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Estás aquí:  Inicio >>  Cuentos, poemas, relatos >>  La lagarta foucaultiana - Araceli Otamendi
 
La lagarta foucaultiana - Araceli Otamendi
 

...¿Que no? ¿Quién le dijo a usted que esto no es una ciénaga? Está sucia y oscura, ¡esto no es una pileta! Las piletas tienen agua limpia para ver debajo del agua y no chocarse entre tantos y tantas. Sigo, llegué en un camalote a una isla que tiene nombre de animal. Ahí me encontró Marcelo, el veterinario. Creyó que era una lagartija, porque yo era chica, minúscula. No había crecido todavía. No se ría. ..
La lagarta foucaultiana

 
Lo que he dicho no es “aquello que pienso,
sino lo que con frecuencia me pregunto si no podría pensarse.

                              Michel Foucault

La tarde en que el asombro creció en los ojos de Laura  fue, tal vez, la tarde más feliz de mi vida. Se confirmaron todas mis sospechas: había crecido hasta el límite máximo que mi naturaleza me había impuesto. Y con un agregado: a mi ex dueña le gustaba leer a Foucault, un tal Michel Foucault y yo lo había aprendido de memoria. Todo había ocurrido de una manera muy extraña: ¿Por dónde empiezo? ¿Usted tiene tiempo? ¡Ey! No tire tan fuerte, ¿no ve que lastima? Tendré que entrar al agua nuevamente hasta que usted se vaya. ¿Nunca leyó a Michel Foucault? El filósofo francés.  Aunque a usted, comprendo, en este lugar, no le interese para nada leer a Foucault, no digo Sartre, ¿Spinoza?, ¿Platón? Déjeme empezar por algo, por el principio. Nací en los esteros del Iberá. Llegué en un camalote, durante una inundación. Eramos muchos en esas plantas, el río había crecido tanto... Había monos, víboras, de las buenas y de las malas, pájaros, de todo había. No, no, a Foucault no lo conocí ahí, ¿no le dije que lo aprendí de mi ex dueña? Si no me deja hablar mejor me escapo, de usted y de todo, me meto debajo del agua y listo! ¿Usted se aburre? Más me aburro yo. Era mucho más hermoso el río inundado y todo que esta ciénaga donde estoy ahora. Porque la corriente del río me llevaba y yo no sabía si llegaría a tierra firme o si moriría ahogada. Pero aquí, el agua no se mueve. La cambian cuando quieren y hay que esperar la lluvia para que entre un poco de agua limpia.

¿Que no? ¿Quién le dijo a usted que esto no es una ciénaga? Está sucia y oscura, ¡esto no es una pileta! Las piletas tienen agua limpia para ver debajo del agua y no chocarse entre tantos y tantas. Sigo, llegué en un camalote  a una isla que tiene nombre de animal. Ahí  me encontró Marcelo, el veterinario. Creyó que era una lagartija, porque yo era chica, minúscula. No había crecido todavía. No se ría. Se le ven los dientes, tendría que ir a un dentista y tampoco me gusta esa gorra tan anticuada. ¿De béisbol? No, preferiría que se pusiera un gorro con visera, algo más nuevo, más lindo, más moderno. Si fuera azul y amarillo sería mejor. José era de Boca y yo me hice también, el mejor cuadro, escuchaba los partidos con él.
¿Pretenciosa? Tal vez. Marcelo me llevó a su casa, me tuvo unos días en una palangana, con un poco de agua, me daba de comer pececitos. Su casa era muy linda, yo estaba en el patio, me quedaba al sol, dormía. Pero duró poco. Un día aparecí en un lugar donde no hacía más que ver caras sonrientes, me hacían muecas, algunos me tocaban. Me horrorizaba sentir la piel de los dedos de la gente tocándome el lomo sin ningún respeto. Marcelo los dejaba. Ahí había pájaros, perros, gatos, loros. Todos estábamos en exhibición.

