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El derecho a leer, por María Brandán Aráoz
 

EL DERECHO A LEER
Por María Brandán Aráoz

“Te lo compro, si lo vas a leer. Acordate de que el último que te compré todavía no lo leíste.” “ ¿Estás seguro? Después no digas que no te gusta.“ “¡Pero si en casa tengo montones de libros de cuando yo era chico!”
Frases como éstas se escuchan a diario en las librerías y Ferias del libro. Provienen de padres preocupados por asegurarse la lectura del libro pedido por los chicos.
Otros padres, acongojados, presionan para que ellos pidan libros

EL DERECHO A LEER

 

Por María Brandán Aráoz

 

“Te lo compro, si lo vas a leer. Acordate de que el último que te compré todavía no lo leíste.” “ ¿Estás seguro? Después no digas que no te gusta.“ “¡Pero si en casa tengo montones de libros de cuando yo era chico!”

Frases como éstas se escuchan a diario en las librerías y Ferias del libro. Provienen de padres preocupados por asegurarse la lectura del libro pedido por los chicos.

Otros padres, acongojados, presionan para que ellos pidan libros.

“Ya no sé qué hacer para que leas algo”. “ ¡Leé cualquier libro,  que te va a hacer bien!” “¡Vamos, elegí alguno o te lo elijo yo!”. “ ¡Así nunca vas a leer nada.” “ ¿No querés ninguno? ¿Y para qué vinimos?” 

Padres que nos leen, quizás ustedes pronunciaron frases como éstas con la sana intención de ocuparse del tema: que los chicos lean. Pero si van por ese camino, por favor, desistan. De este modo y, paradójicamente, lograrán el efecto contrario.

 

¡Esas ganas de leer!

 

Reflexionemos sobre frases como esta:Leer por placer es la única forma de ir  adquiriendo él habito por la lectura. Leer no es un bien en sí mismo, es un bien por lo que representa para cada chico.”

En mis charlas con los padres, siempre insisto en lo mismo: un libro bien recibido por los chicos, un cuento deseado por ellos, puede abrirles la puerta de entrada a la literatura. Una elección desafortunada (o peor si son varias) sobre todo al comienzo,  puede cerrárselas de un portazo.

Sería muy halagador para los padres que sus hijos fueron lectores. Para que no repitan su historia, si ellos no lo fueron, o para descubrir que sienten la misma inclinación, el mismo deleite por los libros que a ellos les impactaron de chicos. Desengáñense, los tiempos han cambiado y esto último se da en raras ocasiones. Muchos de los libres que los adultos disfrutaron en su infancia tenían y tienen otro ritmo narrativo, demasiadas descripciones y, salvo algunos clásicos que conservan una increíble vigencia, sufrieron los avatares del tiempo y perdieron actualidad. Ya se sabe que los chicos lectores leen de todo, pero a los que no lo son, los libros de hace dos o tres décadas pueden cansarlos y aburrirlos. 

Esto nos lleva al primer razonamiento clave: en materia de lecturas hay que respetar los gustos actuales de los chicos.

Estoy plenamente convencida de que muchos de ellos no leen o lo hacen en contadas ocasiones porque aún no han experimentado el primer amor por un libro. No han tenido la ocasión de descubrir un cuento o una novela que les apasionara en serio. No hubo flechazo entre el chico y el libro. Y cuánto más demore en producirse este enamoramiento, tanto peor.

Para los chicos (y grandes) lectores siempre hubo un libro inolvidable, una historia que nos conmovió, un mundo imaginario que hizo desbordar nuestras emociones y volar nuestra imaginación. Fue el primer amor literario que dio paso a los otros que llegaron después.

Si en cambio sólo hubo contactos tibios, forzados, con historias que no entusiasmaron ni conmovieron demasiado, las mediocres o malas experiencias, ya se sabe,  condicionan las relación futuras. En este caso,  entre el chico y el libro no habrá una buena comunicación.

¿Cómo descubrir al primer amor de tinta y papel? ¿Cómo nacen esas ganas de leer? El libro no los va a ir a buscar a su casa, el peregrinaje es a la inversa. Será conociendo muchos como se podrá elegir unos pocos; teniendo acceso a cantidades (dije bien) de libros diferentes como se hará la mejor selección. Y no importarán los que el chico descarte porque no logra pasar de las primeras líneas (hasta habría que disuadirlos de que los leyeran si no les gustan), sino aquellos que atesore para leer de un tirón.

Además del conocimiento y la variedad, está, lógicamente, el contacto con los libros. Como dije antes, no será quedándose en casa, frente al televisor o la computadora (sobre todo si no hay una biblioteca infantil con decenas de libros clásicos y actuales para elegir) que el libro ideal caerá en sus manos. La misión de los padres es acompañar al chico en su búsqueda, sin desesperar y sin perder las esperanzas. Recordemos:  cuanto antes se emprenda este camino literario, más pronto se verán los resultados. ¿Cuándo empezar? ¡Desde la primera infancia!

Algunas ideas para cualquier edad. Ir semanalmente con él o ella a la librería “para ver qué novedades hay”; visitar las Ferias del libro; asociarlo/la  a alguna biblioteca circulante; organizar un club de compra de libros con otros padres, regalar libros para cumpleaños y otras fechas especiales, son todas formas muy válidas de posibilitar el gran encuentro del chico con el libro.

