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Estás aquí:  Inicio >>  Ensayos - Crónicas >>  Cantos a lo divino por María Cristina da Fonseca
 
Cantos a lo divino por María Cristina da Fonseca
 

Fundo Frutillar y Tambillo de Petorca.

Desde Santiago de Chile

(Santiago de Chile) María Cristina da Fonseca

Encuentro con lo sagrado.

 

Todo estaba en penumbra. Recogidos en respetuoso silencio hombres, mujeres y niños aguardaban en la única sala de la escuelita del fundo "Frutillar y Tambillo" de Petorca.

La muchedumbre crecía como una mancha alrededor del recinto. En buses o autos de alquiler ; a caballo o a pie ; descolgándose por la falda de los cerros, transitando por senderos apenas marcados sobre la tierra, cruzando valles y quebradas; a solas o en familia y casi siempre en compañía de sus perros, la gente venía a saludar a la Virgen.

Sobre un viejo pupitre trasformado en altar a fuerza de flores, muñecas vestidas de ángeles y primorosos adornos de papel, la Virgen del Palo Colorado presidía la ceremonia.

Sentados frente a ella, dos hombres de gran parecido entre sí, miraban la imagen con fijeza. De pronto, uno de ellos tomó la guitarra y comenzó a cantar. La oscuridad me impedía distinguir bien la escena. Pero, no era necesario. ¡Bastaba con escuchar la voz que llenaba el lugar con palabras de amor hacia la Virgen!

Un rayo me cayó encima. Aquellos cantos no eran cosa de este mundo. ¡La salita de la escuela ya no era la misma que hacía unos instantes!

Por momentos, creí encontrarme ante un mitológico ser de dos caras que para hacerse escuchar por los dos santos oídos de la madre de Dios, entonaba sus cantos con una u otra de sus bocas. Pensé en Enero, el dios romano de doble faz, pero no. Estábamos en el mes de febrero y en plena época actual. Y asistíamos a una de las llamadas réplicas de la fiesta que cada diciembre se celebra en Andacollo, pero que en Petorca no tiene fecha fija.

Tardé en percatarme que los dos mineros sentados frente a la imagen se turnaban para cantar su intensa devoción. La semejanza física existente entre ambos, causante de mi confusión, obedecía a la más sencilla de las explicaciones. Se trataba de los hermanos José y Domingo Torreblanca, ambos cantores a lo divino, residentes de Cabildo.(1)

"Como plumita en el aire

he venido a visitarle

Y vengo a acompañarle

por lo devoto que soy.

Si me acompaña mi voz,

las buenas noches le vengo a dar.

La saludo Virgen bella de Andacollo celestial.

Yo la vengo a saludar.

He venido desde lejos

por venirle a cantar

con respeto y devoción

en nombre de mi señor.

¿Cómo están?, ¿cómo les va?

Saludo la belleza

del adorno de la mesa.

Saludo los lindos arcos santos,

los saludo con destello.

Saludo todos los santos.

Resplandeciente luce como

estrella y guía en el mar.

Yo la vengo a saludar.

Le saludo su altar con gran delicadeza,

el adorno de su mesa

y a quien la pudo adornar."...

La voz de los cantantes se hacía ternura al dirigirse a la Madre de Jesús. Ramilletito de flores, cascarita de sarmiento, varilla de limón, florcita del primer día, la llamaban. En su afán de encontrarle el más bello de los nombres, llenaban la escuelita con frases evocadoras de aromas, frutos y hierbas.

Los hermanos Torreblanca cantan para hacer saber que la madre de Dios es la dueña de sus días, el amor que los empuja a vivir.

Al igual a los demás cantores a lo divino, promeseros y chinos reunidos en aquel remoto caserío, ambos hermanos intentaban crear con sus gargantas un espacio de lo absoluto, empeñándose en mantener vigente el viejo contrato que alguna vez la humanidad celebró con Dios, asumiendo el compromiso de no dar cabida al desencanto.

"Que sí, que no magnolia" era el estribillo u coro que los cantores repetían una y otra vez. Sus inspirados versos resultaban perturbadores. Pasión y candor se mezclaban en ellos con una fuerza que parecía brotar desde lo más profundo de la tierra.

Entonces, se presentaron los promeseros con sus bailes chinos. Vestidos con el uniforme de su cofradía, tocados con unos luminosos cascos confeccionados con espejos, guirnaldas navideñas y papeles brillantes, tenían el aspecto de viajeros llegados desde el espacio sideral.

