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Estás aquí:  Inicio >>  Cuentos, poemas, relatos >>  El último tren a casa- Manuel Coronado Ruiz
 
El último tren a casa- Manuel Coronado Ruiz
 

Desde México
El último tren a casa
 
 

No porque el amor exista, ni para ejercitar el corazón,

                        sino porque nos necesita a nosotros los más huidizos,

                        sólo una vez, no más.   

                                                            María Rilke

And familiar voices cry my name
I'm on the last train home

John  Bush

ARMORED SAINT
 
 

En memoria de mis abuelos
 
 
 

I
 

     Detrás de aquellos cerros se encuentra el pueblo Villa de Catorce. El camino es empedragozo y polvoso. Hace una hora que mi abuela me despertó, vamos rumbo a la estación de tren y no pude aguantar mi tristeza. Ella notó que se me oprimía en mi rostro.  Me acuerdo que mamá me peinó y  me puso el suéter gris que me compró en la tienda de don Carlos, después todo fue tan rápido que no sentí cuando ambas salieron de la casa y el abuelo me tomó entre sus brazos y me cargó hacia la carreta.  Desde ese tiempo intento no pensar en el tren.   

     Veo hacia el cielo. Ha empezado a amanecer y siento el frío que me pega en el rostro. Los caballos se mueven y parece que a ellos no les molesta el frío. Mamá va dormitando en los brazos de la abuela. Yo no tengo sueño. Prefiero ver los pájaros que se esconden entre los mezquites. Volteo hacia donde va sentado el abuelo. Golpea enojado con el fuete a los animales.  Le sonrió y me señala hacia el horizonte para que me distraiga.  Al bajar el monte, a lo lejos,  veo la estación: separada por un puente de madera que divide la sequedad de las comunidades adscritas a la tierra de Don Diego y al fondo la salida del  sol: bueno, es como lo describe la abuela. Los caballos jalan con fuerza la carreta que se pierde entre el polvo y piedras que se adhieren al camino aterrado por los años. El abuelo los arrea más para que apresuren su marcha.  La abuela y mamá van atrás.  Se cubren del frío de enero con una vieja cobija.  Seguimos nuestro camino. El abuelo quiere llegar antes de la llegada del tren que viene de Santa Fe.  Quiere hablar con don Carlos para que le permita acercar la carreta a las puertas del vagón de carga. No quiere que se maltrate la caja donde traen a Manuel: bueno, yo le digo papá porque no sé quien fue el mío. Los caballos siguen despacio como deteniendo el paso del tren.  
 
 

     Volteo a ver a mamá.  Sigue dormitan en los brazos de la abuela. Ahora veo la cuesta del rancho de don Juvencio. Pronto llegaremos al pueblo.  Se ve el puente que comunica el pueblo de Villa de Catorce y el camino a Villa de Soledad donde vivimos.  En medio está la estación como testigo de la llegada del tren <<eso dice la abuela>>.  Según ella, la estación fue construida en los tiempos de Don Juan, padre de Don Diego.  El abuelo ayudó a construirla y según dijo fue hecha de adobe y madera de encino para que le diera vida a un lugar que empezaba a morir.  En la parte superior  había un pequeño cuarto, un pequeño ático como le llama Ariadna, con una ventana redonda. En aquellos tiempos de su construcción servían de oficina de don Juan.  

     Cruzamos por un lado del puente.  Veo la escalera.  Ya se cuantos pasos hay de distancia entre el primer escalón y la oficina de Ariadna.  Sé que la escalera de en medio, que conduce al andén izquierdo que da directamente a la puerta principal de la Estación, son 200 pasos. En la parte superior de la estación se mueve siempre, por el soplar del viento, el letrero de madera:
 

 
 
 
 
 

     Sé que Ariadna estará en su oficina.  El abuelo entrará y le pedirá que le llene la autorización para llevarnos el cuerpo de su hijo.  Sé que no querrá verme a los ojos.  Así paso cuando me pego mi mamá por haberle gritado al abuelo.  A ella no le gusta verme triste. Sabe que hoy recogeremos el cuerpo de papá. Le diré llegando que odio a don Thomas y que no importa que mi mamá me pegue.  Le diré que dijo don Juvencio que ese señor lo había mandado matar para que entendieran los del pueblo que nadie lo debería desobedecer : creo que eso fue lo que le dijo don Juvencio al abuelo.  