¡Cuidado! Hacer de cupidos literarios no significa presionar, ni prejuzgar de antemano para asegurarse de que el chico lea. Significa ayudarlo a bucear en sus intereses y placeres, y en el mercado editorial, hasta hallar la perla negra que él o ella, aún sin saberlo, estaba esperando. Ser cupidos significa emplear tiempo y esfuerzo para encontrar los mejores libros para su hijo; leerlos primero y disfrutarlos, leérselos o comentarlos con el chico a cualquier edad; guiarlo con inteligencia en el camino de cada nuevo descubrimiento. Tener en cuenta la importancia de enriquecer al chico en su propio idioma y orientar la búsqueda hacia escritores de literatura infantil y juvenil argentinos y de habla hispana.

¿Y si los padres no son lectores ni les apasiona la lectura? Entonces valoricemos a aquellos que tenemos cerca y sí lo son. Promovamos la acción de un padrino literario que pueda ayudarlo a iniciarse como lector. Una tía, una abuela, una amiga, la madrina, la hermana mayor, en toda familia siempre hay un chico, adolescente o adulto lector que sabrá mejor que nadie contagiar el entusiasmo por la lectura y los libros.

Si a los padres no les apasiona leer, prueben de dar un paso al costado. Implica reconocer, aunque les cueste, que no son los indicados y delegar en otro la misión de encaminar al chico hacia la lectura. Es un acto de humildad, heroico y generoso, que a la larga dará sus frutos.

 

Los intereses infantiles cambian

 

A partir de  tercer grado, se empiezan a dejar de lado la fantasía pura, el absurdo, el cuento maravilloso, y se prefieren historias más  realistas, más verosímiles. Los chicos de nueve años están  ingresando en la pubertad, necesitan  encontrar  personajes actuales, de su misma edad, con los cuales puedan identificarse. También quieren que pasen cosas en los libros, que predomine la acción, la aventura, el misterio y aún el miedo, el amor. Aunque siempre son preferibles los finales bien resueltos, donde el lector no quede preso de la angustia sino inmerso en la esperanza. También es deseable que él encuentre en sus lecturas la sana catarsis del humor.

Acostumbrados a un mundo pleno de estímulos visuales y auditivos, los lectores actuales buscan un ritmo narrativo  ágil,  que conmueva sus sentimientos y estimule sus sentidos, con  muchos diálogos y no demasiadas descripciones. Libros que puedan competir con la vorágine de sensaciones que ellos encuentran en el mundo de hoy.

Para tener en cuenta: el chico no entiende la nostalgia (eso es para los adultos) ni tampoco acepta la ironía (no comprende ese doble juego de verdad-mentira), porque para él o ella las cosas son o no son.

En la elección del libro para una determinada edad, el padre y el maestro deberían evaluar la madurez lectora de los chicos. Es muy frecuente que un libro recomendado para una edad temprana, por el tema, no lo sea por su tratamiento y su escritura. Y a lo mejor al chico más grande que podría comprender su complejidad, ese libro no le interesa porque el argumento es aniñado. No sólo importa qué cosas cuenta el autor sino cómo las cuenta. 

En ocasiones un libro puede ser excelente, pero si a los chicos de un determinado grupo  les falta  ejercitarse en la lectura, no están preparados todavía para disfrutarlo. Entonces, por más bueno que sea, a ellos no les va a interesar ni servir. ” ¡Si es un clásico! “  No importa.  Un buen texto elegido a destiempo puede desanimarlos y perder su oportunidad, ya que tampoco querrán leerlo en el futuro. Elecciones desafortunadas ayudan a cimentar esa idea errónea y tan popular entre ellos:  “ La literatura es aburrida, pesada y difícil.”  

A veces se da el caso inverso, y a lectores muy avanzados, un libro recomendado para su edad puede parecerles demasiado simple y aburrirlos porque ya están maduros para libros más complejos.

Entrar en el mundo de un autor  implica aceptar sus códigos, sus reglas de juego y entregarse a ellas; es como emprender un viaje, vivir una aventura; ya sea fantástica, realista, absurda, de ciencia-ficción, misteriosa, terrorífica, romántica, tierna o humorística. Cuanto más adentrados estén los chicos en ese mundo de ficción poblado de personajes, más disfrutarán de la aventura que el autor les propone. Por eso es preferible abarcar menos y ahondar más. Mejor dejar de lado los fragmentos, como partes de un todo, y preferir la obra completa. Y alternar las antologías con novelas.

 

Un libro para comunicarse mejor

 

  Está probado. El chico desarrolla mejor su imaginación, sus percepciones, en una atmósfera donde él se siente considerado y apreciado en  su personalidad.  

¿No es apasionante escuchar a los chicos y comprobar cómo se identifican con ciertos pasajes de la historia, y hasta hacen catarsis trasladando sus problemas cotidianos al mundo de la ficción? Sí, el libro también nos da, por añadidura, la oportunidad de conocernos y comunicarnos mejor, de formar parte de la historia, recrearla, completarla.

Padres que nos leen, no bajen los brazos. El derecho a leer debería ser uno de los primeros a tener en cuenta en la infancia. Un derecho que les dará a los chicos la oportunidad de alcanzar ese don que nadie podrá quitarles: la posibilidad de ser felices en el mundo de la imaginación.

 

 

Bibliografía consultada: “ La motivación”, J. Nuttin, H. Pieron, F. Buytendijk. Biblioteca Persona y Sociedad. “ Los fracasos escolares”, André Le Gall, EUDEBA.

 
 
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