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Estás aquí:  Inicio >>  Cuantocuento >>  La niña de las luces - Leticia Otazúa
 
La niña de las luces - Leticia Otazúa
 

ilustraciones de Julieta Escobar

La niña de las luces

                                                             

   La niña entró en la habitación a oscuras. Con suma tranquilidad se dedicó a soplar cada una de las velas que había allí dispuestas. A medida que soplaba, las encendía. Simplemente las encendía a su paso.

  Esta habilidad la había tenido desde siempre. Cuando su padre la descubrió, una noche tormentosa en la que tardaba en hallar las cerillas, quedó petrificado. Luego recordó una historia oída a sus abuelos en la que aseguraban que hubo en su familia una mujer, nacida en una nación al otro lado del mar, que tenía el mismo talento.

  Al principio, de común acuerdo, los padres le prohibieron terminantemente a la niña que hiciera alguna demostración frente al mundo. Durante unas jornadas frenéticas se dedicaron a indagar en otras artes similares, pero bastante desorientados comprobaron que no podía mover objetos con el pensamiento, ni lograr que los animales realizaran extrañas acrobacias, ni detener los vientos, provocar la lluvia y mucho menos silenciar a la distancia los berrinches de cada mañana del hijo menor de sus vecinos. Ella sólo sabía encender las velas con el hálito mágico de su soplido.



   Por supuesto, en un momento de descuido y de hora de siesta, mientras los padres descansaban y hermanos y primos jugaban bajo la vieja higuera, la niña habló como al pasar de sus poderes. Sucedió lo inevitable: una y otra vez hubo de iluminar lo que otros apagaban, sólo para diversión ajena y para sentirse requerida y admirada.

  La llamaron de un circo; la invitaron las vecinas a tomar el té con masas, chocolates, bombones y, de más está decirlo, velas apagadas en primorosos candelabros.

  El juego se tornó aburrido de tan repetido y la presión de la curiosidad constante obligó a sus padres a juntar sus pocas cosas y emigrar a otra comarca.  



                                                                                                 

  Pero su fama era más rápida y llegaba siempre antes. Después de mucho andar, de probar estrategias de disimulo, de conocer pueblos y más pueblos, sus padres suspiraron una tarde de cansancio mirando a su niña. Ella sólo sostuvo las miradas con ojos inocentes, esperando como siempre una orden que, obediente, cumpliría, como pidiendo perdón por su magia. Los dos a un tiempo, quizás porque les había llegado el momento de la comprensión, entendieron que habían vivido con vergüenza lo que era una bendición. La acariciaron, le dieron gracias por las veces que los había iluminado y la dejaron jugar como si nada con nuevos amigos en ese nuevo lugar. 

  Dicen en mi pueblo que la niña vivió muchísimos años, tuvo cantidad de hijos que le regalaron una multitud de nietos ruidosos y alegres. Nadie sabe si alguno heredó la capacidad de encender las luces con sólo soplarlas, pero todos en mi pueblo están absolutamente convencidos de que la niña sigue siendo niña en la dimensión de los sueños y hasta la invocan antes de dormirse para que alumbre, aunque sea un poco, la oscuridad de sus pensamientos.


(c) Letizia Otazúa

ilustraciones: Julieta Escobar

 
 
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