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El último carnaval, por Nora Tamagno
 

Desde que la memoria me lo permite, recuerdo que el carnaval ejerció en mí, una singular seducción. Era el barrio entero el que cambiaba de clima y alterando su ritmo habitual, se zambullía de lleno en la magia de esa fiesta pagana. La actividad comenzaba a la hora de la siesta cuando el calor era intenso y derretía el pavimento de las calles. Chicos y grandes nos atrincherábamos con baldes y recipientes de cualquier índole, llenos de agua, palanganas, latas vacías de querosene y corríamos empapados y felices por la calle, tratando de sorprender algún incauto.

 

El último carnaval

 

 

Desde que la memoria me lo permite, recuerdo que el carnaval ejerció en mí, una singular seducción. Era el barrio entero el que cambiaba de clima y alterando su ritmo habitual, se zambullía de lleno en la magia de esa fiesta pagana. La actividad comenzaba a la hora de la siesta cuando el calor era intenso y derretía el pavimento de las calles. Chicos y grandes nos atrincherábamos con baldes y recipientes de cualquier índole, llenos de agua, palanganas, latas vacías de querosene y corríamos empapados y felices por la calle, tratando de sorprender algún incauto.

Recuerdo que una vez, en el frenesí del juego, me apoyé en la pared de la casa de la turca, de construcción viejísima y una fuerte descarga eléctrica, me sacudió violentamente desde los pies. Cuando se enteraron en mi casa, se pusieron como locos y estuvieron a punto de no dejarme salir a jugar porque en realidad se habían asustado mucho. Sabían que estaba vivo de milagro.

            Recuerdo también a los polacos de la esquina, que se abalanzaban como una horda salvaje, con sus tachos oxidados. Ellos no jugaban: cercaban y atacaban. Yo les huía porque me daban terror. Un día en que me vi acorralado, opté por quedarme quieto y aceptar que me bañaran. Pero mi temor no era infundado. Los polacos metían tierra, piedras y hasta hacían pis dentro de esos tarros mugrientos, que ellos vaciaban sobre los más débiles. Eran tres hermanos rubios y de ojos claros, con mirada huidiza y expresión sombría. Esa era la única actividad colectiva en la que se permitían participar y lo hacían así, torpemente. Los padres tampoco hablaban con nadie y caminaban con la cabeza gacha, en actitud de agobio. Parecían refugiados de guerra. Sobrevivían fabricando y vendiendo canastos de mimbre. Habitaban una casita interna, miserable. Siempre estaba la puerta abierta y ellos, como hormigas, entraban y salían silenciosamente. La casa se levantaba al lado de un bodegón sórdido, de un viejo con facciones de bagre, también polaco, frecuentado casi exclusivamente por hombres que iban sólo a emborracharse. Desde la ventana de mi cuarto, vi muchas veces, cuando los dos hermanos mayores, con esfuerzo sobrehumano, arrastraban a su padre saturado de alcohol, desde el boliche mugriento hasta su casa. El más chico nunca intervenía en esas operaciones de rescate. Se quedaba mirando desde sus ojos acuosos, listo para salir corriendo si la cosa se complicaba.

            También recuerdo en esta historia de baldazos, que muchos levantaban las pesadas tapas de las bocas de tormenta de la esquina y allí se aprovisionaban de agua, mientras que de las canillas fluía un hilo débil que frecuentemente se cortaba.

            Desde que fui muy chiquito, mi tía Esilda, la soltera, se ocupó de disfrazarme de pierrot, de arlequín... Yo quería que me disfrazara de otra cosa más varonil, de Zorro, por ejemplo; pero ella se divertía inventándome esos ropajes que a mí me humillaban. Después me llevaba a la vereda y me ponía un pomo en la mano que nunca me animé a usar. Entonces, para que yo no estuviera triste, gritaba “¡Dale! ¡Mojáme! ¿A que no te animás? Y yo, le disparaba un triste chorrito que la dejaba más contenta a ella que a mí. Los polacos grandes me miraban desde el agujero negro de la puerta de su casa y a mí me parecía que se burlaban; pero, el más chico me contemplaba con cierta ternura. No me gustaban esos disfraces que me parecían de maricón, de satin brillante y con la cara empolvada, sobre todo, para exhibirlo en un barrio como el mío, en el que la gente se disfrazaba con lo que tenía y podía y apelaba a nombres grandilocuentes, para jerarquizar los trapos de colores que se ceñían al cuerpo. En realidad, todos se disfrazaban de cocoliches. Por ejemplo Mónica, la del conventillo, se envolvía en una sábana y proclamaba persuadida, haciendo aletear su mirada intensamente verde, que se había vestido de figura griega. Fija que esa noche, alguien dormía sobre el colchón desnudo.

            Cuando tuve edad de ir a los bailes, la fiesta del carnaval me reveló otro aspecto y descubrí el hechizo de la noche. Para esa oportunidad,  se cercaban cuatro o cinco cuadras con vallas precarias y la calle se engalanaba con guirnaldas de luces y banderines de colores. Allí se hacía el corso, por donde desfilaban las carrozas adornadas con flores y cintas de papel crepe y las murgas con sus cantitos procaces.

            Pero quiero contar porqué nunca más, volví a pisar ningún corso y desterré para siempre, al carnaval de mi vida. Quiero contar porqué, a partir del hecho que voy a relatar, esa fiesta tan alegre adquirió para mí, un sabor intensamente amargo.

