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Estás aquí:  Inicio >>  Cuentos, poemas, relatos >>  El chino, cuento de Roberto Olivera Unda, desde México
 
El chino, cuento de Roberto Olivera Unda, desde México
 

Un nuevo cuento del escritor mexicano Roberto Olivera Unda, enviado para Archivos del Sur, desde México.

El chino

 

Era grandulón.

No mal parecido.

Y bien plantado tanto a pie como a caballo.

Se dice la verdad. No por reconocerla va a ser uno menos hombre.

Para las mujeres miraba de un modo muy tierno. Parece –decían ellas– pedir siempre una limosna de consuelo para su tristeza, que debe ser muy grande. Y por eso nos quitamos las puntas para conseguir ser la que lo que lo consuele.

En opinión de los hombres valía más no mirarlo. Y mucho menos a los ojos, porque entonces parecía echar lumbre por allí. Pero eso no era lo peor, sino el tono de voz tan tranquilo para la pregunta, o la bravata como algunos la entendieron.

¿Ya me miró bien, amigo? ¿Soy el que busca?

Lo decía, repito, sin alterarse para nada. Y la verdad, casi nadie llegó a contestarle. Solamente se supo de dos, y en sus casas hubo café esa misma noche. Bueno, quesque digo la misma noche, cuando quise decir la misma en que a cada uno de ellos se le ocurrió tantearse la hombría.

El chino caminaba con garbo. Pisando fuerte. Cualquiera habría podido pensar que su pueblo no le gustaba y por eso pateaba ese suelo con tanta muina. No era así, desde luego. Lo puedo decir a la segura porque alguna vez, delante de mí, unos fuereños le ofrecieron muy buen dinero por ir a su tierra a amansar unos caballos. Como quedaba lejos, se negó a pesar de que subieron un buen tanto lo ofrecido.

Me han de dispensar –les dijo– Aquí, o en los alrededores, en lo que pueda servirles. Tan lejos no, porque no puedo dejar mis otras atenciones.

Y para el tiempo de siembras faltaba mucho. Y tampoco era tiempo de poner el fierro a la caballada y recortarle las crines. Ni estaba arrendando algún animal, ni propio ni ajeno. Fue por puro amor al terruño. Eso no me lo saca nadie de la cabeza.

Tenía el pelo muy negro y ensortijado. A lo mejor por eso, para lucírselo mejor a las muchachas, no por fanfarrón como decían los hombres, le gustaba usar muy echado hacia atrás el sombrero, casi a media cabeza, sostenido por el barboquejo. Y ya que hablé de esto, esos sombreros se los traían de lejos, muy bonitos por cierto, de alas bastante anchas, arriscadas en el frente y en la parte de atrás, y sin embargo ligeros. Pero, comencé a hablar de su pelo y vuelvo a ello porque esa era la causa de que le dijeran “el chino”. Así lo conocía toda la gente. Así le decían delante y detrás de él, aunque su nombre haya sido José Inés Rasgado, cosa que muy pocos llegamos a saber.

Yo no soy de ese pueblo. Por ese motivo no puedo preciarme de haberle conocido desde siempre. Estuve a punto de hacerlo desde una vez cuando, en una de las cantinas del lugar, ca don Chuy como la gente la nombraba, tomaba yo la copa con unos amigos de él por cuestiones de negocios. Esos valedores, dos hermanos, tenían un corral y criaban muy buenos gallos que yo les compraba para jugarlos en las ferias de toda esa región.

Bueno, pues allí estábamos con que salucita y un trago al mezcal y ese gallo colorado tiene buena pinta pero como que lo están sobre preciando. Y otra vez salucita y un nuevo trago y no mi amigo, ese gallo vale en plata lo que pesa, si por algo fue el primero que apartó, Y Ud. no es de los que se dan con una piedra en los dientes. Le va a dejar muy buenas ganancias, ya verá. Os encontrábamos en esa plática, que en esas condiciones se hace más interesante, cuando se oyeron los pasos en la calle y, por lo recios, en vez de seguirle a la contesta, me quedé atento a oírlos. Los otros lo notaron. Quién no iba a hacerlo. Uno de ellos me dijo:

–Es el Chino, un amigo de nosotros. Ojalá que le de por entrar. Conocería Ud. a un hombre muy cabal. El mejor arrendador de caballos de la región. A lo mejor algún día se le llega a ofrecer y, lo que es a nosotros, hasta la presente no nos ha negado nada.

