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El tesoro de la juventud, por Noemí Ulla
 

El tesoro de la juventud

 

CUENTO PUBLICADO EN EL LIBRO “El cerco del deseo”.

I

 

Estamos sentados a la mesa en el patio de un restorán: es todo un acontecimiento, y estoy muy inquieta viendo cómo el papel quiere robarte la cara. A medida que el dibujante mueve el lápiz – me parece un acto de magia – sigo tu perfil para cuidar de que existas. Estoy asustada, no vaya a ser que la cartulina borre tu cara real porque la necesita en otro lado. Tus labios quedan oscuros en el papel y el hombre que dibuja pone su firma al pie y te lo muestra. Todos lo quieren ver, entonces vos mismo mostrás tu cara de papel. Los tíos exclaman, mamá también, que estás igual. Estoy confundida, no te veo igual, veo tu cara de papel parecida a la del dentista. (Ahora sé que su consultorio estaba cubierto de caricaturas de otros y de él). No encuentro tu cara de papel sino en la serie de caricaturas que conozco. Nadie dice nada de eso, pero yo te veo igual al dentista; en este momento estoy descubriendo la metonimia y su loca condición del parentesco (la loca condición de los parientes que se roban las caras, labios, ojos, unos a otros). No estoy nada feliz, y con ese nuevo movimiento me confundo y busco en las caras de todos una ayuda que no llega. Me sentí orgullosa de verte posar: concentrabas la atención de toda la familia, y me gustó el acto infinito del lápiz y el papel pretendiéndote. Pero al fin ¡qué decepción que tuvieras la cara del dentista! O que secreto para develar toda la vida, ahora, descubierta la serie en aquel lejano atardecer, debo a Cortázar, a los labios de Julio Cortázar dibujados en la página de un diario, con esos trazos parejos y oscuros que interrumpen los dientes, sí, todo eso llamó la memoria.

 

 

II

 

 

Ha muerto Cortázar. Empezamos a leerlo en la década del sesenta en Rosario y escuchábamos un disco que había grabado él con sus cuentos, Rafael Ielpi, Aldo Beccari y yo reunidos junto a su voz de erres enruladas. A los santafesinos Gola, Juani Saer, Jorge Conti creo que no les gustaba. Recuerdo que leí Rayuela sin mucho placer. Más tarde reconocí que no me gustaba leer novelas. Bestiario, Las armas secretas, Final del Juego, me gustaron y me sorprendió encontrar una voz amiga en la literatura argentina. Leíamos a Borges con pasión pero con temor respetuoso. Sabíamos ya quién era. A Cortázar lo sentíamos un compañero con el que podíamos jugar y reírnos a la solemnidad. A Borges no, quizás no habíamos descubierto sus formas de juego. Cortázar se nos aparecía como una escritura directa, era entonces la primera vez que escuchábamos el habla en la escritura. Quizás no había percibido eso desde el Fausto de Estanislao del Campo. Entonces no hablábamos de la parodia aún, la moda eran esas tías de las que Cortázar nos liberaba, lazos familiares que queríamos cortar y él, con tanta gracia, nos lo permitía. Vivíamos sofocados en una ciudad de inmigrantes con clase media pacata, la misma que se indignó cuando crearon la carrera de Psicología en la Facultad de Filosofía y Letras. Eso parecía ya el 76, lo padecíamos con furia. Y Cortázar nos llegaba y lo mirábamos con asombro, él había podido cortar las amarras del corsé moralista y conservador. Después fue transformándose en otro escritor, su discurso llegó a ser idéntico, el de los años cuarenta o cincuenta, cuando ya habían pasado más de veinte años. Lo abandoné pero permanecí fiel a Bestiario, Las Armas secretas, Final de juego, tramos de Rayuela. Di con Deshoras el año pasado y sentí la reconciliación. El libro de Manuel, La vuelta a al día en ochenta mundos, nos habían retirado de él, nos parecía que un escritor podía militar sin panfletear su escritura. Le criticábamos, sin saberlo, la libertad que nos había procurado. No conocíamos los libros de Silvina Ocampo, y Cortázar no parecía el único irreverente con talento. La “Maga”, el “gato calculista”, poblaban entonces nuestra imaginación.

