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Estás aquí:  Inicio >>  Cuentos, poemas, relatos >>  No hay primera sin segunda - José Respaldiza Rojas
 
No hay primera sin segunda - José Respaldiza Rojas
 

Fragmento de novela - Desde Lima, Perú

No hay primera sin segunda (fragmento de novela)

 

"...Una de esas tardes aburridas sobre todo cuando no se tienen deseos de hacer nada nos escapamos de la Unidad Escolar en busca de aventuras; por esa época todavía quedaban rezagos de la costumbre de pedir permiso a su dueño para ingresar a su huerta a comer cuanta fruta cupiera en nuestro estómago, pero ya quedaban pocas huertas y las que subsistían contaban con sembríos cuya cosecha era destinada a su venta. Aprovecho para anotar que por ese entonces existían muchas frutas que no se vendían, las regalaban como por ejemplo la guayaba, la tuna, el pacae. Caminando por abajo del puente, en unos de esos vericuetos llegamos a una de ellas, llena de manzanos con manzanas listas a ser cosechadas, trepamos la tapia y una vez arriba no nos quedó mas remedio que saltar hacia abajo, pero al hacerlo me di un gran golpe en la espalda, estaba pagando el noviciado. Reinaba un silencio amenazador pero aún así nos pusimos a llenarnos los bolsillos de manzanas para luego abrirnos un poco la camisa a modo de bolsa y a seguir llenando se ha dicho. Habría pasado ya una media hora cuando alguien dio la voz de alarma:

 

- Vienen los perros, salgamos.


Salimos espetaperros y yo seguí a mis compañeros quienes por solidaridad y dándose cuenta de que era novato me ayudaron a salir y ellos tras mío. Comerse una manzana sin pelar, sin lavar, luego de instantes de peligro es muy relajante.¡Me consta! Algo parecido debe haber sentido Adán que no le importó perder el Paraíso.

Al salir, en la tarde, iba a la oficina de un señor, amigo de mi tía, situada al comienzo del Paseo de la República, no si corresponde a la Avenida  Bolivia o Roosevelt, era un antiguo edificio con un ascensor del año del rey Pepino, dicha oficina me parece que estaba ubicada en el tercer piso. Abría la oficina, barría un poco el piso, sacudía el polvo de los muebles y me sentaba a esperar que llegase alguien, pero nunca ocurrió absolutamente nada, es más, aparte de mí daba la impresión de no haber otra persona habitándolo. Como se comprenderá mi compañía constante era el aburrimiento, entonces decidí explorar, piso por piso, caminando sobre un piso de madera siempre limpio. Todas las puertas estaban cerradas, no se escuchaba ruido alguno.

El edificio, por fuera era y continúa siendo bastante señorial, de buen aspecto y mucho mejor si luce pintado, pero por dentro era muy lúgubre, oscuro, silencioso. Drácula lo hubiera escogido para hacerlo su residencia, o tal vez para ser una casa de reposo de almas en pena. Todos los pisos eran de madera y estaban siempre limpios aún cuando nunca vi que alguien les hiciera la limpieza. Al final de cada costado del primer piso tenía una escalera que llevaba al sótano algo curioso ya que consistía en un larguísimo pasadizo a modo de perímetro. Tenía una entrada principal, al comienzo de la Avenida de los Héroes Navales, otra al costado de la Avda. Carabaya y debió tener una tercera entrada en el Jirón de la Unión, pero parece que fue clausurada. Allí se filmó parte de la película Espejismos del cineasta peruano Robles Godoy.

Hoy esta escritura me recuerda que se me escapó revisar la azotea ¿De qué me habré librado? o ¿Qué me habré perdido de conocer? Recuerde amable lector la limeñísima costumbre de almacenar en las azoteas los objetos pasados de moda, los rotos y averiados, las antigüedades, las huachaferías y otras chucherías que a veces se compra, cosas inservibles pero que forman parte de nuestros recuerdos. Cuando niño literalmente me sumergí en el baúl de mi abuelo materno que yacía en la azotea de mi casa de la Buena Muerte, y pensar para qué servirían esos rollos de pianola, o esa maquinita encorchadora, ese sifón abandonado, o mejor dicho exilado por cambio de costumbres. Hasta vi un nido de gallinazo con un pichón con su plumón todo blanco pues recién cuando son mayores es que se visten de luto.

