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Estás aquí:  Inicio >>  Cuentos, poemas, relatos >>  Delfina por Nora Tamagno
 
Delfina por Nora Tamagno
 

desde Rosario. Argentina

Delfina llegó a sus padres después de años de anhelante espera, cuando nada hacía sospechar su arribo. Fue recibida como un envío del cielo, como si su nacimiento hubiera sido fruto de alguna mediación mágica o un hecho sobrenatural. Pero ella llegó ajena a todos los desvelos que generó su presencia y despuntó su vida entre sábanas de linón bordadas por las tías y pañoletas espumosas tejidas por las abuelas. Todos los vecinos, amigos y parientes, quisieron ser protagonistas de tan grato acontecimiento y se acercaron con regalos y efusivas expresiones de ternura. Delfina fue la soberana de ese pequeño reino y todas las circunstancias de su vida fueron seguidas paso a paso por el entorno familiar que vivía pendiente de sus progresos. Controlaban su sueño y su respiración, si dormía serena o se ahogaba con la almohada. El primer diente, los balbuceos, si dijo primero papá o mamá, la fiesta del cumpleaños, con torta, fotos, globos y hasta un mago, el inicio de las clases, las anginas y el sarampión... Encaramada sobre las piernas del padre, escuchaba las historias más cautivantes y las anécdotas más divertidas hasta que se dormía en sus brazos. Con él, aprendió a usar el diccionario y a jugar al ajedrez. La madre era su sombra, servidora de tiempo completo para cepillarle el pelo cien veces todos los días, ajustarlo con una cinta en lo alto o trenzarlo con infinita paciencia. La bañaba en espuma y le secaba los dedos de los pies uno a uno. Le ponía gotas de agua de colonia detrás de las orejas y en el pañuelo. Le enseñó a bordar en bastidor, tejer crochet, tocar el piano y saludar con reverencias. Delfina creció al margen de tanto alboroto, entre cuidados excesivos y mimos al por mayor, pero no por tanto miramientos, resultó caprichosa ni insoportable. Por el contrario, fue una criatura dulce, cariñosa y dócil. Jamás una exigencia, nunca un desborde. Todas sus actitudes revelaban sus deseos de colmar las expectativas que se habían depositado en ella.

Llegó la adolescencia gradualmente, sin desasosiegos, mientras el cuerpo se adecuaba a su nueva condición de mujer. Por esos días, se sintió irrefrenablemente atraída por su compañero de escuela, un chiquilín desgarbado y pecoso que la miraba con arrobamiento. Paseaban juntos por la costanera, como iluminados, indiferentes al río que reptaba murmurante. Se hablaban al oído aunque no hubiera nadie cerca y reían despreocupados en una nube sólo habitada por ellos. Delfina era tan dócil que nada tuvo que decir cuando su padre resolvió que Juan Pedro era una aventura intrascendente y decidió comprometerla en matrimonio a Gesualdo Díaz Paredes, un benemérito señor que le doblaba la edad y con fortuna suficiente como para asegurarle un futuro sin sobresaltos. Nada dijo tampoco cuando se fijó fecha para la boda y menos, cuando un ejército de mujeres laboriosas, se abocó a confeccionar el ajuar, digno de una princesa. La ceremonia religiosa fue como un cuento de hadas. Los bancos rebozaban de gente apretujada que se empeñaba en no perder detalle. Delfina entró majestuosa, como una escultura viviente, extraña en ese ropaje que no sentía para ella, pero convencida del personaje que representaba. Avanzó delicadamente, sin vacilar del brazo de su padre que caminaba a su lado persuadido de que ese era el momento más trascendente en la vida de ambos. Ella no distinguía a nadie en esa multitud, pero supo que Juan Pedro estaba allí. No obstante, siguió su camino hacia el altar, mientras los acordes de la marcha nupcial la impulsaban a mantener el porte solemne que exhibía. Tampoco se le ocurrió albergar sentimiento alguno de reproche hacia su padre, cuando después de la fiesta magnífica, se encontró frente a un desconocido con quien compartiría la cama y la vida, en bata de seda y suavemente perfumado, que la besó fraternalmente y luego se durmió. Todo había sido planeado para su bien.