Acompañada de pitos y flautas, la comparsa, después de "hacerle saludación" a la Virgen, desplegó una frenética coreografía de saltos y brincos. Los chinos, es decir, los servidores de la madre de Jesús, parecían bailar en un espacio otro, ajeno y remoto donde sólo ella y ellos existían.

Desconozco el orden en que esa cita con lo sagrado se desarrolló frente a mis ojos. Una tras otra, las escenas parecían dar forma a una película proyectada por una mano enigmática y poderosa, con el fin de arrancarnos del epicentro de nuestras propias vidas. Caí en una especie de hipnótico encantamiento.¿De qué subterráneo manantial de dulzuras y fervores desconocido se nutrían aquellos ceremoniantes?

Y llegó el turno a las lanchas. Es decir, de esos solitarios bailes de fervor que los devotos, de a uno y raramente de a dos y tres, emprenden frente de la imagen materna. Danzas religiosas de gran intensidad espiritual - consistentes en pasos arrastrados a fin de raspar el suelo y en otros que apenas lo tocan con la punta del pie - y que el ejecutante realiza hasta cuando otro promesero se le acerca y, con un aleteo de pañuelo, solicita turno para bailar.

Luego, al llegar el momento, vestido de rojo y con aspecto de gitano, cantó Narciso. Muchos otros lo siguieron, incluido Claudio Urrutia, de Chalaco, nieto de Alberto Veas, quien cantaba a lo divino y ayudaba al buen morir y cuya hija María, es una de las pocas mujeres que cultivan esta forma de adorar.

"Quisiera ser tu peineta para acariciar tu pelo, la lámpara de tu mesa para ver tus dulces sueños", le decían con fervor a la Madre de Dios..

Los cantos a lo divino parecen haber existido desde siempre en los alejados rincones de Petorca Pero, ¿Cómo llegaría la Virgen hasta este perdido fundo el Frutillar y Tambillo? Hace años atrás, en 1973, don Manuel Alvárez Acosta, campesino del lugar, quien tenía por costumbre participar cada diciembre en las fiestas de Andacollo, tuvo la iniciativa de traer la imagen. Deseoso de bailar y cantar su fervor sin verse forzado a viajar ni a gastar, dejó a la madre de Dios en el camino .Sitio - desde donde presta compañía a quienes por allí pasan y da un sentido nuevo a aquellas soledades, enriqueciendo su propia gloria con los sentimientos de del caserío, desde el cual sólo sale en procesión en ciertas fechas.

 Las décimas surgidas desde las privilegiadas gargantas de los cantores a lo divino son manifestación de la intensa vida religiosa y de la desmedida afición por las cosas del Cielo que crece entre cerros y quebradas de Petorca,

Cabildo y la Ligua. Cantos que, dado la obstinada ignorancia e indiferencia de Chile urbano, permanecen inaudibles para los citadinos, pero que no desparecen ni pierden vigencia. Cantos y bailes impulsados por una inspiración que nace de todos y cada uno de los participantes de esas ceremonias y de la que nadie puede adueñarse en forma exclusiva.

Cantos y bailes que acompañados del engalamiento de caminos, casas y rincones con elementos tan humildes como el papel y el cartón , dan forma a un arte, que tras dejar pechos y oídos llenos de flores y aromas, de alguna manera inexplicable, da origen a un jardín interior en cada uno de los promeseros y espectadores...

Amanecía cuando cada cual con una vela encendida cual pupila abierta entre las manos, en procesión y cantando se encaminaba a devolver a la virgen a su ermita d. Ayudadas por la luna fulgente desde un firmamento de esplendoroso azul claro, las linternas indicaban el camino.

Promeseros, cantores y ceremoniantes avanzaban entre las luces del alba, pronto estarían de regreso a sus labores en torno al queso de cabra y los frutos de la tierra. Sin superar la belleza de cuanto sucedía frente a mí, yo me preguntaba si quería en realidad emprender el sendero de vuelta al Chile gris, tedioso y descreído donde habito.

(c) María Cristina da Fonseca

 

 

 

 

 

1) Más o menos a los ocho años ,los hermanos Torreblanca aprendieron a cantar y tocar la guitarra de oídas , mirando y escuchando los cantores mayores en las veladas .Todos los años, su abuelo velaba a la Virgen del Carmen en su casa Y solía cantaba en el velorio a algún "angelito ", muerto a corta edad. Su padre también cantaba y tocaba la guitarra.

Algunos de los cantos que usan en la actualidad aparecen en el libro " La Biblia del Pueblo, en versos a los divino y lo humano ", recopilación hecha por el Padre Miguel Jorda Sureda, quien se la obsequió al padre de los Torreblanca en 1979.

 

 

 

 

 

 

 

 
 
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