Saliendo al costado derecho estaba el Panóptico, donde hoy se levantó el Hotel Sheraton, el lugar ocupaba toda una manzana, hecho con enormes piedras, y que le servía al temido y odiado general Esparza como almacén de principales opositores, en realidad era una prisión que albergaba a cuanto preso político podía. Años más tarde, en aquel tétrico lugar conocería a Elmo Gómez Lusich, quien con el correr del tiempo sería padre de mi consuegro. Quizá para no perder visibilidad no tenía follaje alguno. Recién al llegar al Parque de la Exposición se gozaba de frondosos árboles.

Antes de llegar al comienzo del Paseo Colón, el Urbanito daba la vuelta en u reiniciando su recorrido, mientras que el Acoplado continuaba rumbo a la Playa de Agua Dulce, me estoy refiriendo a dos tipos de tranvías que por entonces prestaban servicio de transporte de pasajeros. También pasaba el que iba a Magdalena y el de San Miguel. Cuando deseaba botar el aburrimiento, bajaba de la oficina, subía a la volada en el urbanito y me bajaba, también a la volada antes de que dejara el Paseo de la República. Otras veces iba a una pequeña tienda en el Jirón Carabaya a comprarme una bolsita de chocomiel.

 

Así me fui cambiando de ropaje exterior e interior. Hube de ir abandonando, con lentitud, mi valiosa colección de cientos de chapas de bebidas gaseosas, abundante en cantidad y variedad, ya que las había de provincias y hasta de otros países; mis bolsas repletas de bolas, boliches, pitachas, cholones, billas; mis tapitas de botellas de leche, mis películas, que en realidad eran pedacitos de películas, cortadas una a una, con las que jugué tantas veces, ya no gozaba sacando arañas de su nido con un palito de fósforo. También me fui acostumbrando al olor mucho mas penetrante de mis axilas y a usar desodorante para repelerlos, a no saber porque me ponía jacarandoso al ver colgada en el tendedero de la vecina ropas íntimas femeninas, a pasar un mayor tiempo frente al espejo para peinarme, a estar descontento por esa enorme boca que recibí en la herencia genética, a maldecir por la presencia de pelos trinchudos en mi cabellera, a comerme un pavo, es decir, ruborizarme cuando alguna chica me miraba fijamente.

Todo eso no comienza hoy y termina mañana, se inicia lentamente y por ende se retira con harta calma, por ejemplo, ya antes de lo que estoy escribiendo, a mas de orinar a veces también me salía agua de coco, vale decir eran las primeras manifestaciones de mi semen y ya mayor, a veces, algunos acontecimientos aún me turban.

Es algo curioso, ese era otro yo, mas no dejaba de ser el mismo yo en esencia. Son los famosos saltos de cualidad, en lo que cambia es en la intensidad de uno mismo. Dejaba de ser el niño con ese paso por la pubertad para asomar el rostro de adulto. ¿Qué es mejor? Nada es mejor ni peor, son etapas por las que se va pasando y cada una de ellas tiene sus bemoles y sus recompensas. Antes se me ensalivaba la boca frente a un chupete de caramelo y ahora se me iban los ojos por un cigarro Inca o un Nacional Presidente, de tabaco negro. Es como la marinera, sabrosa para empezar y deliciosa en la resbalosa final. .."

(c) José Respaldiza Rojas

Sobre el autor: José Respaldiza Rojas (1940-Lima, Perú) periodista, ensayista de temas pedagógicos, especializado en literatura infantil. Fue catedrático principal de la Universidad Nacional de Educación, Magister en Ciencias de la Educación, con varios libros editados, miembro de APLIJ, ANEA, CEDELIJ. Ganó el Premio Nacional de Promoción a la Lectura, en el nivel universitario, en 1997. La Biblioteca Nacional del Perú, en 1998, lo galardonó por su creatividad. En la Feria Internacional del Libro Infantil y Juvenil, celebrado en Madrid en 1999, obtuvo el pimer lugar por su originalidad, otorgado por IBBY.

 

 

 
 
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