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La estasis en la realidad y en la literatura, por Roberto Olivera Unda
 

Un nuevo ensayo del escritor mexicano Roberto Olivera Unda analiza el tema de la estasis en la realidad y en la literatura
La estasis en la realidad y en la literatura. Por Roberto Olivera Unda Aun con el admirable adelanto científico y tecnológico, el hombre no ha podido encontrar respuesta para cuestiones como: ¿Qué es la materia?, ¿qué es la realidad?, ¿qué es el espacio?, ¿qué es el tiempo? Al no entenderlas, damos por supuesta su existencia y hasta su conocimiento, nos adherimos a cualquier opinión, o simplemente no pensamos en ellas. Pero, si alguno se atreve a plantearse la pregunta fundamental: ¿Qué soy yo? Podría encontrar esta respuesta: Soy toda mi vida. Y para la pregunta consecuente, ¿y qué es toda mi vida?, esta otra: Toda mi vida es mi tiempo. Ya en la Hermética (traducción inglesa de Walter Scot) se dice: el devenir ocurre en el tiempo. La esencia del tiempo es el cambio y la esencia del devenir es la vida. Tal vez por estas razones, o por otras similares, solemos señalar la época en que nos ha tocado vivir como nuestro tiempo. No podemos evitar que influya nuestra experiencia acerca del tiempo en nuestros modos de pensar y de sentir; hemos cobrado la conciencia del tiempo no solamente como una sucesión de instantes, horas y días, sino también como de algo que nos pertenece íntimamente. Equivale esto a decir que sentimos el tiempo como algo muy personal y a la vez común. Quizá por eso no nos causa asombro el hecho de encontrarnos formando parte de una muchedumbre, por ejemplo ante la pirámide de Chichen Itzá, en el acto de la contemplación del descenso de la serpiente de luz, el día del equinoccio de primavera. No reparamos en el significado de hallarnos ante un monumento fabricado muchos siglos atrás y de un fenómeno cuya suscitación empezó desde entonces, ni en el de vivir y estar allí con gente de todas las edades, niños y jóvenes cuyo tiempo es percibido como porvenir; viejos cuyo tiempo ha quedado detrás de ellos en su mayor parte. Edificio, suceso fenoménico y personas incluidas en un punto común del tiempo, en un momento al cual consideramos como el presente del mundo. O dicho en otras palabras: tiempos que se encuentran en el mismo tiempo. El niño y el adulto experimentan el tiempo de manera diferente en cuanto a la velocidad. Entre la concepción y la muerte, la vida del hombre se mueve cada vez con mayor celeridad hasta que, al final, en la manera de sentirlo se nos antoja transcurriendo con suma rapidez. Es así como se siente. Y si hablo de movimientos referidos al tiempo es debido a nuestros usos habituales, a la manera como, por lo general, pensamos el tiempo y nos expresamos acerca de él. Todavía no hemos podido desechar la idea Newtoniana de un tiempo que pasa, aunque nos adherimos a la manera de pensar del matemático alemán Hermann Minkowski cuando, en El Principio de la Relatividad, establece: ...los objetos de nuestra percepción invariablemente incluyen lugares y tiempos en combinación. Nadie se ha dado cuenta de un lugar salvo en un tiempo, o de un tiempo salvo en un lugar... y reconozcamos así la calidad dimensional del tiempo y su íntima liga con las dimensiones euclidianas. Y aunque nos sea dicho que el espacio y el tiempo son sólo invención del hombre con el propósito de entender mejor nuestro mundo, o que -como a mí me parece mejor- el tiempo y el espacio juntos son nada más el continente, una ascensión espacial donde se produce el movimiento, donde ocurren los sucesos. Empleo el vocablo ascensión en vez de extensión, en seguimiento de las ideas de Swedenborg, quien establece estas dos diferentes clases de gradación aplicables a la naturaleza psíquica interna del hombre. La extensión sucede en el mismo plano, en este caso sería en el espacio de tres dimensiones perceptible a nuestros sentidos, da idea de continuidad, mientras que los grados de ascensión o de descenso, cuando se les experimenta interiormente, nos