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Poemas de Norma Segades-Manias, desde Santa Fe, República Argentina
 

Una aspereza tibia
de membranas sedientas y agraviadas
erizan las caricias
en la ciega intemperie de tus manos.
Ésas
con las que hiñes las harinas,
con las que anudas hebras minuciosas
y racimos de harapos.
Ésas que rozan las espaldas anchas
cuando tu hombre recuerda la ternura
y habitan las guaridas del relámpago.
El frío fija su estilete agudo
sobre el refugio de tu amor descalzo
como si aún no fuera suficiente
el bramido del río
desmadrado,...

Juan Migaja.

 

Afuera,

en el linaje de la noche,

las fauces de la luna desangran transparencias en las arterias místicas del agua

y suspende en la urdimbre de las hierbas

filamentos de escarcha.

Adentro,

en la tibieza,

el leño trasfoguero fosforece su vigilia quemada

–duende azul de ceniza enlutando senderos de hojalata-.

En la liturgia de la alfarería,

desde su blanda arcilla traicionada

Juan Migaja combate la inocencia con puños de aldabones,

con ojos humillados,

con corazón de piedra cuando estalla en la piel de la intemperie la ronca ingratitud de las cucharas.

Por los pliegues del hambre extravió el alfabeto y las hogazas...

y sin decreto

inciso

o codicilo,

heredó este cansancio que le deshila el alma.

Tendido sobre el vientre del planeta,

sueña que sueña sueños implacables de espigas y panales y naranjas...

Fantasma encadenado a la tristeza,

polvo en el polvo de la madrugada,

embriagado de sal,

sombra

y vinagre,

adelgaza su risa de hojarasca

y edifica en los límites del miedo

blancas torres lunarias

desde donde enarbola la miseria

la terca insurrección de la esperanza.

 

Libro “Habitantes del paisaje: Mi voz a la deriva”

 

La espera.

 

Junco de soledad en el rocío,

brizna de hierba clara...

hilvanando la ausencia del espinel maduro

por la trama de hogueras y tinieblas que ciñe lejanías a su pequeña torre sin campana,

la Ramona Gamarra esmerila la sombra

desde cajones huérfanos,

desde escamas,

desde agudos silbidos que no llegan,

desde puñales negros y cenizas,

desde espumas amargas.

La noche ha delineado las huellas de la luna

y en el regazo de pan duro y agua,

sus manos pescadoras crecen en el linaje del silencio cobijando la sangre,

el sueño,

la esperanza...

Extendidas y verdes,

las islas multiplican horizontes,

destiñen la distancia

Y en ese agobio de arenal y esteros,

ella custodia plumas bautismales,

apacienta insurrectas marejadas,

inmoviliza el viento,

establece un sendero para el remo y la proa tajante de la barca.

Sentadita en la orilla,

víctima de las garras de una feroz jauría de crepúsculos,

deshabitando el grito que la abisma por las grietas del alma,

en mitad de la escoria agonizante,

suspendida en la tarde que naufraga...

junco azul...             

breve brizna...              

garza leve...

aguardando la harina y el abrazo espinoso...

la Ramona Gamarra...

 

Libro “Habitantes del paisaje: La memoria encendida”

 

La mujer de los rezos

 

En vísperas del luto irrevocable,

cuando no hay más que desgarrar tinieblas,

cuando la sangre es un aliento inmóvil

y las lenguas de arena fugitiva

impacientan los miedos.

Cuando se quiebran voces amarillas

con la furia desnuda del silencio

y hay rumor de pestillos oxidados

y distancias

            y fiebres

            y gemidos

y garras de ceniza

han trazado una raya en los espejos,

su figura de gárgola raída

vigila los umbrales

a la luz mortecina de las velas

que consumen recuerdos

y eleva sus endechas desdentadas

desde el ritual nocturno de los rezos.

Es ella:

            la que aguarda en los rincones,

la que custodia el llanto y el destierro,

la que conoce el gesto,

            la consigna,

la pregunta final...

            y la respuesta;

la que asedia los párpados exángües

por la orilla del velo,

la que conoce el tiempo y la liturgia,

los rostros primordiales del que espera

junto al perfil menguante de la luna

y cuyo nombre no ha de revelarse

hasta que callen todas las trompetas

y ardan negros jinetes en el cielo;

la que exhuma jirones balbuceantes

para construir antiguos talismanes

que protejan las huellas...

Porque es preciso el viaje

            y el abismo

y el río que se oculta en la memoria

y el resplandor lejano de fogatas

en los ojos vacíos del barquero.

Es ella,

la nodriza,

la que mece

el último destino de los sueños,

la pálida hilandera de esta trama

donde la vida sólo es el reverso;

la testigo implacable del llamado,

la que,                     

de tanto acompañar ausencias,

es una sombra más entre las sombras...

una tallada máscara de arcilla

cobijando el asombro de los muertos.