El ruido de pasos nos dio a conocer que el hombre había seguido su camino. Y nos disponíamos a volver a coger la plática en el punto donde la habíamos dejado, cuando se oyeron los tiros. Salimos a ver qué había pasado, pues los galleros le tenían mucho aprecio al Chino, no fuera a ser el baleado. La idea no duró mucho en la mente de los galleros, pues a un lado de la puerta encontramos, tirado boca arriba, con los brazos abiertos y un balazo en la frente, a un hombre.

–A éste lo acabo de ver allá adentro –les dije–. Cuando oyó los pasos se puso muy inquieto. Como que buscaba donde meterse. Pero, cuando oyó que se alejaban, se echó la copa de un trago y salió. Miren a qué. Más le hubiera valido quedarse donde estaba. ¡Pobre hombre!

–¿Pobre? –me reclamó uno de los galleros; y si lo digo así, fue por el disgusto que no pudo disimular en el tono y quedó aclarado en lo que siguió–. Bien merecido que lo tiene. Seguro quiso venadear al Chino.

Entonces noté la pistola tirada a un lado del difunto. Con el tiempo, vine a saber el completo de la historia. El Chino iría a media cuadra cuando el otro le apuntó, con toda calma, también a la cabeza pues le perforó la copa del sombrero. Según dicen, hasta se detuvo la derecha con la otra mano y así soltó el primer tiro. El Chino se dejó caer. Ya en el suelo, se echó a rodar para no seguir ofreciendo un blanco fijo y para poder voltearse. Mientras, el traicionero tuvo la oportunidad de tirarle, aunque nomás otras dos veces porque el Chino nomás una tuvo que hacerlo. Se levantó, guardó la pistola, se sacudió la ropa, levantó su sombrero miró el daño, se lo puso y siguió a andar. Dobló al llegar a la esquina porque ese era, de por sí, su camino.

Se decían de él muchas cosas. Por ejemplo, que era capaz de poner sobre una corcholata los seis tiros de la Smith & Wesson que usaba, en el tiempo que otro disparara la carga de una automática al aire. Eso hasta yo lo pongo en duda, porque no puedo asegurar lo que no me consta. Y si hubo alguno que lo viera, fue de esos galleros que con el tiempo llegaron a ser mis amigos, y que lo eran de él desde chamacos. Los únicos de su confianza. A lo mejor hasta los dos llegaron a verlo, pero ninguno de ellos fue quien me lo dijo.

También al Chino lo llegué a tratar, y bastante. Lo suficiente para cobrarle estimación. Por eso puedo afirmar que era un buen hombre y no un fanfarrón. Para acabar pronto, era como deben ser los hombres cabales. Tampoco trató de hacer pensar a todos como yo. Por eso y porque los hechos saben hablar mejor que las palabras, voy a contar lo siguiente: sucedió en una noche de jolgorio, porque, lo que sea de cada quien, ese pueblo era bien alegre. Fiesta de lugareños, estreno de ropas, vendimia de antojitos y cerveza, bailecito... ya Ud. sabe. Por entonces, el Chino noviaba con una tal Antonia, muchacha de no malos bigotes con la que había dilatado ya un buen tiempo. Ella fue a esa fiesta con una tía y a buena hora se vio en la necesidad de retirarse. José Inés hubiera podido seguir a divertirse, no le habría faltado con quién, pero ya no quiso. Prefirió ir a sentarse en el quicio de una puerta desde la cual, esos amigos que ya le platiqué y un servidor mirábamos el bailongo y así participábamos en la refocilación. Allí seguíamos los cuatro en gran coloquio con la amable compañía de una botella cuando, un valedor ya pasado de tragos se acercó y, como ir a dar con otro cualquiera, fue a dar con el Chino. Se le paró enfrente, con los brazos en jarras, y con la voz pastosa de los borrachos le dijo:

–¡Qué hubo, amigo!

