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Estás aquí:  Inicio >>  Cuentos, poemas, relatos >>  Centauros por Jorge Dávila Vázquez, desde Ecuador
 
Centauros por Jorge Dávila Vázquez, desde Ecuador
 

"Hermana, he soñado que un centauro me miraba.
Agazapado entre los mirtos nocturnos; con la luz de
la luna cayendo sobre los setos de jazmín, me miraba.
Vi sus enormes ojos, centelleando en la sombra. Casi
te puedo decir que percibí su olor intensamente animal y
al mismo tiempo de hombre. Algo como una ola de calor
me invadió al sentir su respiración agitada."
CENTAUROS
 
A Carlos Rojas, Daniel Rogers y Anthony Lobdell.
1
-Madre, tú nunca me has dicho que era diferente. Sentía tu amor día y 
noche, cubriéndome, con esa ternura tuya, digna de los inmortales, pero 
por qué nunca me dijiste que más allá de estos bosque en que crecí, de estas
 aguas transparentes, que tú repetías se parecían a las de la fuente Castalia; 
a lo lejos, en esos valles que apenas se divisan desde el pico más alto, habitan
 unos seres distintos a nosotros, con un cuerpo extraño, en el que apenas hay
 dos patas, y una constitución vertical que a nosotros nos está negada. 
¿Por qué, dulce madre, que cantabas de un modo tan hondo, tan triste, 
que conmovías a las fieras y las duras rocas, no me dijiste que esos que un 
buen día descubrí y me parecieron seres abominables, deformes, incompletos, 
nos consideran monstruos?
 
 
 
2
 
Miró a la ninfa que se bañaba en el pequeño lago, y experimentó un deseo 
terrible, extraño, como jamás había sentido por las hembras de su especie.
Largos días estuvo agazapado entre las ramas, esperando que ella viniese a 
tomar su baño en la laguna, pero la maravillosa mujer, como hecha de una 
sustancia tan blanca como el mármol de Paros, no volvió.
Entonces le atacó una tristeza tan profunda, que nada ni nadie lograba curar. 
Ni las fiestas de los jóvenes centauros a la luz de la luna, ni la ebriedad que él 
y sus compañeros empezaban a experimentar, ni las largas y desenfrenadas 
carreras en que participaban machos y hembras, en igualitaria y veloz rivalidad,
 ni los escarceos sexuales en que terminaban estas competencias. El cuerpo 
diferente de la ninfa estaba clavado en sus pupilas a todas horas, en el día y 
en la noche.
Pero el resto de la manada era indiferente a su ansiedad. Por eso, nadie 
entendió la locura súbita por la que fue atacado el día que volvió a verla, y 
la pasión desesperada, torpe, con que quiso poseerla, inútilmente, en medio 
del sarcasmo de los otros centauros y del enfado de todas las ninfas de los 
contornos, armadas por la diosa Artemisa con feroces lanzas, arcos y 
puntiagudas flechas.
 
 
 
 
3
Hermana, he soñado que un centauro me miraba. Agazapado entre los mirtos 
nocturnos; con la luz de la luna cayendo sobre los setos de jazmín, me miraba.
 Vi sus enormes ojos, centelleando en la sombra. Casi te puedo decir que 
percibí su olor intensamente animal y al mismo tiempo de hombre. Algo como
 una ola de calor me invadió al sentir su respiración agitada.
Y cuando desperté, hermana, aunque no logré mirarlo, estoy segura que 
estaba allí, en el jardín, antes que saliera el sol. Quedaba la huella de sus 
cascos en la hierba, unas flores destrozadas y un fantasma de su olor, en que
 se mezcla, de modo inverosímil, lo humano y lo equino, hermana, créeme.
-No existen los centauros, pequeña.  Tranquilízate, y toma tu desayuno.
La hermana mayor se repite a lo largo del día que son locuras de muchacha, 
exaltaciones de una mente joven, que los centauros no existen. No existen.
Pero al llegar la noche, no puede dormir, y vigila en la sombra de su alcoba. 
Tiene los ojos fijos en el jardín bajo la luna, pero nada turba la paz de los 
jacintos, los nardos y la magnolia, hasta que el sueño la vence. Al amanecer, 
sin embargo, un vago ruido la despierta. Apenas cubierta corre hacia el jardín.
 No ve nada. Los centauros no existen... pero, ¿esas huellas de cascos en la 
hierba gris de aurora, y ese olor particular, que compite con el de los jacintos 
y los nardos maltratados? Un caballo, eso es, un caballo de alguna granja
 vecina. Sí, un caballo, hasta que se eleva melancólico el sonido de una 
zampoña viniendo desde un bosquecillo de cipreses perfumado de 
madreselvas. Sigue la música hasta encontrar al tañedor: el ser más triste 
de la tierra, que huye despavorido, a todo lo que le dan sus cuatro esbeltas 
patas, apenas la ha sentido llegar.
 
