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Paquito Destella - Nora Tamagno
 

desde Rosario, República Argentina

...De día, la luz de Paquito, pasaba desapercibida, pero de noche, no había forma de disimularla. La mamá no sabía si envolver al hijo en un abrigo o cubrirlo con una pantalla. La gente a su paso, se asombraba muchísimo. Hubo quienes pensaron que se trataba de una aparición o de un ser venido de otra galaxia. No faltó quien lo confundiera con un arbolito de Navidad. La fama de Paquito cruzó las fronteras y se organizaron excursiones para verlo. Los chicos lo miraban divertidos y los grandes, azorados. Se acostumbró a sacarse fotos con todo el mundo y se convirtió en una atracción turística...

Paquito Destella

 

Paquito Destella era una personita muy inquieta y con ganas de saber. Tenía una imaginación prodigiosa y estaba siempre dispuesto a embarcarse en cualquier aventura. No había misterio que él no se propusiera desentrañar ni enigma que no se animara a resolver. Siempre tenía el ojo listo para descubrir cosas interesantes, por eso, lo que le pasó, no le pasó tan de casualidad, porque sin duda, cada uno, busca su destino.

Iba un día Paquito caminando por un paraje arbolado a la vera del río, mientras miraba para arriba y para abajo con mucha atención procurando descubrir algo interesante, pero no veía más que árboles altísimos, con ramas como brazos entrelazados y pajaritos asomando de los nidos, cuando de pronto, un extraño objeto semioculto por la vegetación, lo hizo pararse en seco.

Lo inspeccionó de arriba a abajo, con mucho detenimiento. Sin duda, nunca había visto nada parecido. Por lo pronto,  se dijo,  eso no era un auto, ni una bicicleta. Tampoco era un monopatín ni un helicóptero. Paquito podía decir con certeza lo que esa cosa no era, pero de lo que no tenía la más remota idea, era de lo que en realidad podía ser.

Tomándose la barbilla con un gesto muy serio, dio varias vueltas alrededor de ese aparato desconocido y aunque con cierto temor, decidió investigarlo por dentro. Era más fuerte que él: no podía quedarse con la duda. Se trataba de un objeto circular, de base metálica y cúpula transparente como una burbuja de jabón. Disimulada, había una compuerta que Paquito abrió sin dificultad y por allí ingresó en su interior. Lo primero que tuvo ante sí, fue un gran tablero lleno de comandos extraños, luces y palancas. Con gran curiosidad, investigó todos y cada uno de los rincones. Tras una cortina plateada, vio que había algo parecido a la ducha del baño de su casa. Como no podía ser de otra manera, Paquito accionó la llave y...¡una sensación jamás experimentada le recorrió el cuerpo de la cabeza a los pies! Un chorro invisible y poderoso lo hizo girar como un trompo mientras tenía la sensación de que sus piernas se agitaban en el aire. Vio todos los colores del arco iris y se sintió volar por el espacio. No bien el movimiento cesó, Paquito quedó totalmente confuso mirando en derredor. Ese sitio le resultaba increíblemente misterioso y cautivante. Pese a que hubiera dado la vida por seguir husmeando, ya era tarde y decidió regresar. Seguramente, podría volver al otro día y continuar con la investigación.

En el camino, notó que  la gente que se cruzaba a su paso, lo miraba como a un bicho raro y que se daban vuelta para seguir mirándolo sin ningún empacho.

En cuanto abrió la puerta de su casa, aunque ya era de noche, vio que aún no habían prendido las luces. Sin embargo, cuando él entró, una claridad extraña iluminó el lugar. La mamá, que estaba en la cocina, corrió a recibirlo, pero al verlo, abrió los ojos tan grandes y empezó a retroceder con tanta cara de espanto, que Paquito pensó que había visto un fantasma. La mamá no podía hablar y daba grititos como un gato asustado sin lograr expresarse de forma normal.

-¿Qué te pasa, mamá?- preguntó Paquito, dudando de la salud mental de su madre, pero la señora hacía gestos desesperados, espantando moscas invisibles. En ese momento, entró el papá distraído, dando las buenas noches. Apenas giró la cabeza y vio a su hijo, cayó sentado sobre el sillón, transpirando copiosamente, como si hubiera estado en el desierto del Sahara bajo el rayo del sol. Paquito no entendía nada.

–Estarán un poco nerviosos después de una larga jornada - pensó en voz  baja. -Mejor me voy a bañar... y se fue a llenar la bañera con agua calentita.

Cuando entró en el baño, otra vez el extraño resplandor. No tuvo necesidad de prender la luz, porque dentro del baño estaba tan claro como si hubiera sido de mañana. Paquito se paró frente al espejo y en ese momento, fue él quien casi se desmaya. La figura que el espejo reflejaba no podía ser la suya, aunque se le parecía mucho. En realidad, era igual a él y todos dirían que en realidad era él, a no ser por esa extraña luz que despedía, tal como una linterna gigante. Muy preocupado, corrió escaleras abajo y encontró al papá y a la mamá totalmente confundidos, hablando tonterías. Al verlo entrar otra vez, envuelto en ese haz de luz, la mamá rompió a llorar desconsoladamente, pero el papá, respiró hondo y se le acercó tratando de mostrarse seguro.

