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La muerte de un barco, por Araceli Otamendi
 

Cuando empecé a pintar barcos noté que lo hacía con fluidez y alegría,
me había encontrado. Considero que el barco tiene tres momentos
el nacimiento en el astillero, la vida activa en las aguas y la muerte
en el cementerio de barcos. Como los seres humanos los barcos pasan
por tres etapas: esplendor, reparación y cementerio.


Benito Quinquela Martín

La muerte de un barco

 

                                               Cuando empecé a pintar barcos noté que lo hacía con fluidez y alegría,

me había encontrado. Considero que el barco tiene tres momentos

el nacimiento en el astillero, la vida activa en las aguas y la muerte

              en el cementerio de barcos. Como los seres humanos los barcos pasan

                           por tres etapas: esplendor,  reparación y cementerio.

                         

 

                                                                                                    Benito Quinquela Martín

 

                      Dicen que estoy muerto pero no me resigno. Me partí en mil pedazos aquella noche oscura. Choqué contra un arrecife y me deshice, pero no del todo, hay algo que está vivo y todavía siente. El mar me baña todo el tiempo y la cruel herrumbre me va carcomiendo las pocas paredes que me quedan. No estoy solo. Se han instalado corales que se prenden con una tremenda fuerza a mis mutilados brazos y se multiplican velozmente. También cobijo estrellas marinas, hipocampos y otros seres. Albergo un secreto: muy en el fondo hay un tesoro que varias expediciones de aventureros  no han podido encontrar. Uno tras otro han fracasado, se han cansado, se han ido, y mientras, el tesoro permanece oculto. Alguien lo descubrirá algún día, tal vez será demasiado tarde y ni siquiera me entere.

                      Me da tristeza ver como voy perdiendo mis paredes, cómo el gusano del óxido me carcome poco a poco hasta descarnarme. Nunca supuse que mis días terminarían así, yo que nací para algo grande, albergué tantas personas, participé de tantos viajes y aventuras, navegué por aguas tan diferentes, de colores tan distintos, supongo que ni siquiera  un pintor avezado podría lograr esa infinidad de matices en su paleta.

                     El golpeteo del agua me anuncia la proximidad de un barco; alguna vez grité pidiendo auxilio, ahora no puedo. Sé que ya no me buscan. También sé que la definitiva muerte se llevará el último pedazo de mi corazón. El agua me desgasta y estoy fatigado, casi no tengo voz. Veo los peces tan llenos de vida y trato de resistir, pero no puedo, estoy muy débil. La agonía llegó, no puedo salvarme, se acabó.

 

© Araceli Otamendi

                

 
 
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