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Leer es una fiesta- Carlos Marianidis
 

desde Buenos Aires

LEER ES UNA FIESTA



La pelea era durísima.

A cada momento, los contrincantes miraban hacia el mismo lugar, como suplicando que alguien hiciera sonar la campana final.

Después de recibir el golpe número noventa mil diez, uno de los boxeadores gritó, cubriéndose el rostro.

- ¡Detente... detente!

El adversario, también cansado de tanto golpearlo, bajó los brazos y suspiró con gran alivio. Ambos se acercaron a la pantalla de la computadora y el primero que había hablado se quitó los guantes y golpeó con los nudillos contra el vidrio.

El ruido, apenas audible, sonó tímidamente en la habitación oscura. Pero nada...

- ¡Yo sabía! –dijo el otro, meneando la cabeza como un robot- ¡Se ha quedado dormido! ¿Y ahora qué haremos?

Los pugilistas eran exactamente iguales. Bueno... casi iguales. Sólo se diferenciaban entre sí por un detalle: uno (el que se había quitado los guantes) era rubio, en tanto que el otro tenía el cabello rojo.

El rubio quedó pensativo, sin mover una sola parte de su cuerpo, con la mirada puesta en Martín, que dormía con el control remoto en la mano. Luego giró la cabeza y le ordenó al pelirrojo que lo golpeara con toda la fuerza que pudiera.

El pelirrojo comprendió el plan inmediatamente y, con una sonrisa grande y blanca, noqueó al rubio de un solo golpe en el mentón.

La habitación se llenó de una espantosa música de circo a todo volumen y la pantalla

comenzó a brillar con un cartel fluorescente escrito en inglés, mientras el rubio era reanimado por su compañero.

Martín despertó sobresaltado, aunque sin sorprenderse demasiado y enseguida quitó el audio. Pero el terror lo invadió cuando se levantó del sillón para apagar la computadora y se encontró con las caras de los dos boxeadores, que tenían sus narices aplastadas contra el interior del monitor y lo miraban con idéntica expresión de fastidio.

Pasó un largo, interminable minuto en el que todo fue silencio.

El primero en moverse fue el rubio, que abrió y cerró la boca varias veces, mostrando su inmaculada dentadura, sin cambiar de gesto. Luego quedó como congelado, mirando de costado al pelirrojo, quien sólo dejó ver los dientes dos veces. Al cabo de unos segundos, ambos volvieron a tener la inquietante mirada del comienzo. Cualquiera hubiera creído que se habían dicho algo.

Martín, tan inmóvil como los personajes del monitor, apenas atinó a subir nuevamente el volumen. La música había cesado.

El niño se refregó los ojos con la palma de las manos, pensando que estaba en medio de un sueño y se volvió para buscar, entre sus diskettes, algún otro juego. Pero esta vez quedó petrificado, con verdadero pánico: una voz metálica habló detrás de él, con tono amenazante.

- ¡Eh, niño!

Venciendo el miedo con dolorosa dificultad, Martín giró lentamente hasta quedar de frente a la pantalla.

En primer plano, los boxeadores lo miraban fijamente a los ojos.

- ¡Hace dos horas que nos estamos golpeando! –se quejó el pelirrojo- ¿No tienes ganas de ir al jardín, a tomar un poco de aire fresco?

Hubo un largo silencio.

- ¿Qui... quiénes son ustedes? –tartamudeó el pequeño.

Los boxeadores se miraron entre sí y sonrieron del mismo modo, como si uno hubiera sido el espejo del otro.

- ¿Cómo que “quiénes son ustedes” ? ¿Nos has visto siete días a la semana y no sabes quiénes somos?

- No... –respondió Martín, confundido.

- Yo soy Ringo Stone –se presentó el rubio- y mi compañero, Sugar Boy. Y tú eres Martín.

- ¿Có... cómo lo sabes?

- Porque entre golpe y golpe, escuchamos cuando tu madre te llama a hacer las tareas de la escuela.

- Y como debe gritarte varias veces, porque no le obedeces, hemos aprendido tu nombre de memoria –se rió Sugar.