llevan a la comprensión de casos y fenómenos ocurridos fuera del alcance de nuestros sentidos. Y el tiempo no nos es concebible sino en esa discontinuidad, en esa ascensión de grado dimensional y con la mente, donde como si se tratara de un espejo, se refleja lo que sentimos. Lo anterior ha tenido el propósito de remarcar el hecho de que sentimos el tiempo, tal vez por no comprenderlo. Preferimos creer estar viendo una estrella, aunque sepamos que lo único que nos es posible ver es su reflejo suscitado mucho tiempo antes, a veces tanto como para que la estrella haya dejado de existir y, por tanto, no se encuentre ya en el lugar que la vemos. De igual manera solemos decir que el sol sale y se pone, aun cuando sabemos con claridad que es la tierra la que se mueve alrededor del sol. Nuestra capacidad experimental confiada solamente a los sentidos sería muy reducida y todavía menos confiable, por esto se vale de la mente y del sentimiento para conseguir una ascensión. Es éste el grado de la escala de nuestra percepción donde la estasis (el detenimiento del tiempo) tiene lugar, tanto en la realidad como en la literatura, un grado donde los sentidos son ampliados, un grado en cierta forma equiparable a ése donde el tiempo viene a ser un complemento de las dimensiones euclidianas. Si el tiempo no fuese una invención del hombre, lo es al menos su manera de entenderlo, de crearle formas temporales, un pretérito en el intento de aprehender algo más de nuestra vida, de llevar lo vivido a la memoria y de ahí a la conciencia. Pero, curiosamente, esto ya no es una invención, pues lo confirman hechos de la realidad. A esto obedece que un olor tenga ese extraordinario e inexplicable poder de presentarle a la mente, de modo repentino y espontáneo, una escena que parecía olvidada. Se nos aproxima así a la realidad, de tal manera que nos hace revivir el momento con toda su gama de emociones resucitadas con vigor suficiente como para volver a vibrar en nosotros, y sacudir nuestra conciencia. Con respecto al futuro, lo hemos cargado de nuestros proyectos, donde van incluidas nuestras ilusiones y esperanzas; hemos hecho de él una meta a la cual dirigirnos. De esta manera escapamos a la limitación del tiempo, ya no lo pensamos ni lo sentimos reducido a ese breve momento, a ese diminuto punto de contacto con lo que llamamos realidad, a ese fugaz espacio tiempo que solemos tomar con el ahora y al cual llamamos presente. Y este ahora, como más adelante veremos, puede llegar a contener una increíble cantidad de tiempo. Esto sucede en la estasis. Poder proyectar la mente hacia el pasado o hacia el futuro nos permite un campo más extenso para realizar y comprender nuestra vida, una expansión de nuestra conciencia mediante la cual es posible trascender los hechos de la memoria y restaurar la vida pasada como algo presente. O bien simularla con el auxilio de la experiencia, como hace el novelista. Por eso la memoria es uno de sus instrumentos importantes, la memoria que registra toda clase de experiencias, las vividas, las que se han presenciado, lo leído, lo oído, lo captado en teatro, cine, o televisión; en fin, lo que se ha llegado a saber de cualquier manera. El instrumento primordial para el caso del futuro es la imaginación, por supuesto también apoyada en los hechos de la experiencia. Tales razones podrían conducirnos al supuesto de que la literatura tomó de la realidad la idea de la estasis, esa manera de experimentar el tiempo como detenido, o si así se prefiere, de suspender el movimiento en el tiempo, de prolongar el instante donde solemos encerrar el ahora, detenerlo, o por lo menos hacerlo sentir con una velocidad e intensidad capaces de romper los moldes de nuestras habituales relaciones con el tiempo. Voy a transcribir de los hechos de la realidad dos breves ejemplos tomados de “Las enfermedades obscuras de la mente”, de Forbes Winslow, 1860: Revivieron en sus más pequeños detalles las escenas de su temprana vida. Se vio llevado a la cabaña donde había nacido, cambió señales de