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Grillo Gómez, un cuento de Carlos Marianidis
 

Si quieres cumplir tu sueño,
toca y toca tu canción:
sólo hay que poner empeño
¡y seguir al corazón!
 

GRILLO GÓMEZ



Hacía tiempo que Grillo Gómez estaba solo, en medio de su pequeña zanja, tocando y tocando ¡Cri-cri!... ¡Cri-cri! sus canciones, sentado en el mismo junco de siempre.

Vivía muy triste, porque era maestro de música y en ese lugar no había a quién enseñarle y, por lo tanto, se aburría todos los días.

De noche miraba el cielo, buscaba una estrella y jugaba a que ella le cantaba ¡Chis-chis!... ¡Chis-chis! cada vez que titilaba; entonces él la acompañaba ¡Cri-cri!... ¡Cri-cri! Y así, hasta quedarse dormido.

Hasta que una madrugada, mientras todo era silencio, una lluvia suave, suave, comenzó a caer. Y cayó tanta, tanta agua durante horas, que la zanja creció como un río.

Grillo Gómez se despertó por el frío y descubrió que estaba completamente mojado. Asustado, se abrazó a su junco, que se agitaba sin cesar. De pronto, sobre el agua, vio encenderse y apagarse un faro amarillo... Trepó hasta la hoja más alta y miró con atención.

- ¿Quién anda ahí? –gritó.

Nadando a toda velocidad, dos renacuajos empujaban –uno de cada lado- una hoja seca sobre la cual iba sentada una luciérnaga que cada vez que movía las alas parecía un relámpago.

- ¡No se asuste, maestro! –dijo una voz ronca- Somos los hermanos Rena; más rápidos que un delfin, más fuertes que una ballena.

- ¿Y qué llevan ahí? ¿Una lámpara?

- ¡Noooooo...! –contestó el otro renacuajo, atando ya el cabo de la hoja al junco-. Es nuestra amiga Lucía; nos conocimos en el viaje: a ella la trajo el viento y a nosotros, el oleaje.

Lucía batió las alas y de su pancita salió una luz brillante que significaba “Buenas noches”.

- Nosotros, atentamente, lo escuchamos día a día desde la zanja de enfrente –agregó el renacuajo.

- ¡Gracias! –exclamó Gómez, entusiasmado-. ¿Por qué no se quedan hasta que aclare? ¡Es muy peligroso que sigan adelante!.

Contentos por la invitación, los visitantes se quedaron.

A la mañana siguiente, el sol asomó su cabezota colorada sobre el horizonte y el agua empezó a bajar. La corriente había dejado sobre la orilla un montón de palitos, una botella gigante de plástico, media nuez vacía y un diario desteñido.

Los primeros en abrir los ojos fueron los hermanos Rena, que golpearon apenas la hoja para que Lucía se despertara.

Luego, Grillo Gómez bajó de su refugio, a darles los buenos días.

- ¡Hola, amigos! ¿Durmieron bien?

- ¡Sí, maestro! –contestó, desperezándose, un renacuajo- Su almohada de junco es muy cómoda.

- Y su zanja es más tranquila que una linterna sin pila –bostezó el otro.

También Lucía dijo algo con su luz, pero como ya era de día, ninguno la pudo ver.

- Bueno, Gómez... Todo está muy lindo, el peligro pasó, pero tenemos que irnos-agradecieron amablemente los renacuajos.

Grillo Gómez, con la mirada triste (porque nuevamente se quedaría solo), les ayudó a desatar la hoja de su junco y antes que partieran les tocó sus más hermosas melodías.

Al terminar, los hermanos Rena palmearon a rabiar el agua con sus colas, manitos y patitas y Lucía abrió y cerró las alas como diez veces.

De repente, uno de los renacuajos se llevó una mano al mentón y se quedó pensando un rato. Después le dijo algo al oído a su hermano y éste a Lucía.

- ¿Estarían todos de acuerdo? -preguntó, en tanto que Grillo Gómez, intrigado, enfundaba su instrumento-.

- Maestro: ¿qué tiene que hacer aquí?

Gómez, sin levantar la vista, habló melancólicamente.

- Éste es mi lugar... es aquí donde tengo que estar...

- ¡Pero si aquí nadie lo escucha! –replicó el renacuajo, confundido- ¿No le gustaría tocar en otras zanjas, conocer otro sendero, que lo aplauda mucha gente y, además, ganar dinero...?

- Y... sí, pero no me puedo ir de aquí... Aparte, no sé si a los demás les gustará lo que toco... si no me dará vergüenza... si...

Entonces, antes de que Grillo Gómez siguiera lamentándose, los hermanos se sumergieron y al rato aparecieron con una nuez partida al medio que habían visto cerca de allí.

- Maestro –se acercó a hablarle casi al oído un renacuajo-: use la imaginación. Lo más bello que hay es poder darle a los demás lo que uno sabe hacer. Estoy seguro que con la idea que tengo, usted va a ser más feliz que ahora y podrá vivir haciendo su música a toda hora...

¿Y saben como termina esta historia?

Todas las noches, los hermanos Rena pasean –uno de cada lado- su cascarón de nuez como si fuera una góndola. Y dentro de ella, iluminado por el farolito de Lucía, Grillo Gómez da conciertos y serenatas a los enamorados que quieran salir a navegar.

Y algunas veces, cuando hay luna llena –si uno se fija bien, pero bien- se puede ver a las parejas de hormigas o de escarabajos, haciendo fila para comprar sus boletos y dar una vuelta en góndola, al romántico compás del ¡Cri-cri!... ¡Cri-cri! de Grillo Gómez.

Y como dirían los hermanos Rena:


Si quieres cumplir tu sueño,

toca y toca tu canción:

sólo hay que poner empeño

¡y seguir al corazón!

(c)Carlos Marianidis



 
 
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