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Estás aquí:  Inicio >>  Cuentos, poemas, relatos >>  La tumba de al lado por Verónica Patricia Edye
 
La tumba de al lado por Verónica Patricia Edye
 

"La bóveda de la familia, nos ha pertenecido desde hace muchísimos años. Allí descansan mis antepasados, y ahora que mi padre también está ahí, por propia decisión antes de morir, es mi responsabilidad como hija mayor hacerme cargo de los pagos, de la persona que limpia, y por ende soy la única que posee llave. Ninguna de mis hermanas quiere la responsabilidad aduciendo que a ellas les hace mal todo lo referente a la bóveda, como si el sólo hecho de ser la mayor conllevara ser fuerte, gustarme semejante tarea y aceptar el hacerme cargo de todo."

 

   La bóveda de la familia, nos ha pertenecido desde hace muchísimos años. Allí descansan mis antepasados, y ahora que mi padre también está ahí, por propia decisión antes de morir, es mi responsabilidad como hija mayor hacerme cargo de los pagos, de la persona que limpia, y por ende soy la única que posee llave. Ninguna de mis hermanas quiere la responsabilidad aduciendo que a ellas les hace mal todo lo referente a la bóveda, como si el sólo hecho de ser la mayor conllevara ser fuerte, gustarme semejante tarea  y aceptar el hacerme cargo de todo.

   Claro que siempre existe la posibilidad de negarse, de discutir los porqué y de pelearse con la familia. Pero el caso es que a mí no me molesta, siempre opté por comportarme como “la hermana mayor”, y hasta puedo asegurar que me gusta ese rol.

   Y cuando nuestra anciana tía abuela falleció, la cual siempre se había ocupado de la bóveda,  yo me hice cargo por las razones que ya expliqué.

Quince días más tarde recibí un llamado de la cuidadora diciéndome que me esperaba lo antes posible para verificar algunas cosas. En ese momento recuerdo que pensé: -¿Qué se puede verificar en una tumba?, ¿Qué no falte ningún muerto?- La sola idea me produjo una mezcla de escalofrío y risa nerviosa; seguro, pensé se tratará de algún asunto administrativo o de dinero. Sólo que los meses fueron  pasando y las exigencias de la oficina sumados al cansancio y la falta de tiempo, me impidieron hacerlo a la brevedad, como lo había prometido. De todas formas, doña Eulalia Frías, así se llama la cuidadora, me lo recordó y de muy mal modo.

¿¡¿Cuándo se va a dignar venir por aquí?! ¡¿Acaso no le importan sus seres queridos ahora que están muertos?!-me gritó una tarde a través del tubo del teléfono.

 

   -No es así, doña Eulalia. Es que he tenido mucho trabajo y muy poco tiempo disponible y yo... –le respondí, pero no pude seguir hablando porque ella me interrumpió.

   -¡Yo solo le digo una cosa: olvidarse de la situación en las que están sus muertos es muy grave! –sentenció finalmente la anciana y colgó el teléfono de forma abrupta.

Me quedé mirando el aparato sin entender qué podía ser eso tan grave que le estaba pasando a mis muertos...

Una semana después pedí unos días libres en el trabajo para viajar a mi pueblo natal,  a fin de  solucionar asuntos familiares. Esa  fue mi escueta explicación. Durante el trayecto en auto traté de relajarme, disfrutar del paisaje y escuchar música,  pero la frase de doña Eulalia seguía rondando mi mente.

 Ya eran casi las siete de la tarde cuando llegué, busqué un hotel, me di una ducha reconfortante y salí a comer algo. Era sábado a la noche, así que la calle principal, las confiterías y obviamente la plaza,  estaban concurridas de jóvenes ruidosos, de señoras con impecables peinados de peluquería de barrio, ancianos con la radio pegada a la oreja y familias con niños correteando. El pueblo no había perdido sus costumbres a pesar del crecimiento de los últimos años. Esa era la consabida cita de cada fin de semana, y yo  me sentía una intrusa a pesar de haber nacido ahí.

