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Siempre eligen al peor por Luis Buero
 

Pero un día la niña cumple los 33 y se da cuenta que a su reloj biológico le queda menos minutos, y comienza a buscar marido escondida en las ramas con la navaja entre los dientes. Con un telescopio apunta a la fauna masculina, pero se da cuenta rápido que los animalitos que abundan sueltos son todos divorciados que no se quieren comprometer, o solitarios que siguen apegados a mamá, o celosos patológicos y violentos que tienen más entradas en la comisaría que la pizza de muzzarella, o salames sin un cobre, más secos que pañal de muñeca

(Buenos Aires)

Es real que muchas mujeres tienen una reiterada insistencia en aferrarse “al patán”,“al pirata”, pero esta costumbre varía según las edades. Veamos.

Cuando son adolescentes, digamos entre los 14 y 23 años, ya nos dan la primera desilusión. Papá y mamá se han esmerado en criarla con leche importada, hirviendo el agua que  ella toma durante quince minutos todos los días, la han anotado en el más exclusivo colegio parroquial trilingüe, y la enviaron a estudiar clavicordio y baile clásico...para que luego la blonda angelical se aparezca con un primer novio tan execrable que haría estremecer al mismísimo sátiro del subte.

Y si, ella se engancha con el más reo, el que desaprueba todas las materias, el que se ratea cuantas veces puede, el que les vende petacas de licor  y cigarrillos no santos a las chicas. Como diría Don Sigmund, la prohibición genera el deseo.

Luego, entre los 24 y los 32  les ataca una segunda etapa de quedarse con el menos recomendable, algo propio de estos tiempos en los que ellas en vez de pensar en casarse y tener hijos, sueñan con hacer grandes negocios, ser conductoras de televisión, arrojarse en parapente sobre las arenas de El Líbano, montar un camello en Siberia y bailar en Creamfields durante tres días sin parar. Con semejante plan de vuelo, un piloto responsable no les conviene. Este es el período en el que inconscientemente se buscan amores imposibles para no tener que formalizar, a saber: el madurito casado que jamás dejará a su esposa e hijos, el bailarín que de día es heterosexual y de noche no se sabe, el profesor de tenis que la engaña con todas las otras alumnas, el marino mercante que está una semana aquí  y once meses dando la vuelta al mundo, el guerrillero que cada dos por tres huye a alguna selva insólita para imitar al Che Guevara.

Pero un día la niña cumple los 33 y se da cuenta que a su reloj biológico le queda menos minutos, y comienza a buscar marido escondida en las ramas con la navaja entre los dientes. Con un telescopio apunta a la fauna masculina, pero se da cuenta rápido que los animalitos que abundan sueltos son todos divorciados que no se quieren comprometer, o solitarios que siguen apegados a  mamá, o celosos patológicos y violentos que tienen más entradas en la comisaría que la pizza de muzzarella, o salames sin un cobre, más secos que pañal de muñeca.

Aquí es donde hacen de tripas corazón y al primero que cae lo arrastran hasta el Registro Civil con la esperanza ilusoria de transformarlo a su imagen y semejanza, luego de obtener la libreta roja . Grave error porque Marilyn Manson no puede convertirse en  Mel Gibson por más amor o gritos que le peguen. Luego del divorcio les queda ir a un “solos y solas”  y después, al final, el geriátrico, donde seguirán sonriéndole al desaconsejable, porque caso contrario no tendrían oportunidad de sufrir,

y la vida les resultaría demasiado aburrida. ¿O me equivoco?


(c) Luis Buero

www.luisbuero.com.ar



 

 
 
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