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Estás aquí:  Inicio >>  Cuentos, poemas, relatos >>  ¡Allons enfants! por Gonzalo Bizama Muñoz
 
¡Allons enfants! por Gonzalo Bizama Muñoz
 

Desde Chile

 

¡Allons enfants!

¿y a qué partido pertenecía? Al de la humanidad; y en la humanidad escogía a Francia; en la Nación al Pueblo; y en el Pueblo, la Mujer.

Víctor Hugo. Los Miserables.

En París, las noches de verano son cálidas y sosegadas en el mes de Julio. Solo algunas leves brisas de viento fresco nos ayudan a soportar la temperatura elevada por las fogatas y los estallidos del cañón. Desde ayer es que junto a Laroche, Vernier y otros ciudadanos hemos venido sosteniendo esta posición en la barricada de La Mortillerie en Saint- Denis. Hace seis días que nuestro taller de carpinteros, mueblistas y artesanos del ébano decidió plegarse al levantamiento de la ciudad al comprobar nuestra pobre situación. La vida se nos vino abajo cuando el pan llegó a costar 15 sueldos y nosotros ganábamos 20 sueldos diarios. La carestía de todos los productos destruyó nuestro espíritu y nuestros hogares.- ¡Si no tienen pan que coman bizcochos!- rugió María Antonieta. El magistrado de Orléans fue más allá cuando dijo que sino fuera por las niñas habría pan para todos. ¡Podríamos haber soportado el hambre pero no la crueldad y el cinismo! Nos unimos entonces al gremio de los curtidores, sueleros y zapateros de los barrios de Saint-Marcel y Saint-Antoine. Ellos han sido los verdaderos artífices de nuestro movimiento a pesar de que se decían muchas cosas malas de ellos y yo sabía unas cuántas. Que bebían para ocho días, que eran camorristas y pendencieros y dispuestos a amotinarse en cualquier momento, pero lo cierto es que han sido los mejores y fraternos como pocos. Compartieron con nosotros las pocas armas que tenían y con sus leznas y cuchillos hemos fabricado mahorras que ponemos en las puntas de las pértigas a guisa de picas y alabardas. Han demostrado un espíritu formidable yendo al frente en todo momento. Ellos y los sans-culottes, los desposeídos sin oficio ni beneficio, sin asilo ni sustento, muchas veces sin zapatos y harapos por pantalones. Ahora, los pobres deberán abrirse paso hacia Los Inválidos que es donde dicen están las armas. Ayer, el diputado Camille Desmoulins nos arengó a todos al calor de la barricada:

-¡ Ciudadanos, sabéis que la Nación había pedido que mantuvieran a Necker y lo han echado! ¿Hay para vosotros un desafío más insolente? ¡Después de este golpe se atreverán a todo y para esta noche estarán pensando quizás en preparar un San Bartolomé para los patriotas! Aquí está la infame policía. Pues bien que me mire. Que me observe bien. ¡Sí, yo soy quien llama a mis hermanos a la libertad!, y levantando una pistola, exclamó: - ¡Al menos no me cogerán con vida y yo sabré morir gloriosamente! ¡Sólo una desgracia puede ocurrirme. Ver a Francia convertida en esclava!

Pasamos una tarde más rechazando las embestidas de la gendarmería y los mosqueteros. Finalmente nos movemos. La orden ha llegado. Nuestra vanguardia ha logrado abrir una brecha entre los Dragones y los Infantes de Versalles. Ahora todos vamos sobre Los Inválidos que está al mando de Besenval. Desde todos los barrios, calles y distritos, desde el Palais-Royal, de Saint-Germain, del Montparnasse, de todo París. Ahora somos miles, somos multitud, corremos como hormigas embravecidas cuando han roto el hormiguero. Siento la fuerza de la muchedumbre que exalta los bríos y el coraje. Seguimos la marcha de un cañón que no sé quién ni como pudo obtener y al que acaban de enganchar un tiro de caballos. Llegamos a la calle de Saint-Honoré donde están las altas casas con buhardillas en los desvanes. Veo a algunos ciudadanos que desde los caballetes de tejas disparan sobre la guardia apostados detrás de las gruesas chimeneas. Me extraña ver a algunos sans-culottes con sus gorros frigios y escarapelas de tres colores en casa de Madame De Cluny. Recuerdo cuando nos recibía junto a Laroche y otros aprendices de poeta en las tertulias líricas cuando veníamos por la tarde luego de la jornada en el taller. A pesar de la carestía siempre se las arregló para ofrecernos una taza de té o chocolate caliente, junto con galletas y confitura de frutas con que acompañar nuestra recitación. Recuerdo una de las cuartetas de Laroche en ese tiempo.

Je sais que ma fleur s'ouvrira en printemps,

Je sais que ses pétales seront toutes rouges

´ Je sais que son pistil aura plus de néctar.

