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Estás aquí:  Inicio >>  Cuentos, poemas, relatos >>  Cuando un ángel merece morir por Guillermo Badía Hernández
 
Cuando un ángel merece morir por Guillermo Badía Hernández
 

Agarró el rifle que utilizaba para espantar a los vendedores y curiosos, tratando de verificar si estaba cargado, en caso de que hubiese algo más que pájaros en los sembrados. Casi en un aullido alcanzó a escuchar un ruido entre los trigales, parecían moverse, agitándose sobre la tierra, a punto de desprenderse. Se aventuró con el arma levantada, lista a disparar en cualquier instante.

Félix había decidido deshacerse de todo aquello, para lo cual indujera al desdichado matrimonio a comprar la propiedad, sin apenas haberla examinado, con la promesa de un terreno rico en vegetación y fauna exótica. Creyó que eso resolvería todos sus problemas acerca de la “cosa”, aunque luego el tiempo se encargara de mostrarle lo contrario. No existía nada capaz de excitar más a la “cosa”. Podía oler el peligro, aún a kilómetros de distancia.

Sin embargo, entonces Félix no sabía eso. Aquella era la última noche en la granja. Afuera, los pájaros habían comenzado a molestar. “¿Tan temprano?”, se preguntó, incordiado. Salió furioso por la puerta, asegurándose de cerrar tras de sí. Siempre lo hacía, previendo que lo Otro escapara. El cielo estaba totalmente nublado al punto de que resultaba imposible ver titilar las estrellas. El ambiente viciado del crematorio de cerdos, antiguamente en pie a unos pocos metros de la casa, llegaba hasta el portal como el fantasma de una idea imperecedera.

Agarró el rifle que utilizaba para espantar a los vendedores y curiosos, tratando de verificar si estaba cargado, en caso de que hubiese algo más que pájaros en los sembrados. Casi en un aullido alcanzó a escuchar un ruido entre los trigales, parecían moverse, agitándose sobre la tierra, a punto de desprenderse. Se aventuró con el arma levantada, lista a disparar en cualquier instante.

Una vez sus pies hubieron tocado la fría tierra sintió un aire de soledad. Nunca antes se había dispuesto a reflexionar acerca de ello, no obstante, bien visto, desde que se retirara a su guarida campestre se comenzó a aislar todavía más del mundo. Ya  apenas salía de compras a la ciudad para los productos básicos y se dejaba ver muy poco. De cuando en cuando, asomaba la cabeza por la estación de servicio implantada tan felizmente en el centro de la carretera proyectando llenar el tanque del coche con el suficiente combustible para realizar un largo viaje al hospital.

La sala de psiquiatría siempre andaba semivacía, otorgándole un aspecto sardónico al sitio. Félix era uno de los pocos consultantes fijos.

-¿Y qué se cuenta de su hijo? –preguntaba todas las mañanas el médico.

-Los problemas se van resolviendo –contestaba monótonamente Félix.

Le fastidiaba que el profesional se interesara tanto por la “criatura”.  Desde el día de su nacimiento, se percató de que iba a convertirse en un lío. “Es completamente anormal”, eran las palabras del doctor que atendiera el fallido parto de Tabita, “no sé qué llevaba vuestra señora esposa, que en paz descanse, en el vientre, mas le aseguro que eso estaba muy lejos de ser humano”. Rayos, pensó entonces, Rosmary’s baby. Debió haber sonreído en ese momento, luego la desgracia lo sofocaría.

Avanzó cauteloso a través del sembrado, cuidando de no tropezar ante una piedra o cosas por el estilo. De repente advirtió una presencia a sus espaldas y la sombra de un engendro fue proyectada por los potentes focos de la vieja camioneta. La voz de lo Otro se alzó en la distancia, susurrándole al oído.

-¿Lo has encontrado? –inquirió.

-¿De qué modo... de qué manera has escapado?

-Los cierres nuevos que pusiste carecen de mucho, incluyendo la calidad y resistencia.

-Creo que este es el fin, ¿verdad?

-Sí.

-¿Qué se le va a hacer? Adiós.

La silueta se irguió en todo su tamaño sobre el suelo y desplegó unas finísimas alas, montando vuelo hacia la nubes. Siempre lo había tratado de ocultar, aunque el sacrificio de su esposa le hubiese reportado un ángel, al que odiaba con cada fuerza de su corazón.

 

(c) Guillermo Badía Hernández.

Sobre el autor: Guillermo Badía Hernández es cubano, tiene 15 años y es  estudiante del Preuniversitario de Ciencias Exactas. Es alumno del taller literario El rincón de los niños cubanos dirigido por Marié Rojas Tamayo.

ilustración: Ray

 
 
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