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El caballero de la aguja, Cristian Biosca (fragmento)
 

La novela "El caballero de la aguja" narra las aventuras de un particular personaje
El caballero de la aguja, de Cristian Biosca (fragmento) “Zonna Trotasendas miró a su profesora de matemáticas. Hacía rato que hablaba, pero su voz era en sus oídos un murmullo lejano, como el zumbido de las abejas en primavera. Seguramente todos aquéllos números eran muy importantes, o al menos eso decían los mayores, pero él jamás había visto a ninguno de ellos utilizar aquellos complicados teoremas. Zonna prefería viajar con su imaginación, recorrer los Reinos y vivir aventuras, a escuchar absurdas explicaciones sobre un tal número “e”. Para un número era un nombre original, pero desentrañar sus misterios resultaba agotador. Sus padres le tenían terminantemente prohibido hablar de aventuras. Cuando para su duodécimo paso de las estaciones, pidió como regalo una cantimplora y un machete, su madre Modda, casi perdió el conocimiento. Su padre, por su parte, balbuceó incoherencias sobre él, que llevaba no sé qué en la sangre y que era algo de los genes que se saltan una generación. La siguiente herida que se hizo fue fruto de un atento análisis, más si Tosco, su padre, tenía razón, Zonna no vio que su sangre llevase nada fuera de lo normal. De haber tenido genes saltando estaba seguro de que los habría visto. Las únicas clases que podrían atraer la atención de Zonna eran Geografía, Ciencias Naturales y su preferida, Monstruos Comunes. Se había leído el libro de Monstruos mucho antes de que fuera necesario y estaba deseando que la profesora llegase al tema de los dragones. Comentárselo a sus padres y provocarles un ataque fue todo uno. Su familia era bastante reticente a todo lo que tuviese que ver con riesgo, aunque éste fuese calculado matemáticamente. De esa forma habían terminado con cualquier interés que le pudiese quedar por las mates. Únicamente su abuela Plumablanca le comprendía. Como abuela era bastante buena e incluso tenía ciertas rarezas que a sus ojos la hacían encantadora. Esas rarezas atacaban los nervios de Modda y Tosco. No es frecuente tener una abuela que lanza los cuchillos de cocina con puntería asombrosa, que se salta los escalones de dos en dos o que sabe leer los posos de té, escribir en los de café y beberse los de licor de bellota. La abuela Plumablanca le animaba con sus sueños de aventuras, a escondidas de sus padres, por supuesto. Zonna había decidido ser aventurero. Sabía que debía callarse y no comentar con sus padres aquellas ideas, pero por algún motivo misterioso, su lengua parecía cobrar vida propia en ciertas ocasiones y de pronto se encontraba exponiendo planes a su madre, aunque ésta llevase desmayada un buen rato. Para colmo de todas las desgracias habían decidido mudarse. A Zonna le gustaba su casa. Era una morada sencilla, modesta pero digna. Ahora su padre quería irse a vivir a un área residencial, a una seta adosada. Ya era bastante difícil que seres de otras razas le tomasen en serio siendo un gnomo, pero si además les decía que vivía en una seta, se convertiría en el hazmerreír de todo el mundo. Las clases que le gustaban habían terminado y aquella tarde tenía dos seguidas de matemáticas. Zonna estaba seguro de que en alguna parte existía una ley que prohibía torturar a los gnomos jóvenes. Dos clases seguidas podían ser incluso peligrosas para aquellos menos curtidos. Aprovechando que la profesora estaba escribiendo en la pizarra, Zonna escapó por una de las ventanas. El aula estaba situada en un viejo roble cubierto de hiedra. Las ventanas eran aberturas circulares practicadas en el tronco para que entrase la luz y, según pensaba Zonna, para que saliese él. A pesar de sus escasos doce centícodos de altura, no necesitó más que un momento para estar en el suelo del bosque y alejarse de la escuela corriendo. El otoño estaba avanzando y las hojas ocres de los olmos alfombraban el suelo, barrido por un frío viento del Sur: Uno de sus pasatiempos preferidos consistía en tomar impulso y saltar con los pies juntos sobre una hoja. Si lo hacía correctamente podía deslizarse un buen trecho guardando el equilibrio. Su abuela le dijo una vez que era parecido a hacer surf, y aunque Zonna y el resto de los gnomos de La ´Thrae, no sabían lo que era el surf, desde entonces llamaron así a aquel juego. Más tarde intentó capturar a una ardilla, para montar un rato, pero se le escapó por los pelos. Los de la cola concretamente, que se quedaron entre los dedos del muchacho. Desde una rama baja, la ardilla le dedicó unos insultos enfurecidos con sus chillidos agudos.”
 
 
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