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Astrid Lindgren, una escritora universal, por Víctor Montoya
 

Desde Estocolmo, el escritor boliviano Víctor Montoya nos envió este texto sobre la autora de "Pippi Calzaslargas"

 

Astrid Lindgren, una escritora universal

 por Víctor Montoya(*)

Astrid Lindgren (Vimmerby 1907-Estocolmo 2002) nació en el seno de una familia campesina. Su infancia transcurrió en una vieja casa, cubierta con tejas rojas y cercada de manzanos, y en medio de una naturaleza a menudo pedregosa, donde los bosques de abetos y pinos están delimitados por las rocas arrojadas por las glaciaciones, y donde las flores de las fresas y el silbido de los mirlos conceden una sobrecogedora belleza al paisaje; panorama que Lindgren supo aprovechar como un valioso recurso en su creación literaria, junto a las mejores vivencias de su infancia.

A partir de los años ‘40, replegada en su hogar como ama de casa, Lindgren empieza a escribir regularmente, aunque sus atisbos literarios se advierten ya en 1923, año en que colabora en el periódico de su ciudad natal. En 1944 debuta con un libro juvenil de poca trascendencia. Empero, los libros que la sitúan en la cumbre de los escritores para niños son: “Pippi Calzaslargas” (1945), “Pippi se embarca” (1946) y “Pippi en los mares del Sur” (1948). Esta trilogía inspirada en los miembros de su familia y ambientada en los bosques, lagos y casas de Småland, se convierten en el mayor suceso editorial de todos los tiempos.

Según confesiones de Lindgren, se sabe que el nombre de Pippi lo concibió cuando su hija de 7 años, enferma de una infección pulmonar en el invierno de 1941, le pidió que le narrara, a fin de matar el tedio en sus horas de encierro, las aventuras de una niña llamada “Pippi Calzaslargas”. Dos años más tarde, mientras Lindgren reposaba de una fractura en la pierna, aprovechó su tiempo para escribir las aventuras de esta niña traviesa que pronto daría la vuelta al mundo.

El manuscrito se lo obsequió a su hija, cuando ésta cumplió 10 años de edad. Ese mismo año, 1944, la sometió a consideración de la prestigiosa editorial Bonniers, que desaconsejó la publicación de la obra. No obstante, como suele suceder con los libros que no encuentran editor dispuesto a correr los riesgos, “Pippi Calzaslargas” mereció el primer premio en el concurso literario convocado por la editorial Rubén & Sjögren en 1945. El jurado calificó la obra de “original, apasionante y cargado de un humor desarmante”. En efecto, su personaje central, una niña pecosa, de trenzas tiesas y calzas largas, gana de inmediato el corazón de los niños, quienes se identifican con el lenguaje y las aventuras de su personaje que, ostentando todos los atributos de los niños traviesos, vive la realidad en forma maravillosa, sin que intervengan necesariamente elementos mágicos o fabulosos.

El desbordante éxito del libro hizo que los críticos escépticos quedaran sorprendidos y pasmados, pues consideraban que Pippi era una figura amenazante para los adultos y dañina para la conducta moral y ética de los niños. Mas lo que no sospecharon los críticos fue el hecho de que este libro respondía a las exigencias de la época, y que “Pippi Calzaslargas” -una niña que desafía a los maestros, que no tiene preocupaciones económicas, que ridiculiza la autoridad de los policías, que hace malabarismos en el alero del techo y levanta en vilo un caballo- sería traducida a más de 60 idiomas, solicitada en las pantallas y consagrada como la obra más leída entre los niños.

Después de Pippi, Lindgren publicó la trilogía: “Los niños de Bullerbyn” (1947), “Más sobre los niños de Bullerbyn” (1949) y “Es divertido en Bullerbyn” (1952). En estos libros, a diferencia de los anteriores, los personajes son seis niños que no viven de manera anárquica ni se rebelan contra la autoridad de los adultos; por el contrario, todo lo que se escribe está visto por los ojos de Lisa, una niña armónica de 7 años, quien vive en un ámbito idílico, donde el juego y la fantasía ocupan un rol central, como en “Madita” (1960) y “Lotta en Bråkmakargatan” (1961), que son libros escritos con toda espontaneidad y sin mayor esfuerzo estilístico. No se relatan aventuras excepcionales, sino hechos cotidianos, en los cuales los niños se divierten con frenesí y sus deberes se transforman en un hálito de alegría y compañerismo.

Los libros “Miguel, el travieso” (1963), “Nuevas aventuras de Miguel” (1966) y “Otra vez Miguel” (1970), están basados en la infancia de su padre, Samuel August, quien, además de relatarle las peripecias de su vida en el campo, le proporcionó datos sobre la rica tradición folklórica del sur de Suecia; material que la autora eleva a un auténtico nivel literario y usa como inagotable fuente de inspiración. De modo que las aventuras de Miguel, a tiempo de trasladarnos a un ambiente conservador y patriarcal de principios del siglo XX, nos cuenta con ingenioso humor las anécdotas de un niño que, con furia y amor, procura burlar la autoridad del padre en afán de llegar a ser un individuo respetable entre los pobladores.

Si Pippi representa la rebeldía y Lisa la armonía, entonces Miguel es la combinación de ambos factores, puesto que representa a un niño en todas sus dimensiones. Sin embargo, en los “círculos radicales” de los años ‘60 se vio a Miguel como al prototipo del capitalista agrario; cuando en realidad este niño, que a los 5 años de edad podía domar un toro, tiene todas las cualidades de un luchador social, pues es capaz de abrir las puertas de una despensa de par en par, para dar de comer a los más necesitados; actitud que, por lo demás, ningún capitalista asumiría de buena voluntad.

