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Estás aquí:  Inicio >>  Ensayos - Crónicas >>  Le dicen el querubín- Marco Aurelio Rodríguez
 
Le dicen el querubín- Marco Aurelio Rodríguez
 

Desde Chile

Le dicen el querubín

(Santiago de Chile) Marco Aurelio Rodríguez

 

“(…) lo suyo era una minucia, acaso un hecho intrascendente, algo repetido una y otra vez en la historia de la humanidad” (Ismael Leonidas, personaje miembro de un Comando de Inteligencia Militar, de la novela “Me Dicen El Querubín”, de Walter Garib: Ed. La Pluma del Ganso, Santiago de Chile, mayo de 2007) 

Ante una época malsana, Octavio Paz descreía de una visión lineal de la historia. El poeta mexicano se refería más bien a una resurrección optimista de nuestro espíritu asolado por el Dios del vacío. 

Walter Garib, en su novela “Me Dicen El Querubín”, nos fabula un caso. ¿Cuál es la diferencia entre una cucaracha y un querubín? Un bicho repugnante, pero también un tenaz animal signo de supervivencia, la cucaracha habita la Tierra desde hace dos mil quinientos millones de años. El inconsciente de Kafka (llamémosle Samsa) fue perturbado por “un monstruoso insecto” (amorfo, como los seres de Lovecraft), que nosotros, los lectores, hemos exorcizado en la figura febril de una cucaracha. Así probablemente el hombre desaparezca de la faz de la Tierra y la cucaracha vuelva a reinar a sus anchas. Tal vez este insecto de sangre fría -que puede vivir semanas si le arrancan la cabeza o sin ingerir comida- sepa esto y nosotros, los personajes con movimientos de hilos, seguiremos muriendo de acechanzas. Tal vez el Paraíso es un fraude. 

Dios situó al querubín en el lado oriental del Edén para impedir que los seres humanos volvieran a entrar al jardín y accedieran al árbol de la vida (Gén. 3, 24). Si el querubín (cuya etimología en hebreo, querubeo, hace referencia a “próximo”) indica la consumación del conocimiento de Dios, por qué no suponer que este ser zoomorfo “con muchos ojos de todos lados”, representa el arrebato de divina Luz, fantasía advenediza y prontamente convertida en Satanás. No por otra razón quizás, Satanás significa “adversario”; el que fuera un precioso querubín (arcángel), en su día se rebeló contra Dios, quiso ser igual a Dios y arrastró a la tercera parte de los ángeles en su caída (Ezequiel 28: 12-19; Isaías 14:12-19; Apocalipsis 12: 3, 4). 

El problema es que los querubines, figuras aladas que bien podrían ser, según ciertas teorías, figuras humanas con la cabeza cubierta, sostienen o funcionan como el trono de Dios o el carro (ver Sal. 80, 1; 18, 10). En el Islam (Garib bien lo sabrá) los querubines permanecen en alabanza perpetua de Alá. 

El Arca de la Alianza, aceptados sus figurines custodios, querubines cucarachas, según revelaciones, será la excusa de “cuando Dios vuelva a congregar a su pueblo y tenga de él misericordia”. Mientras tanto vivimos a la sombra de espías alegóricos y los hechos impíos conforman el libro de los libros de la humanidad. 

Podemos pensar en la historia de un lejano país (que en los solitarios reinos los monarcas, de tan aburridos, deciden matar hombres como quien extermina cucarachas), en un golpe militar y en personajes enajenados por la linealidad de su propia historia de haber sido abusados y castigados en la infancia y de, por tanto, querer tomarse una revancha, puesto que “la tortura era una demostración de legítima superioridad”. 

En la novela “Me Dicen El Querubín” se cuenta la intriga -que de tan grotesca, parece verosímil- de un hombre, Ismael Leonidas, que se convirtió en torturador por atisbar su propio abismo nauseabundo. De hecho su propia categoría resulta retorcida. Se excusa con “sus deberes con la patria” (léase POR LA RAZÓN O LA FUERZA): “Nunca he preferido la rudeza a cambio de la razón, pero si las alternativas se cierran, muy a mi pesar debo actuar en contra de mis principios”. 

Y el espejo de agua negra de su marisma, le ofrece una imagen fiel del Mal, similar a la del General: “Un hombre vestido de uniforme avanzó hasta nosotros y nos dio la mano, una mano pesada, más bien fofa, luego de haber hecho el saludo militar. Lo miré en confianza a los ojos y pude observar que eran opacos como si tuviesen cubiertos de una membrana gelatinosa, semejante a los de un reptil”. Es por eso que le recomiendan ondularse y teñirse el pelo y ponerse lentes de contacto azules, para pasar inadvertido o, más bien, para ser aceptado por la gente (síndrome remarcado en el libro “El Perfume”). “Yo tendría doce años, cuando una prima de mi misma edad que nos visitaba en verano, me acusó de ser feo igual a sapo, cuando quise besarla”. 

La horrenda servidumbre de la Maldad convierte al amor en asco. El apareamiento de Ismael Leonidas con Soledad Ceballos nos lleva a la execración de lo grotesco, donde la basura se entromete en los agujeros de la carne, gusanos de muerte alimentando la muerte. Dos figuras negras (entremezclo aquí la imagen final de la novela) “parecían excitadas, deseosas de aparearse”. Así termina la novela: “Un despavorido ejército de cucarachas corría por la celda haciendo noche”. 

Sabemos que la belleza de Luisita Basáez, por la que sintiera extraño apego cuando niños (la imagen límpida de la niña sentada al piano), no redirigirá su fuego de negrura (color de cucaracha). Un atisbo -apenas- de salvación, es desechado cuando se imagina, la noche que ultima a la mujer que podría haber amado, que ella se hubiera arrojado del auto en movimiento reconociendo, en ese supuesto idilio inventado por Leonidas, una trampa mortífera. Y luego ella muerta y la llamada de la descomposición para el torturador: “Le acaricié el rostro de difunta”. Y la definición del amor en el aparataje de la Vileza: “¿Acaso deseaba violarla para entrar en su intimidad sagrada de muerta, en el oscuro camino hacia lo inexplicable? Dudaba y no sabía qué hacer. Besé repetidas veces su boca sin aliento y una sensación nueva, entre el pánico y el gozo, se apoderó de mí”. El tópico de la Bella Durmiente, que tantas veces hemos convertido en encuentro feliz, es mostrado desde una perspectiva realista y fofa de vulnerabilidad. 

Leonidas siempre ha sido una cloaca, un encierro para sí mismo (resulta casi burlesca la invitación que inicia la novela: “A hurtadillas penetremos en su historia por la puerta de la intimidad”). El personaje (¿la invención?) termina en una celda esperando la condena de los hombres que le produce indolencia, recontando en siete días (burla al Creador), toda su infame creación. 

Definitivamente, no hay razón ni lógica para las causas humanas. ¿Qué es el hombre? No lo sé. ¿Cuál es su espíritu y su luz? 

Definitivamente, no hay juicio final.

(c) Marco Aurelio Rodríguez

 
 
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