Je sais que finalement elle me donnera sa beauté!

Algunas de las damas presentes, suspiraban con sus composiciones románticas:

Al verla a ella mi corazón tiembla,

Al sentir su presencia, mi cuerpo se estremece,

Al saber que me ignora, mi alma se recoge,

¡Por qué este amor que me destroza Dios mío!

A veces pienso que a Madame de Cluny morbosamente solo le interesaba conocer nuestra más profunda intimidad, porque cuando nuestra poesía inspirada en nuestra desventura comenzó a subir de tono y volverse más flamígera e incendiaria ya no nos dejó ir más. Más tarde supe que se había declarado abiertamente monarquista.

Seguimos corriendo por Saint- Honoré y La Verrerie y al llegar a la Plaza Baudoyer,

tomé el fusil de un burgués que lo llevaba en la mano y otro más colgado en la espalda.

Pedí que me dieran balas pero nadie tenía. Solo me dieron diez balines a los que llaman

"chevrotines".

A las seis de la mañana asaltamos la explanada de Los Inválidos. La multitud se agolpó en las puertas y en las ventanas y escalando los muros nos descolgamos por las troneras y los adarves. La Guardia al ver que toda resistencia era estéril y que los refuerzos que pidieron del Regimiento Salis-Samade nunca les llegaron optó sanamente por no oponerse al asalto, lo cual habría sido un despropósito de su parte que habría culminado con su ajusticiamiento. Cuando abrieron las puertas de las bodegas, corrimos a las casernas y los almacenes para descerrajar los estantes de la armería.. Recuperamos más de veinte mil armas entre fusiles, pistolas, espadas y bayonetas. Después supimos que Besenval había mandado quitar las baquetas y destornillar los gatillos pero la guardia trabajó con tanto desgano que solo alcanzó a inutilizar veinte. En el arsenal obtuvimos doce cañones de distinto calibre así es que ahora había armas para todos e incluso guarnecimos a algunos sirvientes de las embajadas que habían ido de mirones. Pero sin pólvora y sin cartuchos suficientes no habríamos de llegar muy lejos.

Bajamos por la Rue de Saint- Antoine para tomar La Bastilla que es donde estaba el grueso del Arsenal de toda Francia. El nombre de la fortaleza lo pronunciábamos con odio porque era todo cuanto simbolizaba del abuso y el Despotismo. El monstruo y la traición habitaba ahí todavía. El gobernador De Launey ordenó desplegar la bandera de la paz y el pueblo entró confiadamente hasta los patios interiores. Luego que una cierta cantidad de gente hubo pasado, izaron el puente levadizo y una descarga de artillería masacró a los ciudadanos que estaban en su interior. El horror lejos de arredrarnos fue un acicate para nuestro encono. Nos recuperamos, nos pusimos al abrigo del fuego, retomamos posiciones ubicando los cañones en la orilla del foso. Una partida de las Milicias de Francia que no fue alcanzada por la descarga se abrió paso hasta el patio de Los Celestinos y luego atravesaron el patio de los Salnitres para aparecer frente al puente levadizo donde se apoderaron del cuerpo de guardia. Como las estacas que fijaban las cadenas del puente estaban muy altas las rompieron a cañonazos, dejando caer el puente levadizo. El pueblo se desbordó para ocupar cada una de las posiciones de la fortaleza. Laroche y yo junto a un grupo subimos hasta la torre de La Bazinière para desarmar a la guardia pero ahí fui herido de un tiro en el cuello que me hizo perder el conocimiento.

Un día después, al recuperarme supe que fui llevado al hospital de La Bastilla donde me operó el cirujano y me extrajo la bala. Recobré fuerzas, me vestí y salí a la calle a ver si podía servir en algo. Me dirigí al Ayuntamiento donde estaban enjuiciando a nuestros enemigos. Supe que desde la prisión habían liberado a unos venerables ancianos, algunos de los cuáles ya estaban medios locos: políticos, espías, novelistas, gacetilleros que habían publicado líbelos hostiles al rey y panfletistas. Me dijeron que habían ajusticiado a mi agresor decapitándolo a la usanza de nuestros antiguos ancestros galos. También supe que Madame De Cluny corrió la misma suerte. Si hubiera llegado antes podría haber atestiguado a su favor, pero también podría haber resultado peligroso. Siento que hemos abierto la puerta a no sé que clases de demonios y el espíritu libre, díscolo y travieso de Francia anda suelto y no lo podemos refrenar. ¡Lástima que Madame de Cluny no haya podido entender a tiempo que nuestra poesía de amor por la mujer y por la República eran parte de una misma cosa!

Concepción, Junio del 2004.

(C) Gonzalo Bizama Muñoz

Sobre el autor:

 

 
 
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