   El día siguiente se presentó soleado y tibio y agradecí a Dios que no fuera una  mañana lluviosa y ventosa,  típica de las películas de terror cuando el protagonista debe ir al cementerio.

Una vez allí  estacioné, y  un chiquillo con la cara sucia y despeinado se me acercó y me preguntó si me cuidaba el auto. Accedí y compré unas flores.

 Cuando traspuse el portón de  entrada, de hierro negro y majestuoso, una ola de recuerdos invadió mi cuerpo y mi mente produciéndome ahogo y náuseas. La última vez que había estado en ese lugar fue para depositar el  ataúd  de mi padre, y si bien yo creía, y con total convicción  que en la bóveda sólo estaba su cuerpo, no él, igual me sentí mal. Estaba mareada y con las piernas flojas. En ese instante se me acercó una niña, de unos ocho o nueve años, me tomó de la mano y me dijo: “dale, vos podés.. “, Y tironeo de mí obligándome a seguir caminando. Yo me dejé llevar y cuando me recompuse me encontré frente a la bóveda de la familia. Estaba  sola.

Busqué las llaves, abrí  y respiré hondo antes de entrar. Bajé las escaleras y una vez más le dí gracias a Dios por el sol que entraba por la pequeña ventana. Todo se veía igual que la última vez y me sorprendió el hecho de no sentirme mal, me senté en la escalinata, lloré  y rezé por todos ellos. El silencio acogedor, y fue roto sólo por el canto de los pájaros. Eso me hizo recordar el porqué de mi estancia allí, sin embargo, nada parecía”perturbar a mis muertos” como había citado la cuidadora.

   Decidí ir a buscarla y sabía exactamente dónde encontrarla. Doña Eulalia Frías tenía “su oficina”, por llamarla de algún modo, en la entrada de la bóveda de la familia Antonelli; era la tercera a la derecha por el pasillo central. Ellos jamás se habían quejado por esto, al contrario, casi lo consideraban una distinción especial, pero lo cierto era que tenía la entrada más espaciosa, mejor ubicada para ver quién llegaba al cementerio y a la cual le daba el sol en invierno y la hacía más reconfortante.

No me equivoqué, doña Eulalia estaba sentada justo ahí. Al verme, se levantó con mucho esfuerzo, plegó la silla, la guardó en la entrada y tomó un llavero con cientos de llaves que sólo ella podía reconocer lo cual no era nada difícil de entender ya que se había criado en el cementerio. Su madre también había sido cuidadora y supongo que también su abuela.

-¡Ah, por fin! -dijo doña Eulalia acercándose con pasos lentos, sus pesadas piernas, la gordura y los años habían hecho estragos en su cuerpo. Vestía un viejo batón azul con pequeñas florcitas naranjas sobre el cual tenía un guardapolvo gris y un chaleco  y calzaba viejas botas acordonadas.

   -Vine en cuanto pude.-dije a modo de disculpas sintiéndome una niña a la cual la retan. –Ya estuve por allí y la verdad no vi nada fuera de lo común, así que por favor si me dice de qué se trata...

   -Acompáñeme y lo verá con sus propios ojos.-sentenció doña Eulalia y emprendió el camino hacia la bóveda sólo que al llegar frente a esta, giró y me señaló con un dedo acusador la tumba de al lado. Yo miré sin entender qué pasaba. Para mí sólo era una bóveda más, salvo por el hecho de que estaba pegada a la nuestra.

   -Discúlpeme, pero no entiendo. –dije casi con miedo a la reacción de la anciana.

   -Mírela en detalle. –dijo con un gruñido y yo me acerqué más.

   -Bien... se ve que está muy sucia, descuidada, que tiene el vidrio de la puerta de entrada roto y ¡hay un palo del lado de adentro para sostenerla para que no se abra! Y que en esos cajones se puede leer la fecha... ¡tienen casi ciento cincuenta años!