Después del viaje de bodas, comenzaron la vida de casados, en una casa contigua a la suya de soltera, que papá, tan precavido, había tenido el acierto de comprar para ellos. La poca o ninguna afinidad con el marido se fue haciendo cada vez más ostensible. Al principio, las diferencias no se notaban demasiado, porque las circunstancias de una vida en común que recién se iniciaba, la esperanza de los hijos que nunca llegaron, las ausencias prolongadas del marido atrapado por una afición desmedida al trabajo, fueron ocultando la realidad. Pero no por eso, Delfina alteró su carácter afable ni su habitual buen humor, pese a que sus días transcurrían en una rutina desalentadora. El marido envejecía con demasiada prisa, y ella, a la inversa, ganaba en lozanía y esplendor. Caminaba, y al andar, un sonido de cascabeles musicalizaba su paso. Parecía inconsistente con su aire de niña y la sonrisa dibujada. Nadie oyó nunca queja de sus labios aunque a ojos vista, el matrimonio no funcionaba. Ella se ocupaba de la casa y de sus cosas mientras que el marido era una figura de paso. Los vecinos se admiraban ante la resignación oculta tras la expresión serena, pero nadie osaba compadecerla. Tan digna y enigmática se la veía. Algunos hasta pensaron que era idiota dejar marchitar su piel al lado de un hombre que con certeza, ni la acariciaba. Todos los días, invierno y verano, otoño y primavera, salía Delfina de su casa, a la hora de la siesta con rumbo desconocido, ajena al aura de misterio que la envolvía, caminando resuelta y erguida, como si un motor invisible, le generara la paz que irradiaba. Regresaba al atardecer, silenciosa, sin palabras, sin explicaciones, cordial pero impenetrable.

Un día de tantos, se volcó la noticia a las calles y echó a andar incontenible. Gesualdo había muerto de un ataque fulminante, sentado al borde de la cama mientras se ataba los cordones de los zapatos. Así lo encontró Delfina, cuando entró casualmente al dormitorio y lo sorprendió en esa circunstancia, como la muerte lo había hecho minutos antes. La escena resultaba tragicómica, y si a Delfina no le pareció así, se debió sólo a que era ella, la que estrenaba la condición de viuda. El que había sido su marido hasta ese momento, siempre en actitud tan compuesta, estaba con la camisa impecablemente almidonada, el vaporoso moño de seda negra anudado al cuello los pantalones a media pierna, la cara volteada sobre el pecho y un hilo de saliva plateando la comisura de la boca. Sin gritos, sin aparatosidad, en un todo de acuerdo con su habitual prudencia, Delfina acomodó los pantalones de su marido para que cuando llegara la hora de las condolencias, nadie tuviera ocasión de verle los calzoncillos y con esfuerzo enorme para su frágil contextura, extendió el cuerpo sobre la cama y dio aviso. La casa se llenó de amigos y curiosos y enseguida, el servicio de pompas fúnebres sumergió, el cadáver en un mar de puntillas e instaló el ataúd oval y lustroso de madera oscura, bajo un pesado crucifijo de metal. Silenciosa y sin llanto, Delfina se dejó envolver en abrazos efusivos, recibió palmaditas en el hombro y agradeció sentimientos de pésame.

Cuando todo hubo terminado y quedó sola, respiró hondo y abrió las ventanas, para que el aire fresco de la calle se llevara los perfumes de la muerte.

Durante varios días, permaneció recluida en su casa, saliendo lo estrictamente necesario. Al cabo de un tiempo que ella estimó razonable, los vecinos la vieron salir en un atardecer dorado, resplandeciente bajo la desteñida sombrilla de seda, casi innecesaria para los escasos rayos de sol y caminar por una callecita empedrada, justo hasta la casa de Juan Pedro. Nadie se sorprendió demasiado, cuando los vieron pasear tomados de la mano, por la vereda que contorneaba el río en actitud tan natural como si juntos hubieran compartido las siestas de tantos largos años.-

(c) Nora Tamagno

 
 
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