimos escuchando el evento. Le toca la participación a Marquitos. Vemos a la mamá correr hacia él y acomodarle su corbata. El niño se abochorna ante el incidente. Ahora proyectan las fotos de su participación. Tomo a Allison de la mano y continúo evocando mis recuerdos.

© Manuel Coronado Ruiz

Sobre el autor: ver espacio de autor

imagen: Vidriera de otoño- fotografía de Araceli Otamendi

 
 
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