 
 
 
 
 
4
 
Inmenso, indiferente, brutal, corría por los montes, sin otra preocupación 
que demostrarles a todos sus iguales que era el más vigoroso, el dueño de 
una fuerza descomunal, el ágil, veloz y poderoso Neso.
Mas, un día, casualmente, pudo contemplarla, larga, calladamente. Fue como
 un relámpago, una visión, pero su pobre alma, en la que se disputaban una 
parte el hombre, el guerrero, y otra la bestia indómita y salvaje, se oscureció
 para siempre.
-Deyanira, murmuraba en la montaña. Deyanira en los arroyos, que empañaba, 
enfurecido. Deyanira, entre los árboles y las breñas. 
El viejo Titoón lo oyó, mientras escuchaba arrobado el canto de los pájaros
 en un recodo de la montaña.
-¡Cuidado! Advirtió. Cuidado, ella es la pareja del hombre más fuerte de la 
tierra, Herakles, al que algunos llaman Hércules, cuyo padre es el mismísimo
 Zeus que mira de lejos. ¡Cuidado!.
Pero la pasión de Neso crecía con ardor, y le envenenaba la sangre, 
volviéndola un líquido negruzco capaz de incendiar cuanto tocara. Le dañaba 
el corazón. Le llenaba de ácido las entrañas. 
Titoón volvió a encontrarlo un día, vagando por los riscos más alejados y 
agrestes.
-Estás enfermo, Neso. Sentenció. Báñate en las sagradas fuentes de las
 Ninfas. Implora a los dioses, para que te den la calma, para que apacigüen
 tu corazón en tormento, para que te purifiquen.
-Es tarde, repuso. Y huyó a galope.
 
Titoón, el anciano, se enteró tiempo después que Herakles matara a Neso, 
que el veneno ardiente de su sangre, legado en el momento de la muerte, 
por el centauro, a Deyanira, como filtro de amor, había terminado con la 
vida del hombre más fuerte de la tierra: al ser untado en una de sus prendas, 
lo quemó vivo.
-El odio es el peor de los tóxicos, se lamentó entre lágrimas, calcina aún más 
que la lava, destruye, mata. 
Y escuchó nuevamente el galope enardecido de Neso, la última vez que lo vio.
5
 
-Maestro Kirón, ¿por qué somos así? Esta mezcla de luminosa sabiduría y 
oscuro salvajismo; esta amalgama confusa de arte e ignorancia; esa paz que
 nos hace contemplar en silencio los campos cubiertos de nieve, y esa violencia,
 capaz de destruir todo lo que se pone ante nosotros, cuando la furia interior 
se desata;  este insaciable deseo de alcanzar el cielo, y al mismo tiempo un 
ansia enfermiza de destruir las estrellas con nuestros propios cascos; esa 
luminosa posibilidad de casi igualarnos con los dioses y esa oscura tendencia a 
comportarnos como bestias? Tú que eres tan sabio, que conoces la música, 
la medicina, las artes y las ciencias como para enseñárselas a las divinidades, 
¿puedes aliviar mi espíritu de estas incertidumbres?
-No, joven Aurience. No, ni yo ni nadie puede decirte por qué los centauros
 somos todo eso que bien has dicho. Solo añadiré que cuando observo el 
comportamiento feroz de ciertos animales, me digo a mí mismo, aquí está la
 raíz de nuestra agresividad y de nuestras tendencias destructivas. Pero,
 muchas veces, analizando lo sanguinario que es el ser humano, su espíritu 
belicoso, su insana pasión destructiva, me convenzo que toda la maldad
 que llevamos dentro nos viene de la naturaleza humana, que compartimos. 
 
