Usuario :
Clave : 
 
 administrador
Manual del administrador


 Secciones
Ediciones anteriores
Premios- Distinciones
Muestras/Arte
Entrevistas- noticias culturales-histórico
Lecturas
Ensayos - Crónicas
Educación/Universidad
Sociedad
Diseño/Moda/Tendencias
Fotografía
La editora
Medios
Sitios y publicaciones web
Narrativa policial: cuentos, ensayos, reseñas
Sumario
Música
Teatro/Danza
cartas
Cine/Video/Televisión
Entrevistas- Diálogos
Servicios
Noticias culturales- archivo
Espacio de autor
Prensa
Artista invitado
Entrevistas
Fichas
Algo de Historia
Blogs de la Revista Archivos del Sur
Cuentos, poemas, relatos

ARCHIVOS DEL SUR

 Inicio | Foros | Participa
Buscar :
Estás aquí:  Inicio >>  Cuentos, poemas, relatos >>  Mujeres en crisis, por María Brandán Aráoz
 
Mujeres en crisis, por María Brandán Aráoz
 

Un cuento de la escritora argentina María Brandán Aráoz, que publica por primera vez en Archivos del Sur

Ese miércoles amaneció complicado. En sincronía perfecta, la tostadora y la plancha, hicieron un cortocircuito a dúo. En cuestión de minutos, y a causa de un portazo, se hizo urgente cambiar el vidrio roto de una ventana de la cocina. La persiana de enrollar se vino abajo por sorpresa, y ya no hubo quién la levantara. Desde la noche anterior, la pileta había quedado obstruida por una torre de cacerolas, platos y cubiertos grasientos (mezclados desaprensivamente con tazas y platos del desayuno). La ropa sucia desbordaba del canasto y la limpia ya no tendría la menor oportunidad de ser planchada. Mi despertador no había sonado temprano (o yo no lo habría oído), y muchas llamadas laborales pendientes debían hacerse antes de las once.

Para colmo de males, mi hija mayor (de vacaciones en su trabajo), chateaba por Internet acaparando la línea telefónica. “ Tranquila –me dije, mientras hacía las camas y ponía un poco de orden en la pileta de la cocina-. Son todas cosas simples y cotidianas. Tomate tu tiempo.” Bajaría a la telefónica más cercana y haría mis llamadas antes o después de cumplir con las demás diligencias.

En el ascensor (que no bajaba nunca porque mis vecinos se habían puesto de acuerdo para abrir puertas o llamarme desde distintos pisos) recordé que los miércoles  mi hija menor viene del colegio a las doce, con veinte minutos justos para comer dos bocados y  escapar rumbo al campo de deportes.

Llegué a la esquina algo acalorada. Pero por el camino me repetía que era absurdo ponerme nerviosa por cosas tan mínimas y cotidianas. Logré tranquilizarme un poco. Eso fue  hasta que el electricista del barrio me dijo cuánto me saldría el arreglo de la tostadora y la plancha.

-¡Para eso las compro nuevas! –exclamé, escandalizada.

-Estas son buenas, señora. Las baratas resultan una porquería.

Regateamos un poco y al final se las dejé (por cinco pesos de rebaja). Me apremiaba el tiempo.

La vidriería tenía un cartel pegado en la puerta que decía: “me fui por un rato, deje su mensaje en el lavadero”. Me sumergí en el local de al lado.

-¿Podría dejarle las medidas del vidrio a usted, y después lo paso a buscar? –le pregunté, esperanzada, al encargado.

-Ah, no señora. Yo sólo recibo mensajes.

Quise explicarle que ése era uno, pero sólo conseguí que me tomara el nombre y el número de teléfono. El vidriero se pondría en contacto conmigo –me aseguró. ¿Cuándo?

-Ah, eso no lo sé señora. No depende de mí. Yo sólo recibo los mensajes.

Miré el reloj: ya eran casi las once, y aún no había hecho mis llamadas telefónicas pendientes.

El locutorio tenía cabinas libres y no me costó nada comunicarme, pero los pasajes de interno a interno, músicas incluidas, y los “está en reunión” o las evasivas de algunos contadores para darme “fecha de pago” me hicieron perder  el poco tiempo y la paciencia que me quedaban.

Salí de la telefónica, a las once y cuarenta y cinco, totalmente histérica. ¡Corría por la calle! En quince minutos llegaría mi hija menor dispuesta a engullir su almuerzo en dos bocados... ¡y yo no tenía nada comestible para darle! Pasé por una panadería y pensé. “ ¿Y si comprara algo hecho?” Entré y mientras encargaba unos suculentos sándwichs de milanesa, me entretuve mirando las masas secas, las tortas y los budines (los dulces son mi perdición). Recién entonces recordé la invitación de mi amiga Raquel.

-No se olviden de venir el miércoles a la noche a comer.

-Claro, ¡te llevo unas masitas para el café!

Y en medio de aquella  mañana complicada, sonreí por primera vez.