Es fácil constatar que los libros de Lindgren están escritos desde la perspectiva de los niños, sin olvidarse que éstos, al igual que los adultos, tienen sentimientos contradictorios acerca de la vida y la muerte, los sueños y la realidad, la alegría y la tristeza, el miedo y el coraje. Así, en “Mio, mi Mio” (1954) y “Los hermanos Corazón de León“ (1973), se plantea la dicotomía bueno/malo y el tema de la muerte, que hasta mediados del siglo XX era tabú en los libros infantiles. “Mio, mi Mio”, que es el primer cuento extenso de Lindgren, arranca de una realidad sentimental concreta, para luego ingresar por vía mágica al mundo de la fantasía: un niño huérfano está sentado en un banco de la ciudad y, con el golpe de la imaginación, se traslada a un país remoto, donde es nombrado hijo de un rey y convocado a cumplir la hazaña de matar al representante del mal, encarnado en el jinete Kato. En este libro, además de exaltar los valores humanos positivos, se utiliza varios elementos estilísticos de los cuentos de hadas, como los poderes mágicos, las capas invisibles, las espadas extraordinarias, los caballos alados y otros recursos sobrenaturales.

El personaje principal de “Los hermanos Corazón de León“ es Skorpan, un niño enfermo, desamparado, que aguarda la muerte tendido sobre un sofá, para ir al encuentro de su hermano mayor, Jonathan, quien murió al arrojarse de la casa incendiada por salvarle la vida. El día en que vuela Jonathan convertido en ave, Skorpan entiende que lo viene a recoger para llevarlo a Nangijala, que no es un paraíso sino un continente amenazado por fuerzas malignas, a las cuales se debe derrotar con violencia, para luego disfrutar de la paz y la felicidad. Si el tema del libro aborda los lazos de amistad entre hermanos, con todo el poder de admiración, añoranza, temor y cariño, también plantea, desde un principio, el fenómeno de la muerte como una realidad. A lo lago de la trama, mezcla de realidad y fantasía, que Lindgren concibió al visitar un cementerio y leer en una lápida: “Aquí descansan los hermanos Fahlén, fallecidos en 1862”, los lectores experimentan una profunda angustia. Pero, a la vez, una catarsis liberadora, pues el tema de la muerte está tratado de manera que, en el desenlace, el niño siente aliviada su pena y, como diría Bruno Bettelheim, se libera de sus ataduras psíquicas.

“Ronja, la hija del bandolero” (1981), contrariamente a “Mio, mi Mio” y “Los hermanos Corazón de León”, es un cuento feliz, a pesar de contener ciertos pasajes de violencia, terror y muerte, propios de un ambiente primitivo, donde dos clanes de bandoleros se enfrentan entre sí. Éste es el primer libro de Lindgren en el cual se sigue el desarrollo de una niña desde su nacimiento hasta su pubertad. Ronja, la hija del bandolero, vive en un bosque salvaje, donde aprende a revelar los secretos de la naturaleza y a sobrevivir a los múltiples peligros de su entorno.

La relación que se desarrolla entre Ronja y Birk, hijo del jefe del bando contrario, más que parecerse al romance entre Romeo y Julieta, es un símbolo de fraternidad entre dos clanes antagónicos. Otros aspectos centrales del libro, tratados simultáneamente, son: la relación entre generaciones, entre la mujer y el hombre y, sobre todo, entre padres e hijos. Tanto Pippi como Ronja tienen una magnífica relación con sus padres, quizá a diferencia de algunos personajes masculinos que son huérfanos y carecen del amor paterno, como es el caso de Mio y Rasmus. Es también digno destacar que Ronja, quien se hace fuerte gracias al soporte de sus progenitores, es el personaje que mejor simboliza las pasiones e intenciones de esta escritora sueca, quien jamás dejó de manifestarse en defensa de la ecología y contra el armamentismo y la guerra.

Astrid Lindgren, al margen de su propia producción, ha sido una impulsora entusiasta de la literatura infantil escandinava, por intermedio de la editorial Rubén & Sjögren, en cuya redacción desempeñó la función de consejera en la sección de libros para niños, consciente de que el amor a los libros debe cimentarse temprano, en el mejor de los casos ya con la leche materna. Lindgren es, sin lugar a dudas, uno de los clásicos de la literatura infantil y juvenil en el ámbito internacional, artífice de un maravilloso universo literario que no conoce edades ni fronteras. Sus obras, rebosantes de humor y calor humano, no sólo sirven para estimular la fantasía en cierne, sino también para demostrar que la lectura es la más extraordinaria aventura que experimenta el ser humano.

Por otro lado, desde 1958, año en que se le concedió la Medalla Hans Christian Andersen, ha sido merecedora de varias distinciones en el contexto nacional e internacional, como justo reconocimiento a su prolífica labor literaria y su encomiable lucha en defensa de los derechos de la infancia.

Astrid Lindgren, como pocas escritoras de renombre universal, logró que sus libros sean las puertas abiertas a un jardín secreto, donde los niños ingresan a formar parte de la trama como si fuesen un personaje más, convencida de que la felicidad no sólo se encuentra a través del sueño, sino también a través de la literatura.

*Escritor boliviano, radica en Estocolmo, Suecia.

 

 
 
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