6
 
El poeta agoniza. Alrededor de su lecho hay infinidad de siluetas casi
 transparentes, a  través de las cuales ondean las grandes sombras que
 proyectan las llamas de las velas.
Llegan los centauros en tropel, y el resto de figuras fantasmales se confunde 
con los contornos de los muros, como movidas por un viento de desazón, 
un poco atemorizadas las princesas, las mujeres de cuento y de leyenda, las
 amadas ideales, las que salieron de la historia, de la Escritura, de la 
imaginación, las marquesas de Francia, las sirenas germánicas, las 
encantadoras de las fábulas, las estatuas vivientes y sus pajes, sus caballeros, 
sus señores, sus esclavos.
En todos esos personajes hay un estremecimiento ante la muerte inminente de 
su cantor.
Rubén Darío está llegando a su muerte. Los fantasmas de los oscuros días 
y los bellos espectros de su juventud llena de música y amoríos fáciles, lo miran 
silenciosos y un tanto nerviosos por la presencia de los grandes cuadrúpedos
 con torso humano. Los abruma la extraña hermosura de sus cabezas, de sus 
rizos que caen sobre los fuertes hombros; la fuerza de unos brazos inmensos y
 musculosos; el poder de unos pechos y unas espaldas que parecen fundidos
 en bronce por el mismísimo Hefesto, dios de los herreros y herrero divino 
él mismo.
De pronto se escucha como una salmodia que sale del grupo:
 
"La Muerte es de la Vida la inseparable hermana.".
"¡La Muerte! Yo la he visto...
Es semejante a Diana, casta y virgen como ella...
Y lleva una guirnalda de rosas siderales.
En su siniestra tiene verdes palmas triunfales,
Y en su diestra una copa con agua del olvido."(1)
Viejo amigo ha llegado tu hora, bebe ya de de su copa y deja que te corone 
con sus palma.
 
Y cuando han terminado esa especie de pagana plegaria, lo miran por última 
vez, con una profunda ternura, casi inverosímil en seres de doble y agresiva 
naturaleza, y se alejan  en un galope hacia ninguna parte, que oprime los 
corazones de todos los que rodean el lecho del poeta que acaba de morir.
 
 
(1)(Los versos están tomados de “El Coloquio de los centauros” de
 Rubén Darío).

 (c) Jorge Dávila Vázquez

 

Sobre el autor:

Jorge Dávila Vázquez (Cuenca, 1947). Ha explorado en su escritura

 los diversos géneros, pero es fundamentalmente narrador. Por dos

ocasiones obtuvo el Premio Nacional de Literatura "Aurelio Espinosa

Pólit"; con la novela María Joaquina en la vida y en la muerte (1976) y

 con el libro de cuentos Este mundo es el camino (1980). Recibió el

Premio Nacional de Teatro de la CCE., por su pieza Espejo Roto(1990).

Algunas de sus obras más importantes son: El dominio escondido (1992), Cuentos breves y fantásticos (1994), Acerca de los Ángeles (1995),

César Dávila Andrade, combate poético y suicidio (ensayo, 1998)

Memoria de la poesía y otros textos (lírica, 1999), las novelas breves

 La vida secreta (1999), Pipiripao (2000), y los cuentarios Libro de los

 sueños (2001), Premio "Gallegos Lara" del Municipio de Quito, Arte de

 la brevedad (2001), Historias para volar (2001) y Entrañables (2001).

Sus cuentos constan en más de una docena de antologías, varias de

ellas bilingües en español francés, alemán e inglés. Redactor corresponsal

 en Cuenca de las revistas Diners y Cultura del BCE, y articulista de Diario

Hoy de Quito.
Recientemente, Palavreiros del Brasil le incluyó en su Portal de Literatura Latinoamericana

 
 
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