No voy a contarles cómo fue el resto del miércoles. Ya se sabe que cuando el día empieza complicado, no mejora, empeora. Pero la perspectiva de comer con un grupo de matrimonios amigos me mantuvo con el ánimo en alto hasta la noche.

Cuando por fin estuvimos todos juntos departiendo alegremente como corresponde (los hombres por un lado, las mujeres por el otro), ya entre nosotras, cada una dio rienda suelta a su crisis cotidiana.

-Me despierto mareada. El otro día fui al médico y me dijo que tenía  la presión alta, ¡que me calme! Pero te juro que a veces con sólo ver toda la ropa que se me junta para lavar ¡me dan palpitaciones! –dijo Marta; que con siete hijos (desde la Facultad hasta el Jardín de infantes), materias que rendir para terminar su carrera, talleres una vez por semana y tareas domésticas a cargo, se la veía estresada.

-Yo creo que a veces hay que aprender a decir que no. Por ejemplo, el otro día yo llegué del colegio agotada. Había sido un día terrible. Encima los dueños están tan atrasados en los pagos que al día veinte ninguna de nosotras había cobrado. Bueno,  fui y me tiré en la cama, con dolor de cabeza y de cuerpo y todos los síntomas de una gripe. Como en sueños creí oír que mis hijas mayores me preguntaban qué hacían de comida. Medio dormida les contesté que había un pollo crudo y papas. ¡Y seguí durmiendo hasta las nueve! Cuando me desperté las chicas habían hecho todo – dijo orgullosa Susú, directora de un Jardín y madre de familia numerosa.

-Sí, pero estoy segura de que si levantabas un pie de la cama, aunque sólo fuera para ir al baño, ellas hubieran pensado ya estabas bien y se te terminaba la ayuda. Yo a veces pienso, seriamente, que me vendría bien enfermarme para descansar un poco –suspiró Victoria, que además de ser arquitecta y colaborar con una parroquia, tiene a su cargo la casa y a dos hijos en etapa de adolescencia aguda.

-¡No digas eso! –exclamé yo, aterrada (todas conocen mi fobia a las enfermedades)-. Creo que la culpa es nuestra, por no pedirles más seguido que nos den una mano. ¡Nuestras hijas mayores ya son grandes!. Cuando se les pide algo con firmeza, lo hacen.

-Sí. ¡Pero a qué costo! –intervino Silvia que trabaja jornada completa en un banco, tiene dos chicas de diecisiete y diecinueve y un varón de trece-. Primero se pasan la pelota entre ellos: “que a mí hoy no me toca”, “que ella siempre zafa”, “que yo tengo que estudiar”, “que son mis únicas vacaciones” “que él porque es varón nunca hace nada”. Entonces mi marido se pone nervioso y...

-Si uno pudiera sentarlos a todos y hablar del tema en familia –interrumpió Marta-. Claro que para eso tienen que estar de acuerdo los maridos. Y no es fácil.

Todas coincidimos que no era nada fácil conseguir la anuencia de los padres. Cada una repitió por turno los principales argumentos masculinos.

-¡Pobrecitas! ¿No ves que tienen que estudiar?

-¡Dejálas que vivan su vida ahora!. Ya les va tocar hacer esas cosas cuando se casen.

-¿Por  qué te enojás y los retás? No ves que ellos no se dan cuenta.

Mientras nosotros nos desahogábamos de las vicisitudes diarias, Raquel, nuestra anfitriona, iba y venía con fuentes de empanadas y canapés; servía vino y gaseosas; proveía de platos y servilletas; alcanzaba un cenicero; corría una silla...

-Raquel, ¡descansá un poco! No nos atiendas tanto. ¿A qué hora llegaste a tu casa hoy? –nos compadecimos a coro.

-A las nueve. Pero no se preocupen, chicas. Por suerte mañana es feriado –dijo con alegría.

Y todas recordamos sus clases de francés con idas y venidas desde y hacia los distintos colegios, los cursos de perfeccionamiento, las clases particulares, sus tres chicos adolescentes,  la casa y...

De pronto se hizo un silencio al otro lado del living. En la mesa grande donde estaban reunidos los maridos (riéndose a carcajadas de sus chistes machistas) se habían quedado sin empanadas y sin tema. Se volvieron a mirarnos con curiosidad, y uno de ellos alzó la voz.

-Ustedes que no paran ¿de qué hablan? ¡Vamos, cuenten!

Intercambiamos miradas cómplices, y una de nosotras contestó:

-¡De crisis de mujeres!

(c) María Brandán Aráoz

Publicado en el libro "Cuentos para tiempos de crisis" Editorial San Pablo

Sobre la autora: Ver Galería de Escritoras y Escritores en Archivos del Sur

 
 
Diseño y desarrollo por: SPL Sistemas de Información
  Copyright 2003 Quaderns Digitals Todos los derechos reservados ISSN 1575-9393
  INHASOFT Sistemas Informáticos S.L. Joaquin Rodrigo 3 FAURA VALENCIA tel 962601337