Martín, ofendido, dio media vuelta y caminó hacia la puerta.

- ¡Qué pena que este niño no sepa leer, Ringo! ¡No sabe lo que se pierde! –siguió comentando el boxeador.

- ¡Sí sé leer! -protestó Martín, parándose nuevamente frente a la computadora.

- No le creo –pensó Ringo en voz alta, ajustándose el pantalón- Ni siquiera sabía cómo nos llamábamos... ¡Y eso que ha visto nuestros nombres todos los días en los títulos del video!

- ¡Yo no miro los títulos! –se defendió Martín, levantando los hombros y poniendo las manos en los bolsillos de su campera.

- A mí me parece que no sabe leer –bromeó Sugar, como si no lo hubiera escuchado-

Allí, en un rincón, veo un libro que tiene dibujado un caballo en la tapa... ¿Lo ves, Ringo?

- ¡No es un caballo! ¡Es un burro! –corrigió Martín, ya molesto.

- Sí, lo veo –contestó Ringo-. Parece que es un libro de matemáticas, ¿verdad?

- No es de matemáticas. Es un libro de cuentos –volvió a corregir Martín.

- ¿Ah, siiiiií...? ¿Y cómo se titula? –preguntaron los personajes a dúo.

- Se llama “Platero y yo”.

- ¿Y quién lo escribioooooó...?

Martín tomó el libro y leyó con cierta dificultad.

- Juan Ra... Ramón Ji... ménez.

- Ah, ya sé –murmuró Sugar-. Sabe de memoria lo que dice la tapa, pero es seguro que nunca lo ha leído.

Martín bajó la cabeza y comenzó a mover la punta de sus zapatillas, enfurecido.

- ¡Sí que lo he leído!

- ¿Y es bonito? ¿Qué dice? ¿De qué trata? –se acercaron los boxeadores a la pantalla a curiosear entusiasmados, sin quitar los ojos del libro.

- Eh... no recuerdo –dijo Martín con malicia y, después de dejar el libro en la mesa, frente al monitor, se alejó rápidamente, dando un portazo.

Afuera, la tarde era maravillosa, con un sol brillante y cálido.

Las largas sombras de los álamos –poblados de gorriones- estaban echadas sobre la calleja de adoquines. Junto al cordón de la vereda, resquebrajada por helechos testarudos que se abrían paso y explotaban en blandos abanicos verdes, algunas palomas bebían el agua que corría cuesta abajo, desde el deshielo de las montañas hasta el centro del pueblo viejo.

Un vecino invitó a Martín a jugar con su pelota y así transcurrió una hora entera, hasta que aquél fue llamado por su madre para tomar la merienda.

Nuevamente solo, Martín regresó a su dormitorio. En puntas de pie, abrió la puerta sin hacer el menor ruido y miró en dirección a la computadora.

En la pantalla, los boxeadores estaban asomados sobre un costado –Sugar sobre los hombros de Ringo-, tratando de ver el libro lo más cerca posible.

- ¿Qué están haciendo? –los sorprendió Martín, con un grito tal que Ringo perdió el equilibrio y cayó a la lona junto a su compañero.

- Que...queríamos ver –dijo Ringo en voz baja, avergonzado al haber sido descubierto.

- Sí... –agregó Sugar-. Pasamos tanto tiempo golpeándonos, que quisimos aprovechar que tú no estabas, para divertirnos un poco también nosotros. .. Pero es una pena que ninguno de los dos sepa leer, si no, nos podríamos entretener con esos cuentos.

- ¡Yo sí sé leer! –dijo orgullosamente Martín, cruzándose de brazos.

Los boxeadores –todavía en la lona- se miraron como consultándose mutuamente y luego, de un salto, acercaron sus caras a la pantalla.

- ¿Es cierto? Entonces... ¿nos... nos podrías leer un cuento?

- ¿Leer un cuento? ¡Es muy aburrido! –rió el niño a carcajadas.