     Estacionamos la carreta detrás de la bodega. La abuela le dice a mi madre que ya hemos llegado. Mamá se seca las lágrimas con la cobija. Volteo y veo a la abuela con la mirada perdida como si viera algo con cierto rencor.  Creo que está recordando lo que le contó el abuelo a don Juvencio: Manuel nunca entendió eso, Juvencio.  Lo mandé a trabajar en los campos de Don Diego para que creciera y no anduviera arriando a los hijos ricos del pueblo. Nada más porque molestaban a mi niña.  No entendía que ellos disponen de nosotros. Sólo su madre pudo calmar su rencor.  Lo convenció para que se fuera al rancho de Don Diego. Estuvo aquellos años trabajando, obedeciendo sin quejarse.  Hasta aquel día en que  se peleó con el capataz.  Llegó Don Diego a separarlos. Molesto le pidió que se disculpara.  Manuel se quedo inmóvil. Don Diego tomó su fuete y se lo estrello una y otra vez en el rostro. Lo corrió y le ordenó que dejara sus tierras antes de una semana, sino se lo echaba como a un animal.  Tuve que disculparme, Juvencio. Le pedí de rodillas que no me lo matara. Me dijo: <<Por la obediencia que me has tenido durante estos años, le perdonaré la vida a ese animal que te tocó criar>>.  Salí de su hacienda y le dije a mi hijo que se largará.  Su mamá le dijo que se fuera con don Thomas a Santa Fe, dile que por la memoria de mi padre que te dé trabajo. Tomó dinero que habíamos ahorrado.  Se lo dio.  Y nos vio con cierto rencor.      

     Quiero creer que eso es lo que sintió él. Fue la última vez que supe de papá, <<bueno, así le digo yo>>. Me acuerdo que todo el día no me despegue de él. Yo estaba a su alrededor queriendo decirle que lo iba a extrañar.  Le vi su rostro, tenía las marcas aun enrojecidas. El me decía: << ¡No te preocupes, estaré bien!…  Algún día…>>…  No supe que quiso decirme con algún día.  En aquel tiempo yo tenía ocho años y me dijo que me extrañaría.  Empacó su ropa. Le pedí que me comprara una muñeca. La abuela nos estaba esperando en la carreta. Subimos a ella: ella y yo lo acompañamos.  Cuando entramos al pueblo, la gente lo veía con cierta extrañeza.  Movían la cabeza como enojados con él.  Cruzamos todo el pueblo hasta llegar a la estación.  Nos bajamos.  Caminamos hasta la taquilla.  Ariadna le vende el boleto e intenta buscar mi mirada.  Yo le sonrío.   Ella me hace gestos.  Papá se le queda viendo a sus ojos.  Ella lo evita.  Toma su boleto.  Me escondo detrás de papá.  Veo a la abuela abrazar a Meño <<así le dice la abuela>> y se lo lleva al final del andén.  A mi me dice: ¡Quédate ahí sentada y no te muevas! Me siento en la banca de madera que está afuera de la estación.  Los veo conversar. La abuela le besa la mejilla y se da la media vuelta.  Camina hacia mí y me toma de la mano. Va llorando. Bajamos las escaleras del otro extremo del andén.  Volteo, me ve papá <<así le digo a él>> y nos ve desaparecer.  Ya no vi cuando subió al último tren a Santa Fe. Ya no me despedí.
 