afecto con sus padres, jugueteó nuevamente con los compañeros de su niñez sobre el césped del pueblo. Renovó sus amistades del colegio y los rostros que de niño había conocido se restauraron. Todas las circunstancias menudas y sin importancia que tenían conexión con su pasado le fueron presentadas. Se nos aclara que todo esto ocurrió en los breves momentos de lucha contra la muerte y la asfixia. Otro caso: Sucedió que cierta vez asistí a la recuperación de un hombre que había casi perdido la vida al bañarse. Se había sumergido por tercera vez y hubo gran dificultad en llevarlo a la playa, y aún más en revivirlo... Dijo que el tiempo le había parecido de una gran duración; que había perdido el patrón corriente del correr del tiempo. Que había vivido su pasado todo de nuevo; no lo había resumido sino que lo había repetido, según le pareció, en todos sus detalles y con la mayor deliberación. Tuvo gran dificultad para comprender que había estado en el agua sólo unos cuantos minutos. Por otra parte, Angelo Mosso, profesor de filosofía, no se conformó con la experiencia obtenida en la lectura de los hechos y, para obtenerla como vivencia, se hizo sumergir en el agua durante dos minutos por sus propios discípulos y colaboradores, previamente entrenados en el “salvamento” del animal sumergido hasta alcanzar el síndrome del renunciamiento. Contó también la experiencia de una revisión de toda la vida en el momento previo a morir. Los fenómenos de estasis ocurridos en la realidad podrían encontrar explicación en la diferencia habida entre la velocidad de las funciones intelectuales y las instintivas, y entre la de éstas y la de las emocionales. Resulta evidente –nuestras propias experiencias lo confirman a menudo- que es mucho mayor la velocidad con que los instintos o las emociones se imponen y nos impulsan a la ejecución de actos sin dar tiempo al intelecto para intervenir. Un giro al volante que nos libra de chocar nuestro automóvil, por ejemplo; o cuando llevados por alguna emoción hacemos algo que consideramos insensato al ser reflexionado. Pero, ¿cuánto más veloces pueden ser estas funciones en relación con las del intelecto? Piotr Demianovivh Ouspensky, en la cuarta conferencia de las que componen su libro: “El hombre y su evolución posible” nos da la cifra 30,000 (treinta mil) como diferencia de velocidad entre una y otra de estas tres funciones –cifra que posiblemente procede de la escuela de Gurdieff-. Esto equivale a decir que las funciones instintivas son treinta mil veces más rápidas que las intelectuales, y las emocionales son treinta mil veces más veloces que las instintivas. Y de manera textual dice también: “Los centros motor e instintivo tienen un tiempo treinta mil veces más largo que el centro intelectual, y el centro emocional tiene un tiempo treinta mil veces más largo que los centros motor e instintivo “¿Ve usted con claridad lo que significa “un tiempo más largo?” Esto es que para cada trabajo un centro dispone de cierto tiempo más que otro” Y renglones adelante ejemplifica con la serie de sensaciones y reacciones experimentadas de manera inmediata tras la ingestión de una copa de alcohol, o bien un vaso de agua, o de un trozo de pan, por alguien muy sediento o con mucha hambre, según sea el caso. Ouspensky recalca el efecto súbito. Y más adelante dice: El fisiólogo sabe cuántos procesos complicados se efectúan en el momento en que se traga una dosis de alcohol o un vaso de agua y el momento en que se resienten los efectos. Cada sustancia que entra al organismo por la boca debe ser analizada, sometida a diversas pruebas antes de ser aceptada o rechazada. Y todo esto sucede en menos de un segundo. Es un milagro y al mismo tiempo no lo es, porque si conocemos la diferencia de velocidad de los centros y si relacionamos que el centro instintivo, al cual incumbe este trabajo, tiene treinta mil veces más de tiempo que el centro intelectual, del cual nos servimos para medir nuestro tiempo ordinario, comprendemos como puede producirse tal cosa. Esto significa que