   -¡Exacto! Pero nadie viene, ni jamás hemos sido contratadas ni mi madre ni yo para mantenerla. ¡Es de la única que no tengo llaves! Nada de esto tendría importancia si no estuviese afectando a sus muertos, por eso la llamé con urgencia.

   -¿Y de qué manera los afecta?-pregunté con cuidado para  no dañar sus sentimientos.

   -Sencillo. Al no tener cuidados suficientes la humedad ha pasado a su bóveda y está arruinando la medianera y parte del techo de su lado.

   -¿Y eso es todo?.-dije respirando aliviada ante un problema menor.

   -¡Por supuesto que no! Venga, sentémonos en aquel banco, dijo Eulalia, y me tomó del brazo. - Hay algunas cosas que debe saber. –agregó luego. Yo me dejé conducir y recién cuando nos sentamos ella continuó hablando. –Verá, he pasado aquí toda mi vida y ya nada me puede sorprender. Sé cosas y conozco más de la muerte que cualquier persona. Su familia es de origen inglés y por lo tanto la hora del té es sagrada. ¿No me equivoco, verdad?- Como yo asentí ella continuo: -Bueno, usted no me va a creer pero ellos se siguen reuniendo cada tarde.. Están en familia, salvo por esta intromisión de los de al lado...

   -Espere, no entiendo.

   -Es simple, debe solicitar que echen abajo esa tumba, perturba a los suyos. Es que están celosos por que a ellos los abandonaron hace muchísimos años y encima no tienen costumbres de familia tan arraigadas.

   Yo no sabía si echarme a reír, a llorar o pensar que la pobre vieja ya estaba más del lado de la locura que de éste. No sabía qué contestar, aunque en algo tenía razón: para mi familia la hora del té era sagrada y todos seguíamos con esa tradición, pero de ahí a suponer siquiera semejante disparate había un largo trecho. Creo que doña Eulalia me leyó los pensamientos porque enseguida sugirió que me quedara con ella después del horario de cierre para comprobar sus palabras. Recuerdo que un escalofrío recorrió mi espalda.

   -No tenga miedo, ellos no hacen daño.-sentenció la anciana al ver mi cara.

   -De acuerdo, regreso a las cinco. Contesté no muy convencida, subí a mi auto y manejé hasta la costa, comí algo sentada frente al río e intenté poner en orden mis pensamientos. Casi había resuelto no volver, cuando otra vez vi a aquella niña tirando de mi mano y repitiendo la misma frase”: dale, vos podés”. Volví y allí estaba doña Eulalia en el portón de entrada, esperándome. Caminamos en silencio. Yo no podía dejar de mordisquearme el labio inferior. Una vez dentro todo seguía exactamente igual a como lo había dejado unas pocas horas antes¡¿Qué esperaba encontrar?!.Me sentí  tonta y ridícula por creer semejante disparate y salí de allí casi corriendo.

   A la mañana siguiente me dirigí a la municipalidad y comencé los trámites para que tiraran abajo la tumba de al lado. No por las razones que aducía doña Eulalia pero sí por los problemas del abandono y la humedad. No fueron sencillos, me citaron varias veces, llené infinidad de formularios y esperé los resultados de los edictos durante meses hasta que finalmente me avisaron que tal día harían el trabajo. Esa mañana respiré tranquila, por fin se acabarían tantos trámites, idas y venidas. El asunto de la tumba de al lado había llegado a agotarme. En todo ese tiempo jamás apareció un solo pariente de aquella familia muerta. El comprobarlo me dio cierta tristeza. Despojarlos del único lugar que tenían tampoco parecía ser justo pero ¡¿Qué podía hacer?! Esa noche no logré dormir.

   A la mañana siguiente, muy temprano estaba en el despacho de la municipalidad solicitando que los cajones de la tumba de al lado sean trasladados a mi bóveda. El pedido era tan inusual que nadie sabía qué responder, pero ante mi insistencia terminaron aceptando. Llené otros formularios, firmé y volví al cementerio con una orden de traslado. Los empleados leyeron la orden, me miraron sin entender nada y se encogieron de hombros como diciendo: _Y bueno, gente loca hay en todos lados...