 
 

     II
 

     Hemos estado esperando el tren de las 10:00 de la mañana.  Nunca había tenido tanto miedo a su llegada. Se había retrasado y me daba gusto.  Quería creer que dios lo había resucitado y bajaría del vagón con mi muñeca. Fui corriendo con Ariadna y le pido que detenga el tren en alguno de esos lugares que ella ha visitado y pregunte sí Papá trae mi regalo. Se ríe y me cierra los labios con sus dedos. Hay algo en su expresión: algo tan triste que me hizo correr hacia donde estaba la abuela.  Salgo de su oficina.  Me siento con ella en la pequeña banca que está junto a las vías y veo a mamá viendo hacia el lado donde llega el tren de Santa Fe.  Mamá nos voltea a ver y me pide que vaya con ella.  Me abraza. El abuelo se encuentra dialogando con don Carlos en la taquilla de boletos. Nos ve y nos dice que tengamos paciencia, ya llegará el tren.  Mamá y yo lo vemos: camina de un lado para otro. Saca un cigarrillo y empieza a fumar. Casi llorando le digo a mamá:

   -¡No quiero que llegue el tren!

      La abuela ya está junto a nosotros, me abraza y me dice en el oído que vaya con la señorita Ariadna. Entro a su oficina. Me ve y sigue acomodando el correo que saldrá hacia la ciudad.  No me hace caso.  Me siento aun lado de su escritorio.  La veo.  Me ve y no siente que estoy ahí. Sale de su oficina. Ya se que va hacer: caminará por el angosto andén, subirá las escaleras de madera desgastada por el pasar de los años, según dice la abuela.  Entregará el correo a don Carlos.  Regresará a su oficina y esperara la llegada del Tren.  Entrará de nueva cuenta a la oficina.  Me vera y me pedirá que vaya con don Alfonso y le compre la nueva novela de folletín.  Aunque creo que hoy no me va a pedir eso.

   Ahora escucho el silbido del tren. Salgo corriendo. Veo al abuelo a fuera de la bodega de la estación platicando con don Carlos.  La abuela y mi mamá esperan en la orilla la llegada de Papá. No me había dado cuenta pero el lugar empieza a llenarse de gente.  La llegada del Tren nos despierta del dormitar del día: la gente se desprende de su inmovilidad y observa la llegada de algo tan desarticulado pero que lleva noticias y esperanzas para ellos, bueno, es lo que dice la abuela.   

   Ahora empieza a entrar el tren por el andén.  La tierra tiemble: enojada por el despertar de los vagones que se golpean entre sí, deteniendo su llegada, eso fue lo que le dije a la maestra cuando me pidió que le describiera la llegada del tren de Santa Fe.

Mamá me jala del brazo y seguimos a la abuela.  Caminamos hacia los primeros vagones.  Son los de carga, los que traen correspondencia de los otros lugares. Nos quedamos paradas esperando que le ayuden al abuelo a bajar el ataúd.  Llegan los trabajadores de Ariadna y ayuda a colocar el cuerpo de papá. Se le nota cierto ahogo en los ojos a la abuela.  Contiene su llanto.  Nos pide que sigamos al abuelo.  Alcanzó escuchar que don Carlos le dice que no vele a su hijo: son órdenes de Don Thomas.   

      Nos subimos a la carreta y tomamos rumbo hacia Villa de Soledad: Allí vivimos, allí descansará un momento el cuerpo de Manuel.  Tal vez, me ponga triste porque no viene nadie del pueblo a despedirse de él, sólo los amigos del abuelo.  Tal vez, y digo tal vez, se sienta solo porque no escucha nuestro llanto, aunque dijo Ariadna que no importaba si multiplicamos: son miles las que lloran la muerte de mi papá, <<así le digo yo>>.  Escucho a la abuela decir que su cuerpo permanecerá en el cuarto del abuelo hasta mañana.
 
 

      III
       

      Hoy entierran a papá.  Hoy me vestiré de negro para que la gente vea que estoy triste. Mamá me ordena que me cambie.  Mientras ella está afuera atendiendo a los pocos invitados, yo tomo el vestido negro con encajes que mamá le compró a doña Ramona aquel día que me tocó hacer mi primera comunión. Ya sé que la tristeza no necesita de ropa para hacernos sentir mal: se nos pega al cuerpo como cuando me enfermo y mamá no me deja salir de casa a jugar. Ariadna siempre me ha dicho que la tristeza se nos nota en los ojos: se nos nublan y se rompen las lágrimas en nuestras mejillas y sentimos algo que nos oprime.   

