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Reivindicando al avestruz por Alejandro Fiadone
 

Una de las virtudes de los símbolos indígenas es que sirven para conocer aspectos olvidados de nuestra naturaleza. Sobre todo teniendo en cuenta que a partir del prurito de ser nación “europea”, emprendido hacia fines del Siglo XIX, se pretendió ocultar lo autóctono, mostrándolo como inferior. Esas categorizaciones arraigaron tanto en nuestra conciencia, que los conceptos denigrantes aún perduran en nuestro acervo, a pesar de los intentos por corregirlos de algunos pensadores de principios del Siglo XX. Decía el poeta Alfredo R. Bufano en 1922: “En el frenesí por parecernos a Europa nos habíamos olvidado de nosotros mismos, de nuestras virtudes iniciales”.

 

“El avestruz, en otra época gran señor, frecuentaba los salones del cielo; pero como su conducta no era culta, Dios le dijo que no volviese hasta que no le avisara. Pero como llegara nuevamente sin permiso, a las puertas celestiales, Dios le dio tal portazo en las narices que aún lleva la cabeza dolorida y es lo primero que esconde cuando se ve en peligro.” Leyenda folklórica de Entre Ríos.

 

Una de las virtudes de los símbolos indígenas es que sirven para conocer aspectos olvidados de nuestra naturaleza. Sobre todo teniendo en cuenta que a partir del prurito de ser nación “europea”, emprendido hacia fines del Siglo XIX, se pretendió ocultar lo autóctono, mostrándolo como inferior. Esas categorizaciones arraigaron tanto en nuestra conciencia, que los conceptos denigrantes aún perduran en nuestro acervo, a pesar de los intentos por corregirlos de algunos pensadores de principios del Siglo XX. Decía el poeta Alfredo R. Bufano en 1922: “En el frenesí por parecernos a Europa nos habíamos olvidado de nosotros mismos, de nuestras virtudes iniciales”.

Hace poco tuve oportunidad de comprobar todo esto. A alguien se le había ocurrido la idea de identificar a la selección nacional de basquet con algún animal, parangonando a la selección de rugby conocida como “los pumas” y a la de hockey femenino conocida como “las leonas”. Me preguntaron si existía alguna imagen de la simbología indígena que se pudiera aplicar.

Vinieron a mí las primeras asociaciones. Los pumas tienen como emblema un jaguar. En algún momento resultó difícil explicar en Francia de qué animal se trataba y para abreviar se dijo que era un puma. Importó más complacer a los franceses que hacerles entender. Las leonas podrían ser “las pumas”, por aquello del león americano (porque, aún hoy, para explicar qué es un animal americano, hay que compararlo con uno de prosapia europea) pero se identifican con un animal ajeno a nuestra fauna, a pesar de jugar un deporte con raíces americanas, que practicaron los tehuelches, araucanos, tobas, pilagás y mocobíes, mucho antes de la llegada de los europeos.

Con respecto al seleccionado de basquet, propuse al avestruz en cualquiera de las nominaciones dadas por los indígenas locales: suri por los habitantes del noroeste; choique por los mapuches; oóiu por los tehuelches del sur; ñandú guazú por los guaraníes (reducido a “ñandú” en versión criolla).

Mi moción fue inmediatamente rechazada, argumentando que el avestruz es un animal tímido y cobarde, que esconde la cabeza ante cualquier señal de peligro. Sin embargo el avestruz aparece en la simbología indígena reiteradas veces, representado en posturas de carrera o ataque. Su imagen sirvió para representar virilidad, fuerza y coraje, a partir de sus cualidades.

Cuando las tropas de avestruces poblaban vastas regiones de nuestro país, los machos peleaban entre sí para reunir el mayor número de hembras. El vencedor en esas contiendas se aseguraba el mejor sitio para nidificar, donde incubaba los huevos (hasta cincuenta) de varias hembras a la vez. Protegía ese sitio y a sus crías con el mayor celo, llegando a enfrentar a zorros y lagartos cuando intentaban acercarse, atropellándolos a la carrera y pisoteándolos en el suelo, procurando herirlos en el vientre con sus cortantes uñas. Lo mismo hacía contra las partidas que avanzaban  para cazarlo en boleadas, lanzándose a la carrera para dar de empellones a los caballos y en el golpe, quitar el pie del jinete del estribo. Por su astucia para desembarazarse de sus perseguidores, los gauchos decían de este animal: “no pisa el campo ninguno tan facultativo como él”.