Yo entre tanto me dirigí a mi bóveda y “conversé con mis muertos” –No sé si es la mejor solución, pero no pude abandonarlos. “Ya sé que no son de la familia y nunca lo serán pero están muy solos. Deben prometerme que los van a aceptar, a tratar bien y que los van a invitar a la hora del té. Ellos los molestaban  por el simple hecho de estar solos, de envidia, aunque no mal intencionada. Creo que ellos querían participar y ustedes, seguro no los  dejaron porque hay que ver que siempre ha sido una familia muy unida pero también terrible. ¿Se acuerdan cuando la prima Marta presentó a su futuro marido? ¡Pobre hombre!, siempre se sintió sapo de otro pozo.  ¡Encima, era alérgico al té!

 

La decisión ya fue tomada, ellos son ahora sus huéspedes para bien o para mal. Está en ustedes saber compartir, disfrutar de buena compañía y no ser tan cerrados. Dense una oportunidad... ”. -me levanté y salí de allí con una sonrisa en mis labios.

Frente al portón me encontré con Eulalia  y le prometí que regresaría para la hora del té, con masitas y torta.  Ella sería mi invitada de honor.

 

(c) Verónica Patricia Edye

 

Sobre la autora:                

Verónica Patricia Edye nació en 1960. Cursó estudios de periodismo en el Instituto Mariano Moreno, diseño de modas y vestuario, actuación, técnicas de escritura y guión de televisión y radio. Tiene escritas varias obras de teatro, algunas estrenadas, cuentos y novelas. Entre sus trabajos para el teatro pueden citarse:

-COLABORACION AUTORAL:

-“SALVENSE SI PUEDEN”  - de Benjamín Telias-  Año 1986

-“OBELISCO 2003”               - de Benjamín Telias-  Año 1988 / Estrenada en Centro

                                                      Cultural San Martín.

 

-COREOGRAFIA:

-“SOR –PRESAS”  -de Néstor Coco Cragnolini  / Encuentros Teatrales Barriales

                                    Proyecto “Roberto Arlt” – Temporada 2001

 

-VESTUARIO:

- “LAS COSAS QUE NOS SEPARAN” – Año 1981

-“SALVENSE SI PUEDEN”                    - Año 1986

-“ARRANCAME LA VIDA”                   -(versión con Silvana Di Lorenzo)

-“ENSUEÑO VENECIANO”                   -Años 1998/ 1999/2000

-DISEÑO Y REALIZACIÓN DE TRAJES DEL Año 1900 PARA EVENTOS ESPECIALES PARA LA FIRMA “AVON”  - Años 1998/1999/2000/2001/2002

 

ACTUACIÓN:

-ELENCO ESTABLE MUNICIPALIDAD DE VICENTE LOPEZ – Años 1983 y 1984

 Dirección Santiago Doria

-“EL AMOR DE LA ESTANCIERA” – ganadora del primer premio del encuentro de Teatro del Circuito Cultural del Gran Buenos Aires / Representada en el Centro Cultural San Martín  -  Año 1983

-“SALVENSE SI PUEDEN” – Año 1986

-“ENSUEÑO VENECIANO” –Centro Cultural Recoleta- Año 2000

 

PUESTA EN ESCENA Y DIRECCIÓN GENERAL:

-“ENSUEÑO VENECIANO” –de Carlos Gerard / Centro Cultural Italiano de Buenos Aires / Centro Cultural Italiano de Colón, Entre Ríos  /  Centro Cultural Recoleta. Años 1998/1999/2000

-“LA CITA” –de mí autoría/ Teatro Astrolabio.  Encuentros Teatrales Barriales Proyecto “Roberto Arlt”- temporada 2002

 

 

 

 

  

 
 
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