      Ya mamá me está hablando. Busco en el baúl unos calcetines: busco unos blancos que no estén tan percudidos por la tierra que brota del corral. Me siento en la cama y me los pongo.  Tomó los zapatos.  Me asomo a la venta y vea a los vecinos como se van acercando al cuarto del abuelo donde están velando a papá.  Antes de salir de la habitación me acerco a la imagen de la Virgen de Guadalupe que se encuentra en la cabecera de la cama de la abuela.  Le doy un beso y salgo corriendo de la habitación.   
 
 
 

   Veo entre los rostros y no encuentro a mamá.  Me asomo en al cuarto del abuelo y la encuentro llorando: se detiene de la pared y llora desconsoladamente. No me quiero acercar a ella. Me quedo aun lado del ataúd. Entra el abuelo la jala del brazo y la conduce con la abuela.  Yo me quedo adentro sola.  Los vecinos entran al lugar y me piden que me vaya que van a sacar el cuerpo de Manuel.  Salgo al patio y veo a la abuela que acaricia, con sus manos agrietadas por el tiempo, el cabello de mamá. Llegó con la abuela y mamá.  Se consuelan entre si. Ya el abuelo y sus amigos llevan entre sus hombros el cuerpo de papá.  Ya han sacado el ataúd de madera color ocre. Sólo nos acompaña la familia de don Juvencio y sus primos.  Nadie del pueblo llego, ni sus amigo de papá.   

   Acomodan el ataúd en la carreta de su compadre.  Allí va acompañándolo su esposa y su pequeño hijo.  Nosotros vamos atrás en la otra carreta. Los caballos Empiezan a caminar rumbo a la iglesia del pueblo de Villa de Catorce.  Ya van hacer las cinco de la tarde y el abuelo está preocupado porque piensa que no vamos a llegar a tiempo con el padre Jacinto. El abuelo quedó de acuerdo con él para bendecir el cuerpo antes de las seis.  De tanto que me he puesto a pensar en papá, no me di cuenta en que momento pasamos por la casa de Néstor.  El vive cerca del pueblo.  Le dije a Ariadna que es mi mejor amigo.  Ella se ríe y me dice que cuando crezca me voy a casar con él.  Dejo de pensar en Néstor y volteo a ver al abuelo. Don Juvencio y él empiezan a fuetear con mayor fuerza a los caballos para que apresuren su paso. Pobres animales se ven cansados. Por fin alcanzamos a ver la iglesia.  Afuera del lugar se encuentra el padre Jacinto.  Nos mira con desenfado. El abuelo detiene la carreta y nos pide que no nos bajemos. Camina hacia donde está el padre.  Los veo hablar.  Por lo gestos que hace mi abuelo intenta disculparse por la tardanza y señala a mamá. El padre se ve que está molesto: lo hace un lado y se dirige a la carreta de don Juvencio. Empieza a bendecir el ataúd.  Después de eso, se sube a su carreta.  Lo vemos perderse por el camino hacia Villa de la Soledad. Mientras veo como va desapareciendo en el camino la carreta del padre, escucho al abuelo decir que así enterremos el cuerpo de papá.  Nos pide que nos bajemos. Don Juvencio y sus hermanos empiezan a cargar el ataúd. Empezamos a caminar, tomamos el rumbo hacia el panteón.  Es extraño, empezamos adentrarnos al `pueblo y no hay gente.  Al parecer, el pueblo se alejó de la tristeza que nos invade: sólo salen los perros y  nos ladran espantando el rencor con el que nos movemos.  Yo me agarro de la falda de mamá. Siento el viento en la cara, en estas fechas de enero chilla y nos cala  por todo el cuerpo.   