No ponga esa cara, no es para reírse. Un día, apareció un chico, tenía la cara más rara que había visto en mi corta vida. Ojos color de cielo y una boca inmensa mostrando los dientes como si fuera a morderme. Se llamaba José. Se empecinó en llevarme a la casa. José era hijo de Laura y a Laura le gustaba leer a Foucault. Y para que José la dejara leer a Foucault, Laura pagó una suma fabulosa por llevarme a su casa. Usted abre los ojos tan grandes como los ojos de José cuando me vieron por primera vez. Empecé una vida nueva en casa de José y de Laura.

Las paredes de mi nueva casa eran limpias y blancas, parecían perlas y yo me sentía en el lecho de un río limpio... José me daba de comer unos peces muy ricos y jugaba conmigo, hacía navegar sus barcos de colores, los hundía en el agua y después se metía él en el agua. Quería asustarme y me mostraba los dientes, gruñía.

A veces se aparecía con caras rarísimas, con monstruos, vestido de Frankestein o de Drácula, sí, quería aterrorizarme, a mí, no se ría...

Pero después de un rato se iba a su cuarto y yo me quedaba sola, debajo del agua. Entonces oía la voz de Laura leyendo en voz alta al filósofo. Ni lo sueñe. Tendrá que leerlo usted mismo, ¿cómo quiere que recuerde algo así? Mi vida actual  no me deja recordar esas cosas, esas palabras que Laura parecía recitar como si estuviera leyendo poemas. ¡Déjese de pavadas! Empecé a crecer ante la mirada de José, que día tras día me traía esos pescados tan ricos. Y ella, Laura, también me daba de comer. Cuando querían bañarse, me sacaban al balcón y ahí yo aprovechaba para mirar la calle. Era raro ver todas esas máquinas echando humo, esos hombres y mujeres caminando rápido, luces verdes, rojas y amarillas, rojo, amarillo, verde, amarillo..., árboles, distintos a los de la isla, niños corriendo por un parque. Todo ese mundo se terminaba cuando me llevaban de nuevo a mi casa de paredes blancas. Algunos rayos de sol entraban por la ventana, entonces disfrutaba mucho ese calor mientras escuchaba la grabación de las teorías de Foucault, la voz de Laura. No sé, no sé para qué lo hacía, supongo que le gustaba oírlas. Estudiaba, creo. Y José se divertía molestándola, se disfrazaba de genio, de monstruo,  y se reía muchísimo. Jamás pensé que mi cuerpo iba a llegar a esto que soy ahora, desbordé la casa.

Ya no podían llevarme al balcón cuando querían bañarse. Ni siquiera venían al baño a visitarme, me dejaban la comida y se iban. Me tenían miedo, hablaban en voz baja. José decía que yo viviría ahí para siempre. Pero las costumbres de ellos habían cambiado. Laura ya no leía despreocupadamente a Foucault. A veces se instalaba en la puerta del baño y desde ahí me miraba, me clavaba los ojos del color del cielo, como los de José, parecía pensar...

Seguramente pensó bastante. Durante unos días dejé de escuchar la voz de Laura leyendo a Foucault. Imaginé lo peor y lo peor ocurrió. Reconocí enseguida la voz de él. Era una voz grave, serena.  Me tocó un poco, me midió con los ojos, dijo que él sabía qué hacer. No era lo mejor para mí, pero al menos, dijo, era una solución digna. Imaginé que podía ser el río, nuevamente la inundación, un camalote. Me cargó en los brazos junto a José. Laura se quedó quieta, no sé si hubo tristeza en los ojos de ella cuando me sacaban del agua. Sé que les pesaba, pero si hubiera caminado el susto de ellos no tendría límites. Así es que me dejé llevar. ¿Por qué me mira así? ¿Por Foucault? ¿De qué me sirve ahora haber escuchado tanto a Foucault? ¿En serio? ¿Lo promete? ¿Lo hará por mÍ? Lo espero mañana, empiece por la primera página.

 
(c) Araceli Otamendi
 
 
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