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Montecristo Superestar por Luis Buero
 

Los medios masivos cumplen finalmente su misión: la de ser el objeto transicional, como diría Winnicot, de millones, es decir, ese sustituto lejano (chupete electrónico) de una imagen materna que nos narra el cuento de las buenas noches donde el caos de la vida finalmente se ordena, el bien triunfa, el crimen paga, el orden se restaura, y se nos devuelve la seguridad ontológica esporádicamente perdida.

(Buenos Aires) Luis Buero

 

Un guionista pionero de nuestra televisión, solía decir que el germen del éxito estaba en dos historias universales: La Cenicienta y El Conde de Montecristo, y que si un libretista lograba mezclar las dos ideas en un mismo producto tendría el rating asegurado.

No es extraño entonces que una nueva adaptación de la famosa novela de Dumas vuelva a cautivar, porque se apoya en sentimientos primitivos del ser humano: celos y envidia, y en los actos que estas emociones básicas promueven: agresión, traición e injusticia, y su consecuencia, la venganza. La humanidad se mueve sobre la energía que emanan estas palabras, y de revanchas se han nutrido la pantalla chica y la grande, con anécdotas que no hacen más que resucitar al Ave Fénix para que vuelva y no deje títere con cabeza. Y de las vicisitudes de la Cenicienta se alimentan todas las telenovelas, donde los pobres son buenos y los ricos no, pero a veces lloran.

Así es. En sus tramas se manejan personajes equidistantes y estereotipados, villanos y héroes extremos que apelan a nuestras más elementales estructuras mentales. Por eso no es raro que estas descendientes directas de la tragedia, del folletín y del radioteatro, rotuladas  como “soap óperas”, sigan alcanzando altísimos niveles de popularidad. En parte,  la magia de estas estructuras narrativas radica justamente en lo alejado que puedan estar de la realidad, aunque se utilicen elementos del presente. Porque la Cenicienta no armó un sindicato y fue a protestar contra la explotación de las mucamas, si no que pactó con un hada (pensamiento mágico) y se lo transó al príncipe. Y el galán de Montecristo, por su parte, podrá vengarse de la calumnia, la infamia, la agresión, unas decenas de capítulos después de haberlas sufrido, y hasta es probable que en el final lo supere la piedad y el perdón y se quede con la chica que dio el mal paso.

Los medios masivos cumplen finalmente su misión: la de ser el objeto transicional, como diría Winnicot, de millones, es decir, ese sustituto lejano (chupete electrónico) de una imagen materna que nos narra el cuento de las buenas noches donde el caos de la vida finalmente se ordena, el bien triunfa, el crimen paga, el orden se restaura, y se nos devuelve la seguridad ontológica esporádicamente perdida.

Pero otro atractivo radica en que en las telenovelas los Romeos y Julietas no conocen el miedo al amor, ni temen a la “asfixia” del compromiso. Los amantes de los culebrones no experimentan una pérdida de la identidad por formar pareja ni los persigue el pánico al descentramiento, el horror de tener que dejar de mirarse el ombligo para alzar la vista y contemplar al otro.

Por el contrario, pelean por sus sentimientos contra viento y marea, y finalmente hay boda con trompetas, castillo y muchas perdices. Y la leyenda dice que seguirán felices, pero bueno, el día después nunca lo veremos y esto también es parte de su encanto.

(c) Luis Buero


datos del autor en

www.luisbuero.com.ar

 
 
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