      Ahora, escucho que mamá le dice al abuelo que vayamos más despacio.  Los vecinos que cargan el cuerpo de papá, detienen su paso: pobre mamá quiere detener a papá: agarrarlo y  revivirlo.  Pero ya no está, se ha ido: Los muertos ya no se detienen de nada, ni de nadie, eso dice Ariadna. Mamá llora, llora no porque se haya muerto su hermano sino porque no podrá hablar, ni reír, ni llorar con él.  Volteo ver al abuelo. Sacó su botella de alcohol de caña. Le da un sorbo.  Tal vez recuerde como mataron a su hijo: Mire, compadre. Habíamos terminado la jornada. Estábamos en el establo, donde dormitábamos todos los peones. Se acercó don Thomas, venía jaloneando a la hija de uno de sus trabajadores.  Le ordenó a su hijo que le marcara  las manos, nada más por no haberle obedecido. Dejó a la niña parada frente a Manuel.  Don Thomas pidió que trajeran el hierro con que marcan a los caballos. Se lo da a su hijo. El le dice:  ¡Yo no!. Le deja con la mano extendida. Ya ve como es don Thomas, encrespado, le dijo:    ¡malagradecido, te salvé la vida! Ordenó que se llevaran a la niña y creo que después ordenó que desnudaran y amarraran a Manuel como a los chivos.  Después sólo escuchamos decirles:  quítenle su orgullo a culatazos.  

      No sé qué quiso decir con eso, pero me acuerdo que dijo que no lloró: sólo se escuchaban como débiles quejidos, según Don Juvencio.  Recuerdo que la abuela se puso muy triste cuando le dijo al abuelo.  Lo vio y le dijo que Don Diego se la tenía guardada, ya se la estaban buscando. Sólo le pidió el favor a don Thomas. No nos supo decir más su compadre, ya que a ellos los sacaron del lugar y  a lo lejos, por la pequeña puerta de su celda,  sólo veían un bulto que se doblaba.  

      El abuelo toma el lugar del hermano mayor de don Juvencio y seguimos nuestra marcha. El panteón ya está cerca.  Doblaremos en la siguiente casa. Subiremos y cruzaremos toda la calle hasta llegar a aquella nopalera que divide la casa de don Alfonso y el panteón.  No tardaremos en llegar a la puerta: cruzaremos las tumbas de los parientes de Don Tomás que a Néstor le gusta visitar cuando salimos de clases.  Parecen pequeñas casas donde los muertos habitan y se esconden de algo.  La abuela dice que se esconden de la vida.  Al final del panteón, estará el agujero donde descansará mi papá.   
 
 
 
 
 

IV
 

      Salimos del panteón a las siete.  Estaba oscureciendo.  Pasamos junto a la estación del tren.  Volteo hacia la oficina de Ariadna. Me saluda a lo lejos, espera la llegada del último tren que viene de Santa Fe.  A lo lejos se escucha eso tan desarticulado, como le llama mi abuela.  La tierra empieza a temblar y  mañana me iré a la estación con Ariadna y le diré que aún extraño a Manuel, a papá como yo le digo. Siempre quise que ella se enamorara de él.  Una vez le conté a mamá y me dijo que ella era rica y que nosotros éramos pobres. A mí eso no me importó, siempre le hablaba de Manuel y a él de Ella. Una vez, cuando estábamos comiendo, me dijo molesto: No me gusta,  es frágil ante el crujir del tren. Está obsesionada con la estación: me aburre su terquedad por las cosas de la estación: la llegada y partida de la gente... del tren. Cuando se lo conté a Ariadna, se rió y me dijo que él estaba peleado con el mundo.  Aquel día que se marchó a Santa Fe quería que le dijera esas palabras de amor que me leía en sus revistas de folletín en sus tiempos libres. Pero no fue así.  La abuela fue quien resintió su partida. La despedazó por dentro.    
 
        Seguimos nuestro camino a casa. Volteo hacia la estación. Veo que está entrando uno de los peones de Don Diego.  A lo lejos veo que le entrega un ramo de flores a Ariadna.  Creo que se lo envía el hijo menor. Regresaré enojada a la casa y le diré a mamá cuando estemos solas que por qué ellos no pudieron enamorarse.  Tal vez me diga que a mi edad yo no sé nada de cosas de gente mayores.  Seguimos nuestro camino a Villa de Soledad.  Me recargo en mamá e intentaré ya no acordarme de papá, yo así le decía a Manuel.  

 

 (c) Manuel Coronado Ruiz

 
 
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