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Estás aquí:  Inicio >>  Cuentos, poemas, relatos >>  Wakefield nació en Buenos Aires - Araceli Otamendi
 
Wakefield nació en Buenos Aires - Araceli Otamendi
 

Para celebrar el Día Nacional del Tango
Wakefield nació en Buenos Aires

 Homenaje a Nathaniel Hawthorne


Corrientes 3-4-8... segundo piso ascensor, no hay porteros ni vecinos, adentro cocktail y amor, pisito que puso Maple, piano, estera y velador, un telefón que contesta, una victrola que llora, viejos tangos de mi flor, y un gato de porcelana pa´que no maúlle el amor...
         (A media luz- de Edgardo Donato y Carlos César Lenzi)


La señora Simps parecía una de las mujeres gordas de los cuadros de Fernando Botero. El señor Simps era flaco como un Stradivarius y tenía la cara parecida a Stan Laurel. La señora Simps tenía la gracia de una pianola amaestrada que - al tocarla - emitía siempre las mismas notas.
Era la noche de fin de año y sentados a la mesa, como correspondía esa noche del treinta y uno de diciembre, el señor y la señora Simps hablaban cada uno de temas diferentes sin dejar de hablar, por eso, del mismo tema.
Cuando llegaron las doce y el estallido de los cohetes hizo vibrar los vidrios de la ventana del living el señor y la señora Simps brindaron:
- Brindo por un año mejor, por la paz y la felicidad - dijo la señora Simps.
- Brindo por un año mejor, por la paz y la felicidad - repitió el señor Simps.
Los dos levantaron la copa donde bailoteaban cientos de burbujas y a las doce y cinco el señor Simps dijo que no tenía cigarrillos y que iba a algún quiosko a comprar. La señora Simps se preguntó dónde podría haber un quiosko de cigarrillos abierto a esa hora la noche de fin de año pero no dijo nada. Aprovecharía, mientras el señor Simps iba a buscar los cigarrillos a tocar música de Chopin en el piano. También podría bailar, pensaba, ahora que él no estaba y podría hacerlo descalza, frente al espejo, cosa que al señor Simps no le gustaba porque le parecía un comportamiento incorrecto.
El señor Simps miró los adoquines grises, el cielo como un recorte oscuro entre los edificios de la calle cortada, las siluetas de aquéllos se alzaban como flechas hacia el cielo y respiró profundamente. Miró las estrellas y sintió que una de ellas le guiñaba un ojo y le sonreía y titilaba para él. Caminó en busca de algún quiosko abierto para comprar cigarrillos. El aire le acariciaba la cara y lo sentía profundamente dulce en la piel tostada. Muchas ventanas se abrían hacia la vereda, dejaban escapar el bullicio que salía de las distintas voces provocado por las bebidas alcohólicas . Era la hora en que escapaban las verdades en las mesas y comenzaban las discusiones entre familiares que no se veían casi nunca. O entre aquéllos que se reunían sin saber por qué o para qué. Era la hora donde se sacaba la máscara a la hipocresía de todo el año y se disparaban las verdades más absurdas como proyectiles, cara a cara. También era la hora en que los jóvenes escapaban de las casas para encontrarse con su enamorado o enamorada. Y los que estaban solos se iban a dormir o lloraban por algo que ya no existía. Y de todo esto estaba lleno el aire junto con el olor a pólvora de los cohetes y las chispas de las estrellas de bengala. El señor Simps había caminado ya varias cuadras y no había ningún quiosko abierto. Pero sí estaban abiertos los restaurants donde las personas festejaban. El restaurant parecía ser un lugar más distendido para pasar la noche de fin de año: había familias con niños, parejas, personas solas en las mesas. El señor Simps se preguntó dónde iba a encontrar los cigarrillos que había ido a comprar. Fue entonces, en la vereda de una calle cortada donde encontró una mesa tendida bajo el cielo. Sentados alrededor de la mesa había hombres y mujeres que reían y cantaban. El señor Simps se acercó atraído por la escena y tomó la copa que le ofrecían y bebió. El gusto amargo del champagne le recorrió la garganta. El señor Simps miró el cielo. Había muchas estrellas suspendidas y le parecía que alguna estaría por caer ahí, sobre la mesa. Tuvo la impresión de que una incómoda magia se estaba apoderando de él y le decía que se quedara ahí. El coro de la mesa tarareaba: ... desde que se fue, nunca más volvió... Caminito amiiiigo, yo también me voy....(1) El señor Simps se subió a la mesa y empezó a cantar esa letra. Y luego los que estaban ahí alrededor de la mesa cantaron y cantaron otras canciones. Reían y cantaban, creían ver las estrellas que especialmente los saludaban a ellos esa noche. Al pie de la mesa , junto al señor Simps había una mujer. Era una mujer de pelo corto que cantaba y reía. El señor Simps la invitó a subir a la mesa y bailaron. En el aire había olor a tilos y a pólvora de los cohetes y un perro ladraba asustado desde algún balcón. Mientras el señor Simps y la mujer bailaban, el coro de la mesa tarareaba: ...Corrientes 3-4-8... segundo piso ascensor, no hay porteros ni vecinos, adentro cocktail y amor, pisito que puso Maple, piano, estera y velador, un telefón que contesta, una victrola que llora, viejos tangos de mi flor, y un gato de porcelana pa´que no maúlle el amor... (2)
El cielo parecía ahora un oscurísimo techo color pizarra. El señor Simps y la mujer dejaron de bailar y se sentaron. Les llegó el turno de bailar a otros. Seguían descorchándose botellas, algunos comían fruta fresca. El señor Simps entusiasmado coreaba cada canción. Había pedido que le convidaran cigarrillos y fumaba. La mayoría de los que estaban ahí eran artistas, había fracasados y algunos pocos exitosos. La brisa acariciaba ahora las caras de los que estaban ahí. Les hacía recordar que estaban vivos y que juntos habían empezado un nuevo año. Fernanda, la mujer que había organizado la fiesta en la calle acariciaba su panza enorme, sentía cómo la piel se le había estirado y sentía también un peso parecido a un coco entre las piernas. Faltaban pocos días para el nacimiento de su primer hijo. Iba a ser una mujer. El señor Simps le auguró dicha. Fernanda se acariciaba el vientre y tenía la mirada brillosa mientras cantaba. Y toda la escena parecía haberse detenido allí, en esos instantes cuando las gotas empezaban a deslizarse por las caras. Eran gotas pequeñas y frías. Y cada uno de los que estaba ahí se iba rápido a refugiar bajo un techo, hacia algún lugar.
El señor Simps le dijo adiós a la mujer que había bailado con él y se alejó. La mayoría de las ventanas estaba ahora a oscuras y se adivinaba que en el interior de las habitaciones las personas dormían. Recién entonces, el señor Simps recordó que había salido a comprar cigarrillos y que no había podido hacerlo.
La señora Simps, después de tocar música de Chopin en el piano había bailado. En la mesa había quedado una botella de champagne por la mitad y un pan dulce comido a medias. Antes de acostarse, a la señora Simps le habían entrado ganas de fumar. Y había salido, ella también, a comprar cigarrillos.

(1) letra del tango Caminito de Gabino Coria Peñalozza y Juan de Dios Filiberto

(2) letra del tango: A media luz de Edgardo Donato y Carlos César Lenzi


(c) Araceli Otamendi

Wakefield nació en Buenos Aires fue publicado en el Suplemento La Palabra del Diario La Opinión, de Rafaela (Pcia. de Santa Fe, Argentina) y en el Suplemento Signos Culturales de Tenerife (Islas Canarias).
 
 
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