- ¡No...! ¡Tú no sabes lo que es aburrirse de verdad! Nosotros estaremos aquí, siempre encerrados, siempre golpeándonos, siempre haciendo lo mismo... Pero tú, que sabes leer, puedes abrir un libro distinto cada día, sentarte al sol, lejos de este cuarto oscuro y conocer lugares, personas, viajar en el tiempo sin moverte de tu silla... ¿No es fantástico?

Martín dudó un momento. Quitó el libro de la mesa y lo escondió detrás de su espalda. Sugar y Ringo lo miraron con sus grandes ojos, muy abiertos, pero ahora con una expresión diferente, a la espera de una respuesta a su pedido...

Sin saber muy bien por qué lo hacía, Martín acercó el sillón a la pantalla y se sentó. Luego abrió el libro, mientras Sugar y Ringo se recostaban sobre las sogas del ring y escuchaban con atención.

- “Platero es pequeño, peludo, suave; tan blando por fuera que se diría todo de algodón, que no lleva huesos. Sólo los espejos de azabache de sus ojos son duros cual dos escarabajos de cristal negro...” –comenzó a leer Martín la historia de un burrito, tan hermosa, que se preguntó por qué no la había leído antes.

Sugar y Ringo no se movían. Apenas abrían la boca para sonreír, o para preguntar algo que no entendían. Cuando ello sucedía, el pequeño trataba de explicarles, o simplemente tomaba papel y lápiz y les dibujaba a Platero, a las mariposas, a los pájaros. Poco a poco, la magia fue envolviendo las palabras de Martín y cada historia se convirtió en un dulce viaje por la ilusión y la belleza.

Así, cuando el libro llegó a su fin, los boxeadores aplaudieron con ganas, agradecidos por disfrutar tanto y rogaron que se les leyera otro libro.

- ¿Cuál quieren escuchar? –preguntó Martín, también deseoso de seguir leyendo.

- Ése de tapa verde que está ahí –señaló Ringo-, el que tiene un hombre con armadura

y una lanza y un caballo y molinos.

- ¡No! ¡Mejor aquél de tapa azul, el del niño con capa y corona, que está parado

sobre un planeta pequeñito que sólo tiene plantada una rosa! –eligió Sugar.

- ¡El de tapa verde! –insistió Ringo.

- ¡El de tapa azul! –repitió Sugar.

- ¡El verde!

- ¡El azul!

Martín alejó el sillón y se sentó a esperar a que se decidieran.

Y como no había acuerdo, pronto comenzó una discusión.

Sugar y Ringo se pusieron de pie, se calzaron nuevamente los guantes y –una

vez más- se golpearon el uno al otro, sin retroceder ninguno de los dos.

Y tantos, tantos golpes se propinaron, que la pantalla se colmó de luces y

mientras los títulos iban apareciendo, una música estridente sonó dentro de la

habitación.

Sobresaltado por el ruido, Martín corrió hasta su computadora y bajó el

volumen. Buscó a Sugar y a Ringo, pero ya no los encontró. Entonces comprendió

que se había quedado dormido como tantas veces.

Y por curiosidad buscó, entre todos sus videos y diskettes, ese libro “Platero y yo” y cuando lo halló, se sentó en el suelo a hojearlo, para ver si aquel burrito era tan encantador como en el sueño.

¡Oh, sorpresa...! Ese día encontró el placer de leer y descubrió que estaba rodeado de amigos de papel y tinta que lo podían llevar cuando él quisiera por caminos plenos de color y fantasía.

Y ahora, de tanto en tanto, cuando llueve o hace mucho frío para salir, Martín enciende su computadora y coloca el juego de Sugar y Ringo, sueña con los ojos abiertos que puede hablar con ellos e inventa él mismo sus propios cuentos.

Cuentos como éste que acabo de contarte.

© Carlos Marianidis

(Argentina) 

Extraído de:

“LAS SOMBRAS PERDIDAS y otras historias”, Editorial Libresa, “Colección Mitad del Mundo”

Quito, Ecuador, 2006.

 

imágenes: Juan Grela, sin título, xilografía,colección Museo de arte contemporáneo - Universidad Nacional del Litoral

Vicent Van Gogh, La lectora de novelas

 
 
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