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Estás aquí:  Inicio >>  Cuentos, poemas, relatos >>  El sueño del gato Alberto por Carlos Marianidis
 
El sueño del gato Alberto por Carlos Marianidis
 

El sábado me encontré con el gato Alberto. Estaba sentado en el borde de la vereda de su casa, con la mirada fija en el agua que corría junto al cordón.
- ¡Buen día, Alberto! –le dije suavemente, para no asustarlo- ¿Cómo estás?
Parecía hallarse en otro mundo, observando una carrera de hojitas...

El sábado me encontré con el gato Alberto. Estaba sentado en el borde de la vereda de su casa, con la mirada fija en el agua que corría junto al cordón.

- ¡Buen día, Alberto! –le dije suavemente, para no asustarlo- ¿Cómo estás?

Parecía hallarse en otro mundo, observando una carrera de hojitas secas que navegaban como veleros. Al oírme, levantó su cabezota y dos grandes lágrimas se le cayeron, haciendo ¡toc, toc! sobre un barquillo de papel que pasaba delante de él.

- ¡Estoy muy triste! –contestó, refregándose los ojos varias veces.

- ¿Por qué lloras? –le pregunté, preocupado.

Me contó que hacía tiempo que estaba buscando trabajo, porque quería ahorrar dinero y comprarse una bicicleta con canasto... ¿Para qué con canasto? Para cumplir el sueño de toda su vida: ser repartidor de leche y alimentar a todos los gatitos del barrio.

Así, un día pidió trabajo en un quiosco de revistas, para ayudar a separar los diarios. Otro día estuvo en un supermercado donde ofrecían un puesto para cuidar los carritos. Otro día se presentó en el correo, para pedir que le dejaran pegar -con su lengua- estampillas en los sobres...

Pero el tiempo pasó y no lo llamaron de ninguno de los lugares en que había estado. Llegó el sábado y Alberto, desconsolado, abandonó la idea de buscar trabajo y, llorando, se sentó junto al cordón de la vereda de su casa.

Fue en ese momento que yo lo encontré y me senté a su lado para animarlo.

Alberto era un gato muy inteligente y trabajador; no sabía por qué no conseguía trabajo en ninguna parte, pero yo tenía que averiguarlo y alentar a mi amigo a que realizara su sueño, porque para eso están los amigos.

- ¡Te voy a ayudar! –le dije-. Pero primero tenemos que saber por qué nadie te quiere dar trabajo. A ver... ¿eres desobediente?

- ¡No! –gritó, ofendido.

 

 

- ¿Dices palabras feas?

- ¡Nunca...! –me contestó enseguida.

- ¿Eres limpio? ¿Te lavas todos los días?

- ¡Claro que sí !: ¡a la mañana, a la tarde y a la noche!

Yo no podía entender cómo un gato obediente, bien educado y limpio tenía tan mala suerte. Me quedé un rato como él, con la mirada puesta en el agua, que seguía corriendo y arrastrando hojitas y papeles. En ese momento pasó un perro conocido, haciendo gambetas con una pelota y lo saludó.

- ¡Hola, Tito! ¿Vienes a jugar un partido? Nos están agua-guardando en la canchita.

- No, gracias –contestó Alberto, disimulando sus lágrimas.

El perro se fue, haciendo equilibrio con la pelota sobre la cabeza.

Al rato, apareció un gran sapo verde y negro, con guantes de arquero, que también se acercó a nosotros.

- ¡Hola, Fus-Fus! Apúrate, que ya va a empezar el partido.

- No... Otro día –respondió Alberto, empujando con una uña un palillo marrón que había chocado contra un fósforo de madera.

El sapo se fue por una esquina, dando saltos cada vez más altos.

Yo seguía pensando y re-pensando por qué mi amigo no conseguía trabajo, pero al mismo tiempo sentía una cosa rara y no sabía qué era. Algo me tironeaba del pantalón y, al mirar hacia abajo, vi que una tortuga se esforzaba por subir al cordón. Apoyando dos patitas sobre mi zapato derecho, le gritó a Alberto, para que la escuchara bien.

- ¡Buen día, Maullido! ¿Me acompañas a la canchita? Hoy tenemos el partido, ¿te acuerdas?

- Sí... Me acordé, pero no me siento bien para jugar. Por favor, diles a los chicos que la semana próxima voy a ir...

La tortuguita se bajó de mi zapato y siguió muy, muy lentamente.

De pronto, se me ocurrió una idea.