No fueron las palabras, después de todo no eran sino un saludo como cualquier otro, sino el modo de decirlas y la altanería del tipo aquel, parado así como le dije, y mirándole a los ojos. Con lo que del Chino se sabía, temí lo peor.

–Pues la fiesta –respondió el chino con mucha naturalidad–. Y se ve que la aprovechaste.

–Así es –dijo el otro ya en tono de plática de amigos. O se le olvidó en lo que andaba, o lo reconoció y aprovechó la coyuntura, la cosa fue que en vez de seguir buscando pleito, se acuclilló frente a él y empezó a entrar en confidencias–. Vieras qué viejorrón agarré... Lástima. Es casada. ¿Lo oyes bien? Me salió casada. No deja de ser un compromiso. ¿O no? Con seguridad ustedes la conocen, se trata de...

–¡Párale ahí nomás! –lo atajó el Chino muy a tiempo–. Tampoco nosotros queremos compromisos. ¿Así que eso es lo que celebraste?

–Pues sí. Así fue de primero. La seguí de muina, vales. ¡Por Dios! No sé qué me pasó, pero creo que se me está volviendo tristeza. Cómo me duele que me haya salido casada. Recién llegada.... ¿Quién se lo iba a figurar?

–Pues, por ahora, lo mejor sería que te fueras a descansar. Ya así, ni disfrutas. Al cabo que hay más tiempo que vida.

–No. Pues tienes razón, ya así como ando ya no disfruto. Entonces, me despido.

–Si quieres, te acompaño –le ofreció en tono sincero y por eso convincente el Chino–. No sea que por ahí encuentres alguna otra entretención.

Mientras se lo decía, se levantó y ayudó al borrachillo a levantarse. –Ahorita regreso –nos advirtió, y se lo llevó entretenido en amistosa plática.

–Parece tenerle buena estimación –comenté.

–Le conoce como a cualquiera otro del pueblo. Pero, lo que es trato con él, no lo había habido –me explicó uno de los galleros, ya para entonces también mis buenos amigos.

–Así es el Chino –agregó el otro–. Nunca hace caso a tonterías de borracho. Algunos hasta lo han insultado. Y ni así lo han hecho perder la paciencia.

Traje al caso este ejemplo para que Ud. pueda entender, no nada más cómo era el Chino, sino también lo sucedido unos meses después.

También debo aclararle que José Inés no tenía la costumbre de ir a las cantinas. Raras fueron las veces que llegó a hacerlo, y siempre por buscar la compañía de esos nuestros buenos amigos. Si acaso, tomaba una copa, si estaba como para eso; de otro modo, pedía una limonada. Se podía pasar la noche con dos o tres refrescos, y no era menos alegre que los que tomábamos aguardiente. Si de cantar se trataba, él cantaba; si de platicar nomás, José Inés tenía un buen repertorio de historias y de anécdotas, algunas propias y otras que su abuela le había contado.

Esa otra tarde de meses después, sin otro quehacer y ya para dar las seis, decidimos ir a pasar un rato en la cantina, por cierto la misma del principio de mi plática, mientras se hacía buena hora para llevar serenata. Uno de nuestros amigos galleros tocaba muy bonito la guitarra, a los dos se les juntaba el Chino y no lo hacían mal en eso de la cantada. El interés por Antonia no se le había acabado al Chino y era ella la del primer lugar en la lista de esa noche.

Más plática que mezcal, nos dieron allí las ocho. José Inés se levantó a orinar y en eso, cerca de la puerta, vio al borracho tratando de incorporarse; después de cada intento y ante el fracaso, se ponía en cuclillas. Se veía ya bastante cansado el hombre, si así se puede llamar a una porquería como de metro y medio y tan esmirriado como si toda su vida la hubiera pasado a medias raciones. Por eso se ha de haber compadecido de él.

–No me tardo –nos vino a decir Voy a llevar a ese vale a su casa.

Se echó un brazo del borracho a la cintura. Por la espalda, metió el brazo izquierdo por debajo del de su protegido y así se lo llevó. En esa misma cuadra, según nos contaron después, dos veces tuvo que levantarlo. En la siguiente calle dieron vuelta, rumbo a la casa del fulano aquel a quien, por mal nombre, le decían “el Chicatana”, lo cual no es otra cosa que una hormiga de esas coloradas. Tal vez le pusieran así por su tamaño de hormiga y su color güero enchilado.