el centro instintivo dispone de no más de un segundo de nuestro tiempo habitual, pero de más de ocho horas de su tiempo propio para hacer esa clase de trabajo, y en ocho horas ciertamente puede ser ejecutado sin prisa inútil en un laboratorio ordinario. Así, nuestra idea de la rapidez extraordinaria de este proceso es una simple ilusión debida al hecho de que consideramos nuestro tiempo ordinario, o tiempo del centro intelectual, como el único que existe. Como puede verse, hay una sorprendente prolongación del tiempo referido a las funciones instintivas, y sobre todo a las emocionales, pues desde ese punto de vista un minuto de nuestro tiempo cronológico equivaldría a cuatrocientas ochenta horas del tiempo correspondiente a las funciones instintivas, y a catorce millones cuatrocientas mil horas del tiempo que correspondería a las funciones emocionales. De este modo, una persona en el momento de ir a morir ahogada, o por asfixia, trance que debe implicar el predominio de las funciones instintivas y emocionales, dispone de suficiente tiempo para la revivificación, a la velocidad en que ocurrieron, de los actos de su vida entera en unos minutos del tiempo de nuestros relojes. Y transportado el tiempo que les es propio en dicha reconstrucción al tiempo que comprendemos, los sucesos ocurridos sufrirían una verdadera estasis. *** En la literatura podemos encontrar un ejemplo muy antiguo del uso de la estasis en los “Evangelios apócrifos”, donde el momento presente parece expandirse, buscar una existencia permanente. Juzgue el lector: “Y yo, José, estaba caminando y no caminaba. Y miré al cielo y me maravillé. Y miré los cielos y los vi detenidos, y las aves del cielo no tenían movimiento. Y miré hacia la tierra y vi un plato tendido y habían obreros junto a él y sus manos estaban en el plato, y aquellos que masticaban no masticaban, y aquellos que estaban llevándose el alimento a la boca no se lo llevaban, y aquellos que lo colocaban en su boca no lo hacían, sino que los rostros de todos miraban hacia arriba. Y he aquí que había ovejas arriadas y no adelantaban, mas permanecían; y el pastor levantó su mano con el báculo, mas su mano permaneció alzada. Y miré hacia el arroyo y vi los hocicos de los cabritos sobre el agua, mas no bebían. Mas, de pronto, todas las cosas moviéronse siguiendo su curso.” Este párrafo es, a juicio mío, una bien lograda forma de comunicar la duración de los eventos sin permitir avance alguno al tiempo. Habitualmente la conciencia nos conduce de un momento al siguiente y aquí, si consideramos la época a la cual pertenece el lenguaje, el escritor consigue el detenimiento en un instante perdurable. Quiero asimismo hacer notar la diferencia entre contar el hecho como experiencia ajena o como vivencia. Veamos ahora la manera magistral como Malcolm Lowrie consigue la estasis en su novela “Bajo el Volcán”, donde hizo un manejo extraordinario de ese personaje sin voz, y en apariencia sin papel asignado, que es el tiempo novelesco. Lo dejó fluir a diversos ritmos de lentitud, unas veces solamente con mansedumbre, y otras hasta llegar a la quietud. Es la combinación de los elementos obtenidos en la interioridad con los del exterior lo que los hace avanzar con lentitud, mas pletóricos de humanidad y por ende de emociones. El tiempo de duración de esa novela es, en apariencia, un día, un día de la vida de los personajes; en realidad, y por eso tal condensación de humanidad, la vida del autor hasta entonces, si no por entero, por lo menos en sus datos más relevantes, mediante los principales personajes masculinos a los cuales es fácil identificar como derivaciones de él mismo. Y aun la interpretación del personaje femenino ayuda a tal propósito. Para la primera estatización del tiempo (pág. 50 de la traducción de Raúl Ortiz para Ediciones Era, S.A. , misma a la que se referirán todas las citas) a Lowrie le bastaron siete palabras. Esto tiene lugar cuando M. Laruelle acaba de leer la carta dejada por el Cónsul dentro de las páginas de un libro y la quema: “La