En el noroeste, el avestruz aparece pintado sobre vasijas y cuencos de cerámica, lanzado a la carrera, con las patas flexionadas, las alas bajas y semi abiertas para embolsar el viento y usarlas como barrenadores, el cuello tirado hacia atrás, listo para lanzar un golpe de  pico. En Santiago del Estero los indígenas lo veneraban en la creencia de que las almas de los difuntos transmutaban a ellos; en esa región y en la selva chaqueña los guerreros tonocotes, lules y vilelas, vestían con plumas de avestruz convencidos de que así se imbuían de su valor para la pelea.

Entre los pueblos de Pampa y Patagonia, que constituían bandas, clanes o sociedades familiares alrededor de figuras tutelares representadas por distintos seres de la naturaleza, el avestruz representaba uno de los linajes más importantes y respetados.

La fascinación por el coraje del avestruz perduró hasta épocas de la guerra civil: los charrúas del regimiento de Dragones de la Muerte, a las órdenes del caudillo entrerriano Pancho Ramírez, llevaban una pluma de avestruz en sus morriones, en señal de bravura. También los Infernales de Güemes usaron una pluma blanca de avestruz en sus sombreros, adoptada después de la batalla de Salta. La pluma de avestruz se convirtió en símbolo de la montoneras del Litoral desde su uso por los gauchos de Estanislao López en la batalla de Fraile Muerto, en 1818.

El avestruz fue perseguido y cazado sin control, hasta casi extinguirlo. Los indios y criollos aprovecharon su carne, su cuero y la membrana estomacal que, seca y pulverizada, servía para curar la indigestión por su contenido de pepsina. Lejos quedaron las manadas vistas por los viajeros de fines del Siglo XIX: el inglés George CH. Musters comentó en su diario: “. . . existe un crecido número y si los indios y otros enemigos no limitaran hasta cierto punto su desarrollo, invadirían todo el país”. Hoy quedan algunas tropas en estado salvaje en algunos valles altos del noroeste y en la porción este de la Patagonia. También se lo cría en cautiverio.

Las cualidades del avestruz fueron menospreciadas, en virtud del orden cultural que alguna vez se pretendió imponer y que aún influye en nuestra apreciación de lo propio. Así, de ser símbolo de valor y coraje, pasó a ser visto como un animal tímido y estúpido, que esconde su cabeza por miedo o vergüenza. Esta costumbre se le atribuyó errónemente, a partir de la descripción sobre el avestruz africano hecha por el naturalista francés George-Louis L. De Buffon (1707 - 1788) que fue aplicada al avestruz americano sin ningún fundamento. Fue adoptada por el folclore cuando el conocimiento de lo nuestro surgía de los libros extranjeros y no de la observación de nuestro propio entorno. “Los individuos de esta especie” destaca Francisco Javier Muñiz “no ocultan jamás la cabeza con la esperanza de salvar la vida como el de Africa ni la introducen dentro de agujeros para defender, como dice Buffon de aquél, un órgano tan importante como débil”. Esteban Erize es claro y contundente respecto a esta característica: “es totalmente infundada la leyenda, tan difundida como inexacta, que comenta la actitud del ñandú escondiendo su cabeza en una cueva cuando existe peligro para él”.

La imagen viril del avestruz podría ser reivindicada y aprovechada en beneficio de nuestra identidad, en lugar de seguir recurriendo a criaturas ajenas a nuestro entorno. “Todo lo que no es tradición es plagio” decía el filósofo Eugene d’Ors, en su búsqueda de una identidad para su Cataluña natal. Quizás para el próximo mundial, el seleccionado de básquet tenga la mascota que se merece, corredora y valiente, con la cabeza bien en alto.

 

Bibliografía:

 

Erize, Esteban. 1989. “Mapuche”. Tomo 5. Yepun. Buenos Aires.

Fiadone, Alejandro. (2001) 2003. “El diseño indígena argentino”. Biblioteca de la Mirada. La Marca. Buenos Aires.

Hudson, Guillermo Enrique. (1892) 1984. “Un naturalista en el Plata”. Libros de Hispanoamérica. Buenos Aires.

Lehmann - Nitsche, Roberto. Cca. 1920. Las aves en el folklore sudamericano”. En: revista El Hornero. Sociedad Ornitológica del Plata. Buenos Aires.

Muñiz, Francisco Javier. (1848) 1943. “El ñandú o avestruz americano”. En: “El ñandú. Su vida. Sus costumbres”. Selección de Emma Felce y León Benarós. Dovile. Buenos Aires.

Musters, George Chaworth. (1871) 1997. “Vida entre los patagones”. El Elefante Blanco. Buenos Aires.

 

Sobre el autor:

 

Alejandro Eduardo Fiadone.

Recopila diseños de la simbología indígena argentina e investiga sobre ellos. Ha presentado trabajos en diversos congresos. Da cursos, seminarios y asesoramiento sobre el tema.

www.alejandrofiadone.com.ar

 

 

 

 


 

 

 

 
 
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