La plática y más mezcales, cuando nos dimos cuenta eran ya las nueve y media. Por despacio que el Chino hubiera caminado con el Chicatana. Bueno, ni cargándolo en peso era como para que se tardara tanto.

–A lo mejor ya se fue a dormir –se me ocurrió comentar.

–No sabe hacerlo de ese modo –dijo con preocupación uno de los galleros–Siempre se despide. Además, la serenata de esta noche fue idea de él... Se me hace que de esa cama ya no se levanta. Seguro que esa Antonia ya le dio su agüita de coco.

–Pues entonces, a lo mejor se dio una escapadita a verla –volví yo a decir–. Siempre es mejor modo de pasar el rato. ¿No creen?

–¡Áshcale! Eso sí puede ser.

–Sea como sea, vayamos a buscarlo –dijo el otro hermano.

A esas horas, las calles del pueblo estaban solas, a oscuras y en silencio. De ese modo estaba también la ventana de la casa de Antonia, y eso ya no nos gustó. Camino a la casa del Chicatana hallamos al Chino tirado cuan largo era y boca abajo. Acabé de entender por qué le decían así al maldito aquel. Esas hormigas saben picar feo, y en la espalda de José Inés se podían contar más de veinte piquetes; lo ha de haber apuñalado hasta que se le cansó el brazo, aún después de haberle dado muerte.

Fuimos a la casa del Chicatana y entramos con violencia para no prevenirles. Nos dijeron la verdad y no llegaba todavía, y por lo tanto ni volvería a llegar, o supieron esconderlo muy bien porque lo buscamos allí a conciencia. No ha vuelto a dejarse ver en su pueblo. Tal vez, andando el tiempo, en alguna otra parte...

A la tarde siguiente, cuando llevamos a enterrar al Chino, alguno de los asistentes contó que el día anterior, desde poco antes de la hora de comer, el Chicatana empezó a tomar con su grupo de amigos en ca doña Pime. Esto no era ni para ser contado, pues hacerlo así era una de las costumbres de ese sujeto; pero, cobraba importancia porque allí el Chicatana tuvo un altercado con alguien ajeno a ese grupo, un tal Marcial quien, nada más para ponerlo en paz, le dio una bofetada. Al parecer, consiguió su propósito porque el Chicatana se puso por completo sosiego y salió a sentarse en el quicio de la puerta. Allí esperó paciente hasta ver salir a ese otro grupo con el cual andaba Marcial. Con gran disimulo los siguió y con igual paciencia volvió a esperar en la puerta de esa otra cantina donde el grupo aquel se metiera. De allí, se fueron a esa donde nosotros estuvimos esa noche. Algún otro amigo del Chicatana le vio allí, en la calle, parado cerca de la puerta. Compadecido de su soledad le sacó una botella de aguardiente de caña que el Chicatana vació con avidez, por lo que su amigo tuvo que repetir la acción. Esa segunda botella, de poco más de un cuarto de litro como la anterior, ya no la bebió a la desesperada, sino a traguitos. Una ración así de ese aguardiente, bebida de esa manera, es como para tumbar a un hombre corpulento, cuantimás a un pedazo de hombre como el Chicatana. De tan borracho como estaba, ni cuenta se dio de la hora en que Marcial y sus amigos se fueron de allí. Hasta es posible que haya dormido un rato la mona tirado a un lado de esa puerta. La necesidad de más chínguere lo hizo entrar a la cantina deteniéndose de las paredes. De esta manera avanzó hasta donde se le cansó el caballo, que fue donde se dobló en cuclillas, donde, en mala hora, el Chino lo encontró y se compadeció de él.

El Chicatana ya no supo ni a qué hora se le fue ése a quien tanto tiempo había estado esperando. Pero, la idea de matar quedó grabada en la mente del borracho.

En alguna parte muy noble ha de haber hundido la primera vez su puñal, para doblar al Chino sin darle lugar a defenderse.

Todavía se me figura un imposible.

 

(c) Roberto Olivera Unda

Datos del autor: en Galería de escritoras y escritores

 
 
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