llamarada iluminó toda la cantina con un resplandor en el que las figuras de la barra (entre las que ahora distinguía –-además de las niñitas y los campesinos, cultivadores de maguey o membrillo, vestidos con holgadas ropas blancas y sombreros de ala ancha- a varias mujeres enlutadas que regresaban de los cementerios y hombres de ropa y rostros oscuros con cuello abierto y corbatas sueltas) parecieron congelarse por un momento: un mural. Todos dejaron de hablar y lo miraron con curiosidad, todos salvo el cantinero que, por un instante, pareció a punto de protestar y luego perdió interés. Con el paréntesis explicativo, aprovechado también para emplear la explicación como un recurso más para conseguir la lentitud, Lowrie logra, a la vez, atenuar la fuerza dramática del episodio. Pero esta disminución en la intensidad del dramatismo lleva otro propósito: detener por completo la acción. Inmediatamente después del paréntesis Lowrie paraliza las figuras y las convierte en un mural. Como tal cosa sucede casi al final del primer capítulo que podría considerarse un prólogo, la novela va a empezar y debemos entender que la estasis va a ser una de sus características importantes, que el escritor nos va a situar ante un mural y a dejar que nuestra personal perspicacia vaya descubriendo en él cuanto le sea posible. La novela es, en efecto, toda ella un mural que deberá ser contemplado con detenimiento y minuciosidad; mejor todavía si se hace varias veces. El siguiente ejemplo de estasis lo encontramos (p. 107) cuando al llegar Hugh a la casa de su medio hermano el Cónsul, descubre la presencia de Ivonne, esposa del Cónsul, con la cual Hugh tuvo relaciones ilícitas... y luego suspendiéronse también su corazón y el mundo; el caballo a mitad del salto por encima del obstáculo, el clavadista, la guillotina y el ahorcado en su caída, la bala del asesino y el jadeo del cañón en España o en China se congelaron en los aires, la rueda y el pistón inmóviles... Más adelante (p. 242) encontramos un párrafo donde la estasis no llega a ser total y el tiempo solamente sufre un cambio de la velocidad con que lo ha sentido el personaje a la cronológica: Dies Faustus... el Cónsul miró su reloj: Tan sólo por un momento, un horrible momento en París, creyó que era de noche, que era uno de aquellos días en que las horas pasan deslizándose al igual que los corchos que se mueven sobre el agua tras la popa, y en que las alas del ángel de la noche arrastran la mañana en un abrir y cerrar de ojos; pero hoy parecía estar ocurriendo todo lo contrario; eran apenas las dos menos cinco. Ya era el día más largo de toda su experiencia, una vida entera; no sólo no había perdido el camión, sino que tendría tiempo de sobra para más copas. La estasis vuelve a ser completa (p. 244) con el Cónsul de cabeza en la “Máquina infernal”: y detúvose un momento en el otro extremo, sólo para ser levantado cruelmente hasta la máxima altura, en donde, durante interminable, intolerable período de suspensión, permaneció inmóvil. Luego (p.246) ya otra vez en sus bolsillos los objetos que se le habían caído al hallarse de cabeza... púsose la pipa en la boca, cruzó las piernas y a medida que disminuía la rapidez del mundo... (varios renglones abajo)... los oficiales, elegantemente uniformados, seguían en las bancas, reclinándose sobre sus bastones como si los hubieran petrificado lejanos pensamientos estratégicos. Es asimismo un ejemplo de estasis el vuelo detenido del insecto (p. 257) que agita sin cesar las alas mientras su cuerpo permanece sujeto entre las fauces del gato, cuyo significado simbólico podría significar el alma en un batir incesante de sus alas y lista a producir un cambio en la velocidad de la acción para escapar de las fauces de la mismísima muerte. En la arena Tomalín (p.291) como parte de las imágenes formadas por Yvonne en su mente... Un caballo gigantesco llenando toda la pantalla parecía salirse de ella para lanzarse sobre Yvonne: era una estatua... Y esta escena imaginaria encuentra su relación en la novela y cobra