 

Poesía inédita (nueva edición de “Mi voz a la deriva”)

 

Bogando ausencias

 

Más allá...

            más allá...

            proa al poniente...

A salvo de las aguas traicioneras,

de la furia salvaje,

            alucinada,

de la fuerza golpeando sobre el fango

como indómitos potros sediciosos

liderando manadas,

tensando cada músculo de espuma,

engendrando,

            en la huella de sus cascos,

un trueno subterráneo,

            amenazante

-sin cabestros capaces de humillarlos

a la conformidad de las amarras-

que cabalgan,

            bravíos,

            por el cauce,

excitados a muerte sus ijares

con espuelas de rabia.

Es necesario andar,

hombre y distancia,

por las viejas alturas de la costa

donde buscan refugio los silencios

de migración amarga.

Es necesario huir

bogando ausencias,

cargando,

            mansamente,

el bagaje de miedo en las espaldas

y guardar,

            por los sueños de la sangre,

la memoria furtiva de un recodo,

un harapo de luna entre los sauces,

la osadía de un trino en la llovizna,

la sombra de una garza...

mientras el llanto ardiente,

            amordazado,

mastica el desarraigo en las entrañas.

Más allá...

más allá...

sobre las grupas

salpicadas de greñas sudorosas

y lenguas erizadas,

asediados de oleajes invasores,

trepando soledades vulnerables,

en tanto

bufa el belfo persistente

contra la ruina gris de la barranca.

 

Poesía inédita (nueva edición de “Mi voz a la deriva”)

 

Canción sin cuna

 

Una aspereza tibia

de membranas sedientas y agraviadas

erizan las caricias

en la ciega intemperie de tus manos.

Ésas

con las que hiñes las harinas,

con las que anudas hebras minuciosas

y racimos de harapos.

Ésas que rozan las espaldas anchas

cuando tu hombre recuerda la ternura

y habitan las guaridas del relámpago.

El frío fija su estilete agudo

sobre el refugio de tu amor descalzo

como si aún no fuera suficiente

el bramido del río

            desmadrado,

la substancia extenuada de la yerba,

los rituales del hambre,

            el desamparo...

Como si aún no fuera suficiente

mecer antiguas nanas de mendrugos

sin reproche furtivo o cuestionario

o habitar las comarcas de la lluvia

cuando combate,

            vertical y aguda,

la pobreza del rancho.

Como si aún no fuera suficiente

sentir que hay otra vida deteniendo

las lejanas compuertas de la sangre

que recorre

por sendas incesantes,

tu estirpe de rocío,

            tu memoria,

tu arcilla amarga,

            tu dolor tallado...

Desde un tiempo de sombras y temores,

desde un tiempo de cielo agazapado,

peregrinas los días,

            las arenas,

las huellas de la luz en el ocaso

y entonas

            con murmullos desgreñados

toda la latitud de la esperanza

amamantando un sueño

a pura luna

en el légamo azul de tu regazo.

Maternidad costera,

            dura y honda,

útero de silencio y madrugada:

por el talle anegado de las islas

va tu canción,

            sin cuna,

            navegando.

 

Poesía inédita (nueva edición de “Mi voz a la deriva”)

 

(c) Norma Segades-Manias

Sobre la autora:

Norma Segades – Manias,  nacida en la ciudad de Santa Fe, Argentina, el 5 de junio de 1945, es autora de: Más allá de las máscaras (1989), El vuelo inhabitado (1990), Habitantes del paisaje en edición cooperativa, capítulo Mi voz a la deriva (1990/1991), Tiempo de duendes (1991), El amor sin mordazas (1992/1994/ 2004), Crónica de las huellas (2000/ 2004), Un muelle en la nostalgia (2001), A espaldas del silencio (2002), Desde otras voces (2004), La memoria encendida (2004) y Pese a todo (CD-2004)

Parte de su obra ha obtenido numerosas distinciones entre las cuales podemos citar el Primer Premio y Mención de Honor Certamen Provincial Alfonsina Storni (1988), Segundo Premio Nacional Certamen Plaza de los Poetas “José Pedroni” (1989), Primer Premio Edición Certamen Regional Rosalina Fernández de Peiroten (1990), Primer Premio Edición Certamen Internacional Villa de Martorell, Barcelona, España (1992) e integra la Antología Como ángeles en llamas, algunas voces latinoamericanas del siglo XX, editada por la Casa del Poeta Peruano con el auspicio y promoción de Abrace, Uruguay/Brasil (2004).

Ha actuado como jurado en certámenes nacionales e internacionales y, desde 1997, es co-directora de la Gaceta Literaria de Santa Fe.

En 1999 obtuvo el Premio Internacional Alicia Moreau de Justo y Primer Premio Nacional a la Excelencia Humana.

 

 

 

 
 
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