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Estás aquí:  Inicio >>  Cuentos, poemas, relatos >>  El amor a través de la mirada- Ángel Balzarino
 
El amor a través de la mirada- Ángel Balzarino
 

Desde Rafaela, Provincia de Santa Fe

Sí. Allí vienen. El lejano pero inconfundible sonido de algunas risas le reveló que había concluido la espera. Entonces clavó los ojos en el estrecho sendero apenas insinuado entre la mata de troncos, hojas y arbustos que se había ido  formando junto a las ya inútiles vías del tren y divisó las dos siluetas. Con sigilosa rapidez se ubicó en el sitio ya habitual -oculto entre cartones y maderas, junto a una de las ventanas de la derruida estación-, dispuesto a ejercer, sin el temor de ser descubierto, una intensa y morosa vigilancia. El placer más grande. Sin duda el único que puedo disfrutar ahora. Una vez más comprendió que después de tanto tiempo -ya no tenía noción desde cuándo  se limitaba a sobrevivir de la caridad de los otros, sin afanes ni sueños-, por fin ocurría algo que no sólo quebraba la opaca rutina sino, mejor aún, lograba infundirle una súbita cuota de ánimo, le otorgaba inusitado vigor a su cuerpo ya abrumado por el cansancio y los años. Como si otra vez sintiera lo mismo que ellos. Lleno de vitalidad y deseo. Ahora las voces le llegaron más nítidas, las palabras entrecortadas por estallidos de risas, como si disfrutaran de alguna broma íntima y secreta, despreocupados y felices, hasta que los vio detenerse en un pequeño claro entre los árboles que bordeaban la estación. De una bolsa extrajo una botella de vino y bebió un  trago largo, tanto para aplacar la ansiedad  como para festejar por anticipado cada detalle de la escena que iba a presenciar. Después permaneció rígido, sin efectuar el menor ruido. A la expectativa.

            Como siempre, fue ella la que tomó la iniciativa. Suave, lentamente, llevando a cabo una ceremonia en la que cada gesto parecía destinado a otorgarle mayor interés y atractivo, le desprendió la camisa y comenzó a sacársela. El muchacho la dejó hacer, sin moverse, mientras las risas se transformaban en susurros y contenidos jadeos. Cuando le tocó el turno a él, todo se hizo más agitado. Súbitamente presuroso,  le quitó la blusa con evidente rudeza, urgido por la impaciencia. Lo invadió una dosis de codicia, placer, deslumbramiento, al surgir los pechos, blancos y turgentes, que las manos del muchacho palparon en ávida caricia. Si pudiera hacerlo yo. Si al menos una vez... La certeza de no tener ya la oportunidad de protagonizar algo semejante  le hizo evocar, en un afán por atenuar la frustración y alcanzar cierto consuelo, otra época, cuando Hortensia lograba satisfacer las ansias de su cuerpo joven y enardecido. Llevó otra vez la botella a la boca. La necesidad de beber pareció crecer tanto como el ardor que lo estremecía, mientras trataba de  imaginarse otra vez junto a Hortensia.  Lo mismo que él con la muchacha, la acostaba sobre el húmedo colchón formado por la gramilla, y la poseía  entre besos y caricias que los llevaban cada vez a un paroxismo de gritos y risas y palabras incoherentes. Pero después, cuando ellos quedaron quietos y abrazados,  ajenos a cualquier otra cosa que no fuera seguir disfrutando los instantes que habían vivido, sintió la boca reseca, como si hubiera probado algo amargo, con súbita conciencia de su soledad y del ya para siempre insatisfecho anhelo de tocar otro cuerpo.

            Apenas ellos se alejaron, estalló. Sin preocuparse ya por guardar silencio, arrojó con violencia la botella vacía y golpeó los puños contra la pared y profirió gritos que trasuntaban la carga de furia, dolor e impotencia. Después comprendió que debía conseguir otra botella de vino. Rápidamente. Para obtener cierto desahogo y tranquilidad. Sintiendo todo el cuerpo pesado y torpe, abandonó la estación y a pasos lentos marchó hacia el pueblo.

            Debió golpear muchas puertas y  reflejar el mayor estado de indigencia, antes de conseguir algunas monedas. Le alcanzó para comprar dos botellas de vino y, apenas salió del boliche de Bottaro, comenzó a beber. Aunque siempre había evitado hacerlo mientras andaba por las calles del pueblo  -después que la enfermedad de  Hortensia  lo precipitó en la ruina y  necesitó apelar a la caridad de la gente para sobrevivir-, ya no le importó que lo vieran. Bebió con avidez. Impaciente por embriagarse y alcanzar cuanto antes un profundo sueño  que le hiciera olvidar la pérdida definitiva de Hortensia, que aplacara el deseo despertado por la frenética relación de ellos, que borrara la certidumbre de vegetar en un estado bochornoso, sin esperanza ni dignidad.

            Como si marchara a través de una humareda que desdibujaba las cosas y le producía un creciente mareo, cada paso le resultó más difícil. Después de un tiempo interminable pudo divisar el contorno familiar de la estación. Cuando intentó cruzar las vías, tropezó. Al perder el equilibrio, lanzó un grito y abrió los brazos en busca de algo para sostenerse. Fue inútil. No pudo evitar la caída y súbitamente sintió el golpe seco, contundente, en la cabeza.

             Las manos de él quedaron de pronto quietas, desganadas, sin terminar de desabrocharle la blusa.

            -Vamos  -ella lo apremió, impaciente-. ¿Qué te pasa?

            Se apartó y echó una furtiva mirada hacia la estación.

            -No sé. Ya no puedo hacerlo aquí, ahora que el viejo no está mirándonos.

(c) Ángel Balzarino
 
 
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