 

 

III

 

 

Tuve celos de su pasado. Hasta tal punto que me apropié de sus imágenes, pero pronto me di cuenta de que esas imágenes eran mías y correspondían a las que me provocaban sus relatos, esos relatos sobre su pasado. Entonces la puse a prueba. Le hacía contar las mismas cosas para saber con qué palabras las contaba y comprobé con desesperación que eran otras y con ellas otras imágenes. No podía soportar su infidelidad, la infidelidad de sus palabras. Supe que mentía. Entonces empecé a probar a las personas. Cuando contaban cosas escuchaba con atención el relato para ver las imágenes. Les hacía preguntas sobre las mismas cosas a las que se habían referido y controlaba las imágenes. Las voces respondían a las palabras algunas veces. Pronto observé que una misma palabra salía de voces distintas y todo a su alrededor cambiaba. Primero vi letras detrás de las voces, letras de imprenta tan difíciles de dibujar y letras cursivas. Después empecé a ver colores y aprendí a jugar con las palabras de colores. Por las noches, cuando nos acostábamos, hacíamos el juego de las adivinanzas un rato antes de dormirnos. Una decía una palabra y las otras debíamos adivinarle el color. Algunas veces coincidíamos, otras no, y la palabra aparecía así de diversos colores difíciles de imaginar, porque ya no se podía torcerles el destino.

Un día me propuse imponer mi voluntad. No fue fácil ocuparme de esa tarea tan extraña que consistía en seguir el dibujo de las palabras desprendidas del diccionario, un cuerpo grandote que las reunía de manera curiosa, tan curiosa que al mismo tiempo las dejaba solas. Las perseguí para tratar de ubicarlas en el gran cuerpo, ellas jugaban a las escondidas en la boca de la gente, eran tenidas entre dientes, muchas veces mordidas y era muy difícil retenerlas para darles el lugar que el gran cuerpo les había reservado. Después fui viendo que había otras formas, otros juegos que ellas inventaban para ser libres: lo veía por el cine, la televisión, los discos, las casetes. Cuando alguien hablaba o cantaba ellas corrían detrás de otras, fingían que la imágenes las atraparían sólo para jugar, pero se quedaban siempre solas aunque se amontonaran. El gran cuerpo del diccionario se ocupaba de soltarlas y seguramente en las noches las recogía para hacerlas dormir. En él, juntas, también jugarían por ellas mismas a verse de colores, como nosotras la veíamos. Las personas se quedaban sin entender cómo era posible que ellas estuvieran coloridas, como los vestidos y las blusas, porque ellas eran mujeres se adornaban así, los hombres las perseguían por cosas de polleras; las mujeres, quizás las envidiaban. Entre el amarillo y el azul los nombres desaparecían agobiados por el negro. Eso sería porque el luto no las dejaba ejercer sus poderes. Cuando llegó la mujer de negro, como llorando, supe que no podría decirle ninguna palabra. Si las echaba para fuera de la boca ellas chocarían con su luto y se perderían entre los pliegues de su túnica. Mamá me obligaba a que hablara y la mujer de negro dijo una palabra desconocida, pero sin embargo sentí que me hería. Chúcara es una bailarina desnuda que al salir de ella dejó su luto y pudo ir saltando entre sus dientes malignos porque no quería ser negra y zonza. En el piso encontré otras palabras perdidas que me esperaban para que las llevara al gran cuerpo. Las veía ahí puestas como estatuas mientras la de negro me insultaba y yo pensé que me defendería de ella buscando las estatuas y animándolas. Mamá me sacó de allí al rato y otra vez la tierra se pegaba a los pies aunque yo le daba pataditas sacudiéndolas con toda mi fuerza. En la zanja había un sapo de cuerda, saltaba cuando quería entre los yuyos, sin mirar hacia los costados, como un chúcaro. La vida era de perfil.

 

A Julio Cortázar.

       

© Noemí Ulla

 

 

 

 
 
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