su carácter de premonitoria cuando (p.361) en uno de los ejemplos más impresionantes ofrecidos por Lowrie sobre el uso de la estasis, paraliza la luz de los relámpagos para formar un fondo de blancas llamaradas donde los árboles quedan fijos y, ante el cuerpo caído de Yvonne, el movimiento del caballo encabritado es suspendido en el aire mientras el fuego consume “el sueño” acariciado por ella y el alma escapa de las fauces del gato para remontarse entre un torbellino de astros hacia Orión, las Pléyades... y en su mente tiene lugar una visión en la cual el caballo se transforma en la rueda de la fortuna vista en la feria, y los carros de la rueda en planetas, en constelaciones, en millares de mariposas, un huracán de mariposas, en el mar violento y puro, en un amanecer... Y al ser recuperada la realidad por un momento, Yvonne y nosotros volvemos a ver el caballo encabritado, suspendido sobre su cabeza, petrificado en el aire, estatua donde se ve como jinete a sí misma, y luego a Huerta el borracho, el asesino, que también de pronto se transforma en el Cónsul, el cual en cierta forma es culpable de su muerte. El caballo recobra su forma, primero como caballo de volantín, pero enseguida es ya un millar de caballos amenazando con pisotearla en el fondo de una barranca. La estasis es sostenida por esta advertencia inmediatamente anterior a la última frase citada de manera textual... y el caballo... -¡Santo Dios!, ¡el caballo!... ¿y se repetiría esta escena interminablemente y para siempre? Sólo después, sobre la estatua que es el caballo aparece sentada Yvonne, etc. etc. Volvamos a la escena del cine rememorada en la Arena Tomalín donde Lowrie repite el uso de la estasis y de la premonición, cosa por demás extraña, esta vez sobre su propia realidad... ella a su vez convertíase también en perseguidora cuando a tientas buscaba algo (Yvonne al principio no entendía qué) en este mundo sombrío. Al verla acercarse extrañas siluetas se congelaban en las paredes o en los callejones; evidentemente eran las figuras de su pasado, de sus amantes, de su único amor verdadero que se había suicidado... Nunca como en este caso Yvonne fue Jan Gabrial, la esposa adúltera de Lowrie, ni el novelista estuvo más acertado en su premonición, pues en junio de 1957 él habría de suicidarse. Aunque, es igualmente posible, como tantas veces lo hizo en la novela, un anuncio consciente y enmascarado, también conforme a su costumbre, por las palabras de su padre, colocadas inmediatamente después para dar un sujeto (no necesario) al predicado. También en la Arena Tomalín (p. 293) y con referencia al toro... parecía un insecto fantástico atrapado en el centro de una enorme red temblorosa... la muerte o una especie de muerte, como ocurría con tanta frecuencia en la vida... En toda la notable escena del “Salón Ofelia” (pp. 307-341) es empleada la estasis. Para anunciarla, Lowrie se vale de la palabra ¡Suspensión! remarcada entre guiones, escrita con letra cursiva, colocada entre admiraciones. La estasis es mantenida durante todo ese capítulo mediante el uso de palabras y frases claves: “Era una danza fantasmagórica de almas desconcertadas por esos engañosos matices, los cuales, no obstante, seguían buscando la permanencia en medio de lo que era sólo perpetuamente evanescente... (p. 312) ... sigo agonizando (p. 315) En la idea de toda una vida transcurrida durante el pobre espacio breve e ilusorio de un cigarrillo (p.316) De la serie de palabras: ¡detente! ¡mira! ¡escucha! (p. 319) Y también por medio de los recursos de la visión caótica, la digresión, los diálogos cruzados; y con el uso, a guisa de muletilla o de resorte para regresar el tiempo, del frecuente llamado a Cervantes. También es usada la frase: Aislado, un trueno estalló entre cielo y tierra (p. 332) Y por último, ya para terminar el capítulo, aparece otra vez la palabra clave: ¡Suspensión! Y la materia se disloca y, cuando vuelve a la realidad, apenas si ha transcurrido un poco de tiempo. Hay además otras frases que deben ser consideradas: Tal