¡Alberto! –lo tomé a mi amigo de una pata- ¿Cómo te llamó el perro, el que te saludó primero?

 

 

- Me llamó Tito.

- ¿Y por qué, si tú te llamas Alberto?

- Porque en casa me llaman Albertito y Albertito termina en Tito.

- ¿Y cómo te llamó el sapo?

- Ah, él me llama Fus-Fus, porque cuando me asusto levanto el lomo, saco las uñas y hago ¡Fusss... Fusss!

- Pero ... la tortuga no te llamó así... ¿Cómo te llamó?

- Para la tortuga siempre fui Maullido, porque desde que éramos chiquitos le gustan mis maullidos a la luna...

- ¡Ah... entonces debe ser por eso! –pensé en voz alta, mientras me ponía de pie.

Alberto no entendía nada.

- ¿Debe ser por eso? ¿De qué hablas? –preguntó intrigado.

Pero yo estaba lejos para contestarle. Me apresuré a alcanzar a la tortuga, que ya había doblado la esquina.

- ¡Eh. Tortuguita...! –le grité. Ella se detuvo. La levanté del suelo y, acercándome a su oído, le dije en voz baja -¿Me puedes mostrar dónde queda la cancha? Tengo que hablar contigo y con tus amigos.

Como me respondió que sí, pronto llegamos a un campo donde ya estaban practicando el perro y el sapo. Dejé a la tortuga en el césped y se fue a patear penales.

- ¡Eh, chicos! –los llamé- ¡Necesito que me ayuden!

Los tres se acercaron y me escucharon con atención.

- Alberto está muy triste, porque no consigue trabajo y todo lo que quiere es comprarse una bicicleta con canasto para repartir leche a los gatitos del barrio. Ya fue a ver un montón de lugares y no lo llamaron de ninguno.

Todos me miraron con cara de no comprender nada. El perro se adelantó unos pasos y preguntó con mucha curiosidad.

- ¿Y quién es ese tal Alberto?

- ¿Cómo quién es? –dije- Es ese gato al que saludaste hace un rato, cuando estaba sentado conmigo junto al cordón de la vereda.

- No. Ese es Tito –me corrigió el perro.

- No, no. Ese es Fus-Fus –aclaró el sapo.

- No, no, no. Ese es Maullido –dijo finalmente la tortuga.

Pero un segundo después, los tres animalitos se llevaron una pata a la boca, hicieron una pausa, mirándose entre sí... ¡y se pusieron a llorar, uno más fuerte que el otro!

Ahora, el que no entendía nada era yo.

- ¿Qué les pasa? –les pregunté, sorprendido.

- ¡Ay! –se lamentó el perro- El quiosquero me dijo que estaba buscando a un gato llamado Alberto, para darle trabajo... ¡Y yo le dije que no lo conocía! ¡Ayyy!

- ¡Ay, ay! –chilló el sapo- En el supermercado me preguntaron por un gato Alberto y yo dije que no sabía quién era... ¡Ayyy!

- ¡Ay, ay, ay! –lloró la tortuga- El cartero tenía trabajo para él y yo pensé que sería un gato de otro barrio... ¡Ayyy!

En ese instante descubrí -detrás de mí- a Alberto, que me había seguido, intrigado por saber qué pasaba. Había escuchado cada palabra y se sentía más triste que antes, porque ahora sabía todo.

- No lloren –susurró, resignado-. La culpa es mía por dejarme poner sobrenombres. Si me hubiera hecho llamar Alberto, ahora tendría trabajo. Pero ya es tarde...

Hubo un silencio grande; grande como una casa.

-¡No, no, no! –gritamos todos al mismo tiempo y llevamos en andas a Alberto al quiosco, al supermercado y al correo.

¿Y a que no saben lo qué pasó...?

Como todavía no habían tomado a nadie, Alberto pudo empezar a trabajar y no sólo eso, sino también consiguió trabajo para sus amigos.

Todos los días, cuando sale el sol, redondo y anaranjado, se puede ver a un gato subido a su bicicleta nueva, con el canasto lleno de botellas, repartiendo leche a los gatitos del barrio que, relamiéndose, salen de todos los terrenos baldíos, árboles huecos y casas abandonadas.

Y cuando alguien pregunta cómo se llama el repartidor, ya nadie duda en decirlo: Alberto. Sólo Alberto.

Porque para eso sirven los nombres... ¿no les parece?

© Carlos Marianidis

 
 
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