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Estás aquí:  Inicio >>  Ensayos - Crónicas >>  La poesía de Octavio Paz por Harold Alvarado Tenorio
 
La poesía de Octavio Paz por Harold Alvarado Tenorio
 

Este 19 de Abril se cumplen diez años de la desaparición del poeta mexicano, Premio Nobel de Literatura de 1990.

Octavio Paz (Mixcoac, 1914-1998) declaró en varias ocasiones que uno de los primeros poetas modernos que leyó fue a T.S. Eliot, quien le abrió las puertas de la poesía moderna, junto con Rilke, Apollinaire, Cernuda y Neruda. Eliot le habría mostrado la vía de reconciliación entre el mundo moderno y la tradición, enseñándole que el pasado está en el presente, el eterno ahora, donde en un instante confluyen ayer y mañana.

Nieto del escritor Ireneo Paz, hizo estudios de leyes y filosofía y letras en la Universidad Nacional de México, pero desde muy joven publicó sus trabajos en revistas y periódicos literarios. En 1936 se trasladó a España para combatir en el bando republicano y participó en la Alianza de Intelectuales Antifascistas. Al regresar a México fue uno de los fundadores de Taller (1938) y El Hijo Pródigo. Amplió sus estudios en Estados Unidos en 1944-1945, y concluida la Segunda Guerra Mundial, recibió una beca Guggenheim, para, más tarde, ingresar en el Servicio Exterior mexicano, al cual renunció en 1968 como protesta contra la política del gobierno ante el movimiento estudiantil. Fue director de la Plural y, después, fundador y director, hasta su muerte, de Vuelta.

Durante su vida en París fue influenciado por el Surrealismo, donde encontró un camino para la negación de la cultura occidental que buscaba afanosamente al escribir El laberinto de la soledad: independencia de los sistemas políticos y de las ideologías. El Surrealismo abolió la realidad opresiva de una sociedad decadente que se creía única y verdadera, y permitió expresar las tendencias más ocultas del ser y la historia mediante la imaginación y la poesía. En El amor loco de Bretón y El matrimonio del cielo y el infierno de William Blake, descubrió la identidad que existe entre el amado y la naturaleza: las palabras, las frases, las sílabas y los astros que giran alrededor de ese centro móvil y fijo que son dos cuerpos que se aman y terminan por cubrir la página donde se escribe, donde por la existencia del amor existe el poema. El Surrealismo confirmó su creencia en la eternidad del arte, que sobrevive a los imperios, a los partidos, a los dioses, y que sin servir a nada ni a nadie, es la libertad misma porque el hombre se crea y se conquista con su ejercicio, acto irrepetible, único y total. Paz se halló entonces en el centro de un mundo que siempre había buscado con angustia: el erotismo y su otro rostro, el amor. Erotismo que es el alma del lenguaje, su espina dorsal, porque es, como éste y aquel, invención, imaginación social, relación con el otro. Erotismo y religión: la atracción por la Otra y por lo Otro.

Piedra de Sol, es uno de los poemas más notables del siglo XX. No hay duda que debe mucho al Surrealismo, y aunque se burle de las abstracciones, en él subsisten rasgos de los orígenes metafísicos del poeta. Es un poema al planeta Venus, cuyos 584 días cíclicos están representados por sus 584 endecasílabos. Venus es la Estrella de la Mañana (Phosphorus o Lucifer) y la Estrella la Tarde (Hesperus o Vésper), y según la mitología Náhuatl, Ehécatl, una de las encarnaciones de Quetzalcóatl, símbolo del sol y el agua. «Asociado a la Luna, a la humedad, al agua, a la vegetación naciente, a la muerte y resurrección de la naturaleza, -anota Paz en la nota que puso a la primera edición- para los antiguos mediterráneos el planeta Venus era un nudo de imágenes y fuerzas ambivalente: Istar, la Dama del Sol, la Piedra Cónica, la Piedra sin Labrar (que recuerda al pedazo de madera sin pulir del taoísmo), Afrodita, la cuádruple Venus de Cicerón, la doble diosa de Pausanias, etc.»

Es un poema de reconciliación entre la noche y el día, el amor y la guerra, el sueño y la memoria, el silencio y el discurso: Una voz cae a través del tiempo y el espacio, busca contactos, los despojos cósmicos de las catástrofes históricas flotan. El amor surge como la única salvación posible: el deseo de poder encarnar en el presente, donde la carne, saciándose, pueda dar orden momentáneo al caos. Mujer y mundo se hacen un solo cuerpo para que quien habla o lee recoja sus fragmentos de vida y avance ya sin cuerpo, a tientas por otros mundos que no son su memoria. Entonces el espacio detiene el viaje. Paz desciende y recuerda una visión a las cinco de la tarde, con el sol sobre los muros de piedra volcánica de que están hechos los edificios coloniales mexicanos, cuando las jóvenes abandonaban el colegio:

busco una fecha viva como un pájaro,

busco el sol de las cinco de la tarde

templado por los muros del tezontle:

la hora maduraba sus racimos

y al abrirse salían las muchachas

de su entraña rosada y se esparcían

por los patios de piedra del colegio,

alta como el otoño caminaba

envuelta por la luz bajo la arcada

y el espacio al ceñirla la vestía

de una piel más dorada y transparente,

y olvidando el nombre de la muchacha, el poeta canta a la mujer en una serie de letanías metáforas. Luego recorre lugares concretos de México y Berkeley e ingresa en uno de los pasajes más citados del poema, una escena de la guerra Civil Española: el bombardeo sobre la Plaza del Angel, en Madrid en 1937, donde el amor, nuevamente, permite encontrar la identidad perdida, derrumbando alambradas y rejas, destruyendo a aquellos que se han hecho escorpiones, tiburones, tigres y cerdos para el hombre. La pasión, la locura de amor, el suicidio de quienes aman, el adulterio, el incesto, la ferocidad amatoria, la sodomía, etc., son preferibles a la enajenación y a la aceptación de una sociedad que nos arruina:

amar es combatir, si dos se besan

el mundo cambia, encarnan los deseos,

el pensamiento encarna, brotan alas

en las espaldas del esclavo, el mundo

es real y tangible, el vino es vino,

el pan vuelve a saber, el agua es agua,

amar es combatir, es abrir puertas,

dejar de ser fantasma con un número

a perpetua cadena condenado

por un amo sin rostro;

En el poema la violencia y el sacrificio son ofrendas a dioses hambrientos y exigentes. Las mitologías cristiana y azteca brindan el escenario, pero da también cuerpo a figuras como Lincoln, Moctezuma, Trosky y Francisco Madero, asesinados en la búsqueda del bien. Incapaz de lograr la totalidad ansiada, la voz vive en el deseo y la nostalgia por lo sagrado que brevemente se revela en las antiguas ruinas de las religiones o en los cuerpos donde el amor tiembla omnipresente, concluyendo:

-¿la vida, cuándo fue de veras nuestra?,

¿cuándo somos de veras lo que somos?,

bien mirado no somos, nunca somos

a solas sino vértigo y vacío,

muecas en el espejo, horror y vómito,

nunca la vida es nuestra, es de los otros,

la vida no es de nadie, todos somos

la vida -pan de sol para los otros,

los otros todos que nosotros somos-,

soy otro cuando soy, los actos míos

son más míos si son también de todos,

para que pueda ser he de ser otro,

salir de mí, buscarme entre los otros,

los otros que no son si yo no existo,

los otros que me dan plena existencia,

no soy, no hay yo, siempre somos nosotros,

la vida es otra, siempre allá, más lejos,

fuera de ti, de mí, siempre horizonte,

vida que nos desvive y enajena,

que nos inventa un rostro y lo desgasta,

hambre de ser, oh muerte, pan de todos,

Algunas de las ideas poéticas de Paz fueron consignadas en El arco y la lira. Uno de sus más fascinantes capítulos es La otra orilla. Esta frase metafórica, dice Paz, aparece frecuentemente en los escritos de algunos maestros budistas. El salto mortal mediante el cual alcanzamos la otra orilla, explica, debe considerarse como la experiencia central del budismo Zen. Pero no sólo de éste. Para el cristianismo, bautizar, comulgar, y los varios ritos de iniciación, no son cosa distinta que un tránsito destinado a hacernos cambiar, a hacernos otros, como sucede con los tabús primitivos, sagradas regiones más allá del mundo material o la esfera hacia donde aspira llegar Juan de la Cruz, tierras de mito, arquetipos y leyendas donde el hombre trataba de alcázar la realidad mediante el rito y el encantamiento, o mejor, donde cada hombre quiere encontrarse con su doble, su otro. Ese es el significado de la experiencia religiosa, del amor físico y las visiones poéticas que nos permiten ocasionalmente llegar hasta la otra orilla: tierra nostálgica de reunión con lo Otro. Para Paz las experiencias eróticas son la llave para realizar esta mística unión y descubrir “que el ser una ilusión, una suma de sensaciones, pensamientos y deseos” como sostiene el budismo. Es pues, la doctrina de un poeta místico con un fuerte sentido del tiempo, de la muerte y la nada, una desesperanza muy parecida a la de Eliot en La tierra baldía, y que como aquel buscó lo absoluto más allá del poder, a través del amor, el arte, la humanidad, México y Dios.

“Paz –escribió Claude Lévi-Strauss - fue un espíritu universal, tal como aquellos que existieron en la Edad Media y en el Renacimiento, y que probablemente no volveremos a encontrar jamás.”

(c) Harold Alvarado Tenorio

Director de la revista de poesía Arquitrave · www.arquitrave.com
www.haroldalvaradotenorio.com

 
 
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