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El billete por Reinaldo Edmundo Marchant
 

...A eso del mediodía, el sol caía a plomo; Gatica y Saldaña seguían tumbados sobre la muralla renegrida, callados, la vista perdida. La humedad de sus vestimentas pobres, el tibio calor las iba resecando. Viene duro el día, ronroneó Gatica. Su compañero extrajo un cigarrillo, lo partió por la mitad, pasándole una parte a él. Cuando encendieron los pitillos, pasó por el lugar una muchacha bella y encantadora, que habría llamado la atención hasta de un loco, pero incomprensiblemente ni siquiera la atisbaron. Tal vez la mortal resaca del día anterior les jugó una mala pasada...

El billete

Igual que siempre, los dos hombrecitos se hallaban en la esquina, echados los cuerpos sobre la muralla renegrida, fumando, abandonados a los pensamientos, soportando estoicamente el desdén de la calle. A veces, cuando pasaba un tipo elegante, uno de ellos se levantaba y, haciendo una mueca lastimosa, suplicaba: una moneda, papito… Si le iba bien, partían sin tardanza a beber unos vasos de vino tinto, del barato. Luego, regresaban al mismo sitio. Ellos tenían sus sueños, y los sueños son una aventura que se debe perseguir con pertinacia de animal. Lo sabían.

Los amigos se conocían desde pequeños, siendo esa amistad su gran tesoro. Sin querer, fueron divorciándose del mundo, y lo hicieron ufanos y vanagloriosos, dando fabulosas zancadas por las ciénagas azules de los laberintos. Y todo cambió en ellos: sus sienes se ajaron y vivieron distraídos del mundo, que es la única forma de vivir pensando.

Saldaña, que era propenso a la evocación, solía repetir una anécdota que le aconteció en su alocada juventud, cuando intentó abandonar el alcohol: estuvo chupando en su reemplazo bolsas de caramelos. Aquel exceso de dulces casi le provoca una rapaz diabetes. Optó por un mal romántico: el vino. No moriré en contra de mi voluntad, indicaba.

Gatica, por su parte, siempre se refería a su fugaz matrimonio, que duró nueve días, período que consideró infinito. El estímulo del brebaje lo hacía reconocer que su esposa lo había abandonado por un asuntillo que su caletre no lograba entender: olía demasiado mal… Mi casamiento fue una convivencia fratricida, afirmaba.

Otras veces conversaban de su buena fortuna: uno aseguraba haber nacido con una estrella en la frente, mostrando un senil y desproporcionado lunar que apenas se advertía en su cara poblada de barba canosa y de estirpe curtida. El otro, para no ser menos, aducía que al llegar al mundo, la partera (de quien recordaba sus ojos) lo sacó del vientre tirándolo de las bolas. Explicaba que aquello significaba suerte con las mujeres, sin entrar en detalles.

Quizá hacían bien en no ponerse demasiado sinceros: podían morir al descubrir la penosa verdad de sus circunstancias. En realidad, cualquiera no soportaría cinco años de existencia si osara vivir sin mentirse. Los hombrecitos conocían al dedillo esto último y no aceptaban nunca su condición de etílicos, cuando en verdad tenían tanto alcohol en el cuerpo que si un mentecato —que nunca falta— les hubiera tirado un fósforo a sus barrigas, sin duda habrían prendido en llamas. Y morir a lo bonzo no estaba en sus mentes.

A eso del mediodía, el sol caía a plomo; Gatica y Saldaña seguían tumbados sobre la muralla renegrida, callados, la vista perdida. La humedad de sus vestimentas pobres, el tibio calor las iba resecando. Viene duro el día, ronroneó Gatica. Su compañero extrajo un cigarrillo, lo partió por la mitad, pasándole una parte a él. Cuando encendieron los pitillos, pasó por el lugar una muchacha bella y encantadora, que habría llamado la atención hasta de un loco, pero incomprensiblemente ni siquiera la atisbaron. Tal vez la mortal resaca del día anterior les jugó una mala pasada.

Fumaron relajadamente, contemplando al unísono el cielo, Dios sabe por qué razón. Ninguno se dio cuenta de que, a un par de pasos de donde se hallaban, estaba en el suelo un billete de mil pesos; enrollado y visible. Se vinieron a enterar de aquello cuando, inesperadamente, se detuvo un elegante automóvil; bajó un joven: tranquilamente tomó el dinero y, semi contento, subió de nuevo al coche y se alejó. Las dos criaturas no alcanzaron siquiera a maldecirse. Sólo al rato vinieron a reaccionar, y sacaban cuenta de los vasos de vino que perdieron por vivir tan abstraídos.

