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Manchas, por Araceli Otamendi
 

En el color negro del mármol se dibuja una carita blanca. Es la cara de un adolescente, despeinado. Indago como en un roscharch qué imagen la ocupa. ¿Es James Dean, el rebelde del cine americano? Hoy no estoy de humor para el cine de Hollywood. Me basta con leer los diarios para imaginar cosas. O mejor, para no imaginar nada, sólo leer y pensar. A veces quisiera escapar a una isla desierta, pienso. Sin embargo leí hace poco que un volcán en Filipinas en los años noventa sin hacer erupción durante seiscientos años, un día gritó con furia, escupió el fuego de abajo de la tierra y una tormenta de ceniza y de gas sulfuroso barrió con la población en un radio de catorce kilómetros. Se necesitaron seis siglos para que esa tierra gritara con furia. No sé nada de la gente que ahí habitaba. No sé nada de los sueños de esas personas que seguramente soñaban

Manchas

 

En el color negro del mármol se dibuja una carita blanca. Es la cara de un adolescente, despeinado. Indago como en un roscharch qué imagen la ocupa. ¿Es James Dean, el rebelde del cine americano? Hoy no estoy de humor para el cine de Hollywood. Me basta con leer los diarios para imaginar cosas. O mejor, para no imaginar nada, sólo leer y pensar.  A veces quisiera escapar a una isla desierta, pienso. Sin embargo leí hace poco que un volcán en Filipinas en los años noventa  sin hacer erupción durante  seiscientos años, un día gritó con furia, escupió el fuego de abajo de la tierra y una tormenta de ceniza y de gas sulfuroso  barrió con la población en un radio de catorce kilómetros. Se necesitaron seis siglos para que esa tierra gritara con furia. No sé nada de la gente que ahí habitaba. No sé nada de los sueños de esas personas que seguramente soñaban y mucho. Trato de imaginarme las caras el día anterior al horror, antes de saber que la tierra se estaba revolviendo en sus entrañas para gritar después con rabia y brutalidad. Seguramente muchos de esos habitantes tenían sueños plácidos. Otros bucearían en el mar transparente, entre corales y ostras con perlas. Muchas mujeres habrán criado hijos, les habrán dado leche y calor. Muchos hombres habrán amado, habrán pescado para alimentarse y alimentar. Nada sabemos de esa gente ni de sus sueños. Imagino a uno solo de esos habitantes de la isla de la fotografía, cubierta de ceniza y de gas sulfuroso. Era un adolescente de pelo oscuro, como todo adolescente cuestionaba el mundo. Ese día, el anteúltimo de su vida y de toda la población, aunque no lo sabía, se largó en un pequeño barco  hacia el mar. El agua era cristalina y azul como el cielo del mediodía. Algunos pájaros pasaban cerca buscando comida. Llevaba una red para largarla cuando estuviera cerca de un cardumen. Iba a pescar lo necesario para comer. Cuando el sol estuvo en el punto más alto se sumergió en el mar durante algunos minutos y buceó. Algunos peces pasaron cerca rozándole la piel. Volvió a la superficie y subió al barco. El adolescente había ido a la escuela durante muchos años, y había soñado sin embargo con volver a la vida primitiva. Y ahora durante las vacaciones lo estaba haciendo. Sabía que era la única manera de vivir ahí. Tenía hambre y arrojó la red. Al principio quedaron atrapados algunos peces. A lo lejos se veía algún barco. Generalmente los barcos que navegaban en esa parte del mar eran de  turistas que se acercaban a la isla. Muchas veces el adolescente se preguntaba si sería capaz de salir de ese lugar y recorrer el mundo en un barco. Muchas veces se lo preguntó de noche,  mientras  miraba las estrellas a través de la ventana abierta. Muchas veces también quiso ver más allá de esas luces, las interrogó acerca de las formas que ellas no habían elegido para agruparse. Como tampoco ahora las olas del mar que lo salpicaban habían elegido la corriente que las atravesaba. Nadie tenía esas respuestas. El navegante cargó los peces todavía vivos y la red en la embarcación y navegó  hasta la costa. A lo lejos se veían algunas nubes oscuras con formas de animales. Grandes lobos grisáceos arrastraban un trineo gigante y vacío. El navegante no supo interpretar ese signo. Jamás lo había visto en el cielo. Cuando esas  nubes terminaron su  espectáculo  el adolescente se dirigió a su casa. El pueblo era casi una aldea de pescadores y ya era la tarde. Tenía la sal  del  mar pegada a la piel, se bañaría con agua dulce. Guardó los pescados  en la heladera. Entró al baño y abrió la canilla.  Mientras dejaba correr el agua vio en el piso de baldosa negra una mancha. Ahora sólo iba el trineo que antes había visto tirado por los lobos. Era un trineo blanco, gigantesco  y vacío, el adolescente sintió un raro escozor en todo el cuerpo. La imagen del trineo  era un signo de interrogación, como tantas otras cosas, pensó el adolescente bajo el agua de la ducha, un día antes de que el volcán entrara en erupción después de seiscientos años y una nube de gas sulfuroso y ceniza lo cubriera todo, arrasando con cualquier tipo de vida en un radio de catorce kilómetros.

 

( c) Araceli Otamendi – todos los derechos reservados

 

 
 
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