            Como cualquier muchacho de mi edad, me preparaba para el baile unas cuantas horas antes. Me duchaba con agua fría, porque el calor en  esa época y como ahora, solía ser insoportable. Me vestía a último momento para no deslucir la ropa. Lustraba los zapatos con esmero y me ponía la camisa escrupulosamente planchada con almidón por mi madre. Terminaba la obra con una cantidad considerable de “Glostora” en el pelo que a duras penas lograba mantener el peinado a lo Clark Gable.

            La primer noche, llegué solo al corso, pero enseguida me encontré con mis amigos. El ir y venir de la gente era incesante, con sus máscaras de cartón pintado y rígidas expresiones de risa o llanto, entre nubes de papel picado, enredos de serpentinas, lanzaperfumes y esa música de calesita que aún hoy, cuando la escucho, me desata las ganas de llorar. El recurso más fácil, era el disfraz de mujer y por todas partes circulaban hombres burdamente ataviados, con labios patéticos empastados en rouge y rellenos exagerados que se resistían a quedar en el lugar.

 Seguí con la vista a un grupo de muchachas que caminaban derrochando sensualidad y una, en especial, llamó mi atención. Desde ese momento no pude dejar de mirarla. Toda la noche mis ojos estuvieron fijos en ella. Yo tampoco le pasé desapercibido. Notó mi presencia y en varias oportunidades la sorprendí mirándome. Estaba totalmente cubierta, de pies a cabeza: grandes rizos amarillos de lana se desmadejaban sobre los hombros, la blusa de puntillas, el corset ceñido, la amplia pollera de seda fruncida. Las medias no dejaban ver ni un sólo centímetro cuadrado de esa piel, que yo suponía cubierta de un musgo menudo, húmedo y sensual y la máscara blanca,  que con obstinación le ocultaba hasta las orejas tampoco permitía ver su  rostro.

            Por su cadencia al caminar, intuí que era una bailarina. Quedé hechizado por su figura y aunque tenía la sensación de que estaba allí, al alcance de mi mano, siempre se me escabullía.

            El día siguiente, me lo pasé planificando silenciosamente y al detalle, cómo haría para abordarla. Me bañé como de costumbre, pero puse mucho más empeño en lograr que mi aspecto fuera impecable. Quería sentirme seguro para no fallar en la conquista. Esa noche, la busqué afanosamente entre la multitud. No estaba. Apareció tarde, cuando ya la ansiedad estaba a punto de aniquilarme. Se desplazaba con la misma armonía e igual encanto que la primera vez.. No bien llegó, giró la cabeza, me miró y la máscara blanca me hizo prisionero. No pude dejar de contemplara por el resto de la noche.  Aunque parezca un disparate, sus rasgos enmascarados, su figura enigmática, me atraparon irremediablemente. Lo oculto, lo encubierto, eran un disparador eficaz para mi imaginación desbordada. No sé en qué momento me distraje, lo cierto es que inexplicablemente, se esfumó, como por arte de magia, frustrando mis proyectos.

 Pasaron varios días. El carnaval llegaba a su fin. Era la última noche y mi última oportunidad. Me resistía a quedar con la intriga clavada, a no descubrir qué se ocultaba tras la rígida máscara. No podía correr el riesgo de no verla nunca más. Ella era la síntesis de la magia y el misterio y me había convulsionado los sentidos. Como parecía jugar con mi desconcierto, seduciéndome y escapando, resolví recurrir a un amigo. Escribí en un papel con letra clara y la cité en una esquina, fuera de los límites del corso, bajo el enorme farol. Vi cuando mi amigo con sombrero y antifaz le tocó el hombro y ella giró su cabeza, desconcertada. Ví cuando extendió la mano enguantada y tomó el papel. Lo leyó con detenimiento y desapareció. Supuse que  había acudido a la cita. Corrí a la esquina, pero bajo el farol, no había nadie. Esperé con ansia y angustia y cuando decidí partir, defraudado, percibí una presencia sin verla. Giré la cabeza buscándola y allí, en el límite de la penumbra, esperaba meciendo su cuerpo al son de la música cercana. Le hablé pero no respondió. “Ya sé”, pensé, “nos conocemos y no quiere que escuche su voz, para prolongar el misterio”. Me acerqué más de lo prudencial y su silencio me resultó cómplice. La aferré por el talle, pero se apartó. Quise asir sus manos y las noté inertes. Me asomé a los agujeros de la máscara blanca buscando sus ojos, pero sólo vi que una noche sin estrellas se había filtrado en ellos. Me atrajo hacia su cuerpo y me fue llevando lejos de la luz. Anhelante, desabotoné uno a uno los botones del corset que cayó al suelo. Cayó también la peluca amarilla. Suavemente le quité la máscara para besarla, procurando sosegar mi corazón desenfrenado. Cuando me incliné anhelante, sus ojos claros y acuosos se clavaron en los míos. ¡No! ¡No podía ser verdad! ¡No quería que fuera verdad! En la noche calurosa, el polaco más chico, patéticamente, me ofrecía su boca húmeda, entreabierta y sensual. Lo aparté con violencia, despiadadamente, y corrí, corrí sobre el adoquinado desparejo de la calle, huyendo, como si alguien fuera tras mis pasos, hasta llegar a mi casa. Hundí la cabeza en la almohada y me tapé los oídos. No quería oír los estertores del carnaval que moría.

 

© Nora Tamagno

 

 
 
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