No sería todo lo extraño que les sucedería ese día.

Casi inmediatamente, vieron que se acercaba un gordo muy conocido, bonachón y popular, de los alrededores, quien siempre les dejaba 200 pesos. Y esa vez no fue la excepción: Saldaña recibió las monedas, con gratitud. Todavía no se mueren, espetó el hombre, con tono chusco, echando el corpachón hacia atrás y lanzando gruesas carcajadas. Estaremos en su funeral, le devolvió Gatica, y el gordo, que era propietario de una cabeza pelada perfecta, rió más fuerte, adulándole el dicho. Se despidió afablemente, sin perder su alegría. Al darle la espalda, los dos amigos se percataron de que en uno de los bolsillos traseros del gordo, iba colgando un billete ¡de diez mil pesos…! Instintivamente se pusieron de pie. Años que no veían un billete grande.

Sin pensar en la noble posibilidad de avisarle, salieron detrás sigilosamente, con la fría esperanza de que un vientecillo, o un movimiento brusco del hombre, permitiera hacer caer el dinero.

Al comienzo, iban dándose empujones, hasta codazos, pues ambos deseaban recoger la platica y tocarla, mirarla, entablar una conversación íntima con ella, reprocharle su ausencia, amarla. Afortunadamente, enseguida cesaron de instigarse, prometiéndose una repartición equitativa de su afecto y compartirla un momento de sus vidas.

Al avanzar una calle, la preocupación se apoderó de ellos y empezaron a urdir un plan: agarrar al tipo, revolcarlo, amedrentarlo con sus figuras patibularias y luego quitarle el dinero. Gatica, que era más juicioso, dijo: los pelados tienen igual fuerza que los caballos, compadre… Su compañero, como recobrando la razón, lo aprobó. Así desecharon el plan.

Cincuenta o sesenta metros adelante, el gordo iba sonriente, saludando al gentío con pequeñas reverencias de cabeza. Los hombrecitos conocían aquel itinerario de los jueves: iba a tomarse la presión donde un médico de la comuna y de ahí deambulaba hasta la farmacia, donde le despachaban el o los remedios.

El anhelo de los expósitos era que el billete cayera antes de que el gordo entrara a la consulta del médico; no aconteció así. El voluminoso hombre logró llegar a la consulta y, tras una breve espera, el doctor lo atendió. Desde una ventana, que daba a la calle, los hombrecitos procuraban escrutar hacia el interior. Nerviosamente divisaban al gordo con el doctor tirándose bromas. Luego de unos minutos, el especialista extendió una receta del mismo modo que siempre: escribió el nombre del medicamento en el centro de la luminosa y perfecta pelada del gordo, quien gozaba como un niño. Después, salió nuevamente a la calle, dando carcajadas, mientras Gatica se persignaba porque el billete aún seguía colgando en el bolsillo trasero.

Sin avanzar un gran trecho, el feliz hombre pasó a la farmacia: ahí mostró la receta escrita en su singular caletre de notas y de inmediato se la cursaron, ganando frenéticas risotadas de empleados y clientela. Como las recetas se timbran, una muchacha procedió a rubricarle la cabeza, a lo que él exclamó: hay que cumplir con la ley…

Al salir de la droguería, Saldaña se santiguó, pues el billete continuaba expuesto, como una mujerota en su balcón. Los socios se dieron ánimo y uno llegó a decir: estamos con suerte.

Al llegar a avenida Matta con Nataniel, el gordo todavía estaba riendo y aguardó la luz verde para cruzar la calle. Un pequeño viento agitaba al billete. En ese instante, un colegial se acercó a él y, asombrado, le avisó el riesgo que corría. ¿Cuál dinero?, dijo el hombre, y remató: tómalo tú. El estudiante quiso hacerlo... sin embargo, al momento, el alegre tipo, tirando un hilito desde el otro bolsillo, impulsó el dinerillo hacia el interior, a la par que se desternillaba de la risa, apuntando con la mano al niño que no sabía qué hacer. Hecho esto, le dio unas monedas.

Mientras secaba unas lágrimas que brotaron de su excesivo júbilo, le dieron alcance los hombrecitos, quienes se habían enterado del fiasco del colegial. Saludaron respetuosamente al señor Mansilla, tal era el apellido del calvo quien, en otro arranque humorístico, les preguntó: ¿y ustedes, aún respiran…? Los abandonados se retiraron ligeramente, casi de la mano, buscando con ansias un bar donde beber unas copas amargas, para olvidar al gordo, quien continuó zapateando aleluyas y revolcado en el mismo suelo que colgaba del bolsillo de los otros.

(c) Reinaldo Edmundo Marchant

   

 
 
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