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Cazador de lagartijas, Maria Luz Piriz
 

Santiago corría detrás de la lagartija serpenteando entre las matas, era un experto en eso.
– Si la asusto lo suficiente – pensó – no va a alcanzar a esconderse entre los yuyos y voy a poder atraparla en el descampado.
La estrategia funcionó y el cazador acorraló a su presa al pie del médano.
La montaña de arena se erguía como una pirámide amarilla, desprovista de toda vegetación. Siempre había estado allí
Santiago corría detrás de la lagartija serpenteando entre las matas, era un experto en eso. – Si la asusto lo suficiente – pensó – no va a alcanzar a esconderse entre los yuyos y voy a poder atraparla en el descampado. La estrategia funcionó y el cazador acorraló a su presa al pie del médano. La montaña de arena se erguía como una pirámide amarilla, desprovista de toda vegetación. Siempre había estado allí, podía cambiar de formas, de tamaño, pero nunca desaparecía, como si algo pudiese retener esa gigantesca masa anclándola en ese sitio. Desesperada, la lagartija empezó a trepar el médano y Santiago detrás. Cuando habían llegado casi a la mitad el chico comenzó a sentir el cansancio de la carrera y decidió dar el golpe final. Se lanzó como propulsado por un resorte y le cayó encima. Reconoció en su mano la sensación fría de la piel del reptil, ya la tenía. Pero el salto provocó un deslizamiento y rodó barranca abajo. En medio de las vueltas le pareció ver a la lagartija volando por los aires junto con él. Cuando paró de rodar estaba otra vez al pie del médano. Sacudió la cabeza y el sol despertó un mar de chispas en la lluvia de arena que le caía del pelo. Le rechinaban los dientes y tuvo que escupir varias veces para limpiarse la boca. Entonces la vio, al alcance de su mano, tan atontada como él, estaba la pieza codiciada. Estiró el brazo con cuidado pero cuando estuvo a punto de agarrarla vio cómo se enterraba a toda velocidad. – Nunca se me escapó una lagartija y vos no vas a ser la primera, bicho de porquería – gritó histérico Santiago mientras escarbaba frenético. Otra vez tocó la piel fría que ahora lo esquivaba hundiéndose más aún en la arena. Metió la mano hasta el codo buscando desesperado. Se sintió desafiado y no pensaba perder. Entonces sí, con la punta de los dedos tocó algo. La textura era conocida pero el tamaño estaba fuera de proporción. No tuvo tiempo de analizar qué había encontrado, la tierra tembló bajo su cuerpo, una ola recorrió el médano como si fuera de agua y delante de él, a menos de un metro de distancia, una gigantesca cabeza empezó a brotar de la arena. Rápidamente se fue despejando el resto del cuerpo y apareció ante sus ojos algo que parecía una lagartija verdosa, con reflejos turquesa, pero que medía más de cinco metros de largo. El monstruo clavó en Santiago sus ojos amarillos de pupilas verticales, abrió la boca como un cocodrilo y desplegó una lengua elástica que sonó como un látigo justo delante de su cara. No precisaba ver nada más, se incorporó de un salto y salió corriendo, esquivando matas, hasta llegar al camino. Recién se le ocurrió que eso no tenía sentido, que seguro era producto de su imaginación y se dio vuelta lentamente esperando que el paisaje fuera el de siempre. Pero no, allá estaba, alcanzó a ver con toda claridad cuando el espantoso animal desaparecía bajo el manto de arena. Después sí, todo volvió a la normalidad y el médano quedó otra vez quieto, erguido y desnudo. Agotado volvió a su casa caminando despacio. ¿Quién le iba a creer lo que había visto? Si hasta él ya lo estaba poniendo nuevamente en duda. En el camino de regreso confirmó una vez más que todo había sido real. Se cruzó al menos con 15 lagartijas que lo miraban pasar descaradamente inmóviles. Todas clavaban en él sus ojitos amarillos de pupilas verticales y parecían burlarse sacudiendo sus lengüitas. Cuando entró a su casa apenas saludó y ante la mirada atónita de su madre, se sentó de inmediato en su mesa de trabajo para hacer las tareas de la escuela. – ¿Cómo te fue, Santiago? – preguntó ella intrigada – ¿Cazaste muchas lagartijas? – No, mamá – contestó él, fingiendo serenidad – ya no me interesan, estoy muy grande para esas tonterías. Sólo estuve caminando por la playa. – Qué bien hijo, pero qué bien. Me daba tanta pena que te abusaras de esos pobres animalitos, tan frágiles, sin nadie que los defienda... Sobre la autora: María Luz Piriz es bióloga, actriz y escritora. Oriunda de Buenos Aires, está radicada en la ciudad de Puerto Madryn, Pcia. del Chubut, Argentina desde hace 20 años.
 
 
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