vez tampoco en este retrete de piedra existía el tiempo. Acaso era esta la eternidad por la que tanto escándalo había armado, acaso era ya la eternidad... (p. 321) El reloj mismo era intemporal (p. 328). Y ya en el último capítulo el tiempo avanza con suma lentitud, y acaba por paralizarse para que los elementos se aglutinen todavía más, para que el caos aumente su intensidad. Desde la puerta de la cantina “El farolito” el Cónsul, al mirar hacia la plaza (p. 374) ve: El mismo pelotón de harapientos parecía seguir atravesándola, como una película interrumpida que se repitiese. El cabo luchaba aún con su ejercicio de caligrafía bajo el portal, sólo que su lámpara estaba ya encendida, oscurecía. Los policías no se dejaban ver por ningún lado. Aunque por la barranca, el mismo soldado dormía aún bajo un árbol. Y renglones abajo:... el abuelo corregía la hora en su reloj, atisbando el del cuartel que, casi invisible, seguía marcando las seis. Tanto los detalles mencionados en estos párrafos, en su mayor parte, como la hora son los mismos a los que se ha hecho alusión en ocasión anterior (p. 366) al asomarse el Cónsul a una ventana de la cantina y experimentar una sugerencia todavía más retrospectiva: “le pareció que todo aquello había ocurrido hacía mucho tiempo, que era tan extraño, tan triste y tan remoto como el recuerdo de su primer amor o hasta de la muerte de su madre;” También en ese momento son las seis. Durante ese detenimiento del tiempo, el Cónsul había contemplado el paisaje, hecho reflexiones, bebido varias copas, visto llegar a los pordioseros y observado cómo el que tiene una pierna se compadece del que no tiene ninguna y lo socorre, ha sido presa de fantásticas visiones y reconocido su pipa predilecta en las manos del cantinero apodado el “Elefante”; de esas mismas manos ha recibido el paquete de cartas de Yvonne que creyó perdidas y olvidó en ese lugar, dibujó en el licor derramado sobre el mostrador un mapa de España, conversó con Diosdado el Elefante. Ha ido hasta un cuarto interior donde encontró nuevamente a la anciana tarasca vista esa mañana, entretenida en su juego solitario con el dominó; leyó las cartas sentado ante una mesa, e invitó una copa a la anciana. Todo esto antes de salir, contemplar otra vez la plaza, y darse cuenta de que aún son las seis. Con posterioridad (p. 389) en una visión: Y sin embargo tenía que enfrentarse a ello; había caído, caído, caído hasta... pero ahora mismo se percataba de no haber llegado enteramente hasta el fondo. Todavía no era el fin completo. Era como si su caída se hubiese detenido sobre un estrecho borde, borde desde el que no podía subir ni bajar.” Adelante (p. 391) También el tiempo intoxicado de mezcal volvía a fluir circularmente sobre sí mismo”. Y poco antes de morir asesinado (p. 396) “ninguna idea de fuga afloraba en la mente del Cónsul. Tanto su voluntad como el tiempo que, desde la última vez que tuvo conciencia de él, no había avanzado ni cinco minutos, estaban paralizados. Y a propósito de la muerte del Cónsul (p. 403) ocurre a las siete, a un tiempo con la de Yvonne, para la cual el instrumento es un caballo con un número siete grabado en el anca, caballo soltado por el Cónsul minutos antes de esa hora. Esto significa haber detenido el tiempo cuarenta páginas antes con el caballo en dos patas y listo para caerle encima a Yvonne y causar su muerte (p. 363) con el fin de conseguir la simultaneidad. Este es uno de los más notables usos de la estasis en la novela “Bajo el Volcán”. Son admirables los logros de Malcolm Lowrie con el empleo de esta técnica; sin embargo, el más digno de admiración no está en ninguno de los casos citados como ejemplos, sino en el uso del tiempo en toda la novela, a la manera como solamente Joyce, Proust, o Beckett pudieron hacerlo en el pasado siglo XX. Únicamente de este modo es posible relatar un día tan largo de la vida de un hombre, un día cuyo significado es una prolongada agonía reflejada en ese lento desarrollo.
 
 
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