-Hijo-  le preguntó con voz temblorosa -¿dónde has estado? ¿qué has hecho? ¿con quién estuviste?

Pero Paquito no sabía que contestar, alarmado ante la perspectiva de tener que resignarse a su nueva condición de antorcha humana.

–Ya mismo debemos llevar esta criatura al médico- dijo la mamá con voz trémula.

 -¿No será mejor consultar a un electricista? - preguntó el papá.

Después de analizar la situación, resolvieron que era más prudente, consultar al doctor y allí fueron sin demora. El doctor, que tenía mucha experiencia en niños pero no en veladores, lo miró desde la cabeza hasta los pies, buscando con disimulo el tomacorriente e hizo un gesto de duda. Lo midió, lo pesó, le tomó la temperatura, le auscultó el pecho y la espalda, le hizo decir “treinta y tres” y después de un largo silencio, dijo con voz grave:

-Señores, este chico está sano,  totalmente sano y lamento comunicarles que en la universidad no he tenido ocasión de estudiar el sistema eléctrico de una persona.

Apesadumbrados y sin murmurar una palabra, se fueron los tres de vuelta a la casa.

De día, la luz de Paquito, pasaba desapercibida, pero de noche, no había forma de disimularla. La mamá no sabía si envolver al hijo en un abrigo o cubrirlo con una pantalla. La gente a su paso, se asombraba muchísimo. Hubo quienes pensaron que se trataba de una aparición o de un ser venido de otra galaxia. No faltó quien lo confundiera con un arbolito de Navidad. La fama de Paquito cruzó las fronteras y se organizaron excursiones para verlo. Los chicos lo miraban divertidos y los grandes, azorados. Se acostumbró a sacarse fotos con todo el mundo y se convirtió en una atracción turística.

Al principio, la familia vivía sobresaltada y no se acostumbraba a la luz de Paquito. El perro no lo reconocía y le ladraba como a un fantasma pero la abuelita, que dormía al lado de su nieto, supo sacarle provecho a la situación. Como se levantaba cuarenta veces por noche para ir al baño y no encendía la luz para no molestar, siempre tropezaba con el jarrón de flores que la mamá había puesto al lado de la puerta. A partir de que Paquito adquirió esa luz tan misteriosa, la abuela se sintió feliz porque veía muy bien por dónde caminaba y ya no volvió a tropezar con las flores. Tampoco se repitieron las situaciones familiares conflictivas al momento de recibir la cuenta de la luz. El papá no volvió a quejarse, porque el gasto disminuyó considerablemente a partir de que Paquito se convirtió en farol. Tan intensa era la claridad que despedía, que a veces hubo necesidad de ponerse anteojos oscuros para mirarlo.

Pese a que el tiempo pasaba, nadie dejaba de romperse la cabeza pensando de qué forma Paquito se había transformado en ese objeto luminoso tan exótico. ¿Podría ser que como dormía cerca de la ventana con la boca abierta, se le hubiera metido una estrella? ¿O acaso un rayo de luna distraído ancló en  su pecho y ya no tuvo ganas de salir? ¿Se trataría quizá de la propiedad que tienen esos pececitos luminosos que nadan en las oscuras profundidades del océano? Las alternativas eran muchas, pero nadie daba en la tecla.

Un noche de verano, en que el cielo brillaba tachonado de estrellas y Paquito dormía sereno con las ventanas abiertas, un haz de luz se coló en la habitación silenciosa. Y ese haz de luz transportaba un pasajero diminuto, tan diminuto que cabía en la palma de la mano. Agilmente, saltó al alféizar de la ventana y desde allí contempló la habitación. Sin lugar a duda, estaba buscando algo. Llevaba una linterna en la mano para ver en la oscuridad de la noche, pero no tuvo necesidad de usarla. Instantáneamente, reparó en el niño que  dormía.

–Por suerte, lo he hallado- dijo evidentemente satisfecho.

 En menos de lo que canta un gallo, el extraño hombrecito, desprendió con sus hábiles manos la película luminosa que tanta conmoción había causado, la dobló prolijamente igual que a una camisa y la guardó en un maletín. Sonriendo, acarició la cabeza del niño dormido y se encaramó nuevamente en el haz de luz en el que había llegado. Un objeto circular, de base metálica y cúpula transparente, lo esperaba suspendido entre las nubes.

Todo volvió a la normalidad y la habitación quedó totalmente a oscuras. A la mañana siguiente cuando Paquito despertó, encontró sobre la almohada un sobre plateado que lanzaba destellos. Curioso como era, se abalanzó a abrirlo. Dentro, una cartita con letras menudas le decía:

-Me llevo lo que es mío y regreso a mi planeta. Te dejo mi foto de recuerdo y me llevo la tuya para que mis amigos te conozcan.

 Paquito miró a su escritorio y vio que donde antes estuvo su retrato, ahora sonreía la figura de un hombrecito al que jamás había visto, envuelto en un haz de luz que sí, conocía muy bien..

 

(c) Nora Tamagno

 

 

 

 

 
 
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