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Los Cantos de Maldoror por Araceli Otamendi
 

Yo creo, dice Andre Breton, en la fusión futura de esos dos estados, aparentemente tan contradictorios: el sueño y la realidad, en una especie de realidad absoluta, de superrealidad.
Lautremont y Rimbaud fueron para el grupo de Breton la encarnación mítica de sus ideales poéticos. Isidore Ducasse, conde de Lautremont y autor de “Los cantos de Maldoror” escribió una obra que “se yergue como un enigma casi insultante por su resistencia a los esfuerzos elucidadores de historiadores, críticos y biógrafos”.

Los cantos de Maldoror

(Buenos Aires) Araceli Otamendi

Yo creo, dice Andre Breton, en la fusión futura de esos dos estados, aparentemente tan contradictorios: el sueño y la realidad, en una especie de realidad absoluta, de superrealidad. Lautremont y Rimbaud fueron para el grupo de Breton la encarnación mítica de sus ideales poéticos. Isidore Ducasse, conde de Lautremont y autor de “Los cantos de Maldoror” escribió una obra que “se yergue como un enigma casi insultante por su resistencia a los esfuerzos elucidadores de historiadores, críticos y biógrafos”. Lo maravilloso, lo fantástico está en esa obra. Según el prólogo de “El reino de este mundo” de Alejo Carpentier: “... y hoy existen códigos de lo fantástico, basados en el principio del burro devorado por un higo, propuesto por los Cantos de Maldoror como suprema inversión de la realidad, a los que debemos muchos “niños amenzados por ruiseñores”, o los “caballos devorando pájaros” de André Masson. Pero obsérvese que cuando André Masson quiso dibujar la selva de la isla de Martinica, con el increíble entrelazamiento de sus plantas y la obscena promiscuidad de ciertos frutos, la maravillosa verdad del asunto devoró al pintor, dejándolo poco menos que impotente frente al papel en blanco. Y tuvo que ser un pintor de América, el cubano Wilfredo Lam, quien nos enseñara la magia de la vegetación tropical, la desenfrenada Creación de Formas de nuestra naturaleza – con todas sus metamorfosis y simbiosis -, en cuadros monumentales de una expresión única en la pintura contemporánea”. En el mismo prólogo se afirma: “Para empezar, la sensación de lo maravilloso presupone una fe. Los que no creen en santos no pueden curarse con milagros de santos”.... También, relacionando la obra de Lautremont con el héroe de “El reino de este mundo”, dice: “Hay un momento, en el sexto canto de Maldoror, en que el héroe, perseguido por toda la policía del mundo, escapa a “un ejército de agentes y espías” adoptando el aspecto de animales diversos y haciendo uso de su don de transportarse instantáneamente a Pekín, Madrid o San Petersburgo. Esto es “literatura maravillosa” en pleno. Pero en América, donde no se ha escrito nada semejante, existió un Mackandal dotado de los mismos poderes por la fe de sus contemporáneos, y que alentó, con esa magia, una de las sublevaciones más dramáticas y extrañas de la Historia”. Al final del prólogo hay una pregunta: ¿Pero qué es la historia de América toda sino una crónica de lo real-maravilloso? Hace pocos días se estrenó “Maldoror” en el Teatro Colón. La ópera de Leo Masliah es un digno homenaje al extraño canto poético de Isidore Ducasse. Y tal vez, como anhelaba André Breton “Los Cantos de Maldoror” han sabido preservar su misterio.

Bibliografía:

Lautremont, “Los cantos de Maldoror”, Editorial Cátedra Alejo Carpentier, “El reino de este mundo”, Editorial Quetzal

Andre Breton, "Manifiestos del surrealismo", Editorial Argonauta

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